CACIQUES EN SUS TIERRAS- CUENTOS
CACIQUES
EN SUS TIERRAS
Lincoln
Soto Gómez
Pucallpa – Perú
PRESENTACION
Particularmente expreso un deseo
de continuar con la publicación sistematizada de un conjunto de relatos
ordenados en momentos de ocio, producto
de la suma de muchas horas de dedicación, el deseo de hacer visible la presente
obra, a fin que el público tenga interés y sea critico de una serie de ideas, captados
y desarrollados, de mitos y realidades,
recopilados en múltiples andanzas por la
diversidad cultural de este país nuestro, esta, que desde sus profundidades emana
y brama en grandes deseos de hacerse conocer; la existencia de mucha riqueza en
la diversidad cultural nos impulsa a construir un concubinato entre la realidad
y el que lo escribe. Manuel Scorza -célebre escritor peruano- manifestaba: que
la única victoria lograda en Latino América sin requerir de procesos
revolucionarios violentos es la libertad de publicar lo que se escribe. Siento
en esta lógica el espíritu libertario de Manuel. En síntesis, este nuevo agrupamiento de
relatos mantiene el mismo norte de la primera edición de “Cuentos Vivos,” donde expreso hechos reales, asociado a los mitos y
acompañado por el imaginario del que escribe; en esta nueva publicación hice el
esfuerzo de escuchar a nuestros auquis y de sus memorias. Reitero que no soy escritor,
tampoco cultivo estilos literarios, solo expreso un profundo deseo de hacer
atractivo ante el lector exigente un tipo de literatura, desde una óptica
particular. Y lo más importante es contribuir y expresar la problemática social,
sacándolo de los niveles invisibles en el cual se mantiene, de hechos muchas
veces ajeno a las políticas públicas, de todos los gobiernos republicanos, a
pesar que, en sus promesas electorales identifican muy atinado la problemática,
como si ellos hubieran vivido los acontecimientos.
“CACIQUES
EN SUS TIERRAS”
completa el imaginario expresado en “Cuentos
Vivos”, afianza el deseo de vivir de todos los actores, en la memoria, a
sabiendas que van a morir, esto permitirá explorar otros escenarios,
posiblemente contribuya en complementar y explicar el fenómeno de la migración,
a los parajes selváticos, de los primeros serranos, de los gitanos europeos,
quienes acompañaron en la cola a los grandes intereses del capital usurero. Me
atrevo a revisar sobre el origen y algunas raíces de los primeros pucallpinos, estos
que dejaron insertos en la memoria de sus descendientes pasiones aventureras,
de migrantes serranos y europeos. También se ciñe la presente obra, en relatar
el flujo emocional de los peruanos quienes pretenden construir sus propias
relaciones y terminan marcados por el peso de la realidad. Bien, son ustedes
los lectores quienes señalarán mediante una mejor apreciación el contenido de
mi mensaje. Los invito a leer “CACIQUES
EN SUS TIERRAS”.
CACIQUES
EN SUS TIERRAS
INDICE
1. PRESENTACION
2. CANDADO
3. BURRO BURRO…. SERAS JUEZ
4. MATEMÁTICA POR DOS
5. SERRANITO PERRO
6. VEJEZ
BIBIOGRAFIA
DEL AUTOR
Nació en el departamento de
Huánuco, dependiente de sus padres de origen domaino, entre la vida y la otra
vida (muerte) pudo salir al encuentro de él mismo. Gracias a esa, es que hoy
escribe sobre la vida, sus amorfas formas de expresarse en la sociedad. De
alegre personalidad, imbuido de un compromiso social y aturdido por la
felicidad de ser padre de varios hijos e hijas, también de los nietos que se
suman a más.
Culminado sus estudios superiores
de agronomía, inicio un deslinde con la vida. Esa que para muchos es dificultad,
para él le sabía a miel y café, a perfume y calor.
Hoy sepultado en el calor virginal
de la ciudad de Pucallpa, arde de conciencia, para escribir y escribir, sin ser
escritor, escribe sobre la expresión cultural, sus problemas y la problemática
social. Es un compromiso de fe.
CANDADO
REFLEXION
PRIMERA
Los
regionalismos deben estar alimentados por su propia identidad de origen.
Existen evidencias de conductas o costumbres propias de cada lugar, éstas en
cierto modo, califican el grado cultural de su gente.
1.
CANDADO
“Candado”, es el mote usado por los
lugareños de esta zona, expresa un comportamiento social poco usual. Es el
calificativo que denuncia el resultado de la convivencia por mantener un
vínculo amoroso derrotado por la infidelidad, consecutivamente, por el deseo de
satisfacer un capricho y rechazo a las
reglas morales religiosas, impuestos por el statu quo de una sociedad
incongruente con la tradición de ellos; también por hacer público la ausencia
del elemento complementario en ambos sexos, en una relación sentimental
frustrada por la desidia y el egoísmo.
Dicho acontecimiento penetró a la oscura
bondad de la tierra, así como la chaquitaclla es pateada sobre el rostro del
suelo agrícola, fuertemente desarrollado en la memoria de los lugareños, como
sobre el papel lo hiciera el director de la escuela, para recordar al niño que
le hizo una travesura y advertirle que la autoridad era él. Esta forma de
calificar mediante el apodo “candado” exaltaba por demasía a las mujeres, tan presionadas
ellas que las obligaba a respirar un poco más de oxígeno, con el ánimo de
calmar la rabia interna. Se había hecho una costumbre, para calificar a ellas.
En plena disputa consigo mismo, por hacer normal el capricho de ser mujeres ansiosas y en
los varones, resaltaba el machismo desenfrenado, tan desmedido y casi terminando en insatisfacciones perniciosas,
al fin, se buscaba justificar el quebrantamiento de la fidelidad a su pareja. El
castigo por calificarlos de “candados” fue el aquilatamiento de un escenario
tan propicio, imponiendo los temores
anunciados, estos acontecimientos que están empotrados en la memoria colectiva,
hasta la eternidad si esta no es aniquilada, eso se repetía toda vez que se
requería ningunear a un nativo del lugar llamado Acomayo.
Tuvo que ser en la fiesta patronal
y también, ocurría en las competencias deportivas inter comunidades, allí donde
se soltaba a viva voz el adjetivo de “candado” a hombres y mujeres de la zona,
recordando la relación ocurrido entre Shipica y Custemio; amenas y vigorosas
voces se soltaban en las conversaciones de los migrantes y locales, al compás
de las alborotadas neuronas y gritos deportivos, y también por la intensa
necesidad de parlar sobre las vivencias de cada uno de ellos.
En una tarde, cuando los tíos
llamaron a sentarse junto a la mesa a sus visitantes, y tomar el café de ese
día, como todas las tardes de los días del año, cuando el olor a quemado del tostado
café, mesclado con la cebada, copaba el ambiente con un aroma especial, este
líquido libidinoso se servía con el mote de maíz morocho, grano andino muy bien
cocido durante varias horas de la noche anterior; se convertía en un agradable festín, eso era una constante del
buen gusto de la familia por satisfacer el
hambre de la tarde, con la vieja costumbre de tomar el café, acompañado por el
grano incaico, bien cocinado por la tía cruz.
- _ Mi padre fue un hombre de trabajo,
él nos relataba cosas que ocurrieron en su tierra donde nació y en otros ratos
cantaba con alegría sus recuerdos al ritmo de waynitos- manifestó la tía Cruz-
Él nos alertaba de los hombres extraños y cuidaba de nuestra integridad. Así
nomás no se lograba a una mujer.
- _ Ves vieja, tú si gozas de memoria.
-Le contestó Cornelio.- Yo no me atrevería abrir mi boca si no estoy seguro de
los hechos. Pero habla nomás, que el sobrino te escucha.
_ Conforme se pudo entender a la tía
Cruz, ella deseaba compartir un hecho para justificar el apelativo de “candado”.
Las evidencias fueron contundentes, ante la justificación honrosa que
la tía Cruz pretendía dar a conocer. Por demás sería, pretender ocultar la viva
realidad de las ocurrencias en estos villorrios. Este hecho remoto se inicia un
día, como cualquier otro. Para el momento se deslizaba en el espacio una
llovizna tupida, en anuncio prematuro a la tormenta eléctrica que se avecinaba
desde el oriente. Los hombres avanzaban en cuadrillas, recorriendo a diario
un tramo largo de carretera en proceso de construcción, con dirección a la ciudad de Tingo María y por
la tarde hacían similar trajín pero en sentido contrario, cada vez se hacía más
distante el regreso a sus camas, pero antes y para buscar un espacio cercano a
la vicharra apuraban el paso, ansiosos y en busca del calor de la fogata, obligados
a forzar un necesario descanso coloquial, con muchas palabras sueltas al
momento de parlar y con ansias de recibir la cena caliente de las manos de la
cocinera. Allí en el campamento, al interior de los cercos de madera y púas de
metal se construía los pabellones para el hospedaje del personal de la obra;
estas se instituían cerca y muchas veces circundando a los pueblos rurales,
sería un castigo y poco sensato alejarlos de la comunidad.
Ellos, el pequeño ejército de
constructores fueron reclutados de lugares diferentes de la patria y llegaron para laborar en la construcción de
la carretera, demostrando su experiencia previamente en ese arte de modificar
la estructura de la geografía y convertirlo en arterias comunicantes. De por
cierto eran físicamente diferentes, gruesos y delgados, altos y medianos; hombres rudos, rigurosamente seleccionados por la
empresa constructora; habían puneños,
huancaínos y limeños, pocos eran de la región, según el CV presentado se
definía el oficio y habilidades técnicas de cada postulante para ser evaluados
y calificados, luego asumían el puesto de oficial, de operario o peón. El
residente pertenecía al grupo de profesionales de ingeniería, el tesorero un
contador, el topógrafo un técnico y el capataz un fornido y viejo hombre de
experiencia en el mando. Cada vez que se avanzaba en la ruta y se superaban los
obstáculos, los que en su conjunto favorecía a crear un impacto positivo en
favor de la empresa; las paisanas en la ambición de migrar, para ver otros
mundos estaban por demás convencidas que uno de ellos y en algún momento se
atrevería a coquetearlas, no sería novedoso convertirse en la amante de alguno de
estos rudos trabajadores y para que eso ocurra, deberían frecuentar siquiera
una vez al día dentro del campamento.
Por determinación y política de la
empresa debían obligatoriamente contratar a mujeres de los parajes intervenidos,
esto se adecuaba a uso de los insumos alimenticios de la zona y cubrir los servicios culinarios; ellas, las
más sueltas y confiadas tenían la suerte de ingresar por esta modalidad, otras,
entonces ideaban mecanismos para ser aceptadas, resueltas a vender productos
artesanales de consumo diario, como los panes bollitos y también algo de
humitas; el medio justificaba el fin, de muchos modos tenían que dar a conocer sus atributos de
mujeres ansiosas de amores. Para las
solteras era una gran oportunidad en el afán de salir de sus pueblos, en el afiebrado
intento de atrapar a un varón, ofreciendo las polleras, a cambio por viajar a
otros lugares, en busca de la libertad, la modernidad. Ellas, sus polleras, sus
delicias estuvieron en oferta. No encontraban otro modo en hacer realidad la
ilusión de superar la rutinaria vida de pueblerinas, de todos los días, esas
formas de vida y presionadas por sus padres, quienes las obligaban a cumplir
sin contemplaciones tareas hogareñas.
Trabajadores de la construcción de
muchos lugares del Perú, llegaron a Huánuco para construir la carretera, desde
muy lejos viajaron para laborar durante varios años, así como lo contemplaba el
proyecto. Estos dormían en sus propios campamentos, comían también allí, pero,
por las tardes luego de sus labores osaban salir al pueblo más cercano en busca
de diversión, licores y de cierto, ansiosos de disfrutar placeres, cortejar muchas
mujeres. Solteros y casados comulgaban de conciencia ¡así será y siempre…..fue así! resaltaba en la conciencia de cada uno de ellos.
Pérez, conoció a Shipica en la
cocina del albergue y a primera vista se impresionó de ella, luego un romance
fugaz. Ella esquivaba la mirada penetrante de Pérez, sin dejar de mover los
labios mediante una sonrisa aduladora en símbolo de aceptación al cortejó.
Los sábados por la tarde casi la
mayoría de trabajadores recurrían al único bar que existía en el pueblo de
Acomayo, allí bebían abundante licor, formando hordas de bebedores perniciosos,
carcomidos por la sed de venganza contra sí mismos; allí la democracia se convertía
en una práctica horizontal, desarrollando amenas discusiones, en la que los
niveles de mando no valían y el trato interpersonal se emparejaba como la
propia plataforma de la carretera que construían, el único valor era la
capacidad de poder sostenerse ante el maldito patrón de la santa devoción: la
shacta.
Pérez había caído al flujo
libidinoso del alcohol, pensaba siempre encontrar un espacio para cumplir el
pacto previo y luego conocer el néctar de la granadilla dulce de estos lugares,
bebía con precaución y pese a eso no encontró forma de escapar del efecto e
influjo del licor de caña. Esa noche era su encuentro con Shipica, ella había aceptado y esperaba con ansias en la
pocilga de su casa, estaba segura, que nadie
impediría esta locuaz voluntad de ambos, por encontrarse y satisfacer la
intrépida necesidad voluntaria de ambos, por retar el presente. Embaucarse
en caminos pecaminosos era propio de los
terrícolas y esta determinación, de Shipica y Pérez, se sumaba a los muchos
ocurridos en el mundo.
La cuadrilla de trabajadores de la
carretera habían tomado el pueblo mediante sus habituales jornadas semanales,
que más podía esperar esta gente nativa, si la construcción de la carretera
habría un abanico de oportunidades, el beber licor a saciedad resultaba un
atractivo negocio.
El hábito por reunirse cada fin de
semana, consentido por el pueblo, terminaba en una costumbre; la semana concluía
el viernes y continuaba el sábado, eran los días preferidos de los
parroquianos. Pérez tuvo prisa, hizo uso de la ducha, se pegó un baño, a pesar
de los bajos grados de temperatura ambiental, sentía el calor en sus venas y
las ansias por hacer realidad lo pactado
con Shipica, podían delatarlo, posiblemente. Entonces, estuvo bien un baño, al
extremo del frio y antes que el látigo de la frustración amorosa caiga sobre su
cuerpo. Acudiría a la reunión de amigos y luego buscaría la mejor estrategia
por separarse y acudir al reto impuesto por sí mismo, de recorrer el camino,
rumbo al santuario de la vertiginosa diosa llamada Shipica. Un tramo tan
cercano, entre la pocilga de la casa-cantina
y aquel ansiado lecho de la cama de su mejor amigo, allí donde la ferocidad de
Eros se complacería en derroche de satisfacciones interminables.
Como todos los sábados, así de siempre, en esas acostumbradas
reuniones de borrachera interminable se filtró una información delatora, acusando a Pérez de estar torneando
a Custemio, sucedía así y podía notarse
fácilmente, nadie ignoraba esta verdad.
Fue dolorosa la noticia para Custemio, cuando tomó conocimiento del caso, eso
no podía ocurrirle, qué había hecho para ser castigado de esa manera - afirmaba
en su interior- repudiable, tal vez la pendejada de los foráneos intentaba
quebrar su relación con Shipica, haciendo que desconfié de su mujer, del mismo
modo, para con su mejor amigo. De todos modos aceptó lo dicho como sospecha,
pero tendría que indagar, establecer una coartada. La semana siguiente, acudió como siempre a libar licor en la cantina de
costumbre, esperando el momento, cuando Pérez
abandone el lugar donde acostumbraba a libar licor, esperaría un
prudente tiempo y tomaría una decisión. Custemio
no aceptaba la idea de la infidelidad de su mujer y peor de su amigo Pérez,
quién fue su benefactor al presentarle con los patrones de la empresa, eso le
sirvió para lograr el trabajo de
jornalero. El tiempo había transcurrido, nadie se había percatado de la
actitud, pensaron que Custemio buscaba
el baño, al momento que se levantó del asiento donde bebían licor. La
torrencial lluvia que caía sobre el pueblo y los techos de calamina de las
casas precarias, configuraban el bullicioso estruendo del ambiente, en esas
condiciones las pisadas sobre el camino se
confundían con un chapoteo propio del clima. Pese a ello, Custemio, se empecinó en cumplir con
él mismo y resolver de ese modo el cometido y caer como un rayo si fuera
necesario sobre su realidad, para él era un supuesto inaceptable, al llegar a
su precaria casa se incrementó el impulso de desfogarse y golpeó con la furia
de su semblanza la puerta de la precaria casucha donde vivía con Shipica. La ira se había formado en la
mente y se hizo insolente cuando sus oídos escucharon varios susurros amorosos; se
acercó y colocando su rostro sobre la
puerta lograba hacer realidad sus sospechas. Era raro, se escuchaba agitadas conversaciones
entre su mujer y alguien desconocido por él. Enfurecido consigo mismo, rompió con los
temores internos que le atormentaban y decidió afrontar la verdad de los chismes hablados en el bar, al parecer, estas se acercaban a la realidad. Fueron breves los segundos, para el
tiempo que quedo indeciso, pequeño espacio del tiempo y la duda en sus actos, esos momentos fueron
necesarios para el intruso y salió velozmente del interior, atropellando los
cuyes que chillaban y derribando las ollas de la vicharra todavía caliente. Una reacción tardía
y torpe el devenir del momento. Aturdido
por los efectos del licor, el temor de encontrarse con su mejor amigo,
junto a su esposa, le reventaba las
neuronas. No logró identificar al
intruso, fue la evidencia más cruel, luego de muchos años de convivencia con
Shipica. Prendió el mechero, observando
el ambiente del lecho profanado, estuvo
como acostumbraba ordenar las cosas; tan solo allí, sobre el lecho se
encontraba Shipica, tierna como siempre, infiel para el momento, terriblemente insatisfecha y
angustiada, ideando mil explicaciones de la situación creada. Ella yacía muda
sobre la cama, alarmada, con las prendas íntimas fuera de su lugar de costumbre.
La luz del rayo no era suficiente para Custemio,
la rabia y la ira enraizó en su interior, sin escuchar las explicaciones de súplica
él golpeaba físicamente a Shipica. No entendía
a la vida y se preguntaba repetidas veces sobre el valor y las razones de los hechos
que ocurrían. Shipica le pedía perdón, increpando al marido por su poca
disposición de atenderla en sus deseos de amor. La brutalidad de la golpiza de
Custemio sobre Shipica había pasado lo tolerante, ella quedó desmayada e
inconsciente. Luego, un poco después, cuando Custemio prefirió regresar al bar, dejó
en casa a Shipica, ella yacía inconsciente por la actitud vehemente de
Custemio.
La noche transcurrió
vertiginosamente, el aposento había quedado con el alma espantada, el amor
desapareció cuando el rencor ingreso con virulencia. Shipica despertó alarmada,
tratando de ordenar los acontecimientos ocurridos por su propia decisión, saltó
de la cama algo desconfiada, alzando sus manos sobre sus pelos desordenados y un
poco adolorida por los maltratos, no dudo en emitir un grito desgarrador ¡Ayyyyy qué me han hecho! El peso del
metal atrincado en sus partes interrumpía
un normal desempeño de sus piernas, el dolor se concentraba allí donde ya no
debería ocurrir, porque no era virgen. Un pesado candado colgado en su vagina
tenía el control, atinaba en gemir y luego
de levantar las polleras pudo magnificar el hecho de su desgracia ¡Sorpresa! el candado unía los extremos de su vagina, entre labio a labio ¡Dios! ¡Estoy fregada! Lo primero que hizo es pedir auxilio y obtuvo como
respuesta el silencio, además la costumbre de ir temprano a la chacra dejaba
desolado al pueblo. De inmediato pensó salir a pedir auxilio y su reacción fue
precisa para rehusarse, retrocediendo y prefiriendo evitar el reproche de los
vecinos, ni donde para quejarse si ella sabía que el padre político de su
marido era el juez del pueblo. Ni modo para reclamar justicia.
_ ¡Candado!
¡Candado! -anunciaban los enfermeros antes
de hacer ingresar a la paciente a la sala de operaciones; risas y comentarios ocurrían
en el pasillo del hospital, el relámpago una vez más caía sobre el sentido
común de los empleados, algunos de los postrados enfermos reían en sus sueños
de convalecientes luego de enterarse de las razones por las que ingresaba el
nuevo paciente. Acomayinos “candados”
tenían que ser.
BURRO,
BURRO…SERAS JUEZ
2.
BURRO, BURRO… SERAS JUEZ
El juez Decilio, tenía cualidades
de hombre probo, con experiencia en el oficio de manera excepcional para el
medio donde vivía; los estudios que había seguido no pasaban de ser primarios. Padre
de varios hijos con el apellido Pérez, también hizo un reconocimiento
putativo al maestro albañil de la empresa constructora, por
llevar su apellido y sabiendo que éste provenía de un departamento sureño, para
él bastaba con llevar su propio apellido
y eso le hacía sentirse bien. El
juez Pérez vivía dentro de la comunidad de Mayobamba, se
caracterizaba por ser un comunero de respeto; esa mañana tuvo que
levantarse unas horas antes de lo normal, había decidido notificar a
los implicados en el hecho poco usual; como juez de paz
en su pueblo haría lo mejor para evitar los rumores. Nunca antes tuvo que
atender casos como el existente, estos litigantes, ambos, deberían comparecer
en su oficina y resolverse el caso quejado sin ningún escrúpulo de escuchar la
majadería de ambos. La autoridad, es decir el juez Pérez,
desprendido de sí mismo al máximo de sus esfuerzos y así lo realizaba cada vez
que aparecía una queja; esta vez, recurriría a imponer una conciliación como
medida preventiva, para ello, pondría a disposición toda su habilidad para que
no trascienda los límites y viaje lejos de su control esta noticia que no
pasaba de ser una majadería. Para los pobladores de mayor edad, no había dudas,
aconsejaban al juez afín que opte por un severo escarmiento. Decilio estaba
dispuesto a realizar lo imposible, también,
ordenaría a los celadores, en caso haya desobediencia se cumpla el
consejo de los ancianos, castigando a la demandante y demandado. El respeto a
las buenas costumbres, antes que la propia ley de los mestizos servía para
imponer su autoridad. En la mente del juez se movía como una burbuja
de agua las ideas que lo impulsaban a impedir y como se presente las
circunstancias, a fin que este caso no pase a una segunda instancia, antes
debería resolverlo con mutuos entendimientos y de beneficio para el pueblo. El,
como letrado y autoridad juiciosa no podía permitir que este caso vergonzoso
pase a la autoridad superior. Imaginándose sobre el inmenso desprestigio para su pueblo, en caso se hicieran público la
verborreas de las tantas audiencias a desarrollarse; cuidaría de las cuántas alegorías
que se hablarían en la ciudad de su querido
pueblo. Muchas ideas sueltas trastocaban el cerebro del juez, en un tonto
pensar, afirmaba conocer el actuar de
los letrados de saco y corbata.
-
¡Abogados
del demonio!- se expresaba Decilio- Estos aumentarían las palabras sin llegar
al fondo de la problemática. El fiscal haría lo mismo, hablando sobre asuntos
ajenos a la realidad de los hechos y así, tal vez y de por cierto que juzgarían
el hecho como un acto de ignorantes,- “nos calificarían de bestias,
poco cristianos, demonios y otras cosas más tan poco agradables para nuestro
pueblo”- por eso debería impedir a costa de todo se expanda estos
murmureos, ¿Quién más que él para ejercer justicia? Por eso su
deseo para lograr una conciliación armoniosa, lo más cerca al interés de ambos
litigantes se hacía predominante.
Decilio gozaba, por
costumbre y de muy temprano fustigar a sus hijos para pedirles sobriedad y se
levanten de la cama antes que los primeros rayos de la aurora se aproximen por
la colina. Fueron los primeros rayos
solares caídos sobre el ambiente, el que permitió doblar las órdenes y avanzar
en las tareas del hogar; así ocurría a diario, antes de ir a la chacra,
retando el orgullo de los últimos cantos del gallo. Trabajo y más
trabajo, desde rajar el tronco para la leña y también amarrar al ganado para
ordeñar la leche de la única vaca que existía para el consumo diario.
Ocurrió
durante el mes de mayo, un día propio para que sucedan estos acontecimientos,
además estas cosas
así nomás no ocurren, solo es de los demonios, como afirman los
poblanos. Dos hechos bochornosos se habían acumulado, uno de ellos resuelto en
la misma comunidad de Acomayo y el otro por resolverse pronto,
un poco más arriba, en el mismo pueblo
del Juez. El primero fue expectorado en
público. Para el nuevo incidente, de similares motivaciones, tendrían un mayor
cuidado. El Juez Decilio nunca permitiría que se burlen de su familia
y convenció a Custemio para que perdone a su hijo político si así
fuese el caso, tanto el interés por su pueblo y como su propio prestigio estaba de por medio, él representaba a
la autoridad y la Ley en su territorio. La mujer podía resarcir su vida si él
le daba más cariño y placer. ¡Cosa de machos Custemio! Ni
los consejos, tampoco el amor de pareja sirvieron para la reconciliación. Como
juez sancionó por la separación y ordenó al Custemio dejar a su albedrío a
la Shipica para evitar que el apodo de “candado” le manche y
asunto concluido.
Pablo
había tomado shacta durante
toda la noche, vivía cerca a la cumbre del cerro de Carpish, allí donde la
neblina se impregna con suma facilidad sobre los bosques fértiles, no
pudo controlar su insaciable hambre por beber más licor y sin reparar la
condición deplorable en la que caía cada vez que optaba por beber alcohol; así,
en situación incontrolable continuaba
su caminata, dejándose guiar por el subconciente y el mismo camino
que sus pies pisaban repetidas veces, un sendero conocido por deducción e
inducción. Corría y corría, cayéndose y levantándose, así continuaba
cuesta abajo.
Justo al
ingresar al llano, en una de esas zancadas que dio se fue de bruces sobre
el pasto, hasta ese lugar pudo llegar, no atinaba a levantarse, profundamente dormido, suelto en
la intemperie a expensas del fuerte sol. La transpiración del sudor sobre su
rostro era una muestra palpable del shok propiciado por el alcohol. Pablo,
dormido y muy quieto, parecía estar
satisfecho de dicha situación, esto se podía notar en las manifestaciones
mostradas en su rostro. Luego y en pleno juicio aceptó el placer de recibir a
las brisas, cada vez que el sol era cubierto por las nubes; absuelto así mismo
y bajo el control del subconciente realizaba movimientos adicionales,
calificados como estúpidos. Pablo fue sincero en reconocer el sueño erótico y
su predisposición sexual, debido al vigoroso impulso de su juvenil condición
de mozo agradable para las warmis de su pueblo.
El
juez Decilio llegó a su oficina, como siempre soportando la penumbra creada por
las casas construidas en base a tapiales. Los litigantes, estrictos cumplidores del mandato
judicial llegaron antes, sueltos a someterse ante la justicia. Decilio ordenó a
su secretario abrir el libro del juzgado y escribir las primeras palabras: “La
presente acta, se abre a petición de la justicia del cual yo Decilio Pérez represento
como juez de este pueblo y en representación de la República del
Perú. Es mi decisión ofrecer a los litigantes mis mejores servicios para que
sea consentido el derecho de las personas para conservar su honor y cumplimiento de
la ley. Acto seguido hago conocer a los litigantes que es de buen juicio llegar
a previos acuerdos para que esta diligencia sea resuelto de buena voluntad, sin
perjudicar a nadie y que Dios, la Patria y mi persona los ayude.” Así se inició el juicio, en igualdad de oportunidades para ambos.
El
juez Decilio, dirigiéndose a la denunciante le preguntó si
pretendía ratificarse en sus declaraciones, pidiéndole ponderación para que
asuma con responsabilidad sobre la denuncia interpuesta contra su propio
paisano.
- _ Señora Shipica diga usted,
es cierto que el señor Pablo Cruz ha abusado de su burra?
- _ Si
juez, así fue, más cuando le dije que dejará a mi burra hizo poco caso, intento
agredirme.
- _Pero
señora es un animal y no siente.
- _ No
señor juez el animal también es cristiano no puede ocurrirle ese tipo
de abuso por más burro que fuera.
- _Muy
bien señora, entonces usted acusa, se ratifica entonces en su
denuncia.
- _Si
señor juez.
- _ Bueno
señora - afirmaba el juez- espero que diga toda la verdad y solo la verdad, le
voy a tomar su manifestación, y piense bueno, porque va a jurar como buena
cristiana, ante la Santa Biblia de nuestro señor Jesucristo.
- _ Jura
usted, decir la verdad y solo la verdad y no perjudicar a su cristiano burro.
- _ Si
juro señor Juez, pero debo aclarar no es burro, es a mi burra la abusada del
cometido.
- _ Bien
señora entonces es su burra.
- _ Sí
señor Juez
- _ Explique Ud.
- _ Señor
Juez, esa mañana cuando me encontraba pasteando mis ganados, tuve que
amarrar a mi burra, allí cerca al pasto verde para que pueda comer,
además no quería que haga daño y por eso lo amarre al árbol de aliso, nunca iba
pensar que le ocurriría esas cosas. Mi burrita no le pide nada a
nadie y las cosas que he visto no es de cristiano, solo el demonio puede hacer
las cosas que ha ocurrido.
- _ Explique
mejor señora, no la entiendo.
- _ Así
es juez, el Pablo estaba montado sobre mi burra con su pantalón abajo.
- _ Esta
afirmando usted que le estaba violando a su burra.
- _ Sí
señor, eso era.
- _ ¿Qué
burro este Pablo, como vas hacer esas cosas?
- _ ¿Y
qué más señora?
- _ Yo
le he gritado y no me ha hecho caso. Estaba borracho y me ha respondido con una
lisura.
- _ ¿Pero
señora cuál es el daño?
- _ Es
que señor juez, nadie puede violar el honor de las personas y el Pablo se ha
burlado con mi burra.
- _ Pero
es un animal.
- _ Sea
un animal o ¡no! ya le he dicho que también es cristiano. En la biblia dice ser
cristiano por estar escogido por Dios para que sea salvado en el Arca de Noé. O
no ha leído usted la biblia.
El Pablo quería intervenir, pero el
Juez le hizo callar, para que en su oportunidad pueda manifestar su parecer
respecto a la denuncia.
- _ Bien
Pablo, espero que tengas una mejor explicación sobre las cosas que te acusan ¿Qué
puedes decir sobre la demanda interpuesta por la señora?
- _ Bueno
Juez, yo estaba borracho, no recuerdo y de verdad que niego las acusaciones. Lo
que ocurre es que me tiene envidia, tal vez tenga interés sobre mi persona. En
todo caso que sea más sincera.
- _ ¡Señor
Juez! Como permites que diga esas cochinadas -reaccionó la
denunciante-.
- _ Señor
Juez, estuve de verdad embriagado, el licor estaba muy fuerte y ni sentía lo
que me pasaba; solo recuerdo que bajaba muy apurado y luego tropecé hasta
caerme sobre el pasto. Seguro que estaba tan dormido que en mis sueños no sabía
lo que hacía; pero si puedo decirle señor juez que una frescura bien raro me
atrapo en mis sueños, algo como una esponja que rasuraba mi cara y me daba
mucha cosquilla. Mejor ya no le cuento señor Juez, es pura malcriadez el
resto.
- _ Bueno
Pablo o cuentas lo que pasó luego o te mando a la superior acusándote por
violación comprobada en agravio de Shipica.
- _ Ya,
ya, no más no se moleste papacito. En mis sueños señor Juez estuve con una
mujer bien llenita, tenía un gran trasero y era bien alta. ¿No podía señor
juez, no podía hacer lo que hacen los machos? Además, no hubo desfogue señor
juez, se comprimía todo mi cuerpo y no podía señor juez.
- _ ¿Qué
no podías Pablo?
- _ Eso
que todo hombre hace con las hembras señor juez. Por eso digo que no pasó nada
y yo no me tengo la culpa en este entierro. La Shipica me acusa
porque yo no la quiero, ella está quemada con eso del “candado” y no me
animaría a seducirla nuevamente señor juez, sabiendo que fue mujer de su hijo.
- _ ¡Señor
juez no puede permitir que me insulte!
- _ Espera,
espera Shipica, déjalo que hable, sino como voy hacer justicia- dijo
el juez-.
Tanto
fue el tiempo que duraba el comparendo que ya la hora del almuerzo se pasaba y
las tripas del juez hacían mucho ruido, dejándose sentir entre ellos; además,
estaba indispuesto luego que Pablo le
recordara sobre el cuerno puesto a su hijo putativo.
-
Bueno, bueno – dijo el juez- voy a resolver este engorroso problema, espero que
sea lo más justo para ustedes, caso contrario les impondré una multa de 50
soles a cada uno y además voy a ordenar el arresto de los dos. Tu Pablo serás
tan burro que vives a solas, necesitado de mujer, a tu edad ya deberías de
buscar tu mujer y no puedes andar borracho en las calles, eres un peligro para
nuestro pueblo. Tú shipica estas en la misma situación con marido o
sin marido sufres de la misma enfermedad que Pablo tiene; es la segunda vez que te presentas en este despacho, luego que
perjudicas a mi señor hijo, sola eres una tentación, deberías
también buscar un hombre de tu situación. Por lo que yo más estoy notando que
ambos se tienen antojos y no se sinceran, entonces ordenaré que inmediatamente busquen
sus padrinos para casarlos por matrimonio civil lo más pronto posible. Aquí no
hay candados que los una ni los separe.
-
Burro, burro serás señor juez, como voy a vivir con este hombre que ha abusado
de mi burra. Además si hubieras visto como la burra le ha pateado a este
endemoniado. Hasta mi burra no le quiere y usted me quiere unir con este
demonio.
-
Entonces señora de que se queja si dices que tu burra le ha rechazado a
Pablo y también rechazaste a mi hijo, con mayor razón le ordeno que aceptes a
Pablo como marido, tal vez entre cristianos se logren entender y asunto
arreglado.
- BURRO,
BURRO serás señor juez.
MATEMATICA POR DOS
TERCERA REFLEXIÓN
Un tercer acontecimiento aislado
de las otras dos y por simple idiosincrasia diferencial contrastan en completar
las piezas que faltaban en este rompecabezas. El temor a los Cruz fue el detonante
para escabullirse por los misteriosos parajes de la selva baja y sin quererlo
ya era un pionero más de la colonización sobre suelos de Puka Achpa.
-
Celedonio afirmaba que en esas
alturas solo resiste una raza de la humanidad, aquellos que en sus genes llevan
el temple de soportar las inclemencias del clima y los retos de una geografía
agreste.
3.
MATEMATICA POR DOS
Por este paraje alto andino,
cabalgan los paisanos sobre el lomo de
las bestias, había agallas suficientes, resueltos en afrontar vicisitudes
en el presente y el porvenir. Aquí se puede percibir la disputa constante con
el medio agreste, y esperan de una
festividad local para liberar rencores, algunas
de ellas terminaban en desgracia, al final disfrutaban con fervor de ello. El
accionar de la banda creció en la
memoria colectiva, acumulándose en estos últimos años diversos asaltos, no era
el culto al miedo ni avalaban el bandolerismo. El factor motriz de la
delincuencia parecía estar enraizado en las generaciones; llegar al crimen se convertía
en una carga pesada de la conciencia, aún más, al ensuciarse con sangre de su propia familia. Numerosos
fueron los asaltos de sorpresa por parte de la banda, disfrutaban de la tranquilidad de los ariscos
cerros, el peligro lo ponían ellos; por donde transitaban dejaban huellas de
astucia en el oficio. Los conflictos, odios, abigeato, amoríos frustrados y la
misma muerte acompañaban en estas alturas las relaciones de sus pobladores.
Diversas comitivas transitaron por este paraje,
la mayoría de ellos hacían grupo, raras veces se aventuraban a caminar solos.
Precavidos y por costumbre se cubrían con abrigados ponchos, montados sobre las
mulas algunos y caminando los otros, para el mal de los malhechores dos de
ellos llevaban escopetas, en alerta y para
repeler un posible vejamen.
Las autoridades locales, junto al
pueblo habían construido una precaria trocha,
luego sirvió como base para la carretera desde Margos hasta Jesús, un tramo
interesante y poco habitable. Los tiempos se acortarían para llegar a los
parajes de los ricos quesos de Paragsha y Túpac Amaru; para otros sería un
malestar, por los riegos y a disposición del infortunio, luego de encontrarse
con un asaltante y estos arrebaten todas sus pertenencias.
En esta oportunidad y luego de un
corto recreo, llegaron casi a la hora que habían indicado y no esperaron mucho
para volver a reencontrarse entre camaradas; allí, obligados a cumplir con lo
pactado y en su acostumbrada decisión de ejecutar sus planes, sí o sí, así sea
a costa de una desgracia. Ser asaltante de estos parajes andinos no es gracia
para nadie, ni siquiera para ellos mismos, estos que decidieron asumir el reto
de aparecer cuando menos pensaban los viajeros y para este tiempo, colocar
piedras en el camino, retener a los carros y luego en vil determinación de la fuerza
de su conciencia, cometer el delito, hasta someter a los infames pasajeros, consistía
el desafío oprobioso una desobediencia a la autoridad del momento. Entonces, la
brutalidad usada era propia de la ferocidad y atavismo humano, aplicados sin
contemplación alguna y al razonamiento
lógico de avezados criminales, donde las
consecuencias eran ignoradas y el pudor se convertía en una estupidez.
En las alturas de Tocana, a 4040
msnm, no es tan agradable asaltar a los transeúntes, de condiciones agrestes, por el clima y la pacienciosa espera
a las presas. Los asaltantes comprendían la situación, por demás entendidos en la materia, aceptando
de antemano las consecuencias en caso de ser sorprendidos. Convertirse en
objeto de su propia incomodidad, al ser presa fácil de la policía nacional,
esto ocurriría solo ante la falta de precaución y demasiada confianza por no
calcular bien el asalto. El plan también contemplaba la reacción de los propios
pasajeros. A balazos y con probabilidades de ser alcanzados por uno de los
proyectiles o el puño certero dirigido sobre el rostro, hasta un puntapié sobre
los testículos. Todo podía ocurrir en la oscuridad. Ellos, nunca negaron ser parte de una marcha fúnebre e
incrementar a la gran familia del cementerio local o ser objeto del anonimato; o
quedar enterrados en una fosa común en algún lugar de esos parajes frígidos. Entonces,
aceptaban la muerte en el extremo de los
casos, ocupar un espacio en el cementerio los enaltecía. Destino que no
aceptarían sus familiares cercanos, a sabiendas de los riesgos por ser
criminales.
Los últimos rayos del sol en esa
tarde, jalaban el tormentoso frio de la cordillera Waywash, sus cuerpos se
crispaban al compás del reloj. Ya hacía las 6 de la tarde, entre la noche que se acentuaba y la luz cromada
del día en proceso irreversible de extinción. Un casi total silencio si no fuera
el viento soplando sobre los ichus; sumergidos en la tensión, confiados de los señuelos colocados en la carretera, entre los pueblos
de Jesús a Margos. Habían analizado todos los aspectos subjetivos, para el momento, las condiciones
eran favorables; aparentes y convencidas para el escenario a suscitarse. Los
pasajeros tenían urgencia de llegar a Huánuco y el sereno en esos días caía
drásticamente, del modo que formaba densas neblinas, apoderándose de la zona. El conductor del vehículo, presuponía
los hechos, a sabiendas de ello decidió
iniciar el recorrido, seguro de sí mismo y con la sospecha de caer en las garras de los
asaltantes. Conocido era, que a partir de las 5 de la tarde podría ocurrir
un hecho inusual al pasar por Tocana. Antes
de esa hora pudo ser lo ideal, como siempre fue un arrebato, entonces, dijeron
ser de los valientes; chofer y pasajeros decidieron viajar.
Subiendo a Tocana existen una
serie de tramos donde muy frescamente ocurrirían los asaltos, quién podría
percatarse y adivinar, cuando ya salían de la última curva y muy cerca de las
primeras casas del poblado de Tocana, el vehículo se detuvo bruscamente, por el impedimento en
el camino de una cantidad de piedras superpuestas, una sobre otras; los pasajeros
que dormían confiados de sí mismo despertaron alarmados, fuertemente asustados,
llenos de temor.
-¡Carajo!, fue la exclamación de la única dama que viajaba dentro del vehículo.
Del exterior se escuchaba una andanada de tiros al aire y alguno de ellos
muy cerca del vehículo. Eran los
asaltantes, con armas cortas y largas, escondidos por unos ponchos oscuros, se
asomaron de uno a uno y obligándolos a bajar del automóvil. Uno de ellos, el
más avezado, lanzó un violento puntapié sobre las pantorrillas del chofer y daba órdenes enérgicas, anunciando el asalto.
- _ ¡Alvarado tírate al suelo mierda!
Si no quieres que te mate.
- _ ¿Dónde está la plata? ¡Saca la
plata Alvarado!
Los gritos convertido en
disposiciones irrefutables salían de un cuerpo
delgado y chato de altura, la voz no pertenecía a un adulto, era propio
de un adolecente en proceso de pubertad, tan notorio la sinfonía de las cuerdas vocales al momento de gritar, estas
que expresaban contradicciones fisiológicas, producto de las hormonas en
proceso de maduración. Fue el temor al fusil y no a la altisonante voz del
asaltante el motivo de la obediencia. Salieron de uno a uno del interior del auto,
primero el chofer luego el resto de viajantes, obligados a caer sobre el suelo
en cubito ventral, con el rostro empotrado en el suave lodo formado por el roció de la tarde
y la fértil tierra serrana.
- _ ¡Mierda! Ya nos jodieron- se le
escapó una queja al inmaduro pasajero-
- _ ¡Cállate cagada! fue la voz resuelta
que salió de uno de los asaltantes, sin antes agregarle una sarta de patadas
sobre el cuerpo del infructuoso pasajero.
- _ ¡Ay! ¡Ay! Ya no papa, ya no.
Celebrar una fiesta conmemorativa
y gozar de ella al compás de la dinámica de músicos y bailantes ocurría
por costumbre, también la preparación de los alimentos significaba casi un acto
ritual porque se escogía los mejores ganados para sacrificarlos. Del mismo
modo, se afirma que a principios del siglo XIX, el bandolerismo en la serranía
era parte de la convivencia de los lugareños. Ellos, en razón a sus apellidos
gobernaban un determinado territorio. La autoridad era casi invisible para
frenar el delito, aún, otros confirman la necesidad y presencia de estos tipos
por simple justicia divina.
El caserío de Churín escondido por la agreste geografía del
valle del río Marañón. Allí, se
celebraba una vez más la fiesta de su creación patronal. El mayordomo de la
fiesta con cierta anticipación había contratado a unos músicos que tenían fama
de ser los mejorcitos de Yacus, orquesta querida por estas rutas; estos que alegraban
los corazones por igual en las fiestas tradicionales, haciendo mover los pies en
un particular zapateo al ritmo de la danza washawaghta. Los lugareños bailaban
alegres, los jóvenes mozos cortejaban a las warmis mozas, los ancianos también
danzaban al compás de la melodía recordando a sus ancestros. Y los perros ladraban
moviendo la cola, saltando en piruetas al lado de sus dueños.
- _ Sirve, sirve. Apura, apura, sirve
rápido.- ordenaba la cocinera-
- _ Agrégale al Pecho para que se
calle y no haga más lío.
La banda de músicos, de por cierto
tenía como referencia su estilo propio, constituida en el fragor de la música y
con prestigio propio de ser considerado uno de los mejorcitos y al solo anuncio
de su presencia convocaba mucha gente festiva. El director del grupo conocido
como Max era cantor y tocaba el arpa, el muchachillo de rostro tierno manejaba
el platillo como dos tapas de olla, el más alto conocido como Pecho golpeaba el
bombo hasta hacerlo gemir con resonancia magnética, las tres trompetas
coincidían en el agudo sonido para que el wayno sea lo que es, el clarinete
acompañaba con lágrimas musicales que brotaban desde sus orificios; contrastando con el bombo, el redoble del
tambor-talora también se dejaba sentir y por último no faltaba un bailarín
improvisado, quién le daba el toque del son andino a la melodía, soltándose en
una alegre danza al estilo de sus ancestros.
Eran los principios del siglo XIX.
Los Albornoz llegaron por diversos flancos, se juntaron muy cerca a los
músicos. Llegaron para y dispuestos a exigirle
a los Cruz entreguen sus partes del botín, logrado en los últimos atracos en el lugar
conocido como Tocana. Cuando compartían el licor recordaban esa tarde del día, durante
el cual fueron sorprendidos por la policía montada, si lograron escabullirse entre
la oscuridad y las rocas, es por la intuición premeditada; después de ello se
separaron para encontrase más adelante; se dispersaron en las punas frígidas,
logrando despistar a los gendarmes, borrando todo rastro, hasta un nuevo rencuentro. Pedro Albornoz juntó el dinero del asalto y con
él escaparon Pecho y el un muchachillo. Los Cruz también abrieron su propio camino de
repliegue, librándose de los gendarmes, aprovechando la estampida pero en ruta
opuesta, escapando con sus armas desabastecidas de bala. En esa huida, Pedro Albornoz confió en Pecho Cruz su caballo, por
un momento, mientras él subía a una roca para ver el panorama y asegurarse del
repliegue de los gendarmes, y así oxigenar los talones, estaban tensos, necesitaban sacarse las botas. La
consigna de los asaltantes de camino consistía en volver a sus labores
domésticas, evitar el mínimo detalle que signifique la delación de sus
actividades delictivas.
El tiempo, entre el día del último
asalto y la festividad casi llegaba a un año, esos días fueron de tranquilidad
para los lugareños. Para la familia de los asaltantes hubo poca tranquilidad,
nada agradables de por cierto. Sabían
que se reencontrarían una vez más, con
mayor razón en las festividades patronales
de Churin y lejos de las presiones de la ley. Ambas familias mostraron
conductas recelosas, por naturaleza y producto de la vida delictiva. Es por eso,
debido a la idiosincrasia adquirida en los múltiples atracos, en las
festividades mostraron su autoritarismo.
Exigían una atención de primera, sacaban a relucir el derroche de mucho dinero,
con el argumento de haber llegado recientemente del norte del Perú y a donde
llevaron mucho ganado vacuno y carneros. En realidad, gastaban sin
contemplaciones, confiados en el último botín y por repartirse en algún momento de la fiesta. La cantina
atendía sin restricciones al considerar que eran familias respetadas por esta zona.
Antes de ocurrir el enfrentamiento
entre compinches, uno de los Albornoz se acercó a los Cruz para exigirle su
parte, la discusión por el dinero recaudado en los asaltos coincidía con la
vieja treta de poner pretextos para no cumplir.
- _ ¡Ey Pecho entrega nuestra parte!
No te pases de vivo, te llevaste toda la merca.
- _ Pero no era mucho y luego te pasaré algo socio. Por el momento
estoy con cachuelos como tu vez.
Las palabras se acortaron a su mínima
expresión en ambos bandos hasta imponerse un ambiente hostil.
- _ Oye puta, no te hagas el cojudo te
llevaste mi caballo y toda la plata.
- _ Sentí temor al momento, por eso me
aleje del lugar, pero en mi fundo esta tu caballo y el resto te devuelvo estos
días, ten paciencia Pedro.
- _ ¡No vengas con huevadas, me das mi
plata o te mueres cabro traidor!
Luzmila Albornoz gozaba de su
forma alegre, llena de juventud y belleza, ella coqueteaba con uno de los Cruz
bailando un hermoso wayno, tenía simpatía para ser una pareja particular y
consentida. El patriarca de los Albornoz se mordía los labios de cólera, masticando
la rabia de un imposible sobre esa relación y a costa de su lengua se dio un
mordiscón como el perro ovejero, no podía aceptar una
relación amorosa de su hija con un Cruz.
No aceptaría concebir excusas de su hija Luzmila por enamorarse de un ladrón; él patriarca
de los Albornoz ya estaba cansado de vivir
una vida de forajido y deseaba para sus nietos nuevos escenarios, estas que se
acerquen a la vida honrada y la modernidad, imploraba para sus descendientes nuevos
derroteros que sean de honradez y construyan una carrera profesional; por eso, lo menos adecuado para
sus últimos días era ver a su prole metidos en la cárcel como viles delincuentes. Por ese
camino sinuoso al cual él había caído tendría
que evitarse.
Si la circunstancia hubiera
ayudado a un buen acuerdo sobre el botín y compartir como siempre lo acumulado,
tal vez, no habría sido necesario hacer
uso del revólver. Se escuchó el disparo contundente en plena alegría de los
poblanos, quienes motivados por la música y el baile hicieron caso omiso por un
instante. Pecho Cruz cayó al suelo bruscamente. Los danzantes pararon de bailar
y en estampida buscaron la oscuridad para escapar de la balacera y líos ajenos.
El negocio de bandoleros se había
resuelto de mala manera, sin grandes motivos para hacer uso de las armas de
fuego y renegar entre ellos y su estirpe.
La excusa del enamoramiento de un Cruz
con una Albornoz, fue un buen motivo, para no arreglar en armonía sus asuntos, el
lío creció como una tempestad, acentuada
con la firmeza de un rayo sobre el rostro de los Cruz por negarse a compartir
el último botín, de las amenazas entre ambos bandos cayeron envueltos por el
torbellino de agresiones físicas; las balas que cruzaron por los callejones
obligaron a los festivos lugareños a resguardarse. Consecutivamente en el
silencio de la noche se escuchó maldecir a los Cruz:
-
¡Mataron a Pecho!
- ¡Concha! - un Cruz había caído por la bala disparado por
el arma de un Albornoz.
- ¡Por un Cruz caerán dos Albornoz! ¡Malditos
Albornoz! ¡ Lo juro por los demonios que pagaran con su sangre1 - gritaban
desde las sombras-.
- ¡Por dos albornoz mataremos a cuatro
Cruz, así será el castigo que recibirán, perros traidores!- contestaron los
contrincantes-
El viento helado trajo de las
rocosas y agrestes cimas el ulular de la maldición sobre las dos familias.
Familias sentenciadas por sus propias leyes y discretos en sus relaciones para
resolver los problemas.
Tres generaciones, aproximadamente
unos 6o años transcurrieron desde el asesinato de Pecho Cruz. De esa fecha la
aparente tranquilidad generaba confianza entre las dos familias. El atavismo
humano pocas veces fue comprendido, había memorias que guardaban el odio y la
reacción, esta había acumulado mucha energía y en algún momento explotaría.
Fue el teniente Cacique, quién
realizaba una de sus acostumbradas visitas al distrito de Huarín, de estas
podía agenciarse para cumplir su labor vigilante, él buscaba el apoyo del
alcalde para abastecer de petróleo a la camioneta policial, por eso en camino al
despacho municipal pudo percatarse que uno de los Cruz realizaba gestiones en la municipalidad; otros afirman
que fueron los Albornoz quienes informaron a la policía de la presencia de uno
de los Cruz cada fin de mes. Resultaron ser varias las hipótesis, se exploraba una
supuesta relación amigable entre el alcalde del pueblo y el padre de los Cruz,
otros afirmaban que el jefe de esa banda era la autoridad edil. Pablo Cruz pretendía pasar desapercibido cuando
fue intervenido por la policía nacional, a este se le encontró una pistola y
varias balas de reposición, la policía tenía serias evidencias que era el
asesino de uno de los Albornoz, en estos últimos años. Con la detención del
jefe de los Cruz por la autoridad policial se había acertado en actuar
preventivamente y evitar en adelante los baños de sangre producto de los
enfrentamientos tribales en estos parajes andinos.
Al parecer y por la tranquilidad mostrada
en varios años, sobre estos parajes, se podía concebir que el conflicto se diera
por concluido entre las dos familias litigantes. Tal presunción no fue así.
El tiempo se acrecienta cuando de
por medio existe amenazas y temores,
podía ocurrir en cualquier momento el cumplimiento de la venganza. Esta fue la
situación del director de la escuela a quién su condición petulante no le
permitía acercarse a la chacra, eso era para los indefensos cholos, como bien
lo afirmaba. El, vestido de terno oscuro, con el pelo engrasado y peinado hacia
atrás mostraba un rostro recuperado por
las cremas aplicadas en el cutis y en contraste al frío ventarrón de las tardes
que golpeaba a los ordinarios del pueblo. Era director de la escuela y se
dirigía a las aulas, esos momentos que dejaron escuchar un impacto de bala
sobre el cuerpo del docente. El disparo retumbo en eco sobre las chacras, en
momentos que chacchapeaban la hoja de coca antes de iniciar la jornada labriega.
Rogelio Albornoz cayó cerca de una de sus alumnas, “sus alumnas” como él mismo afirmaba con propiedad. Esa alumna
llevaba como nombre Dalia Cruz y él un Albornoz más.
- _ Esto es por Pecho y para que nunca
pretendas a una Cruz y que el infierno te ampare- fue lo que escucharon los
alumnos de la boca de su victimario.
- _ ¿Cuántos Cruz y Albornoz tendrán
que caer para que se acabe esta matanza?-se preguntaba el teniente cuando
levantaba el cuerpo inerte del maestro.
La banda de músicos y de los
asaltantes de Tocana, podrían reencontrarse en algún espacio de estos parajes
andinos, soltando un alegre wayno del repertorio
acumulado para estos casos, aliviando y complaciendo los sentimientos de
hombres y mujeres o brindándote una lisura para obligarte a soltar parte de las
utilidades de tus honrados trabajos, luego y cuando seas objeto de un asalto. Existían
razones meritorios para temer, por eso se debería recurrir a una agencia de
turismo para informarse mejor sobre la ubicación física de un Albornoz o un
Cruz, bonita oferta de marketing, en todo caso que no te sorprenda en el camino
encontrarte con uno de ellos, apuntándote con la escopeta a la altura del pecho
a cambio de un sencillo monetario. Si pasabas desapercibido por un asalto a
buena hora, de todos modos te encontrarías en la fiesta del pueblo bailando al
ritmo de la banda musical que ellos auspiciaban.
Papá Cruz, luego de la venganza
realizada por la muerte de su hijo Pecho tuvo que esconderse fuera de su
estancia, dejando avisado a los Albornoz para que lo busquen a él y no se
paguen con sus nietos. No fue muy lejos el insolente personaje debido a la
orden de captura ejecutada, logró arreglar con la autoridad policial en la
primera detención en su pueblo cuando visitó a la familia; esta vez fue
imposible justificar su libertad, siendo detenido en momentos que se encontraba
comiendo en los kioscos del mercado viejo de Huánuco, apresado por dos incautos
policías, luego tuvo que ser trasladado a la cárcel central, donde pasó 10
largos años en prisión. Papá Cruz fue liberado con el tiempo y después de
cumplir su condena en prisión decidió construir un nuevo ambiente de vida, deambulaba
por las calles mientras pensaba sobre esta decisión, con el dilema de volver o
no a su estancia. Fue determinante la información que le dieron sus paisanos
para no regresar y por temor que se despierte los viejos rencores, entonces, se
decidió por tomar las riendas de viajar a los fundos del patrón Escalante. En
estos lugares iniciaría una nueva vida, además sería el capataz y ganas no le
faltaba, este trabajo sería muy similar cuando dirigía a su propia banda.
_ Papá Cruz no olvidaba sus comarcas
y el gusto de estar al lado de la familia lo envilecía de emoción en el alma.
- _ ¿De dónde provenía esa hermosa
mujer andina, aquella que pudo embrujar los ojos de su winsho Pecho Cruz?
Tuvo que intervenir Ernesto Cruz
en su condición de investigador de la UNHEVAL, para ilustrar a los parlantes,
lo hizo tan ilustrativo que se quedó impregnado en las memorias de los oyentes.
Buscaron en el mapa de los colegios sin resultados óptimos, para conocer las
rutas de los cuatreros. Cualquiera podía sentir la emoción de estas aventuras
ocurridas en los parajes andinos y debería tener una explicación sociológica.
-
Allí entre ambas columnas de los
cerros ariscos – relataba Ernesto Cruz- se aprietan al inicio las rocas para
formar el río Waywash, permitiendo por su lecho de irregular pendiente que el
agua discurra hacia occidente. Esa mañana los campos estaban copados de
abundante masa de nieve como el algodón refinado. Los pocos plumíferos de la
laguna Patococha zambullían sus cabezas para refrescar sus buches calientes.
Los arrieros seguidos entre sí circulaban apresurados hacia el pueblo más
cercano, haciendo crujir al viento en la punta de sus látigos. Las vacas
bramaban y lo becerros no dejaban de mamar la ubre, junto a ellos Marta
ordeñaba presurosa la poca leche sobrante, pues el becerro a sabiendas de todas
las mañanas no esperó tanto, para succionar la matriz de su madre antes que la
ordeñen. Ella madrugaba como siempre,
para preparar el rancho del momento y guardar su fiambre, lo necesitaba en su
viaje para trasladar los animales a las
alturas del Tuctocoto, el poco pasto de
la zona baja en el verano no abastecía a las vacas lecheras, y antes que sea
criticada por tener animales tuberculosos, prefería soportar el rigor de las
frías pampas de la altura. Cerquita a la
cocina esperaba que pase el mal tiempo de ese amanecer, la furia del clima amenazaba
con destrozar a cualquiera que pretendía salir a la intemperie. Las lluvias
empezaban a caer una tras otra al compás de los truenos y relámpagos, una estampida de granizada se precipitaba sobre
la faz de ese pequeño valle y ha verdad de los hechos se hizo hostil el
ambiente, lluvia y granizada se precipitaba temerariamente, sobre el techo de calaminas de las chozas de
los lugareños, golpeándolas con reverencia y venganza natural. De aquí era la
mujer.
El arco iris, casi después del
medio día decidió nacer de la transversalidad de la llovizna y el ángulo
perfecto de los rayos solares, la luz atravesaba las gotitas de agua caídos de
lo alto en clara disposición de hacerse sentir, permitiendo de este modo se forme la trunca circunferencia tawantisuyana, la que mostraba su nacimiento prematuro, desde
la cresta del chúcaro cerro, hacia el flanco derecho del río y volando sobre el
espacio decidió enraizarse en forma de remolino sobre la cabeza de Marta, ésta
que sin percatarse corría sobre el campo arriando sus ganados, jadeando el
oxígeno desde sus pulmones para contrarrestar el ambiente, sin saber del
privilegio al cual era sometida por la naturaleza, permitido solo para mujeres vírgenes.
Los colores del arco iris se manifestaban irradiantes, lucidos, atrevidos
uniendo en el espacio los flancos abiertos por la naturaleza y retando a los fríos
peñascos del nevado 7 Colmillos, fenómeno que desposaba una vez más a Marta en su naturaleza divina, se hizo nudo, trenzándose en sus pelos y trasladándose luego a
través del brillo intenso de las pupilas
de los ojos de ella. Los ojos de Marta manifestaban la alegría polícroma del arco iris. Marta
caminaba con firmeza sobre el suelo lluvioso, con mucha energía para un
ambiente adverso para otras mujeres que buscan ser amadas. Ella confiada de sí misma y arriando sus
animales sobre el ancho camino abierto por el arco iris, empujaba la recua
hacia los nutritivos pastos de la altura, muy cerca de la cordillera, allí
donde mora los espíritus de la sanidad andina.
Ahora se entiende el porqué de los buenos quesos, agradables
quesos, preparados de la leche de las vacas alimentadas con pasto natural en
los campos donde el ILA los acepta como sus cofradías. De estas ventajas Marta
se jactaba de producir lo más delicioso y agradables quesos de Lauricocha.
Allí en Tuctocoto, la presencia de
la neblina es de todos los días, a lo lejos se forma concienzudamente como un
espejo alucinante y cada ocurrencia en ese camino es para reconocer que son las
nubes quienes abrazan a todo intruso en constantes besos hasta confundirlo en
un laberinto sin salida. A las personas extrañas se les limita conocer a cielo
abierto el territorio y es donde el amo de estos parajes se muestra y exige
condiciones, algunos lo conocen como Garachuco. Ellos, los nativos relatan que
el Garachuco transita y se presenta acompañado por un ágil zorro, ardiendo luminosamente
por sus finos pelos, dispuesto a interceptar
al intruso hasta llevarlos a los barrancos y
presionar cuando sea necesario con la misma muerte al invasor. Es una forma natural de autorregulación
para seguir existiendo en su espacio y la naturaleza.
Garachuco camina junto a su canino
en la oscuridad de las neblinas, cuidando las ovejas y las vacas de los
potenciales robos propiciado por osados abigeos. Con cabellos del color solar, largos y
entornillados, amalgamado con el zorro cerca de sus piernas, en compañía eterna
y de mutua convivencia naturista. El zorro mostraba sus dientes marfilados,
frunciendo el hocico como anuncio de su decisión de ir al ataque si fuera
necesario y con ansias de no permitir se
acerquen a Garachuco. Marta confiaba de Garachuco y este de ella. Podía estar
varios días lejos de su recua, allí en Tuctocoto, la necesaria convivencia rige
las normas del día. Los días de convivencia en la estancia servían para
engordar a los ganados y también de complacencia para el Garachuco, muchas de
las madres regresaban preñadas para parir en el abrigado valle. Marta no se
escabullía de esa lógica al disponer de él en sus sueños y el subconsciente de
su feminidad permitió eso al abrir sus entrañas que toda mujer nutre.
¿Pero quién es Garachuco? Mejor explicado sería menos que mejor entendido.
A Garachuco lo encuentras en la falda y el paraje del tramo entre La Merced y
la comunidad de Túpac Amaru, en las partes bajas y altas de Tuctocoto, su
hábitat se encuentra protegido por enormes moles de piedra, se manifiesta con
apariencia de robusto anciano, de pelos largos y ondulados, perfil cósmico y
cabeza sólida sobre sus hombros atómicos, su color es de piedra para los ojos
del incrédulo. Es el padre de los Ilas. Este se encuentra escondido dentro de
una roca de granito puro y se manifiesta en las creencias de los originarios a
través de los sueños y también en parajes solitarios.
Marta había cumplido con su
promesa y el jirca comparte su gracia con los pobladores de Túpac Amaru, la
abundancia en el nacimiento de nuevas terneras y ovejas evidencia la convivencia.
La noticia llegó a toda la
provincia, a los oídos de los poblanos y de un modo especial al cura de la
iglesia quien tuvo interés inmediato sobre el hecho. Las sectas evangélicas se
mostraron escépticos, pero para el cura fue un gran descubrimiento favorable
para la iglesia católica.
Los campesinos acongojados en
estos tiempos por sus ganados que morían
en el parto, o los perdían en el pastoreo y la enfermedad que los exterminaba. Las noticias de haberse encontrado a un Ila
exaltaron la atención de los poblanos en todo el paraje y aceptaban los
lugareños el hecho del advenimiento de los buenos tiempos. Dejaron de seguir
los rastros de zorros u otro carroñero, para dedicarse a sus rebaños y
llevarlos a beber el agua del Ila.
Ivlov, el cura de origen italiano,
residente en la provincia realizaba la ceremonia de todo domingo, mediante la
misa acostumbrada para anunciar a sus feligreses buenas nuevas, él afirmaba que
se había encontrado una campana en las alturas de Túpac Amaru, esa que hace
doscientos años se perdió al rodar de una pendiente al río Waywash, pujaba en
plena misa para relatar la historia con fanatismo poco usual, pretendiendo
demostrar que ese regalo de la corona española era la campana perdida, todo con
el fin de ganar más feligreses. El cuento de la campana del rey de España no le
sirvió de nada. El Ila Garachuco no se presta para cojudeos –afirmaba el jefe
comunal-, él está en su lugar y cerca a los rebaños que requieren incrementarse
en abundancia natural, con el consentimiento de los Apus de estos lugares. Los
rezos de los religiosos satisfacían un paganismo propio, de culto a la muerte y
nada más. Los días posteriores al hallazgo del Ila fueron de agrado para los
campesinos, los rebaños bajaban a beber las aguas y nacían las crías; Marta fue premiada con abundancia de leche y
queso.
En este escenario papa Albornoz
conoció a Marta y en poco tiempo nació Luzmila, la chica de los ojos
conquistadores y seductores, los que conquistaron a Pecho Cruz y también lo
llevaron a la tumba. Cortejar a Luzmila significaba desafiar al Garachuco, este
no aceptaba complejas explicaciones de los humanos. Como dicen “el jirca
Garachuco se comió al Pecho”y no las balas de los Albornoz.
SERRANITO
PERRO
CUARTA REFLEXIÓN
Dos
hechos señalan el origen del estatus socio económico y cultural de los
habitantes de estas tierras calurosas: la Vejes y Juan (Andrés), hicieron de su vida un protagonismo
importantísimo para la historia de Puka Achpa (Pucallpa); sin la descripción de estos acontecimientos no se podría medir el impacto de lo sucedido,
considerando además, la buena
disposición por contribuir a resolver el mito de los iniciadores de las
principales urbes en el río Ucayali.
4.
SERRANITO PERRO
La vejes, desolada y sobre su cama
recurría constantemente a pronunciar versos cristianos mediante el canto, pretendiendo
demostrar de este modo su fe inquebrantable a su “Señor” Dios y no dudó en comentar con ferviente crítica sobre la
conducta de la hermana de fe, aquella mujer creyente que osó en regañarla y
decirle que los cristianos no se enferman y porqué venía al culto enferma ¡mejor no vengan porque contagian a los
demás!
- _ ¿Algo sucede con la hermana? ¿Qué
puede ser? Así, mi Dios no permitiría que se construya iglesia, estas
majaderías de la hermana Crisol – señaló- son acciones del demonio y pecadores,
es demasiada recurrente y discriminadora, ojala no sea para maldición de ella.
- _ Pero, así son mami, todo el tiempo
se hacen el potito angosto.
- - Mis padres –comentaba la vejes-
tenían sus defectos siendo cristianos pero nunca fueron huraños y negativos
como esta hermana. Bueno, por último lo dejamos en manos de Dios, él es el
único santo, los restos somos pecadores.
De los cantos cristianos, pasaba a
los momentos de meditación y mejor si
alguien le acompañaba, hablaba y hablaba con vehemencia. En su momento
más cuerdo se podía escuchar largos relatos, dentro de ello recordaba a su amor
platónico, por aquel amor que fue un imposible, por sentirse muy inferior ante
el inglés. Pero en otros momentos ella afirmaba que le hicieron daño. Tomaron
una ropa interior y lo enterraron cerca de un puente, al interior de un hoyo y mezclado con tierra del cementerio. Toda
vez que ingresaba en trance cerebral gustaba de hablar mucho de Alfredo
Englinton, de este muchacho que apareció cuando ella tenía 9 años y acompañó en
su consultorio y observando múltiples atenciones que realizaba a los heridos y
enfermos. Englinton demostraba ser un hombre de fe, su descendencia
protestataria lo hizo ser médico de profesión; ella estuvo cerca de él, apoyándola
algunas veces en las operaciones que realizaba a los lugareños, quienes
llegaban con heridas graves, picados por
la flechas de los Cashibos. Con la firmeza de sus palabras sumaba sus recuerdos
de uno a uno, hasta crear un ambiente grato para su ego, mucho mejor, cuando
emulaba los momentos de su juventud, esa etapa de la vida alimentada por
sentimientos platónicos.
Con el tiempo ocurrieron cosas, es
decir un proceso citadino, propio de la interculturalidad, etapa que dio origen
a la unión de Julia Guzmán y Andrés Orneta.
- _ “Alau pobre serranito a qué has venido por estas tierras a vivir como
perro”, fue la frase de todos los
días, en las mañanas y por las tardes las que eran tarareados por las hermanas
Laos, confundiéndose con los chillidos de los insectos de la espesa selva, tan
escandalosas como las propias chicharras.
María
expresaba su parecer con ojos vivaces, direccionando hacia él una mirada de
coqueta, aún con el temor del reglaje
de su madre y con el riesgo de ser
castigada, sino renunciaba a la curiosa forma de fastidiar el buen ánimo del hombre, pretendiendo
posiblemente imponer la primacía de la
raza gitana introducida en sus genes, además, ellas eran hijas del patrón y
esta relación construía poder sobre la servidumbre y por deducción sobre la
aldea; el varón ayudaba a cumplir tareas
en la casa de ellas, estas pretendían demostrar a sus padres que ya estaban
maduras, como para iniciar una posible relación
con los varones del pueblo, salirse de
las formas y reglas morales de convivencia significaba recibir sanciones
extremas, desde una surra de castigos con un látigo de wicungo, hasta la
frustración de las próximas vacaciones a la ciudad capital en el año presente.
Rosita también se sumaba al festín de burlas, propios del jolgorio juvenil, sonreía
muy diferente a María, con ganas de ser percibido por el serranito.
Juan Orneta apareció en el Jacaya
a fines del siglo XIX, durante el periodo de mucho flujo de población migrante,
cuando el auge de la explotación del caucho llegaba a su cúspide, tendría unos
20 años, era fuerte y rudo como los andinos.
Apareció como muchos que llegaron a este lugar de prosperidad, así como arribaron
los ancestros de María y Rosita por parte de su madre de descendencia gitano,
desde las lejanas tierras de Europa, cargando sus chivas y muchos misterios.
Juan siempre afirmo ser originario
de la comunidad de Mayobamba, de la etnia de los Panatahuas, allí donde los
hombres se resistieron a ser vencidos por los españoles y chilenos en los
tiempos de batalla. El, siempre resaltaba, el heroísmo de sus ancestros, cuando
los lugareños organizaron la resistencia formando una férrea línea de
combatientes, recios ante los invasores y felinos defensores de la patria, pelearon
con mucha creatividad y de antemano por la destreza de hacerse invisible en el territorio del bosque nublado, donde derrotaron
al invasor. Nadie así nomás podía sobrevivir en las alturas de la ceja de
selva, zona territorial donde se interiorizan
muchos factores climáticos, de modo especial el frío y la humedad por largos
meses, el monte y la poca accesibilidad definió al hombre de las nubes. De esa
zona provenía Andrés (Juan). ¡Poco se sabía de este serranito mostrenco!
Al recorrer la frías tierras de Panao
encuentras versiones sobre los Ornetas, algunos conocidos indican que el hijo de un aventurero
francés de apellido Horneta enamoró a la nativa Marcia Rojas y de allí se han
reproducido muchos descendientes, regados por la circunstancias de la historia
en territorio patrio; hasta que llegó Juan (Andrés) al Jacaya con sus alforjas
y mucha energía. Este singular personaje hizo arriesgada labores de arriero,
trasladando insumos al fundo de los Durand y Escalante donde según los
lugareños ingresaban muchos para no regresar, la trocha principal era
controlada por hombres armados. Juan tuvo en cierta manera el privilegio de no
ser confinado en esos lugares donde se cultivaba la coca, la simpatía que había
logrado obtener de la mujer de Durand le dio cierta confianza, regresaba sano y
salvo, cuantas veces de esos lugares infernales; en sus reflexiones afirmaba con
certeza y para eso usaba sus noches de
sueños confusos, afirmando que fueron prisiones naturales, donde cualquiera que
tuviera uso de razón condenaría su existencia. Había sido testigo de muchos
actos de crimen por parte de los hombres de Durand y también sabía que eran órdenes
del mismo engendro de belcebú, quién no encontraba mejor placer para lograr sus
objetivos de poder económico castigando con la muerte a los que intentaban
rebelarse contra lo impuesto en el fundo. Él tuvo un percance, para verse
obligado a migrar abruptamente, había permitido que uno de los caballos del
capataz se muera por descuido y esta falta sería la mejor justificación para
confinar a Juan en las malocas de la muerte, por eso tenía mentalizado escaparse y así fue; en una de
esas jornadas de arriero aprovechó un descuido de su acompañante para
arrebatarle la escopeta y percutar el arma sobre el curtido cuerpo del capataz,
fue de un certero disparo a quemarropa contra el “verdugo” de sus paisanos,
tumbándolo de su posición defensiva hacía un pequeño barranco y donde el cuerpo
desapareció en la espesura de los matorrales. Tuvo que tomar acciones antes que
el capataz Cruz cumpla su amenaza de
confinarlo en el fundo.
Juan escapó llevándose las tres mulas
con ruta desconocida, sabía que si era atrapado no sería para ser consolado en
los brazos de su protectora. Recorrió sin descansar por dos días consecutivos entre
la penumbra de la noche y en el claro día
escondiéndose al interior de las cuevas; había transitado por las riberas de
río Huallaga, en algún momento y no le molestaba hacerlo de noche, para
continuar luego hacia las alturas de Panao, Chaglla, Monterrey y siguiendo la
ruta que le indicaron unos arrieros, le aconsejaron tomar el camino propio para
personas con problemas y eso consistía centrar su mirada con destino a la
cabecera del río Pachitea, hacia el Codo
formado por el río Pozuso.
- _ ¿De dónde vienes paisano?- le hizo
la pregunta un lugareño.
-
De aquí nomas jefe, contestó.
- _ Y ¿Cómo te llamas?
- _ Soy Juan Orneta jefe.
La mente fue tan frágil y repensó
el momento que conversaba con el pozucino, fue un error señalar con certeza sus
datos de identidad, entregar su nombre verdadero, a sabiendas que estarían
siguiendo sus pasos los gendarmes del gobierno, debería corregir el grandísimo
error de haber sido sincero con los representantes de la ley. Los hechos
ocurridos con el capataz Cruz, las decisiones tomadas luego por las órdenes
implacables de Durand tendrían que cumplirse con discreción; entonces tomó la
decisión de quemar su cedula de identidad, vender las mulas y continuar río
abajo cargado de su tan solo quipichado.
La abrupta selva baja no era de
extrañar para él, porque en los fundos de la familia Durand había experimentado
el bochorno, la pelea con las mosquitas, la amenaza de las víboras y otros
peligros más que se pudieran presentar en ceja de selva.
Juan esperó que transcurriera
varios días hasta lograr aclimatarse al nuevo ambiente, hizo una excelente
barbacoa en un pequeño refugio de la frondosa selva madre, a fin que las fieras
no lo acaben, también, priorizaba su necesidad de mantener activo el fuego, porque
ya no tenía los fósforos; vivía del asado de muquichos y de algunos roedores
que cayeron en las trampas. A un mes y tal vez, luego de estar convencido de la
no existencia de persecución sobre él decidió bajar atrevidamente en una balsa
de madera, deslizándose sobre el río Sungaro, sorteando las turbulentas aguas, soportando
el clima caluroso y por su poca
costumbre de sacarse el saco que llevaba puesto, sudaba como el carnero. No
existía otra forma de borrar su rastro, el río era un perfecto lugar para
desaparecer y llegar a donde el destino lo lleve. Le hablaron de un caserío cercano
y por último, deseaba compenetrarse con otros pobladores, regresar a la sierra
era una estupidez, sabía de la destreza de los gendarmes de Durand,
enfrentarlos no estaba en sus planes, tampoco era una buena definición. Posiblemente
que había matado al capataz Cruz y como él mismo escucho los diversos relatos que
contaban sobre sus andanzas y broncas pendientes con la familia Albornoz, mejor
sería desaparecer del mapa. No vaya ser que por él se junten ambas familias para
buscarlo.
Juan logró superar la agreste
selva, entre el frío de la sierra de Panao y el calor sofocante de la selva,
llegando a la cabecera del río Pachitea, allí donde se juntan con el Sungaro,
en ese lugar donde suelen tronar los relámpagos y ocurren las precipitaciones
pluviales a diestra y siniestra. Vivió largo tiempo junto a otros ermitaños,
comiendo la yuca y bebiendo el masato, ahumando la carne de majas y también de
mono. La curiosidad por encontrar otras formas de supervivencia permitió que la
espesura del bosque lo abrigue con sus productos, es así que asume el reto de
habilitar carne del monte para ofrecerlo río abajo, días antes se había
informado que este negocio también permitió que otros se abastezcan con
productos manufacturados, como la sal y algunos dulces.
- _ No vayas amigo, es mejor que
salgas por la madrugada, la noche te va a ganar.
- _ Pero puedo aprovechar la creciente
para sacar mi balsa se encuentra en una quebrada y hay poca agua.
- _ Entonces te ayudo, sube a la canoa
y dime donde se encuentra tu balsa para traerlo aquí en el puerto y de
madrugada te vas.
- _ Bien paisa, gracias por tu apoyo.
Juan llevaba varios días bajando sobre la boya, antes, escuchó
con atención los consejos de los naturales, de por cierto, la experiencia es
madre de la prevención de dificultades; decidió salir de madrugada, embarcó
algo de víveres para el viaje y también una pequeña canoa, como precaución en
un caso que se presenten peligros impredecibles, le habían informado sobre los
peligros río abajo, donde inesperadamente
y luego de una merma se presentaba un regadero, con muchas quirumas aflorando y
de aparente tranquilidad, le aconsejaron
evitar que la corriente del agua lo llevara por ese cause porque terminaría
por destrozar la boya.
El tramo difícil para todos los
viajeros era ese regadero, él y la boya no serían una excepción; ya habían
transcurrido dos días desde que salió del campamento y este encuentro con el
fenómeno natural se ponía demasiado misterioso.
Juan se dejó ganar, por la confianza desprendida de su relación con la
tranquilidad de la creciente, hasta que sintió un declive sustancial en la
pendiente del cauce del río, fueron esos instantes que sintió un remesón, la
velocidad de la boya se incrementó y perdió el control, no hubo otra mejor
forma de separarse de esta y abordar su pequeña canoa para retirarse en
precaución del peligro. Además, consideraba estar pasando la etapa más difícil
de la ruta. En un buen tramo, hacia delante era notorio que la creciente
desaparecía en un inmenso regadero, donde afloraba los cascajos y arena, el
miedo se manifestaba sobre las temibles quirumas de madera dura, era el
regadero sin duda alguna.
Muchas caravanas se truncaron en
este lugar y ahora le tocaba a la boya de Juan, retenido por la propia arena y
la poca agua para hacerla flotar. La culpa la tenía él, por usar como parte de
la boya madera muy pesada, siempre fue precavido y el de topa no le parecía
seguro, por eso uso moena y cedro. Esa tarde tuvo que retener su viaje y buscar
un lugar para resguardarse de la noche,
salir del regadero requería de una nueva creciente, con mayor volumen de
agua, había aprendido a observar los movimientos de las nubes, el fenómeno
natural de las lluvias podría repetirse en
la cabecera del río y llegaría hasta el lugar donde se hospedaba en pocas horas.
En esos meses y a vísperas del inicio
del invierno las crecientes ocurrían con frecuencia, así, poco a poco se
incrementaba el caudal, grande y más grande, como afirmaban los lugareños, por
eso decidió en pernoctar cerca de la boya, hospedado de buena voluntad en la
cabaña de una nativo sanmartinense.
- _ Amigo, le decía, si viene la
creciente en la noche de seguro que se suelta tu boya y es altamente peligroso
para que te sueltes tú también.
- _ ¿Y que podría hacer para no perder
la boya?
- _ Solo esperar que no se adelante la
creciente.
El dialogo se inició luego de la
cena, serían las 7 de la noche y se podía ver el relampagueo de los rayos, eran
tan nítidos sus luces, estas eran las señas para afirmar, que las lluvias caían
en un lugar muy cercano. Según los cálculos esas lluvias son de la cabecera y tardarían
en llegar en tres horas.
Así fue, con premura y en momentos
de profundo sueño de los paisanos selváticos, a Juan le despertó un ruido
extraño, tuvo que salir a las orillas del río para medir el incremento de las
aguas. La intensa caída de la lluvia durante una hora era suficiente para mover
el ambiente y alumbrado por un rústico lamparín pudo observar las primeras espumas sobre la faz del río,
esta que anunciaba la presencia de la creciente.
- _ ¡Paisa, ayúdame! Ya la creciente
se viene con fuerza.
- _ Bien ¡cho!, sube al bote y ubícate
en la proa.
Ambos, Juan y el paisano
sanmartinense se embarcaron sobre el bote e iniciaron una ardua batalla,
peleaban por abrir un camino en la oscuridad infinita de la noche, esa que
le permita llegar a la boya, antes que
la creciente lo empuje del regadero, se deslizaron con destreza sobre las aguas
del río, para luego posicionar el bote sobre la balsa, trincar el cabo a la
proa fue la clave y él mismo atarse a las manos. La fuerza de los brazos de los
dos fueron de varios caballos de fuerza, estos se batían en las aguas del río.
Fue determinante el conocimiento sobre el lugar del paisano sanmartinense, él dirigía
el bote desde la popa, con mucha destreza guiaba al bote por la línea de luz que
los relámpagos formaban, esquivaba con
suma habilidad las temibles quirumas; el
bote se adecuaba al timón y la plancha de metal que servía de cola, chocaron con una quiruma, con otra y otra, fue
la última que los hizo brincar al aire y cayendo luego sobre el agua boya y
bote:
- _ ¡Hey! Juan ¿Cómo estás?- era
notorio que este hombre conocía muy bien el espacio, los ángulos y la línea de
escape.
- _ ¡Sí! ¡sí! Estoy bien.
La fuerza de las aguas en creciente se dejaron
sentir sobre el bote, la madera y los hombres, juntos fueron elevados en vilo
sobre los aires, luego que se sintiera un choque rudo con un palo duro; la
mente de Juan empezó a girar desordenadamente:
-
_ ¿Serranito
que haces por acá? “debiste haberte quedado en tu chacra labrando la tierra y
sembrando las papas, mucho mejor y sin peligro de tu vida, hubieras vivido al
lado de la patrona, a lo más aguantarías los abusos del capataz del fundo y
otra sería la historia”. Estos acontecimientos salvajes no eran para el
serranito Juan.
Y pudo tolerar la inclemencia y el
inmenso riesgo de haber sobrevivido al peligro, de cierto afirmaba haberse
salvado de una muerte segura.
-
¡Gracias papa lindo, gracias
paisano!. -se despedía del buen sanmartinense-.
Juan continuaba el largo recorrido
por el río, llevaba seis días suspendido sobre la superficie acuática y el
malestar se incrementaba en su cuerpo, exigiéndole satisfacer el deseo de
dormir, así recuperaría energías, el sueño perdido.
- _ “Debo encontrar un lugar donde
atracar”
Juan puso en riesgo sus casi últimas energías,
en la última que recorría sobre el río pudo avizorar un poblado, en su delante
se presentaba un largo estirón de las aguas, tendría que lograr atracar la boya en el puerto; presionó el acelerador de sus
músculos de acero y así, sin pensar en
la quebradura de los huesos repetía la maniobra, amarró con una soga la boya a
su pequeña canoa, remaba y remaba, evitaría que pueda fundirse los músculos
en los momentos que más necesitaba de su fuerza, entonces, y antes, llamó
a un paisano a viva voz, pidiéndole ayuda:
- _ ¡Jouuuuuu, jouuuuu! – levantaba la
mano agarrando su saco y hacia señas de llamamiento-.
Otro paisano de la zona acudió a
su llamado y en el acto ambos remaban con titánica devoción, antes que les gane
la corriente, hundiendo el remo mil y una veces, hasta trincar la boya en el puerto.
Plantó la tangana, reajusto los amarres, atracando su balsa, allí también amarró su canoa y junto a la balsa de madera,
luego de un salto subió a la superficie plana del puerto a estirar el dorso con libertad, respirando
profundo, oxigenando los pulmones y tomando por asalto una hamaca, deseo hecho
a gusto, de ese modo cerró los ojos en un profundo sueño.
Los lugareños salieron de sus
chozas a recibirlo y él despertó asustado, pidió disculpas por su majadería de
tomar la hamaca y respondiendo un sinfín de preguntas que le hacían los
paisanos.
- _ ¿De qué parte llegas paisano?
- _ Vengo de muy lejos paisa, pero
antes estuve mucho tiempo en la cabecera.
-
¿Y te quedas?
- _ Posiblemente que no, quiero algo
de sal, una escopeta y un machete, luego regreso.
- _ De todos modos eres bienvenido y
el pueblo es chico, si deseas puedes quedarte hay bastante chacra.
El paisaje de Puerto Honoria le hacía sentirse
agradable, la ribera poseía frondosos árboles cuidadosamente cultivados, con ordenadas
chozas y personas amables, todos azuzados por el calor del ambiente, buscaban
las sombras de los árboles con el ánimo de protegerse y otros obligados a
remojarse en las aguas del río, muchos chapuzones con agua, excelente excusa, justificando
la presencia y averiguar un poco más sobre el extraño visitante. Fueron las clarinas aguas sueltas, en forma de velo
extendido la encargada de acariciar al rústico hombre, quién venía desde las
cordilleras andinas en busca de un lugar
para establecerse, por el momento solo deseaba descansar.
- _ No tan manso creas que es el río paisano –le
inculcaba el lugareño- confirmarían mucho los que osaron desafiar al río si
estuvieran vivos. Tú no pareces ser de este lugar.
- _ Correcto paisano, vengo de lugares
bastante lejos y deseo abrir un futuro.
- _ Bueno aquí hay mucha agricultura y
se requiere mano de obra te vas a acostumbrar muy pronto.
Juan llegaba por vez primera a
Honoria y por efectos del altísimo calor del medio día tuvo la ocurrencia de ir
al puerto, bajar y luego de un salto caer sobre el bote vacío, buscaba sentarse
para desnudarse de su vetusta vestimenta, enseguida, consiguió con alegría y
angustia ingresar al río, refrescarse hasta satisfacer su caldeado cuerpo. Se
arrojó al río, deseoso de sentir la
frescura completa en su ardiente cuerpo, además no soportaba las mordeduras de
las mosquitas mantas blancas, sobre su piel de leche había una cantidad de
ronchas de color rojizos, se zambullo y
caminó un poco más en busca de la profundidad del río Pachitea, cubriendo
su cuerpo al noventa por ciento, a excepto de su cabeza, lo resto se encontraba
sumergido en el río, en un afán de incrementar la sensación edénica que sentía
luego de su desnudez, y confinado por haber logrado la travesía de cruzar nadando, a
brazadas, una y otra vez el ancho del río, sin temores y prevenciones de
percatarse que la tranquilidad era intranquilidad peligrosa. Curiosamente y a sabiendas que el volumen del
cauce del río había disminuido y con el propósito de descansar depositó los
pies en el fondo, pisando la grava, movía los brazos en forma de abanico, generando leves olas sobre el agua; así le
habían dicho que actué para lograr la satisfacción del placer oculto en las
profundidades. Como respuesta a la sensualidad y en un corto tiempo acudieron
los vivientes acuáticos, en momentos que pasaba el jabón sobre su cuerpo
sintió en las tetilla un tic extraño y
seductor, si no salió desesperado del río es por las advertencias que recibió
antes; eran las chupatetas, los finos pececillos que insistían en besar las
tetillas de Juan. Para la gente del lugar no era sorpresa este hecho, de tiempo
en tiempo se bañaban en este río y algunos con el ánimo de masturbarse por
costumbre; allí comentaron que la sensualidad y voluptuosidad de las féminas se
iniciaba en esta experiencia, muchas de ellas, recurrían a los chupatetas para
moldear los senos de niñas en voluptuosas y afrodisiacas.
Juan había logrado obtener su
seguridad a medias y no era suficiente
haber arribado al pueblo de Honoria, aquí podrían encontrarlo, pudo informarse
que periódicamente llegaban caravanas de comerciantes y junto a ellos la
gendarmería, y como todo fugitivo tenía que ser precavido.
- _ “Esta noche preguntaré a la coca”
y para eso había guardado como tesoro una porción dentro su wallquisito, allí se conservaba seco y
oloroso, para no perder la costumbre de chacchar, de otro modo podrían
sorprenderle los gendarmes de esa lejana tierra de Huánuco y sería fatal que lo
atraparan, muy penoso para él, sin lograr su cometido del deseo de culminar y
hacer realidad sus sueños, vivir hasta tener descendientes.
Chacchaba en la soledad,
pensativo, recordando a sus padres y las amistades. En medio dormir, todavía
agobiado por el trajín anterior, de haber resuelto la indecisión de soltarse en
la vertiente del río, se sentía incómodo, en alerta y fervor creyente de su
intuición, de la auto conservación; fueron esas percepciones internas que le
ayudó a mirar la realidad, en horas de la madrugada ocurrieron las extrañas
manifestaciones, fenómeno poco usual, las aguas burbujeaban formando remolinos,
se visualizaba un gigantesco movimiento circular de moléculas de aguas
turbulentas y esta avanzaba hacia la
ribera de las restingas, inundando parte de los platanales. Juan hizo caso al
presentimiento mayor, siendo un serrano en vigilia permanente por razones de su
vida, no dudaba en percibir el peligro como parte de su seguridad, el haber
armado su cama sobre la boya y dormir ella,
sirvió para anticiparse al
fenómeno y alertar a la población del peligro, así se pudo salvar muchas vidas. La
intuición por supervivir lo ayudaba a mantenerse siempre alerta, tiempo que lo usó para alertar a los pobladores, previniéndolos de
mayores desgracias, no por demás había percibido la lectura en los ojos de la hoja de coca y por el don
aprendido en sus ancestros ayudó a evitar un desastre mayor. Y calculaba que el
movimiento de aguas llegaría al pueblo. Se había formado una enorme ola. Ya
había escapado de la muerte cuando enfrentó al peligro en el regadero de río
arriba y la alerta se resaltaba en esa bendita hoja, esa que avisa de lo bueno y la desgracia. Por eso que no
había pegado los ojos en esa noche y de tanto mirar la aparente tranquilidad
del río se convenció que algo raro pasaría en breve. Fueron treinta metros de ancho que arrasó el
río, arrancando la plataforma del barranco, hundiéndose en corte longitudinal unos trecientos metros de
tierra firme y junto a ello cayeron varias casas, las que fueron absorbidas sin
remordimiento alguno, por la furia de
las aguas hasta las profundidades interminables.
Esos días y en las noches los
pobladores casi no dormían, por temor a una réplica, todavía circundaba mucha
energía, de alegorías convulsionadas en
las mentes inocuas de los habitantes, consorciado con los elementos formadores del bullicio selvático.
Desde algún lugar de la selva salían los espíritus movidos por su lógica,
danzaban y emitían ruidos dominantes, haciendo
temblar el suelo. Son los brujos del
frente afirmaba Salomón, pero también se escuchaban otros ruidos,
distinguiéndose claramente por los aleluyas y amenes. Así, las partes
dominantes imponían en el ambiente una
batalla de energías cósmicas. Reyerta de brujos contra evangélicos. Ambas
sectas eran promotores rituales de sus propias fórmulas esotéricas, en su interior
formaban núcleos de resistencia mediante el rezo y alabanzas, con devoción e
imaginación creaban alegorías para darle
forma a sus ritos. Para los ojos del ser
humano común y corriente constituía una simple
manifestación de la naturaleza. Para los ojos de Juan se manifestaban en
invisible los espíritus, por eso que nadie había percibido sobre la formación
de un halo energético, formado sobre el río en forma de puente. Los espíritus
avanzaban de uno y otro bando del río; luego de encontrarse en medio camino se
inició una batalla de intransigentes, haciendo giros sobre su propio eje de
homus erectus e insistiendo con golpes sobre
sus cabezas y pisando con fuerza sobrenatural la frágil estructura de la plataforma,
sostenida por un islote de arena. El resultado de tal faena religiosa llegó a
un límite cuando los gallos cantaron por la madrugada. Cualquier sordo podría
escuchar el ruido del cacareo de las gallinas cuando presienten a los espíritus.
Este lío al parecer no terminaría si antes uno de ellos caiga, siempre se daría
este complejo enfrentamiento de gritos contra gritos, alegoría contra
alegorías, sordos contra sordos, y mil contradicciones propios de la
intransigencia humana. Caciques en sus tierras, dueños de doctrinas
imaginarias, creyentes de la magia producida por sus mentes.
Antes de la desgracia sobrenatural
ocurridos al pueblo de Honoria, y por necesidad propia, Juan había pasado una
noche en el campamento de unos lugareños de inclinación religiosa “cristiana”;
el sol, el tiempo y el hambre sufrido durante su travesía por el río fueron
suficientes para él, casi había consumido la mitad de su capacidad de resistencia, este había
terminado por agobiar el recio espíritu de su naturaleza andina, tanto y justificaba por encontrar un lugar donde pueda
recuperar su fortaleza espiritual; siguiendo la costumbre de sus padres, él también tenía fe al cristianismo y no dudó
en visitar el primer campamento de un
grupo de fanáticos religiosos. Había visto y sufrido en carne propia las
inclemencias de la naturaleza y deseaba dialogar con personas cercanas a Dios; una
buena reflexión y paz espiritual lo ayudarían a limpiar su conciencia;
detestaba su accionar violento al matar
al capataz Cruz, buscaba el perdón. Esta
lógica espiritual lo llevó a la congregación de “cristianos”, allí pensaba
dejar su remordimiento para que sea perdonado, presentándose ante un desabrido personaje, quien le hizo sentar en
uno de los muchos pedazos de tronco existentes en el campamento, Juan pudo
notar en los ojos del sujeto, a pesar de estar copado por las legañas, un profundo conformismo por
la vida, la alegría de la mañana se hacía noche y derramaba insatisfacción fanática
de un mal concepto por vivir en comunidad.
- ¡Hola hermano!
- Bienvenido hermano, Dios te bendiga.
- Permíteme tu hospitalidad hermano,
quisiera descansar y pedirte un poco de comida por esta noche.
- Si hermano la alegría y gozo es de
nuestro señor por tu presencia. Solo él es dueño de las cosas y nosotros somos
sus siervos, pasa hermano, estas en la casa de Dios.
- ¡Gracias hermano!.
La comunidad de habitantes a donde
llegó Juan se debía al esfuerzo de Víctor Campos, quien tomó la decisión de
alejarse del pueblo, formando un hogar
colectivo de su propia familia, necesitaban
de un aislamiento del mundo mundano, así podían fortalecerse en la fe, estar alejados
de la población incrédula alimentaba un
esquema de inmunidad y luego podían dedicarse al trabajo en la chacra, con el sano deseo de construir
nuevas relaciones espirituales y para que sus descendientes se alejen de las
cosas horribles que el pecado absorbe en la zona urbana ¡cosas del mundo! Como
muy bien enfatizaba en sus cultos religiosos:
-
_ “la
perdición del hombre se encuentra en la rebeldía, la desobediencia a dios, la
mejor manera de encontrarnos con él es una vida humilde….”
Para Víctor
Campos, de poca educación y limitada cultura cívica se hacía fácil diferenciar
entre la ciudad y este buen refugio para
la vida espiritual, es por eso que afincaron en Honoria, desplazándose unos
kilómetros hacia la ribera derecha del río Pachitea, fundaron su propia
residencia, bautizando el sitio con el nombre de Nueva Belén y a partir de allí,
todos los actos tenían que guardar estrecha relación con los hechos bíblicos y las diarias consultas que realizaba el líder
al abrir una biblia. Para ellos el acto de fundar Nueva Belén, constituía un
renacer en sus vidas, el mundo quebraba la voluntad de todo creyente y esta
forma de transgredir la voluntad de Dios se encontraba enraizada en la ciudad,
un lugar donde el demonio reinaba.
En Nueva Belén construyeron sus
casas con los materiales que la naturaleza les brindaba, el rigor de encontrar
paz en sus almas los convencía para los días que se quedarían allí. El área de
la iglesia, donde desarrollarían los cultos de todas las noches tuvo un diseño
especial. Hicieron uso de una sierra manual para poder producir las tablas y
listones de las medidas que requería la infraestructura. Dios había puesto su
mano sobre Víctor Campos - así afirmaba su esposa- para conducir a su pueblo a
la salvación. Campos no era tan egoísta y pensaba en sus hijos, los hijos de
sus hijos y consecutivamente. Diez años en esta zona fue suficiente para
establecer una población numerosa. De él con su mujer salieron siete hijos,
tres de ellos eran mujer, cada uno con pareja y a diez años ya tenían muchos
descendientes, sin contar con los que venían y de los que partían al otro lado.
Esa mañana, Juan Orneta recorría
el campamento, aproximándose por curiosidad a una de las chozas, allí donde el
llanto de un niño se dejaba sentir en el ambiente y se dispersaba en el bosque.
Él bebe depositado sobre el lecho se retorcía de dolor, comezón y llanto, en su rostro el auxilio se expresaba con semblanza de no ser atendido; al acercarse y revisar su cuerpo se notaba una
cantidad de granitos con punto negro y sobre el cuero cabelludo una masa
gelatinosa de pus y sangre fresca.
-
_ “Esto
es siso”, preguntó al padre del niño ¿Puedo
curar al bebe, me permites?
Los padres del bebe se negaron,
ambos no explicaron mayores razones y ante la insistencia de Andrés atinaron en
decirle:
-
_ “él
bebe esta en las manos de dios, rezaremos esta noche y con mucha oración se
sanará”- acudir a su auxilio significó una torpeza inmunda, las reglas de
la FE eran suficientes para esa horda insensible, consigo mismo eran
implacables.
La madre expresó una mirada de
desconfianza, sin contestar palabra alguna y de puro desprecio a las cosas del
mundo, rechazó la propuesta de Juan Orneta de aplicarle una pomada azufrada
para combatir los ácaros.
- _ ¿Tan sordo se vuelve el ser humano
por el fanatismo religioso para no atender al bebe? – Se preguntaba Juan-.
- _ ¿Eres tú dios de mis ancestros,
que con tanta firmeza extrema obligas a los padres del bebe, e imponga
las oraciones antes que el auxilio inmediato?
- _ ¿Dónde está el enemigo que tienen
que vencer estos fieles tuyos? Para poder pedirles clemencia terrenal para él
bebe.
- _ ¡Dios bendito ilumina a estas
personas que no saben lo que hacen!
Por la noche acudió a la
invitación de los hermanos, se realizaría el culto, a realizarse por la salud
del bebe, Juan, aceptó dicha invitación, dejándose llevar por el alto espíritu de
compasión y tal vez, lograría convencerlos en el evento religioso, antes que
muera el niño. Iniciado el proceso no pudo retirarse, él deseaba que la
comunidad religiosa entienda la gravedad del asunto y acepte su propuesta de
urgencia, no entendería otra razón para salvar al bebé de una muerte segura.
El culto se había iniciado con cánticos y alabanzas de fe, Julián sentado en la última banca movía el pie y
apretaba sus manos, como si algo le animaba a sumarse en el espíritu y jolgorio
de los ocultistas, pensaba que esta sería la oportunidad para lograr paz en su
conciencia, luego de ser protagonista directo de la muerte de un prójimo suyo. Estaba
imbuido de un sano deseo de hacer fuerza junto a ellos, retrocedió
repentinamente, mediante el silencio e inmovilizado por el fanatismo impuesto,
sentado sobre la banca, para luego volver a la realidad, después de sentir el
llanto lejano del niño que clamaba su intervención; dicha reacción fue notoria para
los asistentes, había quebrado la
concatenación espiritual de la vidente, se construía un fervor y fe a ella, así
afirmaba el pastor. Esta conducta fue percibida al escuchar el sermón del
“pastor”, quién se puso en ofensiva y conminando a Juan Orneta para aceptar la
propuesta religiosa de:
-
_ “Conviértete
ante dios”-lo conminaban a ser parte de la secta “aceptar al señor sobre todas las cosas”.
-
_ “Lograrás
la salvación con la aceptación a Dios en tu corazón”- le inculcaban.
-
_ ¡Amén!
¡Amen! - fue la respuesta en coro de los seguidores, solo Juan Orneta se
mantuvo en un profundo hermetismo, sin bajar la mirada y con firme respiración
pausada dijo en su silencio:
- _ Váyanse a la mierda fanáticos
enfermos mentales, son poco capaces de salvar al niño y pretenden salvar mi
alma. ¡Al carajo! Con sus cojudeces.
El recuerdo de niño amamantado y
su febril recuerdo de adolescencia le impulsaba a mucho, es así que mostró interés por ayudar al niño. Sobre él bebe podía
haberse tejido un futuro, un norte en este mundo. Los demonios dominaron a los hermanos.
Esa mañana no había llanto alguno, los hermanos dormían plácidamente.
Juan salió sin despedirse:
- _ “que dios se compadezca de estas
personas”- fueron sus únicas palabras-. Del
bebe, suponía, ya no verlo en este mundo, su derecho a la vida fue frustrada por el
fanatismo religioso.
El pastor Campos reiteraba a su
tribu para recordarles el culto en esa nueva noche, pero Juan, decepcionado de
no haber logrado redimir sus preocupaciones, había decidido continuar su viaje, río abajo.
Más allá donde no puedan ubicar su paradero. Y, él mismo encuentre alguna tranquilidad
espiritual, dentro de esta naturaleza
indómita.
Jacaya, se encuentra ubicado geográficamente en las
riberas del río Tamaya, la que es afluente del Ucayali, aproximádamente se hace
uso de cinco días de viaje, en bote pequeño para llegar al lugar, desde la
ciudad de Pucallpa, en estos tiempos, con la tecnología actual de los motores
es mucho más corto el tiempo. Para esos tiempos, la microcuenca del Tamaya
había alcanzado prestigio, por las relaciones comerciales entre sus habitantes
y la demanda del caucho por las industrias europeas. El año 1888 en condiciones
poco conocidas apareció Juan Orneta en el Jacaya, allí existía un puesto de
vigilancia de la gendarmería peruana y muy astutamente se presentó como Andrés
Avelino Orneta Rojas, le habían recomendado cambiar su nombre, para así iniciar
una nueva vida, con identidad legal diferente. Muy acertada pudo haber
significado sus relatos sobre la guerra
con Chile y las hazañas del grupo de montoneros, al cual perteneció, para
hacerse querido en esta parte del planeta. El hecho de cambiar su nombre constituyó
una nueva vida para él, lejos de la servidumbre, libre como los pájaros de
estos bosques y con muchas ansias de construir su futuro.
Andrés se hizo de mil proyectos de
vida y puso confianza en sí mismo, sacando fuerzas interiores, desarrollando una
metamorfosis en su vida, aprendió y se perfeccionó en el oficio de sastre. Adquirió una máquina de coser a
pedal y algunos insumos más de los mercantes europeos, dedicándose a esta noble profesión técnica. Y
fue en estas circunstancias que conoció a María y Rosita, antes, por deseo varonil se unió a Marita “La piro”.
La diferencia estaba marcada, las dos
hermanas eran tiernas, unos quince años de edad, Marita sufría al no poder procrear, se anulaba
toda posibilidad de ofrecer su vientre a Andrés, debido a su avanzada edad. Con Marita convivía
Andrés Orneta y por las condiciones escrutadas no podían tener descendientes.
La madre de María y Rosita muy
astuta, convenida por ver un futuro fructuoso
y suntuoso en sus hijas, acudió donde
Andrés, en busca de sus buenos oficios para la confección de los vestidos de
fiesta, se acercaba las vísperas de las festividades del pueblo, vendrían
muchos mozos, hijos de los acaudalados caucheros y debía poner lo mejor, donde
sus hijas deberían ser las preferidas de estos galanes, a suerte de ellas.
María Laos, de carácter fuerte y
atrevida, se convirtió en una de las
chicas más traviesas, con demasiada inteligencia en la fabricación de bromas
pesadas, creadora de mofas a realizar a
tantos mozalbetes, pretender burlarse de
Andrés no significaba tanto esfuerzo, en
ella. Rosita al contrario era muy discreta, cohibida y prudente. Sus dotes de
quinceañeras eran excitantes para cualquier varón, estos acostumbrados a forzar una relación amorosa. Sabían los pobladores
que María y Rosita provenían de una familia de gitanos y la madre considerada una
prófuga de su propia tribu, muchas veces tuvo que negar a sus niñas, por precaución a que no sean muertos por la ley gitana , de esta
maldición lo sabía el padre y es por eso que vivía con prudencia. Cuantas veces
Francisco Laos había resueltos riñas con sus vecinos aldeanos, el padre de
María y Rosita justificaba diversas historias sobre Julia Guzmán, esto no fue suficiente. Julia Guzmán tenía
todas las características de ser directa descendiente de la tribu gitana,
conocía muy bien las relaciones sociales y los atributos que le significaba
dominar una relación amorosa. Así, permitió que su hogar padezca de grietas y su
hogar se resquebraje, por establecer una relación extramatrimonial. Francisco Laos la acusaba de infidelidad, con su amigo Lobo. Y en cierto, la gitana madre aceptó una
relación amorosa con el seductor Adolfo Lobo. Otro sería el camino para María y
Rosita, si esto no hubiera ocurrido; a la muerte anunciada por razones tribales,
se sumaba los chantajes amorosos. Para Julia Guzmán, el ambiente pueblerino la
envolvía en un calvario amoroso. O aceptaba el chantaje sexual de Adolfo Lobo o
el no aceptar las pretensiones significaba
la muerte de sus niñas. El plan de Adolfo Lobo funcionaba a perfección. Lo
único que tenía que hacer es comunicar a la tribu de gitanos, asentados río abajo, sobre la presencia de una miembro
de su tribu en la zona y listo. De aparentar ser un comentario pueblerino, se
hizo un juramento de vida. Francisco
Laos había decidido matar a Julia Guzmán y a su vecino Lobo. Francisco Laos
Barceloni fue el nombre que por sí mismo brillaba en la comunidad de mestizos,
era el lamisto, venía de tierras muy lejanas de San Martin, donde el
honor se cura con mucha sangre.
Julia Guzmán, provenía de Europa, acompañando
a su tribu, llegó después de muchas peripecias por el río Amazonas a la cuenca
del Ucayali. Francisco Laos tuvo que
atravesar la cordillera azul, por largas trochas dejó su semblanza de hombre
pujante y atrevido. Después de Iquitos, la bella y pujante población de
Kontamana se constituía en un puente para ubicarse en algún paraje, de la indómita
selva peruana. Francisco y Julia, ambos, entraron en amoríos cuando las barajas
de la gitana mostraron al rey de espadas, mirándola con los ojos relucientes, junto a la de corazones, rodeado de amor y
mucho amor.
- _ Tus ojos son mis ojos bella mujer.-Pancho
le menciono un piropo-.
- _ Tus labios sensuales invitan a los
míos a realizar un sacrílego ósculo.-insistía Pancho-.
- _ No menciones más esas palabras
buen hombre y céntrate en la palma de tus manos para poder leer tu futuro.-le
contestó la gitana-.
- _ ¡Unmmmm! Tendrás suerte en el
amor, pero corres el riesgo de ser odiado y perseguido por esa dicha….!ay!…..vida
de perro paisanito, vida de perro es tu destino.
La pasividad del río Ucayali daba muestras de tranquilidad en
Kontamana, las acciones de sus habitantes formaban los hábitos y costumbres
para diferenciarse de otros pueblos, a excepto de las visitas esporádicas de
los migrantes y dentro de ellos la logia de gitanos europeos. Estando en Kontamana, luego de un prolongado romance y en
amoríos escondidos entre Pancho y Julia, planearon escapar río arriba, lejos,
tan lejos de la tribu de gitanos. Francisco Laos y Julia Guzmán lograron congeniar
el éxtasis de un amor sin precedentes. Todo el pueblo hablaba sobre este suceso
y también de las implicancias, luego que los jerarcas de la tribu de gitanos se enteren. Los
rumores decían que matarían al Francisco.
Francisco había crecido en el
acecho, ese espíritu de ser precavido lo ayudaría en esta oportunidad. El, a
sabiendas de la reacción de los jefes gitanos y por los consejos de Julia, no
dudo en escapar. Para ello, contaba con una pequeña barcaza, solo, debía remar
con constancia río arriba. Decidieron zarpar de madrugada, antes que el gallo
advierta el inicio del nuevo día. Confiaba en sus robustos brazos, continuaría sin cesar,
así, con fuerza de buen lamisto, hasta alejarse
de sus potenciales perseguidores y sus amenazas. Culminado ese día,
luego de un agotador esfuerzo, surcando
el río y las dos vueltas casi había consumido la luz del sol; confiados de
sentirse lejos y a fin de recuperar energías, decidieron descansar en la casa
de una paisana, para ello hundió su canoa en las aguas del río Ucayali, en precaución y ordenó a Julia esconderse en el terrado.
- _ ¡Julia! Sube mi amor, sobre ese
terrado, no contestes a nadie, mientras yo lo haga mediante un silbido.
- _ Yo iré a coger algo de frutas para
seguir nuestra ruta.
De muy temprano, Francisco salió a
coger alimentos de la pequeña chacrita de su amiga, mientras él cogía un poco
de casho y muquicho, pudo percatarse desde la copa del
árbol, de la llegada de una cuadrilla de gitanos.
-
_ ¡me jodí!
¡Ahora sí nos agarraron! ¡Ojala mi Julia no salga de su lecho!
Los gitanos, sigilosamente
aparecieron apenas el alba brotaba, armados hasta los dientes, llegaron en la paisana, quién todavía se
peinaba el cabello y preguntaron por la pareja:
- _ ¡Hey paisana debes haber visto a
una igual que tú con un muchacho!
- _ ¡Manan tayta!
- _ ¿Hewy que dice?
- _ Por las muecas parece decir que no.
- _ ¡Puto que nos engaña la vejes!
- _ Buscamos a una mujer y un paisano
tuyo mujer.
- _ ¡No! Papa ¡no! Sola vivo aquí.
Francisco, agradeció en el alma a su
paisana y también abrazó con vehemencia a Julia por ser
serena. Los miembros de su tribu
no avanzarían más con dirección a la cabecera del río, escucho hablar en el idioma de gitano que decían:
- _ ¡esta perra se ha fugado río abajo! ¡Regresemos!
Francisco y Julia se amaron en el
silencio bullicioso de la selva nata, remaron y remaron, río arriba en busca de
las tierras del caucho, hasta encontrar un lecho que les ayude a respirar con
tranquilidad.
Por esta relación apasionada de
Francisco y Julia nacieron Rosa y María, “las gitanitas”. Quebraron las reglas
de ambas culturas y con el ánimo ferviente de construir uno propio,
posiblemente otra sería la historia, si la voluntad de amarse hubiera carecido
de la energía de los dioses. Amor y mucho amor se requería para vivir en los
parajes selváticos.
Andrés llegó esa tarde a Vinuncuro
junto a Marita, para pasear durante todo el día domingo, cansados tal vez de
las jornadas de la semana en las labores de la chacra y de su propio taller.
No podía existir otra oportunidad
para María y Rosita, juntas en esas circunstancias pretendían al Andrés, quién
resultaba ser afín a sus antojos, en relación a los jovenzuelos llegados con lujuria
y gala de los fundos de Don Juanes, pero sin la dinámica mostrada por Andrés.
Marita fue imprudente, de permitir
que Andrés se obligue a seguirla para ingresar a la bodega de María y Rosita,
en esa, ya cocinaban un plan contra Andrés y debía ocurrir el fortuito hecho de
mofa, el destino y nadie podía evitarlo. Fue María quién recibió a Andrés con
un balde y agua, arrojándolo sobre su cabeza. María estaba en
el balcón, cuando hizo el ademan de estar arrojando el agua de enjuague de sus
ropas, esto no solía ocurrir comúnmente, por ser un día domingo, y durante el
cual, se suspendía las labores domésticas, en culto al descanso y el paseo. El agua
perfumada, el jabón disuelto en el agua cayó
de sorpresa, sobre los cabellos lisos de Andrés, para luego despertar
irresistibles risas, en los clientes que compraban en la bodega de Pancho.
- _ Vaya muchacho esas bellas niñas
antojan tu virginidad.
- _ Fíjate que la María cuelga sus
calzones en este momento.
- _ Bien Andrés, ahora es tu turno.
El padre de María estuvo a la
expectativa y pudo diferenciar las ocurrencias, luego y cuando Andrés se retiró,
pidió explicaciones a sus hijas, no hubo mayores detalles de justificación de
parte de ellas; entonces se vino lo inesperado. Pancho tuvo que zurrarlas por
igual, reprendiéndolas sobre el hecho y la naturaleza de los varones, cuando las mujeres emiten bajezas y olor a
madrineras.
Andrés tuvo una reflexión de varón
y lo consultó con Marita, durante la
noche y al amanecer, se había despertado a propósito, explicándole palabras de
hombre enamorado:
- _ Lindas son las hijas de mi vecino-
afirmaba con devoción-.
- _ Sí, eso fue la razón de la broma
pá – contestó Marita-.
- _ Ya comprendí eso Marita, eso es
una forma de las coincidencias entre tú y ellas, pero estaré siempre contigo.
- _ Yo, ya tengo muchos años lejos de ser madre, no
puedo parir.
- _ Se feliz Andrés y vive por siempre.
Desde ese momento, fueron muchas
las muestras de interés, por parte de Andrés para una de las chicas gitanas.
Cuantas veces había manifestado su deseo de capturar a María. Pero los planes
de María eran otros, totalmente contrarios a los de Andrés.
Ocurrían varias coincidencias,
todas ellas tenían un norte, en adelante estos arrebatos conducía a que se materialice
los amoríos premeditados. Esta vez, las
gitanitas fueron objeto de la broma de Andrés, a sabiendas que ellas
acostumbraban a salir con constancia y cuando la noche se imponía sobre el día.
Era costumbre de todos los días, luego de la cena acudir al monte a buscar un
lugarcito, donde descargar lo inservible para el organismo. Andrés había
decidido vivir cerca de las chicas, por recomendación de Marita y lo hizo con el
ánimo de conocerlas mejor; todas estas tardes los movimientos de las
gitanitas estuvieron controlados por Andrés, también había logrado construir un
mapa del desplazamiento de ellas, insistiendo en sus hábitos y angustias
biológicas. Es así, en una de esas tardes, minutos antes que las niñas se
dirijan al monte por sus necesidades biológicas de rutina, con la angustia e
realizar el plan de pervertido y mostrando su antojo por conocer los
voluminosos potos de las vecinas, es por eso que estaba decidido colocarse detrás del urinario a donde siempre llegaban
María y Rosita, un apasionado deseo de perversidad lo había embriagado pero, al
final solo pensaba en sacarse la espina y
mofarse de las féminas, lo hacía con
criterio de enamorado, no parecía de
otro mundo. Para eso usaría el factor miedo, ¿quién no conocía al tunche? Y esta vez, por razones obvias, se metió al
monte y cuando sea el momento puquear como el tenebroso tunche.
- _ Fuifuiiiiiiiiii...Fuifuiiiiiiiiii.
- _ Fuifuiiiiiiiiiiiiiii...fuifuiiiiiiiiiiiiii.
Al escuchar las chicas el silbido
del tunche salieron corriendo asustadas y levantando sus calzones en alocado
desorden, aprisionando las heces y tragando salivas, corrieron en dirección a
sus casas. Así sucedía los días posteriores, sometidos al antojo de Andrés, quién
gozaba al conversar con su pareja, el solo imaginar a las gitanitas con
complicaciones de enfermedades digestivas, de estreñimiento y mal humor ya era suficiente su desquite. Otra
era las reacciones de Pancho, quién siendo curioso, pudo percatarse de algunos
cambios en la conducta de sus hijas. No eran precisamente en los sentimientos,
esos cambios. La casa, la parte posterior de la casa y de la habitación de las
chicas emanaba un olor pestilente, desprendía de allí un olor a putrefacción,
olores que se propagaba a lejos, de los
paquetes de estiércol almacenadas en la esquina del gallinero, allí donde
acostumbraron arrojarlos María y Rosita.
El padre de las muchachas,
enterado de la pendejada de algún vecino, preparó un plan, con la ganas de contrarrestar el susto de sus hijas y saber la
identidad del atrevido majadero. Tomó sal granulada y luego de vaciar las esquirlas
de plomo, metió mucha sal en los cartuchos sin percutar, la intención no era
matar al tunche, porque se suponía que
era la misma muerte, y no moriría; en otro
caso, tendría que chupar las balas de sal en su miserable cuerpo, sea quien
sea. Para evitar sospechas y como
siempre anunció a sus vecinos que traería carne de monte en unas horas, pero
antes supo coordinar con sus hijas el asunto. En su idea se había concentrado
el deseo de esperar al temeroso tunche, allí donde acostumbraba a winwinear y asustar
a la gente.
Ingresaron las chicas al monte,
tal como se lo indico su padre, sin despertar sospechas a los vecinos, como
cualquier otra tarde y evitando mayores rumores. El vecino Andrés corrió
apresurado a recoger su machete, percatado del movimiento de las chicas, una
vez más iría al monte, fue así que se ubicó en el mismo lugar de siempre,
limpiando sus dientes de la comida ingerida recientemente, con una astilla
arrancada del wicungo y perfilando su lengua sarcásticamente hacia su paladar,
a momentos emitía una carcajada silenciosa por adelantado y se complacía con reconocer
esas nalgas blanquecinas de María y Rosita. Satisfecho de ello empezó a silbar,
insistiendo con mayor fuerza en el tono agudo que acostumbra El Tunche, al
percatarse que las vecinas no se espantaban y en momentos que quiso silbar con
mayor fuerza, fue un ¡prammmm! el sonido que se escuchó por el percutar del cartucho de la escopeta de Pancho.
- _ ¡Ay, ay, ay, quema mi sike! ¡No
carajo! ¡Soy gente, soy gente! Fue la respuesta de un bandido viviente que
corría por la espesura de la selva.
- _ ¡ji ji jiji! Salía la risa de la
garganta flácida del padre de las chicas.
-
A mí con su winwin..
Los días posteriores de Andrés
fueron de reposo, sobre su hamaca silbando grueso y desabrido; el padre de las
chicas también silbaba desde su barraca, trasmitiendo su complacencia de haber
baleado al Tunche:
- -_ Juinnnnnnn juiiiiiiiiin
- _ ¿cómo está el sike tunchesito? Jijijijjijijiijijiji
Habían transcurrido varios meses y
con la tranquilidad de los habitantes de Vinuncuro. Marita no muy segura de su
relación con Andrés entendía sobre sus debilidades, no podía concebir un nuevo
ser por las atrofias en su organismo, pero tampoco sería un obstáculo para
Andrés, esta ideas confirmaron su decisión en realizar una nueva visita a María
y Rosita.
- _ María, hija mía, vengo a pedirte
algo que solo tú puedes comprender. Tengo la matriz ociosa y nunca podré
satisfacer al Andrés, quiero pedirte que lo conquistes, es un buen varón y
sería un marido adecuado para ti, pero, solo pido que él no me abandone en los
días que viviré, hasta mi muerte tendrá que atenderme, pero para el amor no soy
la más indicada.
- _ No, pero te entiendo Marita y
además nadie pretende acaparar al Andrés, yo ni loca, ese hombre tiene vida de
perro, no se sabe ni de dónde viene, pero mi padre dice que es un serrano
misterioso y genera desconfianza.
- _ Pero María, no te dejes llevar por
las malas bocas, Andrés es un hombre trabajador, ama a las plantas y conoce la
labor de costurero, podría apoyar a tu padre. Amalo María y verás que no te
arrepentirás.
Casi fue una de las últimas conversaciones
sobre Andrés Orneta, además había muchos pretendientes en el camino que
quisieran robar a las gitanitas, se hizo un propósito para retardar su viaje y
pernoctar mucho más tiempo en la bodega de las gitanas.
Pasaron muchos años y la relación de
los lugareños se truncaba por la crisis económica. Los efectos de la
culminación de la primera guerra mundial se hacían notar, al disminuir la
extracción del caucho. Eran otros los factores que hacia evolucionar la
expectativas de vida en Vinuncuro, Rosita cumplía sus quince años y gozaba de
su hermosura, con un vestir estrafalario tal y cual de buena descendiente de
tribus gitanas.
- _“Vida de perro tendrás Andrés amas
a Marita y a nosotras también, bandido”, cantaban las gitanitas, dando muestras
de su coquetería libertaria.
- _“Serranito perro, ven a sembrar en
mis tierras y aumenta tu raza, serrano perro”. Eran los versos de María
confabulado con la gruesa voz que desprendía de sus cuerdas vocales y cantaba
con tal fuerza de aduladora hembra, necesitada de su complemento.
Las noticias de la guerra mundial
y su culminación repentina se propagaron por los pueblos. Los hombres y mujeres
de estos lugares cayeron en la depresión económica y era de notarse por la
ausencia de las caravanas de botes con productos comerciales, los que ya no
surcaban el río con frecuencia. La última lancha que ingresó con muchas libras
esterlinas se hundió repentinamente, al chocar con un tronco sumergido, por eso
dicen, que por las noches, en el medio río
Tamaya nace una llamarada y esta avanza por
su superficie en cada creciente, de canto a canto, posiblemente después de
tantos años sea arrastrado por el Ucayali. Inclusive uno de los últimos
magnates caucheros, desesperado por guardar sus ganancias, escondió dos tinajas
de libras esterlinas de oro y plata, cerca de un árbol de limón; a la fecha los
buscadores de tesoros atracan en los puertos donde hay muchas plantas de limón,
husmean debajo de esta planta y muy
discretamente aparentan cultivar su base. Lo que crece también decrece. Se
incrementó la demanda por la mano de
obra, en el trabajo de manejo de ganadería, esta demanda se incrementaba por la
falta de consumo de la carne, los animales habían aumentado, muy pocos lo
requerían y se necesitaban mayores
pastizales.
La confección y arreglo de
vestidos también disminuyo para Andrés y Marita, en sus actividades de rutina
ya no cabía la espera de clientes, es por eso que acudieron a las jornadas de
trabajo que requería el padre de las gitanitas, los jornaleros migraron hacia
las ciudades en formación, el más cercano era Masisea, también hablaban de Puka
achpa.
Así, la crisis económica logró
superar los celos y desconfianza que existían contra Andrés. Él se convirtió en
el capataz de la familia gitana y Marita ayudaba en la cocina, terminando ambos
dependientes de Francisco el patrón.
Andrés recibió con ponderación el
rancho, se había enterado que las mejores presas de carne se lo servían a él y
no tanto por que Marita era la cocinera, después se supo sobre las preferencias
y órdenes de Rosita, por la simpatía de ella con él y eso le agradaba.
El padre de la gitanitas murió,
por la avanzada edad y en vida pidió al varón Andrés asuma la responsabilidad
de sus hijas. Y conforme pasaron los días y las semanas, por no decir meses se
anunció el matrimonio de Andrés Orneta y Rosita Laos. La ceremonia tuvo un
flujo especial por la mezcla de culturas. El serranito y la gitana, se unían en
matrimonio y anunciaban dichas y parabienes para ambos. La primera bebe que
procrearon la llamaron Julia. Luego nacieron Manuel, Enriqueta, Arturo 1 y
Arturo 2, Josefa, Hilda, Rosita, Luis, Amalia, Luisa, ¡Qué tal serrano perro! Serranito perro de
veras era el Andrés.
VEJES
ULTIMA
REFLEXION
Como
la costumbre se hace derecho en el hecho para todos, entonces así se
permite el uso del apelativo “VEJES”, para describir la rutina inusual de todo
anciano con habilidades extraordinarias, quedando el concepto opuesto en lo
particular, en aquellos seres
humanos que no desean envejecer en lo
físico y más, en la mente; estos luchan
y no desean aceptar el proceso natural, de un evolutivo desarrollo de las
diversas células, estas pues constituyen
la anatomía humana, a sabiendas que los órganos motrices como los músculos se
debilitan y en algún momento del proceso se abrazan con mayor ternura de la
estructura ósea, esa simbiosis o sinergia fisiológica que esculpe la belleza corporal del ser humano,
esta que explica la alianza, mutua convivencia para pretender enfrentarse
al proceso irreversible de la vida, de ese momento, cuando sea desposada por la muerte
pendenciera. Bien, también usted y yo, en cierto momento de nuestra vida
podemos oponernos al derrotero final de nuestra existencia, alguien entendería
mejor las contradicciones naturales del proceso evolutivo, y de seguro que
resaltaría, después de luchas titánicas, el deseo de vencer al plácido engendro
llamado muerte; tiempo de vida ambicionado y deseos de vivir, oponiéndonos al deterioro físico que la ley natural
sanciona por el imperativo de la
creación.
5.
VEJES
Tuvieron que confluir varios
factores para acumularse en una sola pasión, todas consentidas en su sano
criterio por ella y por su particularidad, muchos intentarán imitarla,
inevitablemente nada puede ser igual en el tiempo y espacio, cada variante en
su lugar, amamantando la exclusividad del alma, en su inquietud por prolongar la propia
existencia.
Fue un día tan parecido como el
anterior y el posterior podría ser lo mismo,
manifestándose la contradicción por la dinámica del objetivo deseado. Si
come dice que no come, si no come dice que se muere, entonces lograba imponer
su capricho del buen gusto por comer una gallina. Única sería el ave del corral, sentenciada a ser desplumada en el
agua hervida, luego de adecuar el horno
de una cocina artesanal. La gallina no pudo presagiarse su destino, por
intuición sabía la hora de recibir sus alimentos, no hubiera comprendido el
antojo de la viejita, nunca comprendería el sombrío panorama, de la decisión
consentida en la familia y que terminaría en su desgracia. La Vejez no podía
estar con autoridad sobre el ave, pero
se aferraba al antojo por comer un caldo de gallina, habíase impuesto mucha
confabulación, disponiéndose de la plumífera ave sin haber comprado, por lo menos, los alimentos necesarios para criarla.
- _ ¡Pobre Teretana!- cualquier cosa podría suceder
pero sacrificar a la gallina más
estimada era un acto oportunista, forma muy vil de no escuchar el cacareo, se
notaba la tristeza, cuando fue capturada.
La plumífera señora del gallinero
también quería seguir viviendo, para
poner los huevos y luego empollarlos, como siempre lo hizo con mucha devoción.
La Teretana, como lo llamaba Pina, tendría unos tres años, era de origen serrano, amaba con convicción a sus
polluelos, los engreía con ternura, criándolos
a su lado hasta muy grandes y ¿para qué decir esto? , como bien dicen: el antojo termina en la panza, así será y el
sacrificio tendría que cumplirse, además
“gallina vieja da un sabroso caldo”, entonces las justificaciones no servían
para salvarla, esta cumplía los requisitos para ser sacrificada sin muchas prerrogativas; la
carne duraría lo suficiente para que se alimente la anciana, tantos y
los muchos días de su hambre anunciado deberían de ser satisfechos. Para ella
no era comida, si al momento no encontraba
un troncho de gallina en el caldo,
por eso y en sus tiempos pasados, había impuesto una costumbre, de ser ella la
que ordene la servidumbree, mientras
disfrutaba el lugar donde soportaba sus
posaderas voluminosas:
- _ ¡las
otras partes pónganle sal!- quería que
se agregue la sal en la carne que sobraba, con el objeto de conservarla,
en fin, satisfacerse ella misma, amalgamar el deseo hambriento del día a día.
Así pudo complacerse, en el gusto
de seguir con la compañía de su hija y eso era parte de la vida, un verdadero
placer de por cierto, cualquier humano que comprende la importancia
de existir, aún en este mundo de evolución natural. Ella vivía por alguna
maldición o por un tardío amor que
acongojada sus sentimientos, extrañaba
no haberse casado con el hombre dispuesto a tratarla y conservarla en el
tiempo como una princesa.
-
Me han hecho daño, me han hecho
daño.
- _ Pero ¿Qué daño te ha hecho?,
tienes casi 100 años, no creo que haya daño para que vivas demasiado. Eres muy
angurrienta doña.
La “vejes” vivía en una pequeña
casa, construido con material renovable. La Teretana también compartía la
pocilga, en un corral cercano, donde se cobijaba con las sombras de la noche,
impulsado por ser parte de una familia numerosa. En este hogar se hospedaba con
algunos familiares, ellos conocían las particularidades y costumbres de la
anciana. Vetusta mujer de firme carácter para sus hijas mujeres y de dócil
sometimiento, ante el capricho de los
varones; ella había mentalizado en su recargado cerebro la ambición por mejorar
su condición física y no aceptaba por nada del mundo perder peso en las nalgas,
por eso reclamaba selecta comida y exigía con firmeza a su hija la alimente
mejor. Cómo no entenderla, además
sus añoranzas tenían un peso
significativo en relación al actual estado de vida; ella rememoraba con
simpatía los días que en vida acompañó a su amado marido, junto a los hijos que demostraba quererlos,
podían dispensar de su lado muchas cosas pero la mesa familiar ufanaba de ser
una de las más exquisitas, allí se encontraría las carnes más sabrosas del
monte del Jacaya, partes de una gallina reventando de gordura, preparadas en
salsa de buen ají dulce y guisantes; los comensales consumían de lo dispuesto en la mesa en un santiamén y sería así, de vez en cuando, completaban el festín con el maduro asado, cubierto de harta mantequilla de la marca
europea Pluma de Oro:
-
_“Son de Suiza” –indicaba a todos-, luego, al final las dos empleadas quedaban con el
antojo, obligadas a culminar las tareas ante la mirada absorbente de la patrona, esta señora que
ahora no deseaba envejecer y tenía mucha hambre.
De por cierto, los años pasaron
repentinamente y en este tiempo la pujanza económica del momento mostraba
cierta estabilidad, transcurrieron 90 años y era natural añorar cosas del
pasado y esta sea la causal de nostalgias por los viejos recuerdos de la
juventud, posiblemente ese manjar suculento que describía se quedó en alguna
parte de su vida y volver a ello era un deseo imposible.
Como los tiempos no son iguales ni
parecidos entonces tuvo que acomodarse al hábito de consumo de la hija, quién
planificaba la alimentación durante el año en base a verduras y frutas, algo de
carbohidratos y de vez en cuando carne de res para vivir bien.
- _ Jubal –su último hijo- sentado por
varias noches junto a ella, escuchaba sus recuerdos, mostrando antes y en el
momento su poco interés por auscultar a mamá. Colocaba como siempre su dedo a
la altura de la sien y decía: “está
loca”.
Otros 7 años más, los 97 años transcurridos marcaron su condición física, como si no hubiera
señalado en el tiempo los días de sus andanzas, ella todavía hacía uso de sus
facultades mentales con mucha lucidez, posiblemente verá el funeral de sus
hijos, apropósito de vigilias, estuvo en
una de ellas acompañando a su “amado” esposo, hasta el cementerio, aún éste no
lo merezca por decisión de ella misma, las razones de ignorarlo es propio de su
conciencia; en otro momento las reservas de lágrimas no fueron suficientes,
cuando estuvo en el velorio de su hija mayor
y nietas. Tan avanzada en su edad, pretendiendo decir que muchos órganos
y glándulas se habían atrofiado, en todo caso se habría convertido en un ser
insensible, inhabilitado de sufrir por otros, simple lógica de autoprotección. En estos últimos años despidió
en póstumo mortuorio y con mucha tristeza a sus hermanas menores, últimamente mencionó un adiós en remembranza a
la muerte fulminante de su yerno mayor, aquel que en vida la reprochaba. Inexplicable
el impulso, en ser tolerante a la desgracia divina y mientras no afecte la
ambición de ella para seguir viviendo,
posiblemente sus raíces ancestrales formaron su gentil forma de ser y las muchas ansias de vivir lo impulsaban a ir
más allá de los límites de su humanidad. Poco caso le hizo a las defunciones
familiares, las razones de seguir viviendo en este mundo, tal vez, en algún
momento se conocería.
Ama a sus hijos, de modo
particular a los varones, es machista, acepta al varón como la cabeza de los
mejores beneficios. No es broma ni burla el hecho de configurarla, será así,
sin resquebrajamiento de conciencia, porque ella confiaba en su Dios, a él le
pide todos los días el febril deseo de vivir hasta lo extraordinario, por cosas
del momento ya no podía caminar, pero se mueve
haciendo uso de una silla de ruedas, mostraba tener los ojos
y oídos del zorro, para
percatarse de lo mínimo de rumores, especialmente cuando hablaban contra
sus hijos varones, en especial de uno de
ellos, a quién protegía y decía:
-
-“si no quieren a mis hijos no me quieren a mí”
- - ¡Pero
abuelita es un vago y se lleva tus cosas
antes de traer un pan para que te alimentes!
- - ¡Ustedes son malos! –replicaba- posiblemente el hecho de ser una centenaria de mujer le generaba
autoridad y así superar los obstáculos, en el afán de seguir viviendo.
En resumen quiere seguir con vida
y no morir. En el flojo entendimiento de la dimensión donde se encuentra es muy
lúcida de conciencia y se daba tiempo para hablar de un sin número de hechos ocurridos
en su juventud, haciéndose testigo y pretendiendo profetizar de los
progenitores de los hijos que tuvo. Si no fuera por su notoria humildad y el
haber reunido atributos para ser acompañada en sus horas de vida, la
calificaríamos como una racista, ya que ponía mucho énfasis en sus
conversaciones, en discriminar a su padre, mencionándolo con apelativos racistas
y también, no tuvo escrúpulos en decirle a su yerno que no le gustaba como
marido de su menor hija, por el hecho de ser serranos; al parecer esa lógica de pensar le hacía vivir en paz. Más
tarde, cuando ya todos sus cohabitantes pretendían unir las pestañas, en busca
de los sueños del subconciente, ella levantó la voz con desesperación.
-
¡Pina! ¡Pina! Dame la pastilla
para dormir, quiero dormir.
Pina su hija menor, desesperada
por complacerla, hacia visible su malestar, por esta forma absurda de adicción a los
fármacos, discrepando claramente con sus ideales de vida.
Protestar y reclamar una atención
digna era su bandera de lucha y los lemas que suscribía tenía signos de ser
altamente subversivos; pero quién no puede ser subversivo contra la muerte; fue
subversivo matar a la gallina más querida - ¡Pobre
Teretana!, ni el llanto de sus biznietos acabó por convencerla para que no
antoje la gallina amada.
Volver a un razonamiento
comprensible con ella fue el mérito de su hijo mayor, mediante una charla
directa y dándole el espacio suficiente a fin que se desplaye, ambos gozaban de
la paciencia y gustaban por conversar de los recuerdos grabados en la memoria.
Ella impuso, a su santo antojo en hacer por costumbre un estilo coloquial y de
donde iniciaba recuerdos de varios personajes, todos ellos de algún modo marcaron huellas en su semblanza de ser mujer
corajuda o “tonta” como muy bien se autocalificaba.
El relato que siempre recordaba,
es lo contado por su padre. Una historia que cumplía 60 años de vida. Acentuada
en su memoria, las circunstancias que llevaron al tal Pablo Cruz a recibir su
propia medicina, quién fue forzado a quebrar su propia vida, al
recibir el mismo trato que aplicó a los viajeros en la zona de Tocana, en los
múltiples atracos realizados, cuando su condición de jefe de la banda daba
ordenes despiadadas contra los transeúntes asaltados. Personajes mitológicos,
existentes en el colectivo de la gente andina, con experiencias de vida, entre la comodidad de sus vivencias y la presencia
activa en las frías serranías de Margos,
aún, a sabiendas que era originario de las tierras colindantes con la
cordillera blanca. La muerte de Pablo Cruz dio nacimiento a su victimario Juan
(Andrés) Orneta, habitante de esos boscosos parajes, quién llevaba en su
conciencia el peso de haber sacrificado a un ser humano, en este escenario no
podía decirse “ojo por ojo y diente por
diente”, este hecho no guardaba relación con los múltiples abusos cometidos
en la zona de Tocana, por los Albornoz-Cruz. Sin este acontecimiento ocurrido
en el pueblo de Mayobamba, el tal Juan, aún hubiera permanecido en su parcela y
evitar ser fugitivo ante la ley fáctica de esos tiempos. Escapar de su nicho
habitual de supervivencia, lo obligaba
afrontar varios desenlaces, así, si optaba quedarse en el pueblo, aceptaría su
culpa e ir al presidio, o sería capturado por los hombres del patrón y luego
sometido a crueles torturas, en
escarmiento a las posibles rebeliones en el fundo y si esto conllevaba a la
muerte, también sería incapaz de pedir perdón, ante la lógica del poder omnímodo de la leyes en el
fundo.
-
- “Estos
cholos salvajes” no son garantía, por tener mente resentida y te pueden
agredir en cualquier momento.
- -- ¡Confínalo! Y desaparece su
cuerpo, que se coman las carroñas.- Eso era la sentencia para los que osaban
intentar rebelarse ante el patrón-.
Juan tenía la seguridad, cuando
llegó a Vinuncuro, en rehacer su vida y tuvo la mejor idea en construir su
covacha sobre un lugar seguro, luego se trasladó al Jacaya, allí decidió
quedarse mucho más, se sentía de agrado y mejor, hasta que
por oportunidad de la vida conoció a una hermosa hija de gitana,
relación afectiva y en la cual se cultivó el embrión para que nazca la Vejez.
Vinuncuro se encuentra ubicado
geográficamente en las riberas del río Tamaya, la que es afluente del Ucayali,
aproximádamente a dos días de viaje en bote, desde la ciudad de Pucallpa. La
microcuenca había alcanzado prestigio, por las relaciones comerciales entre sus
habitantes y la demanda del árbol conocido como el caucho. El padre de la
gitanitas murió, por la avanzada edad y fue Juan quién asumió la
responsabilidad por velar de ellas. Y conforme pasaron los días y semanas, por
no decir meses, se anunció el matrimonio de Juan Orneta y Rosita Laos. La
ceremonia tuvo un flujo especial por la mezcla de culturas. El serranito y la
gitana, se unían en matrimonio, anunciando dichas y parabienes.
La primera bebe que procrearon la
llamaron Julia. Fueron 11 vástagos de la relación entre Andrés Avelino Orneta
Rojas y Rosa Orneta Laos,
Luego de transcurridos 97 años,
esa niña buena moza y exquisita se encontraba postrada en este milenio, en su
lecho, en muchos casos todavía daba órdenes, obteniendo como respuesta la
ingratitud de sus acompañantes. Estos que gozaron de la mesa de la “Vejes” en los días de opulencia, hoy
ignoraban su condición de patrona vigorosa, en su tiempo tal vez, pero hoy, en el
rigor de autoridad que pretendía imponer caía en balde con agua fría, ahora,
estos volteaban su mirada para desobligarse de ella. Entonces, en circunstancias casuales la
anciana cayó sobre el suelo, repentinamente, producto de una ira, al no ser
escuchada en sus caprichos. Hizo un intento fatal, deseaba demostrar a sus guardianes sobre la tenacidad de su
voluntad; optó por caminar, sin apoyo de nadie, empujada por los dictámenes del
cerebro y a costa de su precaria condición física; sola estuvo en aquel
momento, cuando cayó al suelo, quiso gemir y dijo:
-
-“Se van
a reír mejor me levanto”, posterior a varios intentos y percatándose que era necesario el auxilio, pudo expresar
un quejido tímido y sin aliento, así pudo ser, de por cierto fue insuficiente
para llamar la atención de la insolente que ignoró el incidente.
La hija tuvo planes ajenos a la
madre y su constancia estaba centrado en pedirle un poco más de la herencia. Cuando la vejez no aceptó el chantaje optó por
abandonarla, ajena en sus obligaciones y
sorda ante el pedido de auxilio por parte de la anciana. Ni una lágrima ni
llanto avizoraba en el semblante de testaruda, había logrado constituirse en
una anciana caprichosa, hinchándose de orgullo propio y no someterse al inmenso
obstáculo de estar en condiciones de discapacidad, acumulada en los casi cien
años de vida. A pesar de ello, logró erguirse sobre sus pies, tolerando el
dolor interno y haciendo invisibles los
gemidos sobre su rostro, así pudo alzarse por su propia voluntad y recostarse
sobre su cama, asimilando el malestar y escondiéndolo con las arrugas de su
ancianidad. Desde esa vez que cayó al
suelo se encuentra postrada en cama, pensando y repensando su vida.
La anciana había agravado su
condición física y era muy claro el manifiesto expresado sobre su rostro, tan
nítido y en sus ojos la mirada arrastraba una profunda angustia de impotencia,
esta que se perdía en la nostalgia de ser lo que es. El casi fatal accidente,
sirvió para hacerse escuchar y manifestarle a los que rodeaban su existencia,
su opción por no aceptar ese derrotero de vida. La expresión de la anti
dialéctica podría ser un capricho de fe para ella, si existe es porque come y
si no come muere, estaba convencida que era un principio programático de vida,
lo resto lo ignoraba con la simpleza de siempre. Quería vivir aun tenga que
lidiar con la propia parca y sus mil demonios.

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