CACIQUES EN SUS TIERRAS- CUENTOS





CACIQUES EN SUS TIERRAS



Lincoln Soto Gómez














Pucallpa – Perú

















PRESENTACION




Particularmente expreso un deseo de continuar con la publicación  sistematizada de un conjunto de relatos ordenados en momentos de ocio,  producto de la suma de muchas horas de dedicación, el deseo de hacer visible la presente obra, a fin que el público tenga interés  y sea critico de una serie de ideas, captados y desarrollados, de  mitos y realidades, recopilados en  múltiples andanzas por la diversidad cultural de este país nuestro, esta, que desde sus profundidades emana y brama en grandes deseos de hacerse conocer; la existencia de mucha riqueza en la diversidad cultural nos impulsa a construir un concubinato entre la realidad y el que lo escribe. Manuel Scorza -célebre escritor peruano- manifestaba: que la única victoria lograda en Latino América sin requerir de procesos revolucionarios violentos es la libertad de publicar lo que se escribe. Siento en esta lógica el espíritu libertario de Manuel.  En síntesis, este nuevo agrupamiento de relatos mantiene el mismo norte de la primera edición de “Cuentos Vivos,” donde expreso hechos reales, asociado a los mitos y acompañado por el imaginario del que escribe; en esta nueva publicación hice el esfuerzo de escuchar a nuestros auquis y  de sus memorias. Reitero que no soy escritor, tampoco cultivo estilos literarios, solo expreso un profundo deseo de hacer atractivo ante el lector exigente un tipo de literatura, desde una óptica particular. Y lo más importante es contribuir y expresar la problemática social, sacándolo de los niveles invisibles en el cual se mantiene, de hechos muchas veces ajeno a las políticas públicas, de todos los gobiernos republicanos, a pesar que, en sus promesas electorales identifican muy atinado la problemática, como si ellos hubieran vivido los acontecimientos.
“CACIQUES EN SUS TIERRAS” completa el imaginario expresado en “Cuentos Vivos”, afianza el deseo de vivir de todos los actores, en la memoria, a sabiendas que van a morir, esto permitirá explorar otros escenarios, posiblemente contribuya en complementar y explicar el fenómeno de la migración, a los parajes selváticos, de los primeros serranos, de los gitanos europeos, quienes acompañaron en la cola a los grandes intereses del capital usurero. Me atrevo a revisar sobre el origen y algunas raíces de los primeros pucallpinos, estos que dejaron insertos en la memoria de sus descendientes pasiones aventureras, de migrantes serranos y europeos. También se ciñe la presente obra, en relatar el flujo emocional de los peruanos quienes pretenden construir sus propias relaciones y terminan marcados por el peso de la realidad. Bien, son ustedes los lectores quienes señalarán mediante una mejor apreciación el contenido de mi mensaje. Los invito a leer “CACIQUES EN SUS TIERRAS”.










CACIQUES EN SUS TIERRAS



INDICE


1.     PRESENTACION
2.     CANDADO
3.     BURRO BURRO…. SERAS JUEZ
4.     MATEMÁTICA POR DOS
5.     SERRANITO PERRO
6.     VEJEZ















BIBIOGRAFIA DEL AUTOR



Nació en el departamento de Huánuco, dependiente de sus padres de origen domaino, entre la vida y la otra vida (muerte) pudo salir al encuentro de él mismo. Gracias a esa, es que hoy escribe sobre la vida, sus amorfas formas de expresarse en la sociedad. De alegre personalidad, imbuido de un compromiso social y aturdido por la felicidad de ser padre de varios hijos e hijas, también de los nietos que se suman a más.
Culminado sus estudios superiores de agronomía, inicio un deslinde con la vida. Esa que para muchos es dificultad, para él le sabía a miel y café, a perfume y calor.
Hoy sepultado en el calor virginal de la ciudad de Pucallpa, arde de conciencia, para escribir y escribir, sin ser escritor, escribe sobre la expresión cultural, sus problemas y la problemática social. Es un compromiso de fe.










CANDADO















REFLEXION PRIMERA


Los regionalismos deben estar alimentados por su propia identidad de origen. Existen evidencias de conductas o costumbres propias de cada lugar, éstas en cierto modo, califican el grado cultural de su gente.
















1.    CANDADO

“Candado”, es el mote usado por los lugareños de esta zona, expresa un comportamiento social poco usual. Es el calificativo que denuncia el resultado de la convivencia por mantener un vínculo amoroso derrotado por la infidelidad, consecutivamente, por el deseo de satisfacer un capricho y  rechazo a las reglas morales religiosas, impuestos por el statu quo de una sociedad incongruente con la tradición de ellos; también por hacer público la ausencia del elemento complementario en ambos sexos, en una relación sentimental frustrada por la desidia y el egoísmo.
 Dicho acontecimiento penetró a la oscura bondad de la tierra, así como la chaquitaclla es pateada sobre el rostro del suelo agrícola, fuertemente desarrollado en la memoria de los lugareños, como sobre el papel lo hiciera el director de la escuela, para recordar al niño que le hizo una travesura y advertirle que la autoridad era él. Esta forma de calificar mediante el apodo “candado” exaltaba por demasía a las mujeres, tan presionadas ellas que las obligaba a respirar un poco más de oxígeno, con el ánimo de calmar la rabia interna. Se había hecho una costumbre, para calificar a ellas. En plena disputa consigo mismo, por hacer  normal el capricho de ser mujeres ansiosas y en los varones, resaltaba el machismo desenfrenado, tan desmedido y  casi terminando en insatisfacciones perniciosas, al fin, se buscaba justificar el quebrantamiento de la fidelidad a su pareja. El castigo por calificarlos de “candados” fue el aquilatamiento de un escenario tan propicio,  imponiendo los temores anunciados, estos acontecimientos que están empotrados en la memoria colectiva, hasta la eternidad si esta no es aniquilada, eso se repetía toda vez que se requería ningunear a un nativo del lugar llamado Acomayo.
Tuvo que ser en la fiesta patronal y también, ocurría en las competencias deportivas inter comunidades, allí donde se soltaba a viva voz el adjetivo de “candado” a hombres y mujeres de la zona, recordando la relación ocurrido entre Shipica y Custemio; amenas y vigorosas voces se soltaban en las conversaciones de los migrantes y locales, al compás de las alborotadas neuronas y gritos deportivos, y también por la intensa necesidad de parlar sobre las vivencias de cada uno de ellos.
En una tarde, cuando los tíos llamaron a sentarse junto a la mesa a sus visitantes, y tomar el café de ese día, como todas las tardes de los días del año, cuando el olor a quemado del tostado café, mesclado con la cebada, copaba el ambiente con un aroma especial, este líquido libidinoso se servía con el mote de maíz morocho, grano andino muy bien cocido durante varias horas de la noche anterior; se convertía en un  agradable festín, eso era una constante del buen gusto de la familia por satisfacer  el hambre de la tarde, con la vieja costumbre de tomar el café, acompañado por el grano incaico, bien cocinado por la tía cruz.
-        _  Mi padre fue un hombre de trabajo, él nos relataba cosas que ocurrieron en su tierra donde nació y en otros ratos cantaba con alegría sus recuerdos al ritmo de waynitos- manifestó la tía Cruz- Él nos alertaba de los hombres extraños y cuidaba de nuestra integridad. Así nomás no se lograba a una mujer.
-       _   Ves vieja, tú si gozas de memoria. -Le contestó Cornelio.- Yo no me atrevería abrir mi boca si no estoy seguro de los hechos. Pero habla nomás, que el sobrino te escucha.
_ Conforme se pudo entender a la tía Cruz, ella deseaba compartir un hecho para justificar el apelativo de “candado”.
Las evidencias fueron  contundentes, ante la justificación honrosa que la tía Cruz pretendía dar a conocer. Por demás sería, pretender ocultar la viva realidad de las ocurrencias en estos villorrios. Este hecho remoto se inicia un día, como cualquier otro. Para el momento se deslizaba en el espacio una llovizna tupida, en anuncio prematuro a la tormenta eléctrica que se avecinaba desde el oriente. Los hombres   avanzaban en cuadrillas, recorriendo a diario un tramo largo de carretera en proceso de construcción,  con dirección a la ciudad de Tingo María y por la tarde hacían similar trajín pero en sentido contrario, cada vez se hacía más distante el regreso a sus camas, pero antes y para buscar un espacio cercano a la vicharra apuraban el paso, ansiosos y en busca del calor de la fogata, obligados a forzar un necesario descanso coloquial, con muchas palabras sueltas al momento de parlar y con ansias de recibir la cena caliente de las manos de la cocinera. Allí en el campamento, al interior de los cercos de madera y púas de metal se construía los pabellones para el hospedaje del personal de la obra; estas se instituían cerca y muchas veces circundando a los pueblos rurales, sería un castigo y poco sensato alejarlos de la comunidad.
Ellos, el pequeño ejército de constructores fueron reclutados de lugares diferentes de la patria  y llegaron para laborar en la construcción de la carretera, demostrando su experiencia previamente en ese arte de modificar la estructura de la geografía y convertirlo en arterias comunicantes. De por cierto eran físicamente diferentes,  gruesos y delgados, altos y medianos;  hombres rudos, rigurosamente seleccionados  por  la empresa constructora;  habían puneños, huancaínos y limeños, pocos eran de la región, según el CV presentado se definía el oficio y habilidades técnicas de cada postulante para ser evaluados y calificados, luego asumían el puesto de oficial, de operario o peón. El residente pertenecía al grupo  de  profesionales de ingeniería, el tesorero un contador, el topógrafo un técnico y el capataz un fornido y viejo hombre de experiencia en el mando. Cada vez que se avanzaba en la ruta y se superaban los obstáculos, los que en su conjunto favorecía a crear un impacto positivo en favor de la empresa; las paisanas en la ambición de migrar, para ver otros mundos estaban por demás convencidas que uno de ellos y en algún momento se atrevería a coquetearlas, no sería novedoso convertirse en la amante de alguno de estos rudos trabajadores y para que eso ocurra, deberían frecuentar siquiera una vez al día dentro del campamento.
Por determinación y política de la empresa debían obligatoriamente contratar a mujeres de los parajes intervenidos, esto se adecuaba a uso de los insumos alimenticios de la zona y  cubrir los servicios culinarios; ellas, las más sueltas y confiadas tenían la suerte de ingresar por esta modalidad, otras, entonces ideaban mecanismos para ser aceptadas, resueltas a vender productos artesanales de consumo diario, como los panes bollitos y también algo de humitas; el medio justificaba el fin, de muchos modos   tenían que dar a conocer sus atributos de mujeres ansiosas de amores.  Para las solteras era una gran oportunidad en el afán de salir de sus pueblos, en el afiebrado intento de atrapar a un varón, ofreciendo las polleras, a cambio por viajar a otros lugares, en busca de la libertad, la modernidad. Ellas, sus polleras, sus delicias estuvieron en oferta. No encontraban otro modo en hacer realidad la ilusión de superar la rutinaria vida de pueblerinas, de todos los días, esas formas de vida y presionadas por sus padres, quienes las obligaban a cumplir sin contemplaciones tareas hogareñas.
Trabajadores de la construcción de muchos lugares del Perú, llegaron a Huánuco para construir la carretera, desde muy lejos viajaron para laborar durante varios años, así como lo contemplaba el proyecto. Estos dormían en sus propios campamentos, comían también allí, pero, por las tardes luego de sus labores osaban salir al pueblo más cercano en busca de diversión, licores y de cierto, ansiosos de disfrutar placeres, cortejar muchas mujeres. Solteros y casados comulgaban de conciencia ¡así será y siempre…..fue así! resaltaba   en la conciencia de cada uno de ellos.
Pérez, conoció a Shipica en la cocina del albergue y a primera vista se impresionó de ella, luego un romance fugaz. Ella esquivaba la mirada penetrante de Pérez, sin dejar de mover los labios mediante una sonrisa aduladora en símbolo de aceptación al cortejó.
Los sábados por la tarde casi la mayoría de trabajadores recurrían al único bar que existía en el pueblo de Acomayo, allí bebían abundante licor, formando hordas de bebedores perniciosos, carcomidos por la sed de venganza contra sí mismos; allí la democracia se convertía en una práctica horizontal, desarrollando amenas discusiones, en la que los niveles de mando no valían y el trato interpersonal se emparejaba como la propia plataforma de la carretera que construían, el único valor era la capacidad de poder sostenerse ante el maldito patrón de la santa devoción: la shacta.
Pérez había caído al flujo libidinoso del alcohol, pensaba siempre encontrar un espacio para cumplir el pacto previo y luego conocer el néctar de la granadilla dulce de estos lugares, bebía con precaución y pese a eso no encontró forma de escapar del efecto e influjo del licor de caña. Esa noche era su encuentro con Shipica, ella  había aceptado y esperaba con ansias en la pocilga de  su casa, estaba segura, que nadie impediría esta locuaz voluntad de ambos, por encontrarse y satisfacer la intrépida necesidad voluntaria de ambos, por retar el presente. Embaucarse en  caminos pecaminosos era propio de los terrícolas y esta determinación, de Shipica y Pérez, se sumaba a los muchos ocurridos en el mundo.
La cuadrilla de trabajadores de la carretera habían tomado el pueblo mediante sus habituales jornadas semanales, que más podía esperar esta gente nativa, si la construcción de la carretera habría un abanico de oportunidades, el beber licor a saciedad resultaba un atractivo negocio.
El hábito por reunirse cada fin de semana, consentido por el pueblo, terminaba en una costumbre; la semana concluía el viernes y continuaba el sábado, eran los días preferidos de los parroquianos. Pérez tuvo prisa, hizo uso de la ducha, se pegó un baño, a pesar de los bajos grados de temperatura ambiental, sentía el calor en sus venas y las  ansias por hacer realidad lo pactado con Shipica, podían delatarlo, posiblemente. Entonces, estuvo bien un baño, al extremo del frio y antes que el látigo de la frustración amorosa caiga sobre su cuerpo. Acudiría a la reunión de amigos y luego buscaría la mejor estrategia por separarse y acudir al reto impuesto por sí mismo, de recorrer el camino, rumbo al santuario de la vertiginosa diosa llamada Shipica. Un tramo tan cercano, entre la pocilga de  la casa-cantina y aquel ansiado lecho de la cama de su mejor amigo, allí donde la ferocidad de Eros se complacería en derroche de satisfacciones interminables.
Como todos los  sábados, así de siempre, en esas acostumbradas reuniones de borrachera interminable se filtró una información  delatora, acusando a Pérez de estar torneando a Custemio, sucedía así  y podía notarse fácilmente, nadie  ignoraba esta verdad. Fue dolorosa la noticia para Custemio, cuando tomó conocimiento del caso, eso no podía ocurrirle, qué había hecho para ser castigado de esa manera - afirmaba en su interior- repudiable, tal vez la pendejada de los foráneos intentaba quebrar su relación con Shipica, haciendo que desconfié de su mujer, del mismo modo, para con su mejor amigo. De todos modos aceptó lo dicho como sospecha, pero tendría que indagar, establecer una coartada. La semana siguiente, acudió  como siempre a libar licor en la cantina de costumbre,  esperando el momento, cuando  Pérez   abandone el lugar donde acostumbraba a libar licor, esperaría un prudente tiempo y tomaría  una decisión. Custemio no aceptaba la idea de la infidelidad de su mujer y peor de su amigo Pérez, quién fue su benefactor al presentarle con los patrones de la empresa, eso le sirvió  para lograr el trabajo de jornalero. El tiempo había transcurrido, nadie se había percatado de la actitud, pensaron  que Custemio buscaba el baño, al momento que se levantó del asiento donde bebían licor. La torrencial lluvia que caía sobre el pueblo y los techos de calamina de las casas precarias, configuraban el bullicioso estruendo del ambiente, en esas condiciones  las pisadas sobre el camino se confundían con un chapoteo propio del clima.  Pese a ello, Custemio, se empecinó en cumplir con él mismo y resolver de ese modo el cometido y caer como un rayo si fuera necesario sobre su realidad, para él era un supuesto inaceptable, al llegar a su precaria casa se incrementó el impulso de desfogarse y golpeó con la furia de su semblanza la puerta de la precaria casucha donde vivía con  Shipica. La ira se había formado en la mente y se hizo insolente cuando sus oídos  escucharon varios susurros amorosos; se acercó  y colocando su rostro sobre la puerta lograba hacer realidad sus sospechas. Era raro, se escuchaba agitadas conversaciones entre su mujer y alguien desconocido por él.  Enfurecido consigo mismo, rompió con los temores internos que le atormentaban y decidió afrontar la verdad de los  chismes hablados en el bar, al parecer,  estas se acercaban a la  realidad. Fueron breves los segundos, para el tiempo que quedo indeciso, pequeño espacio del tiempo y  la duda en sus actos, esos momentos fueron necesarios para el intruso y salió velozmente del interior, atropellando los cuyes que chillaban y derribando las ollas de la  vicharra todavía caliente. Una reacción tardía  y torpe el devenir del momento. Aturdido por los efectos del licor, el temor de encontrarse con su mejor amigo, junto  a su esposa, le reventaba las neuronas.  No logró identificar al intruso, fue la evidencia más cruel, luego de muchos años de convivencia con Shipica. Prendió el mechero,  observando el ambiente del lecho profanado,  estuvo como acostumbraba ordenar las cosas; tan solo allí, sobre el lecho se encontraba Shipica, tierna como siempre, infiel  para el momento, terriblemente insatisfecha y angustiada, ideando mil explicaciones de la situación creada. Ella yacía muda sobre la cama, alarmada, con las prendas íntimas fuera de su lugar de costumbre.  La luz del rayo no era suficiente para Custemio, la rabia y la ira enraizó en su interior, sin escuchar las explicaciones de súplica él  golpeaba físicamente a Shipica. No entendía a la vida y se preguntaba repetidas veces sobre el valor y las razones de los hechos que ocurrían. Shipica le pedía perdón, increpando al marido por su poca disposición de atenderla en sus deseos de amor. La brutalidad de la golpiza de Custemio sobre Shipica había pasado lo tolerante, ella quedó desmayada e inconsciente. Luego, un poco después,  cuando Custemio prefirió regresar al bar, dejó en casa a Shipica, ella yacía inconsciente por la actitud vehemente de Custemio.
La noche transcurrió vertiginosamente, el aposento había quedado con el alma espantada, el amor desapareció cuando el rencor ingreso con virulencia. Shipica despertó alarmada, tratando de ordenar los acontecimientos ocurridos por su propia decisión, saltó de la cama algo desconfiada, alzando sus manos sobre sus pelos desordenados y un poco adolorida por los maltratos, no dudo en emitir un grito desgarrador ¡Ayyyyy qué me han hecho! El peso del metal atrincado en sus partes  interrumpía un normal desempeño de sus piernas, el dolor se concentraba allí donde ya no debería ocurrir, porque no era virgen. Un pesado candado colgado en su vagina tenía el control, atinaba en  gemir y luego de levantar las polleras pudo magnificar el hecho de su desgracia ¡Sorpresa! el candado  unía los extremos de  su vagina, entre labio a labio ¡Dios! ¡Estoy fregada! Lo primero que hizo es pedir auxilio y obtuvo como respuesta el silencio, además la costumbre de ir temprano a la chacra dejaba desolado al pueblo. De inmediato pensó salir a pedir auxilio y su reacción fue precisa para rehusarse, retrocediendo y prefiriendo evitar el reproche de los vecinos, ni donde para quejarse si ella sabía que el padre político de su marido era el juez del pueblo. Ni modo para reclamar justicia.
_ ¡Candado! ¡Candado! -anunciaban los enfermeros antes de hacer ingresar a la paciente a la sala de operaciones; risas y comentarios ocurrían en el pasillo del hospital, el relámpago una vez más caía sobre el sentido común de los empleados, algunos de los postrados enfermos reían en sus sueños de convalecientes luego de enterarse de las razones por las que ingresaba el nuevo paciente. Acomayinos “candados” tenían que ser.














BURRO, BURRO…SERAS JUEZ








2.    BURRO, BURRO… SERAS JUEZ

El juez Decilio, tenía cualidades de hombre probo, con experiencia en el oficio de manera excepcional para el medio donde vivía; los estudios que había seguido no pasaban de ser primarios.  Padre de varios hijos con el apellido Pérez, también hizo un reconocimiento putativo al maestro albañil de la empresa constructora, por llevar su apellido y sabiendo que éste provenía de un departamento sureño, para él bastaba con  llevar su propio apellido y eso le hacía sentirse  bien. El juez Pérez  vivía dentro de la comunidad de Mayobamba, se caracterizaba por ser  un comunero de respeto; esa mañana tuvo que levantarse unas horas antes de lo normal, había decidido  notificar a los implicados en el hecho poco usual; como juez de paz en su pueblo haría lo mejor para evitar los rumores. Nunca antes tuvo que atender casos como el existente, estos litigantes, ambos, deberían comparecer en su oficina y resolverse el caso quejado sin ningún escrúpulo de escuchar la majadería de ambos. La  autoridad, es decir el juez Pérez, desprendido de sí mismo al máximo de sus esfuerzos y así lo realizaba cada vez que aparecía una  queja; esta vez,  recurriría a imponer una conciliación como medida preventiva, para ello, pondría a disposición toda su habilidad para que no trascienda los límites y viaje lejos de su control esta noticia que no pasaba de ser una majadería. Para los pobladores de mayor edad, no había dudas, aconsejaban al juez afín que opte  por un severo escarmiento. Decilio estaba dispuesto a realizar  lo imposible, también, ordenaría a los celadores, en caso haya desobediencia se cumpla el consejo de los ancianos, castigando a la demandante y demandado. El respeto a las buenas costumbres, antes que la propia ley de los mestizos servía para imponer su autoridad. En la mente del juez  se movía como una burbuja de agua las ideas que lo impulsaban a  impedir y como se presente las circunstancias, a fin que este caso no pase a una segunda instancia, antes debería resolverlo con mutuos entendimientos y de beneficio para el pueblo. El, como letrado y autoridad juiciosa no podía permitir que este caso vergonzoso pase a la autoridad  superior. Imaginándose sobre el inmenso  desprestigio  para su pueblo, en caso se hicieran público la verborreas de las tantas audiencias a desarrollarse; cuidaría de las cuántas alegorías  que se hablarían en la ciudad de su querido pueblo. Muchas ideas sueltas trastocaban el cerebro del juez, en un tonto pensar, afirmaba conocer  el actuar de los letrados de saco y corbata.
-         ¡Abogados del demonio!- se expresaba Decilio- Estos aumentarían las palabras sin llegar al fondo de la problemática. El fiscal haría lo mismo, hablando sobre asuntos ajenos a la realidad de los hechos y así, tal vez y de por cierto que juzgarían el hecho como un acto de ignorantes,- “nos calificarían de bestias, poco cristianos, demonios y otras cosas más tan poco agradables para nuestro pueblo”- por eso debería impedir a costa de todo se expanda estos murmureos, ¿Quién más que él para ejercer justicia? Por eso su deseo para lograr una conciliación armoniosa, lo más cerca al interés de ambos litigantes se hacía predominante.
Decilio gozaba, por costumbre y de muy temprano fustigar a sus hijos para pedirles sobriedad y se levanten de la cama antes que los primeros rayos de la aurora se aproximen por la colina.  Fueron los primeros rayos solares caídos sobre el ambiente, el que permitió doblar las órdenes y avanzar en las tareas del hogar; así ocurría a diario, antes de ir a la chacra, retando el orgullo de los últimos cantos del gallo. Trabajo y más trabajo, desde rajar el tronco para la leña y también amarrar al ganado para ordeñar la leche de la única vaca que existía para el consumo diario.
Ocurrió durante el mes de mayo, un día propio para que sucedan estos acontecimientos, además estas cosas así nomás no ocurren, solo es de los demonios, como afirman los poblanos. Dos hechos bochornosos se habían acumulado, uno de ellos resuelto en la misma comunidad de Acomayo y el otro por resolverse pronto,  un poco más arriba, en el mismo pueblo del Juez. El primero fue expectorado  en público. Para el nuevo incidente, de similares motivaciones, tendrían un mayor cuidado. El Juez Decilio nunca permitiría que se burlen de su familia y convenció a Custemio para que perdone a su hijo político si así fuese el caso, tanto el interés por su pueblo y  como su propio prestigio estaba de por medio, él representaba a la autoridad y la Ley en su territorio. La mujer podía resarcir su vida si él le daba más cariño y placer. ¡Cosa de machos Custemio! Ni los consejos, tampoco el amor de pareja sirvieron para la reconciliación. Como juez sancionó por la separación y ordenó  al Custemio dejar a su albedrío a la Shipica para evitar que el apodo de “candado” le manche y asunto concluido.
Pablo había tomado shacta durante toda la noche, vivía cerca a la cumbre del cerro de Carpish, allí donde la neblina se impregna con suma facilidad sobre los bosques fértiles, no pudo controlar su insaciable hambre por beber más licor y sin reparar la condición deplorable en la que caía cada vez que optaba por beber alcohol; así, en situación incontrolable continuaba su caminata, dejándose guiar por el subconciente y el mismo camino que sus pies pisaban repetidas veces, un sendero conocido por deducción e inducción. Corría y corría, cayéndose y levantándose, así continuaba cuesta abajo.
Justo al ingresar al llano, en una de esas zancadas que dio se fue de bruces sobre el pasto, hasta ese lugar pudo llegar, no atinaba a levantarse, profundamente  dormido, suelto en la intemperie a expensas del fuerte sol. La transpiración del sudor sobre su rostro era una muestra palpable del shok propiciado por el alcohol. Pablo,  dormido y muy quieto, parecía estar satisfecho de dicha situación, esto se podía notar en las manifestaciones mostradas en su rostro. Luego y en pleno juicio aceptó el placer de recibir a las brisas, cada vez que el sol era cubierto por las nubes; absuelto así mismo y bajo el control del subconciente realizaba movimientos adicionales, calificados como estúpidos. Pablo fue sincero en reconocer el sueño erótico y su predisposición sexual, debido al vigoroso impulso de su juvenil condición de mozo agradable para las warmis de su pueblo.
El juez Decilio llegó a su oficina, como siempre soportando la penumbra creada por las casas construidas en base a tapiales. Los  litigantes, estrictos cumplidores del mandato judicial llegaron antes, sueltos a someterse ante la justicia. Decilio ordenó a su secretario abrir el libro del juzgado y escribir las primeras palabras: “La presente acta, se abre a petición de la justicia del cual yo Decilio Pérez represento como juez de este pueblo y en representación de la República del Perú. Es mi decisión ofrecer a los litigantes mis mejores servicios para que sea consentido el derecho de las personas para conservar su honor y cumplimiento de la ley. Acto seguido hago conocer a los litigantes que es de buen juicio llegar a previos acuerdos para que esta diligencia sea resuelto de buena voluntad, sin perjudicar a nadie y que Dios, la Patria y mi persona los ayude.”  Así  se inició el juicio, en igualdad de  oportunidades para ambos.
El juez Decilio, dirigiéndose a la denunciante le preguntó   si pretendía ratificarse en sus declaraciones, pidiéndole ponderación para que asuma con responsabilidad sobre la denuncia interpuesta contra su propio paisano.

-       _  Señora Shipica diga usted, es cierto que el señor Pablo Cruz ha abusado de su burra?
-        _ Si juez, así fue, más cuando le dije que dejará a mi burra hizo poco caso, intento agredirme.
-        _Pero señora es un animal y no siente.
-       _ No señor juez el animal también es cristiano no puede ocurrirle ese tipo de abuso por más burro que fuera.
-        _Muy bien señora, entonces usted acusa,   se ratifica entonces en su denuncia.
-        _Si señor juez.
-       _  Bueno señora - afirmaba el juez- espero que diga toda la verdad y solo la verdad, le voy a tomar su manifestación, y piense bueno, porque va a jurar como buena cristiana, ante la Santa Biblia de nuestro señor Jesucristo.
-       _  Jura usted, decir la verdad y solo la verdad y no perjudicar a su cristiano burro.
-        _ Si juro señor Juez, pero debo aclarar no es burro, es a mi burra la abusada del cometido.
-      _   Bien señora entonces es su burra.
-      _   Sí señor Juez
-        _ Explique Ud.
-       _  Señor Juez, esa mañana cuando me encontraba pasteando mis ganados, tuve que amarrar a mi burra, allí cerca al pasto verde  para que pueda comer, además no quería que haga daño y por eso lo amarre al árbol de aliso, nunca iba pensar que le ocurriría esas cosas. Mi burrita no le pide nada a nadie y las cosas que he visto no es de cristiano, solo el demonio puede hacer las cosas que ha ocurrido.
-       _  Explique mejor señora, no la entiendo.
-       _  Así es juez, el Pablo estaba montado sobre mi burra con su pantalón abajo.
-       _  Esta afirmando usted que le estaba violando a su burra.
-       _  Sí señor, eso era.
-        _ ¿Qué burro este Pablo, como vas hacer esas cosas?
-       _  ¿Y qué más señora?
-       _  Yo le he gritado y no me ha hecho caso. Estaba borracho y me ha respondido con una lisura.
-      _   ¿Pero señora cuál es el daño?
-        _ Es que señor juez, nadie puede violar el honor de las personas y el Pablo se ha burlado con mi burra.
-       _  Pero es un animal.
-       _  Sea un animal o ¡no! ya le he dicho que también es cristiano. En la biblia dice ser cristiano por estar escogido por Dios para que sea salvado en el Arca de Noé. O no ha leído usted la biblia.

El Pablo quería intervenir, pero el Juez le hizo callar, para que en su oportunidad pueda manifestar su parecer respecto a la denuncia.

-       _  Bien Pablo, espero que tengas una mejor explicación sobre las cosas que te acusan ¿Qué puedes decir sobre la demanda interpuesta por la señora?
-        _ Bueno Juez, yo estaba borracho, no recuerdo y de verdad que niego las acusaciones. Lo que ocurre es que me tiene envidia, tal vez tenga interés sobre mi persona. En todo caso que sea más sincera.
-       _ ¡Señor Juez! Como permites que diga esas cochinadas -reaccionó la denunciante-.
-        _ Señor Juez, estuve de verdad embriagado, el licor estaba muy fuerte y ni sentía lo que me pasaba; solo recuerdo que bajaba muy apurado y luego tropecé hasta caerme sobre el pasto. Seguro que estaba tan dormido que en mis sueños no sabía lo que hacía; pero si puedo decirle señor juez que una frescura bien raro me atrapo en mis sueños, algo como una esponja que rasuraba mi cara y me daba mucha cosquilla. Mejor ya no le cuento señor Juez, es pura malcriadez el resto.
-       _  Bueno Pablo o cuentas lo que pasó luego o te mando a la superior acusándote por violación comprobada en agravio de Shipica.
-       _  Ya, ya, no más no se moleste papacito. En mis sueños señor Juez estuve con una mujer bien llenita, tenía un gran trasero y era bien alta. ¿No podía señor juez, no podía hacer lo que hacen los machos? Además, no hubo desfogue señor juez, se comprimía todo mi cuerpo y no podía señor juez.
-       _  ¿Qué no podías Pablo?
-     _   Eso que todo hombre hace con las hembras señor juez. Por eso digo que no pasó nada y yo no me tengo la culpa en este entierro. La Shipica me acusa porque yo no la quiero, ella está quemada con eso del “candado” y no me animaría a seducirla nuevamente señor juez, sabiendo que fue mujer de su hijo.
-      _   ¡Señor juez no puede permitir que me insulte!
-      _   Espera, espera Shipica, déjalo que hable, sino como voy hacer justicia- dijo el juez-.

Tanto fue el tiempo que duraba el comparendo que ya la hora del almuerzo se pasaba y las tripas del juez hacían mucho ruido, dejándose sentir entre ellos; además, estaba indispuesto  luego que Pablo le recordara sobre el cuerno puesto a su hijo putativo.

-          Bueno, bueno – dijo el juez- voy a resolver este engorroso problema, espero que sea lo más justo para ustedes, caso contrario les impondré una multa de 50 soles a cada uno y además voy a ordenar el arresto de los dos. Tu Pablo serás tan burro que vives a solas, necesitado de mujer, a tu edad ya deberías de buscar tu mujer y no puedes andar borracho en las calles, eres un peligro para nuestro pueblo. Tú shipica estas en la misma situación con marido o sin marido sufres de la misma enfermedad que Pablo tiene; es la segunda vez  que te presentas en este despacho, luego que perjudicas a mi señor hijo,  sola eres una tentación, deberías también buscar un hombre de tu situación. Por lo que yo más estoy notando que ambos se tienen antojos y no se sinceran, entonces ordenaré que inmediatamente busquen sus padrinos para casarlos por matrimonio civil lo más pronto posible. Aquí no hay candados que los una ni los separe.
-          Burro, burro serás señor juez, como voy a vivir con este hombre que ha abusado de mi burra. Además si hubieras visto como la burra le ha pateado a este endemoniado. Hasta mi burra no le quiere y usted me quiere unir con este demonio.
-          Entonces señora de que se queja si  dices que tu burra le ha rechazado a Pablo y también rechazaste a mi hijo, con mayor razón le ordeno que aceptes a Pablo como marido, tal vez entre cristianos se logren entender y asunto arreglado.
-          BURRO, BURRO serás señor juez.



















MATEMATICA POR DOS













TERCERA REFLEXIÓN

Un tercer acontecimiento aislado de las otras dos y por simple idiosincrasia diferencial contrastan en completar las piezas que faltaban en este rompecabezas. El temor a los Cruz fue el detonante para escabullirse por los misteriosos parajes de la selva baja y sin quererlo ya era un pionero más de la colonización sobre suelos de Puka Achpa.
-         Celedonio afirmaba que en esas alturas solo resiste una raza de la humanidad, aquellos que en sus genes llevan el temple de soportar las inclemencias del clima y los retos de una geografía agreste.








3.    MATEMATICA POR DOS

Por este paraje alto andino, cabalgan los paisanos sobre el lomo de   las bestias, había agallas suficientes, resueltos en afrontar vicisitudes en el presente y el porvenir. Aquí se puede percibir la disputa constante con el medio agreste, y  esperan de una festividad local para liberar  rencores, algunas de ellas terminaban en desgracia, al final disfrutaban con fervor de ello. El accionar de la banda creció  en la memoria colectiva, acumulándose en estos últimos años diversos asaltos, no era el culto al miedo ni avalaban el bandolerismo. El factor motriz de la delincuencia parecía estar enraizado en las generaciones; llegar al crimen se convertía en una carga pesada de la conciencia, aún más, al  ensuciarse con sangre de su propia familia. Numerosos fueron los asaltos de sorpresa por parte de la banda,  disfrutaban de la tranquilidad de los ariscos cerros, el peligro lo ponían ellos; por donde transitaban dejaban huellas de astucia en el oficio. Los conflictos, odios, abigeato, amoríos frustrados y la misma muerte acompañaban en estas alturas las relaciones de sus pobladores.
 Diversas comitivas transitaron por este paraje, la mayoría de ellos hacían grupo, raras veces se aventuraban a caminar solos. Precavidos y por costumbre se cubrían con abrigados ponchos, montados sobre las mulas algunos y caminando los otros, para el mal de los malhechores dos de ellos llevaban escopetas, en  alerta y para repeler un posible vejamen.
Las autoridades locales, junto al pueblo  habían construido una precaria trocha, luego sirvió como base para la carretera desde Margos hasta Jesús, un tramo interesante y poco habitable. Los tiempos se acortarían para llegar a los parajes de los ricos quesos de Paragsha y Túpac Amaru; para otros sería un malestar, por los riegos y a disposición del infortunio, luego de encontrarse con un asaltante y estos arrebaten todas sus pertenencias.
En esta oportunidad y luego de un corto recreo, llegaron casi a la hora que habían indicado y no esperaron mucho para volver a reencontrarse entre  camaradas; allí, obligados a cumplir con lo pactado y en su acostumbrada decisión de ejecutar sus planes, sí o sí, así sea a costa de una desgracia. Ser asaltante de estos parajes andinos no es gracia para nadie, ni siquiera para ellos mismos, estos que decidieron asumir el reto de aparecer cuando menos pensaban los viajeros y para este tiempo, colocar piedras en el camino, retener a los carros y luego en vil determinación de la fuerza de su conciencia, cometer el delito, hasta someter a los infames pasajeros, consistía el desafío oprobioso una desobediencia a la autoridad del momento. Entonces, la brutalidad usada era propia de la ferocidad y atavismo humano, aplicados sin contemplación alguna y al razonamiento  lógico de avezados criminales, donde   las consecuencias eran ignoradas y el pudor se convertía en una estupidez.
En las alturas de Tocana, a 4040 msnm, no es tan agradable asaltar a los transeúntes, de condiciones  agrestes, por el clima y la pacienciosa espera a las presas. Los asaltantes comprendían la situación,  por demás entendidos en la materia, aceptando de antemano las consecuencias en caso de ser sorprendidos. Convertirse en objeto de su propia incomodidad, al ser presa fácil de la policía nacional, esto ocurriría solo ante la falta de precaución y demasiada confianza por   no calcular bien el asalto. El plan también contemplaba la reacción de los propios pasajeros. A balazos y con probabilidades de ser alcanzados por uno de los proyectiles o el puño certero dirigido sobre el rostro, hasta un puntapié sobre los testículos. Todo podía ocurrir en la oscuridad. Ellos, nunca  negaron ser parte de una marcha fúnebre e incrementar a la gran familia del cementerio local o ser objeto del anonimato; o quedar enterrados en una fosa común en algún lugar de esos parajes frígidos. Entonces, aceptaban  la muerte en el extremo de los casos, ocupar un espacio en el cementerio los enaltecía. Destino que no aceptarían sus familiares cercanos, a sabiendas de los riesgos por ser criminales.
Los últimos rayos del sol en esa tarde, jalaban el tormentoso frio de la cordillera Waywash, sus cuerpos se crispaban al compás del reloj. Ya hacía   las 6 de la tarde, entre  la noche que se acentuaba y la luz cromada del día en proceso irreversible de  extinción. Un casi total silencio si no fuera el viento soplando sobre los ichus; sumergidos en la tensión, confiados de los   señuelos colocados en la carretera, entre  los pueblos  de Jesús a Margos. Habían analizado todos los aspectos  subjetivos, para el momento, las condiciones eran favorables; aparentes y convencidas para el escenario a suscitarse. Los pasajeros tenían urgencia de llegar a Huánuco y el sereno en esos días caía drásticamente, del modo que formaba densas  neblinas, apoderándose de  la zona. El conductor del vehículo, presuponía los hechos,  a sabiendas de ello decidió iniciar el recorrido, seguro de sí mismo y con la  sospecha de caer en las garras de los asaltantes. Conocido era,   que  a partir de las 5 de la tarde podría ocurrir un hecho inusual al pasar por Tocana.  Antes de esa hora pudo ser lo ideal, como siempre fue un arrebato, entonces, dijeron ser  de los valientes;  chofer y pasajeros decidieron viajar.
Subiendo a Tocana existen una serie de tramos donde muy frescamente ocurrirían los asaltos, quién podría percatarse y adivinar, cuando ya salían de la última curva y muy cerca de las primeras casas del poblado de Tocana, el vehículo  se detuvo bruscamente, por el impedimento en el camino de una cantidad de piedras superpuestas, una sobre otras; los pasajeros que dormían confiados de sí mismo despertaron alarmados, fuertemente asustados, llenos de temor.

-¡Carajo!, fue la exclamación de  la única dama que viajaba dentro del vehículo. Del exterior se escuchaba una andanada de tiros al aire y alguno de ellos muy  cerca del vehículo. Eran los asaltantes, con armas cortas y largas, escondidos por unos ponchos oscuros, se asomaron de uno a uno y obligándolos a bajar del automóvil. Uno de ellos, el más avezado, lanzó un violento puntapié sobre las  pantorrillas del chofer y daba  órdenes enérgicas, anunciando el asalto.

-        _  ¡Alvarado tírate al suelo mierda! Si no quieres que te mate.
-       _   ¿Dónde está la plata? ¡Saca la plata Alvarado!

Los gritos convertido en disposiciones irrefutables salían de un cuerpo  delgado y chato de altura, la voz no pertenecía a un adulto, era propio de un adolecente en proceso de pubertad, tan notorio la sinfonía de las  cuerdas vocales al momento de gritar, estas que expresaban contradicciones fisiológicas, producto de las hormonas en proceso de maduración. Fue el temor al fusil y no a la altisonante voz del asaltante el motivo de la obediencia. Salieron de uno a uno del interior del auto, primero el chofer luego el resto de viajantes, obligados a caer sobre el suelo en cubito ventral, con el rostro empotrado en  el suave lodo formado por el roció de la tarde y la fértil tierra serrana.

-        _  ¡Mierda! Ya nos jodieron- se le escapó una queja al inmaduro pasajero-
-       _   ¡Cállate cagada! fue la voz resuelta que salió de uno de los asaltantes, sin antes agregarle una sarta de patadas sobre el cuerpo del infructuoso pasajero.
-        _  ¡Ay! ¡Ay! Ya no papa, ya no.

Celebrar una fiesta conmemorativa y gozar de ella  al compás de  la dinámica de músicos y bailantes ocurría por costumbre, también la preparación de los alimentos significaba casi un acto ritual porque se escogía los mejores ganados para sacrificarlos. Del mismo modo, se afirma que a principios del siglo XIX, el bandolerismo en la serranía era parte de la convivencia de los lugareños. Ellos, en razón a sus apellidos gobernaban un determinado territorio. La autoridad era casi invisible para frenar el delito, aún, otros confirman la necesidad y presencia de estos tipos por  simple justicia divina.
El caserío de Churín escondido por la agreste geografía del valle del río Marañón.  Allí, se celebraba una vez más la fiesta de su creación patronal. El mayordomo de la fiesta con cierta anticipación había contratado a unos músicos que tenían fama de ser los mejorcitos de Yacus, orquesta querida por estas rutas; estos que alegraban los corazones por igual en las fiestas tradicionales, haciendo mover los pies en un particular zapateo al ritmo de la danza washawaghta. Los lugareños bailaban alegres, los jóvenes mozos cortejaban a las warmis mozas, los ancianos también danzaban al compás de la melodía recordando a sus ancestros. Y los perros ladraban moviendo la cola, saltando en piruetas al lado de sus dueños.

-         _ Sirve, sirve. Apura, apura, sirve rápido.- ordenaba la cocinera-
-         _ Agrégale al Pecho para que se calle y no haga más lío.

La banda de músicos, de por cierto tenía como referencia su estilo propio, constituida en el fragor de la música y con prestigio propio de ser considerado uno de los mejorcitos y al solo anuncio de su presencia convocaba mucha gente festiva. El director del grupo conocido como Max era cantor y tocaba el arpa, el muchachillo de rostro tierno manejaba el platillo como dos tapas de olla, el más alto conocido como Pecho golpeaba el bombo hasta hacerlo gemir con resonancia magnética, las tres trompetas coincidían en el agudo sonido para que el wayno sea lo que es, el clarinete acompañaba con lágrimas musicales que brotaban desde sus orificios;  contrastando con el bombo, el redoble del tambor-talora también se dejaba sentir y por último no faltaba un bailarín improvisado, quién le daba el toque del son andino a la melodía, soltándose en una alegre danza al estilo de sus ancestros.
Eran los principios del siglo XIX. Los Albornoz llegaron por diversos flancos, se juntaron muy cerca a los músicos. Llegaron para  y dispuestos a exigirle a los Cruz entreguen sus partes del botín,   logrado en los últimos atracos en el lugar conocido como Tocana. Cuando compartían el licor recordaban esa tarde del día, durante el cual fueron sorprendidos por la policía montada, si lograron escabullirse entre la oscuridad y las rocas, es por la intuición premeditada; después de ello se separaron para encontrase más adelante; se dispersaron en las punas frígidas, logrando despistar a los gendarmes, borrando todo  rastro, hasta un nuevo rencuentro.  Pedro Albornoz juntó el dinero del asalto y con él escaparon Pecho y el un muchachillo.   Los Cruz también abrieron su propio camino de repliegue, librándose de los gendarmes, aprovechando la estampida pero en ruta opuesta, escapando con sus armas desabastecidas de bala. En esa huida, Pedro Albornoz confió en Pecho Cruz su caballo, por un momento, mientras él subía a una roca para ver el panorama y asegurarse del repliegue de los gendarmes, y así oxigenar  los  talones, estaban  tensos, necesitaban sacarse las botas. La consigna de los asaltantes de camino consistía en volver a sus labores domésticas, evitar el mínimo detalle que signifique la delación de sus actividades delictivas.
El tiempo, entre el día del último asalto y la festividad casi llegaba a un año, esos días fueron de tranquilidad para los lugareños. Para la familia de los asaltantes hubo poca tranquilidad, nada agradables de  por cierto. Sabían que se  reencontrarían una vez más, con mayor razón en las festividades patronales  de Churin y lejos de las presiones de la ley. Ambas familias mostraron conductas recelosas, por naturaleza y producto de la vida delictiva. Es por eso, debido a la idiosincrasia adquirida en los múltiples atracos, en las festividades  mostraron su autoritarismo. Exigían una atención de primera, sacaban a relucir el derroche de mucho dinero, con el argumento de haber llegado recientemente del norte del Perú y a donde llevaron mucho ganado vacuno y carneros. En realidad, gastaban sin contemplaciones, confiados en el último  botín y por  repartirse en algún momento de la fiesta. La cantina atendía sin restricciones al considerar que eran  familias respetadas por esta zona.  
Antes de ocurrir el enfrentamiento entre compinches, uno de los Albornoz se acercó a los Cruz para exigirle su parte, la discusión por el dinero recaudado en los asaltos coincidía con la vieja treta de poner pretextos para no cumplir.

-        _  ¡Ey Pecho entrega nuestra parte! No te pases de vivo, te llevaste toda la merca.
-        _  Pero no era mucho y  luego te pasaré algo socio. Por el momento estoy con cachuelos como tu vez.

 Las palabras se acortaron a su mínima expresión  en ambos bandos hasta  imponerse un ambiente hostil.

-        _  Oye puta, no te hagas el cojudo te llevaste mi caballo y toda la plata.
-         _ Sentí temor al momento, por eso me aleje del lugar, pero en mi fundo esta tu caballo y el resto te devuelvo estos días, ten paciencia Pedro.
-         _ ¡No vengas con huevadas, me das mi plata o te mueres cabro traidor!

Luzmila Albornoz gozaba de su forma alegre, llena de juventud y belleza, ella coqueteaba con uno de los Cruz bailando un hermoso wayno, tenía simpatía para ser una pareja particular y consentida. El patriarca de los Albornoz se mordía los labios de cólera, masticando la rabia de un imposible sobre esa relación y a costa de su lengua se dio un mordiscón   como el perro ovejero, no podía aceptar una relación amorosa de su hija  con un Cruz. No aceptaría concebir excusas de su hija  Luzmila por enamorarse de un ladrón; él patriarca de los Albornoz ya estaba  cansado de vivir una vida de forajido y deseaba para sus nietos nuevos escenarios, estas que se acerquen a la vida honrada y la modernidad, imploraba para sus descendientes nuevos derroteros que sean de honradez y construyan una carrera  profesional; por eso, lo menos adecuado para sus últimos días era ver a su prole metidos  en la cárcel como viles delincuentes. Por ese camino sinuoso al cual él había caído  tendría que evitarse.
Si la circunstancia hubiera ayudado a un buen acuerdo sobre el botín y compartir como siempre lo acumulado, tal vez,  no habría sido necesario hacer uso del revólver. Se escuchó el disparo contundente en plena alegría de los poblanos, quienes motivados por la música y el baile hicieron caso omiso por un instante. Pecho Cruz cayó al suelo bruscamente. Los danzantes pararon de bailar y en estampida buscaron la oscuridad para escapar de  la balacera y líos ajenos.
El negocio de bandoleros se había resuelto de mala manera, sin grandes motivos para hacer uso de las armas de fuego y renegar entre  ellos y su estirpe. La excusa  del enamoramiento de un Cruz con una Albornoz, fue un buen motivo,  para no arreglar en armonía sus asuntos, el lío creció como una tempestad,  acentuada con la firmeza de un rayo sobre el rostro de los Cruz por negarse a compartir el último botín, de las amenazas entre ambos bandos cayeron envueltos por el torbellino de agresiones físicas;   las balas que cruzaron por los callejones obligaron a los festivos lugareños a resguardarse. Consecutivamente en el silencio de la noche se escuchó maldecir a los Cruz: 

-         ¡Mataron a Pecho!  
- ¡Concha! -  un Cruz había caído por la bala disparado por el arma de un Albornoz.
-   ¡Por un Cruz caerán dos Albornoz! ¡Malditos Albornoz! ¡ Lo juro por los demonios que pagaran con su sangre1 - gritaban desde las sombras-.
-        ¡Por dos albornoz mataremos a cuatro Cruz, así será el castigo que recibirán, perros traidores!- contestaron los contrincantes-

El viento helado trajo de las rocosas y agrestes cimas el ulular de la maldición sobre las dos familias. Familias sentenciadas por sus propias leyes y discretos en sus relaciones para resolver los problemas.
Tres generaciones, aproximadamente unos 6o años transcurrieron desde el asesinato de Pecho Cruz. De esa fecha la aparente tranquilidad generaba confianza entre las dos familias. El atavismo humano pocas veces fue comprendido, había memorias que guardaban el odio y la reacción, esta había acumulado mucha energía y en algún momento explotaría.
Fue el teniente Cacique, quién realizaba una de sus acostumbradas visitas al distrito de Huarín, de estas podía agenciarse para cumplir su labor vigilante, él buscaba el apoyo del alcalde para abastecer de petróleo a la camioneta policial, por eso en camino al despacho municipal pudo percatarse que uno de los Cruz realizaba   gestiones en la municipalidad; otros afirman que fueron los Albornoz quienes informaron a la policía de la presencia de uno de los Cruz cada fin de mes. Resultaron ser varias las hipótesis, se exploraba una supuesta relación amigable entre el alcalde del pueblo y el padre de los Cruz, otros afirmaban que el jefe de esa banda era la autoridad edil.  Pablo Cruz pretendía pasar desapercibido cuando fue intervenido por la policía nacional, a este se le encontró una pistola y varias balas de reposición, la policía tenía serias evidencias que era el asesino de uno de los Albornoz, en estos últimos años. Con la detención del jefe de los Cruz por la autoridad policial se había acertado en actuar preventivamente y evitar en adelante los baños de sangre producto de los enfrentamientos tribales en estos parajes andinos.
Al parecer y por la tranquilidad mostrada en varios años, sobre estos parajes, se podía concebir que el conflicto se diera por concluido entre las dos familias litigantes.  Tal presunción no fue así.
El tiempo se acrecienta cuando de por medio existe amenazas  y temores, podía ocurrir en cualquier momento el cumplimiento de la venganza. Esta fue la situación del director de la escuela a quién su condición petulante no le permitía acercarse a la chacra, eso era para los indefensos cholos, como bien lo afirmaba. El, vestido de terno oscuro, con el pelo engrasado y peinado hacia atrás  mostraba un rostro recuperado por las cremas aplicadas en el cutis y en contraste al frío ventarrón de las tardes que golpeaba a los ordinarios del pueblo. Era director de la escuela y se dirigía a las aulas, esos momentos que dejaron escuchar un impacto de bala sobre el cuerpo del docente. El disparo retumbo en eco sobre las chacras, en momentos que chacchapeaban la hoja de coca antes de iniciar la jornada labriega. Rogelio Albornoz cayó cerca de una de sus alumnas, “sus alumnas” como él mismo afirmaba con propiedad. Esa alumna llevaba como nombre Dalia Cruz y él un Albornoz más.

-         _ Esto es por Pecho y para que nunca pretendas a una Cruz y que el infierno te ampare- fue lo que escucharon los alumnos de la boca de su victimario.
-         _ ¿Cuántos Cruz y Albornoz tendrán que caer para que se acabe esta matanza?-se preguntaba el teniente cuando levantaba el cuerpo inerte del maestro.

La banda de músicos y de los asaltantes de Tocana, podrían reencontrarse en algún espacio de estos parajes andinos, soltando un  alegre wayno del repertorio acumulado para estos casos, aliviando y complaciendo los sentimientos de hombres y mujeres o brindándote una lisura para obligarte a soltar parte de las utilidades de tus honrados trabajos, luego y cuando seas objeto de un asalto. Existían razones meritorios para temer, por eso se debería recurrir a una agencia de turismo para informarse mejor sobre la ubicación física de un Albornoz o un Cruz, bonita oferta de marketing, en todo caso que no te sorprenda en el camino encontrarte con uno de ellos, apuntándote con la escopeta a la altura del pecho a cambio de un sencillo monetario. Si pasabas desapercibido por un asalto a buena hora, de todos modos te encontrarías en la fiesta del pueblo bailando al ritmo de la banda musical que ellos auspiciaban.
Papá Cruz, luego de la venganza realizada por la muerte de su hijo Pecho tuvo que esconderse fuera de su estancia, dejando avisado a los Albornoz para que lo busquen a él y no se paguen con sus nietos. No fue muy lejos el insolente personaje debido a la orden de captura ejecutada, logró arreglar con la autoridad policial en la primera detención en su pueblo cuando visitó a la familia; esta vez fue imposible justificar su libertad, siendo detenido en momentos que se encontraba comiendo en los kioscos del mercado viejo de Huánuco, apresado por dos incautos policías, luego tuvo que ser trasladado a la cárcel central, donde pasó 10 largos años en prisión. Papá Cruz fue liberado con el tiempo y después de cumplir su condena en prisión decidió construir un nuevo ambiente de vida, deambulaba por las calles mientras pensaba sobre esta decisión, con el dilema de volver o no a su estancia. Fue determinante la información que le dieron sus paisanos para no regresar y por temor que se despierte los viejos rencores, entonces, se decidió por tomar las riendas de viajar a los fundos del patrón Escalante. En estos lugares iniciaría una nueva vida, además sería el capataz y ganas no le faltaba, este trabajo sería muy similar cuando dirigía a su propia banda.

_ Papá Cruz no olvidaba sus comarcas y el gusto de estar al lado de la familia lo envilecía de emoción en el alma.
-        _  ¿De dónde provenía esa hermosa mujer andina, aquella que pudo embrujar los ojos de su winsho Pecho Cruz?

Tuvo que intervenir Ernesto Cruz en su condición de investigador de la UNHEVAL, para ilustrar a los parlantes, lo hizo tan ilustrativo que se quedó impregnado en las memorias de los oyentes. Buscaron en el mapa de los colegios sin resultados óptimos, para conocer las rutas de los cuatreros. Cualquiera podía sentir la emoción de estas aventuras ocurridas en los parajes andinos y debería tener una explicación sociológica.
-         Allí entre ambas columnas de los cerros ariscos – relataba Ernesto Cruz- se aprietan al inicio las rocas para formar el río Waywash, permitiendo por su lecho de irregular pendiente que el agua discurra hacia occidente. Esa mañana los campos estaban copados de abundante masa de nieve como el algodón refinado. Los pocos plumíferos de la laguna Patococha zambullían sus cabezas para refrescar sus buches calientes. Los arrieros seguidos entre sí circulaban apresurados hacia el pueblo más cercano, haciendo crujir al viento en la punta de sus látigos. Las vacas bramaban y lo becerros no dejaban de mamar la ubre, junto a ellos Marta ordeñaba presurosa la poca leche sobrante, pues el becerro a sabiendas de todas las mañanas no esperó tanto, para succionar la matriz de su madre antes que la ordeñen. Ella  madrugaba como siempre, para preparar el rancho del momento y guardar su fiambre, lo necesitaba en su viaje para trasladar  los animales a las alturas del  Tuctocoto, el poco pasto de la zona baja en el verano no abastecía a las vacas lecheras, y antes que sea criticada por tener animales tuberculosos, prefería soportar el rigor de las frías pampas de la altura.  Cerquita a la cocina esperaba que pase el mal tiempo de ese amanecer, la furia del clima amenazaba con destrozar a cualquiera que pretendía salir a la intemperie. Las lluvias empezaban a caer una tras otra al compás de los truenos y relámpagos,  una estampida de granizada se precipitaba sobre la faz de ese pequeño valle y ha verdad de los hechos se hizo hostil el ambiente, lluvia y granizada se precipitaba temerariamente,  sobre el techo de calaminas de las chozas de los lugareños, golpeándolas con reverencia y venganza natural. De aquí era la mujer.
El arco iris, casi después del medio día decidió nacer de la transversalidad de la llovizna y el ángulo perfecto de los rayos solares, la luz atravesaba las gotitas de agua caídos de lo alto en clara disposición de hacerse sentir, permitiendo  de este modo se forme   la trunca circunferencia tawantisuyana,  la que mostraba su nacimiento prematuro, desde la cresta del chúcaro cerro, hacia el flanco derecho del río y volando sobre el espacio decidió enraizarse en forma de remolino sobre la cabeza de Marta, ésta que sin percatarse corría sobre el campo arriando sus ganados, jadeando el oxígeno desde sus pulmones para contrarrestar el ambiente, sin saber del privilegio al cual era sometida por la naturaleza, permitido solo para mujeres vírgenes. Los colores del arco iris se manifestaban irradiantes, lucidos, atrevidos uniendo en el espacio los flancos abiertos por la naturaleza y retando a los fríos peñascos del nevado 7 Colmillos, fenómeno que  desposaba una vez más a Marta  en su naturaleza divina, se hizo nudo,  trenzándose en sus pelos y trasladándose  luego  a través del  brillo intenso de las pupilas de los ojos de ella. Los ojos de Marta manifestaban   la alegría polícroma del arco iris. Marta caminaba con firmeza sobre el suelo lluvioso, con mucha energía para un ambiente adverso para otras mujeres que buscan ser amadas.  Ella confiada de sí misma y arriando sus animales sobre el ancho camino abierto por el arco iris, empujaba la recua hacia los nutritivos pastos de la altura, muy cerca de la cordillera, allí donde mora los espíritus de la sanidad andina.
Ahora se entiende  el porqué de los buenos quesos, agradables quesos, preparados de la leche de las vacas alimentadas con pasto natural en los campos donde el ILA los acepta como sus cofradías. De estas ventajas Marta se jactaba de producir lo más delicioso y agradables quesos de Lauricocha.
Allí en Tuctocoto, la presencia de la neblina es de todos los días, a lo lejos se forma concienzudamente como un espejo alucinante y cada ocurrencia en ese camino es para reconocer que son las nubes quienes abrazan a todo intruso en constantes besos hasta confundirlo en un laberinto sin salida. A las personas extrañas se les limita conocer a cielo abierto el territorio y es donde el amo de estos parajes se muestra y exige condiciones, algunos lo conocen como Garachuco. Ellos, los nativos relatan que el Garachuco transita y se presenta acompañado por un ágil zorro, ardiendo luminosamente por sus finos pelos, dispuesto a  interceptar al intruso hasta llevarlos a los barrancos y  presionar cuando sea necesario con la misma muerte  al invasor. Es una forma natural de autorregulación para seguir existiendo en su espacio y la naturaleza.
Garachuco camina junto a su canino en la oscuridad de las neblinas, cuidando las ovejas y las vacas de los potenciales robos propiciado por osados abigeos.  Con cabellos del color solar, largos y entornillados, amalgamado con el zorro cerca de sus piernas, en compañía eterna y de mutua convivencia naturista. El zorro mostraba sus dientes marfilados, frunciendo el hocico como anuncio de su decisión de ir al ataque si fuera necesario y con ansias de no permitir  se acerquen a Garachuco. Marta confiaba de Garachuco y este de ella. Podía estar varios días lejos de su recua, allí en Tuctocoto, la necesaria convivencia rige las normas del día. Los días de convivencia en la estancia servían para engordar a los ganados y también de complacencia para el Garachuco, muchas de las madres regresaban preñadas para parir en el abrigado valle. Marta no se escabullía de esa lógica al disponer de él en sus sueños y el subconsciente de su feminidad permitió eso al abrir sus entrañas que toda mujer nutre.
¿Pero quién es Garachuco?  Mejor explicado sería menos que mejor entendido. A Garachuco lo encuentras en la falda y el paraje del tramo entre La Merced y la comunidad de Túpac Amaru, en las partes bajas y altas de Tuctocoto, su hábitat se encuentra protegido por enormes moles de piedra, se manifiesta con apariencia de robusto anciano, de pelos largos y ondulados, perfil cósmico y cabeza sólida sobre sus hombros atómicos, su color es de piedra para los ojos del incrédulo. Es el padre de los Ilas. Este se encuentra escondido dentro de una roca de granito puro y se manifiesta en las creencias de los originarios a través de los sueños y también en parajes solitarios.
Marta había cumplido con su promesa y el  jirca comparte  su gracia con los pobladores de Túpac Amaru, la abundancia en el nacimiento de nuevas terneras y ovejas evidencia la convivencia.
La noticia llegó a toda la provincia, a los oídos de los poblanos y de un modo especial al cura de la iglesia quien tuvo interés inmediato sobre el hecho. Las sectas evangélicas se mostraron escépticos, pero para el cura fue un gran descubrimiento favorable para la iglesia católica.
Los campesinos acongojados en estos tiempos por sus ganados que   morían en el parto, o los perdían en el pastoreo y la enfermedad que los exterminaba.  Las noticias de haberse encontrado a un Ila exaltaron la atención de los poblanos en todo el paraje y aceptaban los lugareños el hecho del advenimiento de los buenos tiempos. Dejaron de seguir los rastros de zorros u otro carroñero, para dedicarse a sus rebaños y llevarlos a beber el agua del Ila.
Ivlov, el cura de origen italiano, residente en la provincia realizaba la ceremonia de todo domingo, mediante la misa acostumbrada para anunciar a sus feligreses buenas nuevas, él afirmaba que se había encontrado una campana en las alturas de Túpac Amaru, esa que hace doscientos años se perdió al rodar de una pendiente al río Waywash, pujaba en plena misa para relatar la historia con fanatismo poco usual, pretendiendo demostrar que ese regalo de la corona española era la campana perdida, todo con el fin de ganar más feligreses. El cuento de la campana del rey de España no le sirvió de nada. El Ila Garachuco no se presta para cojudeos –afirmaba el jefe comunal-, él está en su lugar y cerca a los rebaños que requieren incrementarse en abundancia natural, con el consentimiento de los Apus de estos lugares. Los rezos de los religiosos satisfacían un paganismo propio, de culto a la muerte y nada más. Los días posteriores al hallazgo del Ila fueron de agrado para los campesinos, los rebaños bajaban a beber las aguas y nacían las crías;  Marta fue premiada con abundancia de leche y queso.
En este escenario papa Albornoz conoció a Marta y en poco tiempo nació Luzmila, la chica de los ojos conquistadores y seductores, los que conquistaron a Pecho Cruz y también lo llevaron a la tumba. Cortejar a Luzmila significaba desafiar al Garachuco, este no aceptaba complejas explicaciones de los humanos. Como dicen “el jirca Garachuco se comió al Pecho”y no las balas de los Albornoz.

















SERRANITO PERRO















CUARTA REFLEXIÓN


Dos hechos señalan el origen del estatus socio económico y cultural de los habitantes de estas tierras calurosas: la Vejes y Juan (Andrés),  hicieron de su vida un protagonismo importantísimo para la historia de Puka Achpa (Pucallpa); sin  la descripción de estos acontecimientos  no se podría medir el impacto de lo sucedido, considerando además,  la buena disposición por contribuir a resolver el mito de los iniciadores de las principales urbes en el río Ucayali.











4.    SERRANITO PERRO

La vejes, desolada y sobre su cama recurría constantemente a pronunciar  versos cristianos mediante el canto, pretendiendo demostrar de este modo su fe inquebrantable a su “Señor” Dios y no dudó en comentar con ferviente crítica sobre la conducta de la hermana de fe, aquella mujer creyente que osó en regañarla y decirle que los cristianos no se enferman y porqué venía al culto enferma ¡mejor no vengan porque contagian a los demás!
-       _   ¿Algo sucede con la hermana? ¿Qué puede ser? Así, mi Dios no permitiría que se construya iglesia, estas majaderías de la hermana Crisol – señaló- son acciones del demonio y pecadores, es demasiada recurrente y discriminadora, ojala no sea para maldición de ella.
-        _  Pero, así son mami, todo el tiempo se hacen el potito angosto.
-      -    Mis padres –comentaba la vejes- tenían sus defectos siendo cristianos pero nunca fueron huraños y negativos como esta hermana. Bueno, por último lo dejamos en manos de Dios, él es el único santo, los restos somos pecadores.

De los cantos cristianos, pasaba a los momentos de meditación y mejor si  alguien le acompañaba, hablaba y hablaba con vehemencia. En su momento más cuerdo se podía escuchar largos relatos, dentro de ello recordaba a su amor platónico, por aquel amor que fue un imposible, por sentirse muy inferior ante el inglés. Pero en otros momentos ella afirmaba que le hicieron daño. Tomaron una ropa interior y lo enterraron cerca de un puente, al interior de un hoyo y mezclado con tierra del cementerio.  Toda vez que ingresaba en trance cerebral gustaba de hablar mucho de Alfredo Englinton, de este muchacho que apareció cuando ella tenía 9 años y acompañó en su consultorio y observando múltiples atenciones que realizaba a los heridos y enfermos. Englinton demostraba ser un hombre de fe, su descendencia protestataria lo hizo ser médico de profesión; ella estuvo cerca de él, apoyándola algunas veces en las operaciones que realizaba a los lugareños, quienes llegaban con heridas graves,  picados por la flechas de los Cashibos. Con la firmeza de sus palabras sumaba sus recuerdos de uno a uno, hasta crear un ambiente grato para su ego, mucho mejor, cuando emulaba los momentos de su juventud, esa etapa de la vida alimentada por sentimientos platónicos.
Con el tiempo ocurrieron cosas, es decir un proceso citadino, propio de la interculturalidad, etapa que dio origen a la unión de Julia Guzmán y Andrés Orneta.

-         _ Alau pobre serranito a qué has venido por estas tierras a vivir como perro”,  fue la frase de todos los días, en las mañanas y por las tardes las que eran tarareados por las hermanas Laos, confundiéndose con los chillidos de los insectos de la espesa selva, tan escandalosas como las propias chicharras.

María expresaba su parecer con ojos vivaces, direccionando hacia él una mirada de coqueta, aún con el temor  del reglaje de  su madre y con el riesgo de ser castigada, sino renunciaba a la curiosa forma de fastidiar el buen  ánimo del hombre, pretendiendo posiblemente  imponer la primacía de la raza gitana introducida en sus genes, además, ellas eran hijas del patrón y esta relación construía poder sobre la servidumbre y por deducción sobre la aldea; el  varón ayudaba a cumplir tareas en la casa de ellas, estas pretendían demostrar a sus padres que ya estaban maduras, como para iniciar una posible relación con los varones del pueblo, salirse  de las formas y reglas morales de convivencia significaba recibir sanciones extremas, desde una surra de castigos con un látigo de wicungo, hasta la frustración de las próximas vacaciones a la ciudad capital en el año presente. Rosita también se sumaba al festín de burlas, propios del jolgorio juvenil, sonreía muy diferente a María, con ganas de ser percibido por el serranito.
Juan Orneta apareció en el Jacaya a fines del siglo XIX, durante el periodo de mucho flujo de población migrante, cuando el auge de la explotación del caucho llegaba a su cúspide, tendría unos 20 años, era fuerte y rudo como los andinos.  Apareció como muchos que llegaron a este lugar de prosperidad, así como arribaron los ancestros de María y Rosita por parte de su madre de descendencia gitano, desde las lejanas tierras de Europa, cargando sus chivas y muchos misterios.
Juan siempre afirmo ser originario de la comunidad de Mayobamba, de la etnia de los Panatahuas, allí donde los hombres se resistieron a ser vencidos por los españoles y chilenos en los tiempos de batalla. El, siempre resaltaba, el heroísmo de sus ancestros, cuando los lugareños organizaron la resistencia formando una férrea línea de combatientes, recios ante los invasores y felinos defensores de la patria, pelearon con mucha creatividad y de antemano por la destreza de hacerse invisible   en el territorio del bosque nublado, donde derrotaron al invasor. Nadie así nomás podía sobrevivir en las alturas de la ceja de selva, zona territorial donde se  interiorizan muchos factores climáticos, de modo especial el frío y la humedad por largos meses, el monte y la poca accesibilidad definió al hombre de las nubes. De esa zona provenía Andrés (Juan). ¡Poco se sabía de este serranito mostrenco!
 Al recorrer la frías tierras de Panao encuentras versiones sobre los Ornetas, algunos  conocidos indican que el hijo de un aventurero francés de apellido Horneta enamoró a la nativa Marcia Rojas y de allí se han reproducido muchos descendientes, regados por la circunstancias de la historia en territorio patrio; hasta que llegó Juan (Andrés) al Jacaya con sus alforjas y mucha energía. Este singular personaje hizo arriesgada labores de arriero, trasladando insumos al fundo de los Durand y Escalante donde según los lugareños ingresaban muchos para no regresar, la trocha principal era controlada por hombres armados. Juan tuvo en cierta manera el privilegio de no ser confinado en esos lugares donde se cultivaba la coca, la simpatía que había logrado obtener de la mujer de Durand le dio cierta confianza, regresaba sano y salvo, cuantas veces de esos lugares infernales; en sus reflexiones afirmaba con certeza y para eso usaba  sus noches de sueños confusos, afirmando que fueron prisiones naturales, donde cualquiera que tuviera uso de razón condenaría su existencia. Había sido testigo de muchos actos de crimen por parte de los hombres de Durand y también sabía que eran órdenes del mismo engendro de belcebú, quién no encontraba mejor placer para lograr sus objetivos de poder económico castigando con la muerte a los que intentaban rebelarse contra lo impuesto en el fundo. Él tuvo un percance, para verse obligado a migrar abruptamente, había permitido que uno de los caballos del capataz se muera por descuido y esta falta sería la mejor justificación para confinar a Juan en las malocas de la muerte, por eso tenía  mentalizado escaparse y así fue; en una de esas jornadas de arriero aprovechó un descuido de su acompañante para arrebatarle la escopeta y percutar el arma sobre el curtido cuerpo del capataz, fue de un certero disparo a quemarropa contra el “verdugo” de sus paisanos, tumbándolo de su posición defensiva hacía un pequeño barranco y donde el cuerpo desapareció en la espesura de los matorrales. Tuvo que tomar acciones antes que el capataz Cruz  cumpla su amenaza de confinarlo en el fundo.
Juan escapó llevándose las tres mulas con ruta desconocida, sabía que si era atrapado no sería para ser consolado en los brazos de su protectora. Recorrió sin descansar por dos días consecutivos entre la penumbra de la noche y  en el claro día escondiéndose al interior de las cuevas; había transitado por las riberas de río Huallaga, en algún momento y no le molestaba hacerlo de noche, para continuar luego hacia las alturas de Panao, Chaglla, Monterrey y siguiendo la ruta que le indicaron unos arrieros, le aconsejaron tomar el camino propio para personas con problemas y eso consistía centrar su mirada con destino a la cabecera del río Pachitea, hacia el  Codo formado por el río Pozuso.

-       _   ¿De dónde vienes paisano?- le hizo la pregunta un lugareño.
-         De aquí nomas jefe, contestó.
-         _ Y ¿Cómo te llamas?
-         _ Soy Juan Orneta jefe.

La mente fue tan frágil y repensó el momento que conversaba con el pozucino, fue un error señalar con certeza sus datos de identidad, entregar su nombre verdadero, a sabiendas que estarían siguiendo sus pasos los gendarmes del gobierno, debería corregir el grandísimo error de haber sido sincero con los representantes de la ley. Los hechos ocurridos con el capataz Cruz, las decisiones tomadas luego por las órdenes implacables de Durand tendrían que cumplirse con discreción; entonces tomó la decisión de quemar su cedula de identidad, vender las mulas y continuar río abajo  cargado de su tan solo quipichado.
La abrupta selva baja no era de extrañar para él, porque en los fundos de la familia Durand había experimentado el bochorno, la pelea con las mosquitas, la amenaza de las víboras y otros peligros más que se pudieran presentar en ceja de selva.
Juan esperó que transcurriera varios días hasta lograr aclimatarse al nuevo ambiente, hizo una excelente barbacoa en un pequeño refugio de la frondosa selva madre, a fin que las fieras no lo acaben, también, priorizaba su necesidad de mantener activo el fuego, porque ya no tenía los fósforos; vivía del asado de muquichos y de algunos roedores que cayeron en las trampas. A un mes y tal vez, luego de estar convencido de la no existencia de persecución sobre él decidió bajar atrevidamente en una balsa de madera, deslizándose sobre el río Sungaro, sorteando las turbulentas aguas, soportando  el clima caluroso y por su poca costumbre de sacarse el saco que llevaba puesto, sudaba como el carnero. No existía otra forma de borrar su rastro, el río era un perfecto lugar para desaparecer y llegar a donde el destino lo lleve. Le hablaron de un caserío cercano y por último, deseaba compenetrarse con otros pobladores, regresar a la sierra era una estupidez, sabía de la destreza de los gendarmes de Durand, enfrentarlos no estaba en sus planes, tampoco era una buena definición. Posiblemente que había matado al capataz Cruz y como él mismo escucho los diversos relatos que contaban sobre sus andanzas y broncas pendientes con la familia Albornoz, mejor sería desaparecer del mapa. No vaya ser que por él se junten ambas familias para buscarlo.
Juan logró superar la agreste selva, entre el frío de la sierra de Panao y el calor sofocante de la selva, llegando a la cabecera del río Pachitea, allí donde se juntan con el Sungaro, en ese lugar donde suelen tronar los relámpagos y ocurren las precipitaciones pluviales a diestra y siniestra. Vivió largo tiempo junto a otros ermitaños, comiendo la yuca y bebiendo el masato, ahumando la carne de majas y también de mono. La curiosidad por encontrar otras formas de supervivencia permitió que la espesura del bosque lo abrigue con sus productos, es así que asume el reto de habilitar carne del monte para ofrecerlo río abajo, días antes se había informado que este negocio también permitió que otros se abastezcan con productos manufacturados, como la sal y algunos dulces.

-        _  No vayas amigo, es mejor que salgas por la madrugada, la noche te va a ganar.
-        _  Pero puedo aprovechar la creciente para sacar mi balsa se encuentra en una quebrada y hay poca agua.
-       _   Entonces te ayudo, sube a la canoa y dime donde se encuentra tu balsa para traerlo aquí en el puerto y de madrugada te vas.
-        _  Bien paisa, gracias por tu apoyo.

Juan llevaba  varios días bajando sobre la boya, antes, escuchó con atención los consejos de los naturales, de por cierto, la experiencia es madre de la prevención de dificultades; decidió salir de madrugada, embarcó algo de víveres para el viaje y también una pequeña canoa, como precaución en un caso que se presenten peligros impredecibles, le habían informado sobre los peligros río  abajo, donde inesperadamente y luego de una merma se presentaba un regadero, con muchas quirumas aflorando y de aparente tranquilidad, le  aconsejaron evitar que la corriente del agua lo llevara por ese cause porque terminaría por  destrozar  la boya.
El tramo difícil para todos los viajeros era ese regadero, él y la boya no serían una excepción; ya habían transcurrido dos días desde que salió del campamento y este encuentro con el fenómeno natural se ponía demasiado misterioso.  Juan se dejó ganar, por la confianza desprendida de su relación con la tranquilidad de la creciente, hasta que sintió un declive sustancial en la pendiente del cauce del río, fueron esos instantes que sintió un remesón, la velocidad de la boya se incrementó y perdió el control, no hubo otra mejor forma de separarse de esta y abordar su pequeña canoa para retirarse en precaución del peligro. Además, consideraba estar pasando la etapa más difícil de la ruta. En un buen tramo, hacia delante era notorio que la creciente desaparecía en un inmenso regadero, donde afloraba los cascajos y arena, el miedo se manifestaba sobre las temibles quirumas de madera dura, era el regadero sin duda alguna.
Muchas caravanas se truncaron en este lugar y ahora le tocaba a la boya de Juan, retenido por la propia arena y la poca agua para hacerla flotar. La culpa la tenía él, por usar como parte de la boya madera muy pesada, siempre fue precavido y el de topa no le parecía seguro, por eso uso moena y cedro. Esa tarde tuvo que retener su viaje y buscar un lugar para resguardarse de la noche,   salir del regadero requería de una nueva creciente, con mayor volumen de agua, había aprendido a observar los movimientos de las nubes, el fenómeno natural de las lluvias  podría repetirse en la cabecera del río y llegaría hasta el lugar donde se hospedaba en pocas horas. En esos meses y  a vísperas del inicio del invierno las crecientes ocurrían con frecuencia, así, poco a poco se incrementaba el caudal, grande y más grande, como afirmaban los lugareños, por eso decidió en pernoctar cerca de la boya, hospedado de buena voluntad en la cabaña de una nativo sanmartinense.

-        _  Amigo, le decía, si viene la creciente en la noche de seguro que se suelta tu boya y es altamente peligroso para que te sueltes tú también.
-         _ ¿Y que podría hacer para no perder la boya?
-         _ Solo esperar que no se adelante la creciente.

El dialogo se inició luego de la cena, serían las 7 de la noche y se podía ver el relampagueo de los rayos, eran tan nítidos sus luces, estas eran las señas para afirmar, que las lluvias caían en un lugar muy cercano. Según los cálculos esas lluvias son de la cabecera y tardarían en llegar en tres horas.
Así fue, con premura y en momentos de profundo sueño de los paisanos selváticos, a Juan le despertó un ruido extraño, tuvo que salir a las orillas del río para medir el incremento de las aguas. La intensa caída de la lluvia durante una hora era suficiente para mover el ambiente y alumbrado por un rústico lamparín pudo observar  las primeras espumas sobre la faz del río, esta que anunciaba la presencia de la creciente.

-        _  ¡Paisa, ayúdame! Ya la creciente se viene con fuerza.
-       _   Bien ¡cho!, sube al bote y ubícate en la proa.

Ambos, Juan y el paisano sanmartinense se embarcaron sobre el bote e iniciaron una ardua batalla, peleaban por abrir un camino en la oscuridad infinita de la noche, esa que le  permita llegar a la boya, antes que la creciente lo empuje del regadero, se deslizaron con destreza sobre las aguas del río, para luego posicionar el bote sobre la balsa, trincar el cabo a la proa fue la clave y él mismo atarse a las manos. La fuerza de los brazos de los dos fueron de varios caballos de fuerza, estos se batían en las aguas del río. Fue determinante el conocimiento sobre el lugar del paisano sanmartinense, él dirigía el bote desde la popa, con mucha destreza guiaba al bote por la línea de luz que los  relámpagos formaban, esquivaba con suma habilidad  las temibles quirumas; el bote se adecuaba al timón y la plancha de metal que servía de cola,  chocaron con una quiruma, con otra y otra, fue la última que los hizo brincar al aire y cayendo luego sobre el agua boya y bote:

-        _  ¡Hey! Juan ¿Cómo estás?- era notorio que este hombre conocía muy bien el espacio, los ángulos y la línea de escape.
-        _  ¡Sí! ¡sí! Estoy bien.

 La fuerza de las aguas en creciente se dejaron sentir sobre el bote, la madera y los hombres, juntos fueron elevados en vilo sobre los aires, luego que se sintiera un choque rudo con un palo duro; la mente de Juan empezó a girar desordenadamente:

-          _ ¿Serranito que haces por acá? “debiste haberte quedado en tu chacra labrando la tierra y sembrando las papas, mucho mejor y sin peligro de tu vida, hubieras vivido al lado de la patrona, a lo más aguantarías los abusos del capataz del fundo y otra sería la historia”. Estos acontecimientos salvajes no eran para el serranito Juan.

Y pudo tolerar la inclemencia y el inmenso riesgo de haber sobrevivido al peligro, de cierto afirmaba haberse salvado de una muerte segura.
-         ¡Gracias papa lindo, gracias paisano!. -se despedía del buen sanmartinense-.
Juan continuaba el largo recorrido por el río, llevaba seis días suspendido sobre la superficie acuática y el malestar se incrementaba en su cuerpo, exigiéndole satisfacer el deseo de dormir, así recuperaría energías, el sueño perdido.
-         _ “Debo encontrar un lugar donde atracar

 Juan puso en riesgo sus casi últimas energías, en la última que recorría sobre el río pudo avizorar un poblado, en su delante se presentaba un largo estirón de las aguas, tendría que  lograr atracar la boya  en el puerto; presionó el acelerador de sus músculos de acero y así, sin pensar  en la quebradura de los huesos repetía la maniobra, amarró con una soga la boya a su pequeña canoa, remaba y remaba, evitaría que pueda fundirse los  músculos  en los momentos que más necesitaba de su fuerza, entonces, y antes, llamó a un paisano a viva voz, pidiéndole ayuda:

-         _ ¡Jouuuuuu, jouuuuu! – levantaba la mano agarrando su saco y hacia señas de llamamiento-.

Otro paisano de la zona acudió a su llamado y en el acto ambos remaban con titánica devoción, antes que les gane la corriente, hundiendo el remo mil y una veces, hasta trincar la boya en el puerto. Plantó la tangana, reajusto los amarres,  atracando su balsa, allí también  amarró su canoa y junto a la balsa de madera, luego de un salto subió a la superficie plana del puerto a  estirar el dorso con libertad, respirando profundo, oxigenando los pulmones y tomando por asalto una hamaca, deseo hecho a gusto, de ese modo cerró los ojos en un profundo  sueño.
Los lugareños salieron de sus chozas a recibirlo y él despertó asustado, pidió disculpas por su majadería de tomar la hamaca y respondiendo un sinfín de preguntas que le hacían los paisanos.

-       _   ¿De qué parte llegas paisano?
-        _  Vengo de muy lejos paisa, pero antes estuve mucho tiempo en la cabecera.
-         ¿Y te quedas?
-       _   Posiblemente que no, quiero algo de sal, una escopeta y un machete, luego regreso.
-       _   De todos modos eres bienvenido y el pueblo es chico, si deseas puedes quedarte hay bastante chacra.
 El paisaje de Puerto Honoria le hacía sentirse agradable, la ribera poseía frondosos árboles cuidadosamente cultivados, con ordenadas chozas y personas amables, todos azuzados por el calor del ambiente, buscaban las sombras de los árboles con el ánimo de protegerse y otros obligados a remojarse en las aguas del río, muchos chapuzones con agua, excelente excusa, justificando la presencia y averiguar un poco más sobre el extraño visitante. Fueron  las clarinas aguas sueltas, en forma de velo extendido la encargada de acariciar al rústico hombre, quién venía desde las cordilleras andinas en busca  de un lugar para establecerse, por el momento solo deseaba descansar.

-         _  No tan manso creas que es el río paisano –le inculcaba el lugareño- confirmarían mucho los que osaron desafiar al río si estuvieran vivos. Tú no pareces ser de este lugar.
-       _   Correcto paisano, vengo de lugares bastante lejos y deseo abrir un futuro.
-        _  Bueno aquí hay mucha agricultura y se requiere mano de obra te vas a acostumbrar muy pronto.

Juan llegaba por vez primera a Honoria y por efectos del altísimo calor del medio día tuvo la ocurrencia de ir al puerto, bajar y luego de un salto caer sobre el bote vacío, buscaba sentarse para desnudarse de su vetusta vestimenta, enseguida, consiguió con alegría y angustia ingresar al río, refrescarse hasta satisfacer su caldeado cuerpo. Se arrojó al río, deseoso de  sentir la frescura completa en su ardiente cuerpo, además no soportaba las mordeduras de las mosquitas mantas blancas, sobre su piel de leche había una cantidad de ronchas de color rojizos, se zambullo y  caminó un poco más en busca de la profundidad del río Pachitea, cubriendo su cuerpo al noventa por ciento, a excepto de su cabeza, lo resto se encontraba sumergido en el río, en un afán de incrementar la sensación edénica que sentía luego de su desnudez, y confinado por haber  logrado la travesía de cruzar nadando, a brazadas, una y otra vez el ancho del río, sin temores y prevenciones de percatarse que la tranquilidad era intranquilidad peligrosa.  Curiosamente y a sabiendas que el volumen del cauce del río había disminuido y con el propósito de descansar depositó los pies en el fondo, pisando la grava, movía los brazos en forma de abanico,  generando leves olas sobre el agua; así le habían dicho que actué para lograr la satisfacción del placer oculto en las profundidades. Como respuesta a la sensualidad y en un corto tiempo acudieron los vivientes acuáticos, en momentos que pasaba el jabón sobre su cuerpo sintió  en las tetilla un tic extraño y seductor, si no salió desesperado del río es por las advertencias que recibió antes; eran las chupatetas, los finos pececillos que insistían en besar las tetillas de Juan. Para la gente del lugar no era sorpresa este hecho, de tiempo en tiempo se bañaban en este río y algunos con el ánimo de masturbarse por costumbre; allí comentaron que la sensualidad y voluptuosidad de las féminas se iniciaba en esta experiencia, muchas de ellas, recurrían a los chupatetas para moldear los senos de niñas en voluptuosas y afrodisiacas.
Juan había logrado obtener su seguridad a medias  y no era suficiente haber arribado al pueblo de Honoria, aquí podrían encontrarlo, pudo informarse que periódicamente llegaban caravanas de comerciantes y junto a ellos la gendarmería, y como todo fugitivo tenía que ser precavido.

-         _ “Esta noche preguntaré a la coca” y para eso había guardado como tesoro una porción dentro  su wallquisito, allí se conservaba seco y oloroso, para no perder la costumbre de chacchar, de otro modo podrían sorprenderle los gendarmes de esa lejana tierra de Huánuco y sería fatal que lo atraparan, muy penoso para él, sin lograr su cometido del deseo de culminar y hacer realidad sus sueños, vivir hasta tener descendientes.

Chacchaba en la soledad, pensativo, recordando a sus padres y las amistades. En medio dormir, todavía agobiado por el trajín anterior, de haber resuelto la indecisión de soltarse en la vertiente del río, se sentía incómodo, en alerta y fervor creyente de su intuición, de la auto conservación; fueron esas percepciones internas que le ayudó a mirar la realidad, en horas de la madrugada ocurrieron las extrañas manifestaciones, fenómeno poco usual, las aguas burbujeaban formando remolinos, se visualizaba un gigantesco movimiento circular de moléculas de aguas turbulentas y  esta avanzaba hacia la ribera de las restingas, inundando parte de los platanales. Juan hizo caso al presentimiento mayor, siendo un serrano en vigilia permanente por razones de su vida, no dudaba en percibir el peligro como parte de su seguridad, el haber armado su cama sobre la boya y dormir ella,  sirvió para anticiparse  al fenómeno y  alertar a la población  del peligro, así se pudo salvar muchas vidas. La intuición por supervivir lo ayudaba a mantenerse  siempre alerta, tiempo que lo usó para  alertar a los pobladores, previniéndolos de mayores desgracias, no por demás había percibido la lectura  en los ojos de la hoja de coca y por el don aprendido en sus ancestros ayudó a evitar un desastre mayor. Y calculaba que el movimiento de aguas llegaría al pueblo. Se había formado una enorme ola. Ya había escapado de la muerte cuando enfrentó al peligro en el regadero de río arriba y la alerta se resaltaba en esa bendita hoja, esa que  avisa de lo bueno y la desgracia. Por eso que no había pegado los ojos en esa noche y de tanto mirar la aparente tranquilidad del río se convenció que algo raro pasaría en breve.   Fueron treinta metros de ancho que arrasó el río, arrancando la plataforma del barranco, hundiéndose  en corte longitudinal unos trecientos metros de tierra firme y junto a ello cayeron varias casas, las que fueron absorbidas sin remordimiento alguno,  por la furia de las aguas hasta las profundidades interminables.
Esos días y en las noches los pobladores casi no dormían, por temor a una réplica, todavía circundaba mucha energía,  de alegorías convulsionadas en las mentes inocuas de los habitantes, consorciado con los  elementos formadores del bullicio selvático. Desde algún lugar de la selva salían los espíritus movidos por su lógica, danzaban y emitían  ruidos dominantes, haciendo temblar el suelo.  Son los brujos del frente afirmaba Salomón, pero también se escuchaban otros ruidos, distinguiéndose claramente por los aleluyas y amenes. Así, las partes dominantes  imponían en el ambiente una batalla de energías cósmicas. Reyerta de brujos contra evangélicos. Ambas sectas eran promotores rituales de sus propias fórmulas esotéricas, en su interior formaban núcleos de resistencia mediante el rezo y alabanzas, con devoción e imaginación creaban  alegorías para darle forma  a sus ritos. Para los ojos del ser humano común y corriente constituía una simple  manifestación de la naturaleza. Para los ojos de Juan se manifestaban en invisible los espíritus, por eso que nadie había percibido sobre la formación de un halo energético, formado sobre el río en forma de puente. Los espíritus avanzaban de uno y otro bando del río; luego de encontrarse en medio camino se inició una batalla de intransigentes, haciendo giros sobre su propio eje de homus erectus e insistiendo con golpes sobre  sus cabezas y pisando con fuerza sobrenatural  la frágil estructura de la plataforma, sostenida por un islote de arena. El resultado de tal faena religiosa llegó a un límite cuando los gallos cantaron por la madrugada. Cualquier sordo podría escuchar el ruido del cacareo de las gallinas cuando presienten a los espíritus. Este lío al parecer no terminaría si antes uno de ellos caiga, siempre se daría este complejo enfrentamiento de gritos contra gritos, alegoría contra alegorías, sordos contra sordos, y mil contradicciones propios de la intransigencia humana. Caciques en sus tierras, dueños de doctrinas imaginarias, creyentes de la magia producida por sus mentes.
Antes de la desgracia sobrenatural ocurridos al pueblo de Honoria, y por necesidad propia, Juan había pasado una noche en el campamento de unos lugareños de inclinación religiosa “cristiana”; el sol, el tiempo y el hambre sufrido durante su travesía por el río fueron suficientes para él, casi había consumido la mitad de  su capacidad de resistencia, este había terminado por agobiar el recio espíritu de su naturaleza andina, tanto y  justificaba por encontrar un lugar donde pueda recuperar su fortaleza espiritual; siguiendo la costumbre de sus padres,  él también tenía fe al cristianismo y no dudó en  visitar el primer campamento de un grupo de fanáticos religiosos. Había visto y sufrido en carne propia las inclemencias de la naturaleza y deseaba  dialogar con personas cercanas a Dios; una buena reflexión y paz espiritual lo ayudarían a limpiar su conciencia; detestaba su accionar violento  al matar al capataz Cruz, buscaba el perdón.  Esta lógica espiritual lo llevó a la congregación de “cristianos”, allí pensaba dejar su remordimiento para que sea perdonado, presentándose ante un  desabrido personaje, quien le hizo sentar en uno de los muchos pedazos de tronco existentes en el campamento, Juan pudo notar en los ojos del sujeto, a pesar de estar copado  por las legañas, un profundo conformismo por la vida, la alegría de la mañana se hacía noche y derramaba insatisfacción fanática de un mal concepto por vivir en comunidad.

-        ¡Hola hermano!
-        Bienvenido hermano, Dios te bendiga.
-        Permíteme tu hospitalidad hermano, quisiera descansar y pedirte un poco de comida por esta noche.
-        Si hermano la alegría y gozo es de nuestro señor por tu presencia. Solo él es dueño de las cosas y nosotros somos sus siervos, pasa hermano, estas en la casa de Dios.
-        ¡Gracias hermano!.

La comunidad de habitantes a donde llegó Juan se debía al esfuerzo de Víctor Campos, quien tomó la decisión de alejarse del pueblo,  formando un hogar colectivo de su propia  familia, necesitaban de un aislamiento del mundo mundano, así podían fortalecerse en la fe, estar alejados de  la población incrédula alimentaba un esquema de inmunidad y luego podían dedicarse al trabajo en  la chacra, con el sano deseo de construir nuevas relaciones espirituales y para que sus descendientes se alejen de las cosas horribles que el pecado absorbe en la zona urbana ¡cosas del mundo! Como muy bien enfatizaba en sus cultos religiosos:

-          _ “la perdición del hombre se encuentra en la rebeldía, la desobediencia a dios, la mejor manera de encontrarnos con él es una vida humilde….”

    Para Víctor Campos, de poca educación y limitada cultura cívica se hacía fácil diferenciar entre  la ciudad y este buen refugio para la vida espiritual, es por eso que afincaron en Honoria, desplazándose unos kilómetros hacia la ribera derecha del río Pachitea, fundaron su propia residencia, bautizando el sitio con el nombre de Nueva Belén y a partir de allí, todos los actos tenían que guardar estrecha relación con los hechos bíblicos y  las diarias consultas que realizaba el líder al abrir una biblia. Para ellos el acto de fundar Nueva Belén, constituía un renacer en sus vidas, el mundo quebraba la voluntad de todo creyente y esta forma de transgredir la voluntad de Dios se encontraba enraizada en la ciudad, un lugar donde el demonio reinaba.
En Nueva Belén construyeron sus casas con los materiales que la naturaleza les brindaba, el rigor de encontrar paz en sus almas los convencía para los días que se quedarían allí. El área de la iglesia, donde desarrollarían los cultos de todas las noches tuvo un diseño especial. Hicieron uso de una sierra manual para poder producir las tablas y listones de las medidas que requería la infraestructura. Dios había puesto su mano sobre Víctor Campos - así afirmaba su esposa- para conducir a su pueblo a la salvación. Campos no era tan egoísta y pensaba en sus hijos, los hijos de sus hijos y consecutivamente. Diez años en esta zona fue suficiente para establecer una población numerosa. De él con su mujer salieron siete hijos, tres de ellos eran mujer, cada uno con pareja y a diez años ya tenían muchos descendientes, sin contar con los que venían y de los que partían al otro lado.
Esa mañana, Juan Orneta recorría el campamento, aproximándose por curiosidad a una de las chozas, allí donde el llanto de un niño se dejaba sentir en el ambiente y se dispersaba en el bosque. Él bebe depositado sobre el lecho se retorcía de dolor, comezón y llanto,  en su rostro el auxilio se expresaba con semblanza  de no ser atendido;  al acercarse y revisar su cuerpo se notaba una cantidad de granitos con punto negro y sobre el cuero cabelludo una masa gelatinosa de pus y sangre fresca.

-          _ “Esto es siso”, preguntó al padre del niño ¿Puedo curar al bebe, me permites?   

Los padres del bebe se negaron, ambos no explicaron mayores razones y ante la insistencia de Andrés atinaron en decirle:

-          _ “él bebe esta en las manos de dios, rezaremos esta noche y con mucha oración se sanará”- acudir a su auxilio significó una torpeza inmunda, las reglas de la FE eran suficientes para esa horda insensible, consigo mismo eran implacables.
La madre expresó una mirada de desconfianza, sin contestar palabra alguna y de puro desprecio a las cosas del mundo, rechazó la propuesta de Juan Orneta de aplicarle una pomada azufrada para combatir los ácaros.
-        _  ¿Tan sordo se vuelve el ser humano por el fanatismo religioso para no atender al bebe? – Se preguntaba Juan-.
-       _   ¿Eres tú dios de mis ancestros, que con tanta firmeza extrema obligas a los padres del bebe, e  imponga  las oraciones antes que el auxilio inmediato?
-        _  ¿Dónde está el enemigo que tienen que vencer estos fieles tuyos? Para poder pedirles clemencia terrenal para él bebe.
-      _    ¡Dios bendito ilumina a estas personas que no saben lo que hacen!

Por la noche acudió a la invitación de los hermanos, se realizaría el culto, a realizarse por la salud del bebe, Juan, aceptó dicha invitación,  dejándose llevar por el alto espíritu de compasión y tal vez, lograría convencerlos en el evento religioso, antes que muera el niño. Iniciado el proceso no pudo retirarse, él deseaba que la comunidad religiosa entienda la gravedad del asunto y acepte su propuesta de urgencia, no entendería otra razón para salvar al bebé de una muerte segura.
El culto se había iniciado con cánticos y alabanzas de fe, Julián sentado en la última banca movía el pie y apretaba sus manos, como si algo le animaba a sumarse en el espíritu y jolgorio de los ocultistas, pensaba que esta sería la oportunidad para lograr paz en su conciencia, luego de ser protagonista directo de la muerte de un prójimo suyo. Estaba imbuido de un sano deseo de hacer fuerza junto a ellos, retrocedió repentinamente, mediante el silencio e inmovilizado por el fanatismo impuesto, sentado sobre la banca, para luego volver a la realidad, después de sentir el llanto lejano del niño que clamaba su intervención; dicha reacción fue notoria para los asistentes, había quebrado  la concatenación espiritual de la vidente, se construía un fervor y fe a ella, así afirmaba el pastor. Esta conducta fue percibida al escuchar el sermón del “pastor”, quién se puso en ofensiva y conminando a Juan Orneta para aceptar la propuesta religiosa de:

-          _ “Conviértete ante dios”-lo conminaban a ser parte de la secta “aceptar al señor sobre todas las cosas”.
-          _ “Lograrás la salvación con la aceptación a Dios en tu corazón”- le inculcaban.
-          _ ¡Amén! ¡Amen! - fue la respuesta en coro de los seguidores, solo Juan Orneta se mantuvo en un profundo hermetismo, sin bajar la mirada y con firme respiración pausada dijo en su silencio:
-         _ Váyanse a la mierda fanáticos enfermos mentales, son poco capaces de salvar al niño y pretenden salvar mi alma. ¡Al carajo! Con sus cojudeces.

El recuerdo de niño amamantado y su febril recuerdo de adolescencia le impulsaba a mucho, es así que mostró  interés por ayudar al niño. Sobre él bebe podía haberse tejido un futuro, un norte en este mundo. Los demonios dominaron a los hermanos. Esa mañana no había llanto alguno, los hermanos dormían plácidamente.
Juan salió sin despedirse:
-         _ “que dios se compadezca de estas personas”- fueron sus únicas palabras-. Del bebe, suponía, ya no verlo en este mundo,  su derecho a la vida fue frustrada por el fanatismo religioso.

El pastor Campos reiteraba a su tribu para recordarles el culto en esa nueva noche, pero Juan, decepcionado de no haber logrado redimir sus preocupaciones,  había decidido continuar su viaje, río abajo. Más allá donde no puedan ubicar su paradero. Y,  él mismo encuentre alguna tranquilidad espiritual,  dentro de esta naturaleza indómita.
Jacaya,  se encuentra ubicado geográficamente en las riberas del río Tamaya, la que es afluente del Ucayali, aproximádamente se hace uso de cinco días de viaje, en bote pequeño para llegar al lugar, desde la ciudad de Pucallpa, en estos tiempos, con la tecnología actual de los motores es mucho más corto el tiempo. Para esos tiempos, la microcuenca del Tamaya había alcanzado prestigio, por las relaciones comerciales entre sus habitantes y la demanda del caucho por las industrias europeas. El año 1888 en condiciones poco conocidas apareció Juan Orneta en el Jacaya, allí existía un puesto de vigilancia de la gendarmería peruana y muy astutamente se presentó como Andrés Avelino Orneta Rojas, le habían recomendado cambiar su nombre, para así iniciar una nueva vida, con identidad legal diferente. Muy acertada pudo haber significado sus  relatos sobre la guerra con Chile y las hazañas del grupo de montoneros, al cual perteneció, para hacerse querido en esta parte del planeta. El hecho de cambiar su nombre constituyó una nueva vida para él, lejos de la servidumbre, libre como los pájaros de estos bosques y con muchas ansias de construir su futuro.
Andrés se hizo de mil proyectos de vida y puso confianza en sí mismo, sacando  fuerzas interiores, desarrollando una metamorfosis en su vida, aprendió y se perfeccionó en el  oficio  de sastre. Adquirió una máquina de coser a pedal y algunos insumos más de los mercantes europeos,  dedicándose a esta noble profesión técnica. Y fue en estas circunstancias que conoció a María y Rosita, antes,  por deseo varonil se unió a Marita “La piro”. La diferencia estaba marcada,  las dos hermanas eran tiernas, unos quince años de edad,  Marita sufría al no poder procrear, se anulaba toda posibilidad de ofrecer su vientre a Andrés,  debido a su avanzada edad. Con Marita convivía Andrés Orneta y por las condiciones escrutadas no podían tener descendientes.
La madre de María y Rosita muy astuta,  convenida por ver un futuro fructuoso y suntuoso en  sus hijas, acudió donde Andrés, en busca de sus buenos oficios para la confección de los vestidos de fiesta, se acercaba las vísperas de las festividades del pueblo, vendrían muchos mozos, hijos de los acaudalados caucheros y debía poner lo mejor, donde sus hijas deberían ser las preferidas de estos galanes, a suerte de ellas.
María Laos, de carácter fuerte y atrevida,  se convirtió en una de las chicas más traviesas, con demasiada inteligencia en la fabricación de bromas pesadas, creadora de  mofas a realizar a tantos mozalbetes, pretender  burlarse de Andrés no significaba  tanto esfuerzo, en ella. Rosita al contrario era muy discreta, cohibida y prudente. Sus dotes de quinceañeras eran excitantes para cualquier varón, estos acostumbrados  a forzar una relación amorosa. Sabían los pobladores que María y Rosita provenían de una familia de gitanos y la madre considerada una prófuga de su propia tribu, muchas veces tuvo que negar a sus niñas,  por precaución a que  no sean muertos por la ley gitana , de esta maldición lo sabía el padre y es por eso que vivía con prudencia. Cuantas veces Francisco Laos había resueltos riñas con sus vecinos aldeanos, el padre de María y Rosita justificaba diversas historias sobre Julia Guzmán,  esto no fue suficiente. Julia Guzmán tenía todas las características de ser directa descendiente de la tribu gitana, conocía muy bien las relaciones sociales y los atributos que le significaba dominar una relación amorosa. Así, permitió que su hogar padezca de grietas y su hogar se resquebraje, por establecer una relación extramatrimonial.  Francisco Laos la acusaba de  infidelidad, con  su amigo Lobo.  Y en cierto, la gitana madre aceptó una relación amorosa con el seductor Adolfo Lobo. Otro sería el camino para María y Rosita, si esto no hubiera ocurrido; a la muerte anunciada por razones tribales, se sumaba los chantajes amorosos. Para Julia Guzmán, el ambiente pueblerino la envolvía en un calvario amoroso. O aceptaba el chantaje sexual de Adolfo Lobo o  el no aceptar las pretensiones significaba la muerte de sus niñas. El plan de Adolfo Lobo funcionaba a perfección. Lo único que tenía que hacer es comunicar a la tribu de gitanos, asentados río abajo,  sobre la presencia de una miembro de su tribu en la zona y listo. De aparentar ser un comentario pueblerino, se hizo un juramento de vida.  Francisco Laos había decidido matar a Julia Guzmán y a su vecino Lobo. Francisco Laos Barceloni fue el nombre que por sí mismo brillaba en la comunidad de mestizos, era el lamisto,  venía de  tierras muy lejanas de San Martin, donde el honor se cura con mucha sangre.
Julia Guzmán, provenía de Europa, acompañando a su tribu, llegó después de muchas peripecias por el río Amazonas a la cuenca del Ucayali.  Francisco Laos tuvo que atravesar la cordillera azul, por largas trochas dejó su semblanza de hombre pujante y atrevido. Después de Iquitos, la bella y pujante población de Kontamana se constituía en un puente para ubicarse en algún paraje, de la indómita selva peruana. Francisco y Julia, ambos, entraron en amoríos cuando las barajas de la gitana mostraron al rey de espadas, mirándola con los ojos relucientes,  junto a la de corazones, rodeado de amor y mucho amor.

-        _  Tus ojos son mis ojos bella mujer.-Pancho le menciono un piropo-.
-       _   Tus labios sensuales invitan a los míos a realizar un sacrílego ósculo.-insistía Pancho-.
-       _   No menciones más esas palabras buen hombre y céntrate en la palma de tus manos para poder leer tu futuro.-le contestó la gitana-.
-       _   ¡Unmmmm! Tendrás suerte en el amor, pero corres el riesgo de ser odiado y perseguido por esa dicha….!ay!…..vida de perro paisanito, vida de perro es tu destino.

La pasividad del  río Ucayali daba muestras de tranquilidad en Kontamana, las acciones de sus habitantes formaban los hábitos y costumbres para diferenciarse de otros pueblos, a excepto de las visitas esporádicas de los migrantes y dentro de ellos la logia de gitanos europeos. Estando en  Kontamana, luego de un prolongado romance y en amoríos escondidos entre Pancho y Julia, planearon escapar río arriba, lejos, tan lejos de la tribu de gitanos. Francisco Laos y Julia Guzmán lograron congeniar el éxtasis de un amor sin precedentes. Todo el pueblo hablaba sobre este suceso y también de las implicancias, luego que los  jerarcas de la tribu de gitanos se enteren. Los rumores decían que matarían al Francisco.
Francisco había crecido en el acecho, ese espíritu de ser precavido lo ayudaría en esta oportunidad. El, a sabiendas de la reacción de los jefes gitanos y por los consejos de Julia, no dudo en escapar. Para ello, contaba con una pequeña barcaza, solo, debía remar con constancia río arriba. Decidieron zarpar de madrugada, antes que el gallo advierta el inicio del nuevo día. Confiaba  en sus robustos brazos, continuaría sin cesar, así, con fuerza de buen lamisto, hasta alejarse  de sus potenciales perseguidores y sus amenazas. Culminado ese día, luego de un agotador esfuerzo,  surcando el río y las dos vueltas casi había consumido la luz del sol; confiados de sentirse lejos y a fin de recuperar energías, decidieron descansar en la casa de una paisana, para ello hundió su canoa en las aguas del río Ucayali, en  precaución y ordenó a Julia   esconderse en el terrado.

-         _ ¡Julia! Sube mi amor, sobre ese terrado, no contestes a nadie, mientras yo lo haga mediante un silbido.
-       _   Yo iré a coger algo de frutas para seguir nuestra ruta.

De muy temprano, Francisco salió a coger alimentos de la pequeña chacrita de su amiga, mientras él cogía un poco de casho  y  muquicho, pudo percatarse desde la copa del árbol,  de la llegada de  una cuadrilla de gitanos.

-          _ ¡me jodí!  ¡Ahora sí nos agarraron! ¡Ojala  mi Julia no salga de su lecho!

Los gitanos, sigilosamente aparecieron apenas el alba brotaba, armados hasta los dientes,  llegaron en la paisana, quién todavía se peinaba el cabello y preguntaron por la pareja:

-      _   ¡Hey paisana debes haber visto a una igual que tú con un muchacho!
-      _   ¡Manan tayta!
-        _  ¿Hewy que dice?
-     _     Por las muecas parece decir que no.
-       _  ¡Puto que nos engaña la vejes!
-        _  Buscamos a una mujer y un paisano tuyo mujer.
-        _  ¡No! Papa ¡no! Sola vivo aquí.

Francisco, agradeció en el alma a su paisana y también abrazó con vehemencia a  Julia por ser  serena. Los miembros de su tribu  no avanzarían más con dirección a la cabecera  del río, escucho hablar  en el idioma de gitano que decían:

-        _  ¡esta perra se ha fugado río abajo! ¡Regresemos!

Francisco y Julia se amaron en el silencio bullicioso de la selva nata, remaron y remaron, río arriba en busca de las tierras del caucho, hasta encontrar un lecho que les ayude a respirar con tranquilidad.
Por esta relación apasionada de Francisco y Julia nacieron Rosa y María, “las gitanitas”. Quebraron las reglas de ambas culturas y con el ánimo ferviente de construir uno propio, posiblemente otra sería la historia, si la voluntad de amarse hubiera carecido de la energía de los dioses. Amor y mucho amor se requería para vivir en los parajes selváticos.
Andrés llegó esa tarde a Vinuncuro junto a Marita, para pasear durante todo el día domingo, cansados tal vez de las jornadas de la semana en las labores de la chacra y de su propio taller.
No podía existir otra oportunidad para María y Rosita, juntas en esas circunstancias pretendían al Andrés, quién resultaba ser afín a sus antojos, en relación a los jovenzuelos llegados con lujuria y gala de los fundos de Don Juanes, pero sin la dinámica mostrada por Andrés.
Marita fue imprudente, de permitir que Andrés se obligue a seguirla para ingresar a la bodega de María y Rosita, en esa, ya cocinaban un plan contra Andrés y debía ocurrir el fortuito hecho de mofa, el destino y nadie podía evitarlo. Fue María quién recibió a Andrés con un balde y  agua,  arrojándolo sobre su cabeza. María estaba en el balcón, cuando hizo el ademan de estar arrojando el agua de enjuague de sus ropas, esto no solía ocurrir comúnmente, por ser un día domingo, y durante el cual, se suspendía las labores domésticas, en  culto al descanso y el paseo. El agua perfumada,  el jabón disuelto en el agua cayó de sorpresa, sobre los cabellos lisos de Andrés, para luego despertar irresistibles risas, en los clientes que compraban en la bodega de Pancho.

-         _ Vaya muchacho esas bellas niñas antojan tu virginidad.
-       _   Fíjate que la María cuelga sus calzones en este momento.
-      _    Bien Andrés, ahora es tu turno.

El padre de María estuvo a la expectativa y pudo diferenciar las ocurrencias, luego y cuando Andrés se retiró, pidió explicaciones a sus hijas, no hubo mayores detalles de justificación de parte de ellas; entonces se vino lo inesperado. Pancho tuvo que zurrarlas por igual,  reprendiéndolas sobre el hecho y  la naturaleza de los varones,  cuando las mujeres emiten bajezas y olor a madrineras.
Andrés tuvo una reflexión de varón y lo consultó con Marita,  durante la noche y al amanecer, se había despertado a propósito, explicándole palabras de hombre enamorado:

-         _  Lindas son las hijas de mi vecino- afirmaba con devoción-.
-         _ Sí, eso fue la razón de la broma pá – contestó Marita-.
-         _ Ya comprendí eso Marita, eso es una forma de las coincidencias entre tú y ellas,  pero estaré siempre contigo.
-       _   Yo,  ya tengo muchos años lejos de ser madre, no puedo parir.
-        _  Se feliz Andrés y vive por siempre.

Desde ese momento, fueron muchas las muestras de interés, por parte de Andrés para una de las chicas gitanas. Cuantas veces había manifestado su deseo de capturar a María. Pero los planes de María eran otros, totalmente contrarios a los de Andrés.
Ocurrían varias coincidencias, todas ellas tenían un norte, en adelante  estos arrebatos conducía a que se materialice los  amoríos premeditados. Esta vez, las gitanitas fueron objeto de la broma de Andrés, a sabiendas que ellas acostumbraban a salir con constancia y cuando la noche se imponía sobre el día. Era costumbre de todos los días, luego de la cena acudir al monte a buscar un lugarcito, donde descargar lo inservible para el organismo. Andrés había decidido vivir  cerca de las chicas,  por recomendación de Marita y lo hizo con el ánimo  de conocerlas mejor;  todas estas tardes los movimientos de las gitanitas estuvieron controlados por Andrés, también había logrado construir un mapa del desplazamiento de ellas, insistiendo en sus hábitos y angustias biológicas. Es así, en una de esas tardes, minutos antes que las niñas se dirijan al monte por sus necesidades biológicas de rutina, con la angustia e realizar el plan de pervertido y mostrando su antojo por conocer los voluminosos potos de las vecinas, es por eso que estaba decidido colocarse  detrás del urinario a donde siempre llegaban María y Rosita, un apasionado deseo de perversidad lo había embriagado pero, al final solo  pensaba en sacarse la espina y  mofarse de las féminas, lo hacía con criterio de enamorado, no  parecía de otro mundo. Para eso usaría el factor miedo, ¿quién no conocía al tunche?  Y esta vez, por razones obvias, se metió al monte y cuando  sea el momento  puquear como el tenebroso  tunche.

-      _    Fuifuiiiiiiiiii...Fuifuiiiiiiiiii.   
-       _   Fuifuiiiiiiiiiiiiiii...fuifuiiiiiiiiiiiiii.

Al escuchar las chicas el silbido del tunche salieron corriendo asustadas y levantando sus calzones en alocado desorden, aprisionando las heces y tragando salivas, corrieron en dirección a sus casas. Así sucedía los días posteriores, sometidos al antojo de Andrés, quién gozaba al conversar con su pareja, el solo imaginar a las gitanitas con complicaciones de enfermedades digestivas, de estreñimiento y  mal humor ya era suficiente su desquite. Otra era las reacciones de Pancho, quién siendo curioso, pudo percatarse de algunos cambios en la conducta de sus hijas. No eran precisamente en los sentimientos, esos cambios. La casa, la parte posterior de la casa y de la habitación de las chicas emanaba un olor pestilente, desprendía de allí un olor a putrefacción, olores que se propagaba a lejos,  de los paquetes de estiércol almacenadas en la esquina del gallinero, allí donde acostumbraron arrojarlos María y Rosita.
El padre de las muchachas, enterado de la pendejada de algún vecino, preparó un plan, con la ganas de  contrarrestar el susto de sus hijas y saber la identidad del atrevido majadero. Tomó sal granulada y luego de vaciar las esquirlas de plomo, metió mucha sal en los cartuchos sin percutar, la intención no era matar al tunche,  porque se suponía que era la misma muerte, y no moriría;  en otro caso, tendría que chupar las balas de sal en su miserable cuerpo, sea quien sea.  Para evitar sospechas y como siempre anunció a sus vecinos que traería carne de monte en unas horas, pero antes supo coordinar con sus hijas el asunto. En su idea se había concentrado el deseo de esperar al temeroso tunche,  allí donde acostumbraba a winwinear y asustar a la gente.
Ingresaron las chicas al monte, tal como se lo indico su padre, sin despertar sospechas a los vecinos, como cualquier otra tarde y evitando mayores rumores. El vecino Andrés corrió apresurado a recoger su machete, percatado del movimiento de las chicas, una vez más iría al monte, fue así que se ubicó en el mismo lugar de siempre, limpiando sus dientes de la comida ingerida recientemente, con una astilla arrancada del wicungo y perfilando su lengua sarcásticamente hacia su paladar, a momentos emitía una carcajada silenciosa por adelantado y se complacía con reconocer esas nalgas blanquecinas de María y Rosita. Satisfecho de ello empezó a silbar, insistiendo con mayor fuerza en el tono agudo que acostumbra El Tunche, al percatarse que las vecinas no se espantaban y en momentos que quiso silbar con mayor fuerza, fue un ¡prammmm! el sonido que se escuchó por el percutar  del cartucho de la escopeta de Pancho.

-        _  ¡Ay, ay, ay, quema mi sike! ¡No carajo! ¡Soy gente, soy gente! Fue la respuesta de un bandido viviente que corría por la espesura de la selva.
-        _  ¡ji ji jiji! Salía la risa de la garganta flácida del padre de las chicas.
-         A mí con su winwin..

Los días posteriores de Andrés fueron de reposo, sobre su hamaca silbando grueso y desabrido; el padre de las chicas también silbaba desde su barraca, trasmitiendo su complacencia de haber baleado al Tunche:
-       -_   Juinnnnnnn  juiiiiiiiiin
-         _  ¿cómo está el sike tunchesito?  Jijijijjijijiijijiji

Habían transcurrido varios meses y con la tranquilidad de los habitantes de Vinuncuro. Marita no muy segura de su relación con Andrés entendía sobre sus debilidades, no podía concebir un nuevo ser por las atrofias en su organismo, pero tampoco sería un obstáculo para Andrés, esta ideas confirmaron su decisión en realizar una nueva visita a María y Rosita.

-       _   María, hija mía, vengo a pedirte algo que solo tú puedes comprender. Tengo la matriz ociosa y nunca podré satisfacer al Andrés, quiero pedirte que lo conquistes, es un buen varón y sería un marido adecuado para ti, pero, solo pido que él no me abandone en los días que viviré, hasta mi muerte tendrá que atenderme, pero para el amor no soy la más indicada.
-        _   No, pero te entiendo Marita y además nadie pretende acaparar al Andrés, yo ni loca, ese hombre tiene vida de perro, no se sabe ni de dónde viene, pero mi padre dice que es un serrano misterioso y genera desconfianza.
-       _   Pero María, no te dejes llevar por las malas bocas, Andrés es un hombre trabajador, ama a las plantas y conoce la labor de costurero, podría apoyar a tu padre. Amalo María y verás que no te arrepentirás.

Casi fue una de las últimas conversaciones sobre Andrés Orneta, además había muchos pretendientes en el camino que quisieran robar a las gitanitas, se hizo un propósito para retardar su viaje y pernoctar mucho más tiempo en la bodega de las gitanas.
Pasaron muchos años y la relación de los lugareños se truncaba por la crisis económica. Los efectos de la culminación de la primera guerra mundial se hacían notar, al disminuir la extracción del caucho. Eran otros los factores que hacia evolucionar la expectativas de vida en Vinuncuro, Rosita cumplía sus quince años y gozaba de su hermosura, con un vestir estrafalario tal y cual de buena descendiente de tribus gitanas.
-         _“Vida de perro tendrás Andrés amas a Marita y a nosotras también, bandido”, cantaban las gitanitas, dando muestras de su coquetería libertaria.
-         _“Serranito perro, ven a sembrar en mis tierras y aumenta tu raza, serrano perro”. Eran los versos de María confabulado con la gruesa voz que desprendía de sus cuerdas vocales y cantaba con tal fuerza de aduladora hembra,  necesitada de su complemento.
Las noticias de la guerra mundial y su culminación repentina se propagaron por los pueblos. Los hombres y mujeres de estos lugares cayeron en la depresión económica y era de notarse por la ausencia de las caravanas de botes con productos comerciales, los que ya no surcaban el río con frecuencia. La última lancha que ingresó con muchas libras esterlinas se hundió repentinamente, al chocar con un tronco sumergido, por eso dicen,  que por las noches, en el medio río Tamaya nace una llamarada y esta avanza  por su superficie en cada creciente, de canto a canto, posiblemente después de tantos años sea arrastrado por el Ucayali. Inclusive uno de los últimos magnates caucheros, desesperado por guardar sus ganancias, escondió dos tinajas de libras esterlinas de oro y plata, cerca de un árbol de limón; a la fecha los buscadores de tesoros atracan en los puertos donde hay muchas plantas de limón, husmean  debajo de esta planta y muy discretamente aparentan cultivar su base. Lo que crece también decrece. Se incrementó  la demanda por la mano de obra, en el trabajo de manejo de ganadería, esta demanda se incrementaba por la falta de consumo de la carne, los animales habían aumentado, muy pocos lo requerían  y se necesitaban mayores pastizales.
La confección y arreglo de vestidos también disminuyo para Andrés y Marita, en sus actividades de rutina ya no cabía la espera de clientes, es por eso que acudieron a las jornadas de trabajo que requería el padre de las gitanitas, los jornaleros migraron hacia las ciudades en formación, el más cercano era Masisea, también hablaban de Puka achpa.
Así, la crisis económica logró superar los celos y desconfianza que existían contra Andrés. Él se convirtió en el capataz de la familia gitana y Marita ayudaba en la cocina, terminando ambos  dependientes de Francisco el patrón.
Andrés recibió con ponderación el rancho, se había enterado que las mejores presas de carne se lo servían a él y no tanto por que Marita era la cocinera, después se supo sobre las preferencias y órdenes de Rosita, por la simpatía de ella con él y eso le agradaba.
El padre de la gitanitas murió, por la avanzada edad y en vida pidió al varón Andrés asuma la responsabilidad de sus hijas. Y conforme pasaron los días y las semanas, por no decir meses se anunció el matrimonio de Andrés Orneta y Rosita Laos. La ceremonia tuvo un flujo especial por la mezcla de culturas. El serranito y la gitana, se unían en matrimonio y anunciaban dichas y parabienes para ambos. La primera bebe que procrearon la llamaron Julia. Luego nacieron Manuel, Enriqueta, Arturo 1 y Arturo 2, Josefa, Hilda, Rosita, Luis, Amalia, Luisa,  ¡Qué tal serrano perro! Serranito perro de veras era el Andrés.






















VEJES











ULTIMA REFLEXION

Como la costumbre se hace derecho en el hecho para todos, entonces así se permite  el uso  del apelativo  “VEJES”,  para describir la rutina inusual de todo anciano con habilidades extraordinarias, quedando el concepto opuesto en lo particular, en  aquellos seres humanos  que no desean envejecer en lo físico y más,  en la mente; estos luchan y no desean aceptar el proceso natural, de un evolutivo desarrollo de las diversas células, estas pues  constituyen la anatomía humana, a sabiendas que los órganos motrices como los músculos se debilitan y en algún momento del proceso se abrazan con mayor ternura de la estructura ósea, esa simbiosis o sinergia fisiológica que  esculpe la belleza corporal del ser humano, esta que explica la alianza, mutua convivencia para pretender enfrentarse al   proceso  irreversible de la vida, de ese  momento, cuando sea desposada por la muerte pendenciera. Bien, también usted y yo, en cierto momento de nuestra vida podemos oponernos al derrotero final de nuestra existencia, alguien entendería mejor las contradicciones naturales del proceso evolutivo, y de seguro que resaltaría, después de luchas titánicas, el deseo de vencer al plácido engendro llamado muerte; tiempo de vida ambicionado y deseos de vivir, oponiéndonos  al deterioro físico que la ley natural sanciona  por el imperativo de la creación.


5.    VEJES

Tuvieron que confluir varios factores para acumularse en una sola pasión, todas consentidas en su sano criterio por ella y por su particularidad, muchos intentarán imitarla, inevitablemente nada puede ser igual en el tiempo y espacio, cada variante en su lugar, amamantando la exclusividad del alma, en  su inquietud por prolongar la propia existencia.
Fue un día tan parecido como el anterior y el posterior podría ser lo mismo,  manifestándose la contradicción por la dinámica del objetivo deseado. Si come dice que no come, si no come dice que se muere, entonces lograba imponer su capricho del buen gusto por comer una gallina. Única sería el ave del  corral, sentenciada a ser desplumada en el agua hervida, luego de adecuar  el horno de una cocina artesanal. La gallina no pudo presagiarse su destino, por intuición sabía la hora de recibir sus alimentos, no hubiera comprendido el antojo de la viejita, nunca comprendería el sombrío panorama, de la decisión consentida en la familia y que terminaría en su desgracia. La Vejez no podía estar con  autoridad sobre el ave, pero se aferraba al antojo por comer un caldo de gallina, habíase impuesto mucha confabulación, disponiéndose de la plumífera ave sin haber  comprado,  por lo menos, los  alimentos necesarios para criarla.
-        _  ¡Pobre Teretana!- cualquier cosa podría suceder pero  sacrificar a la gallina más estimada era un acto oportunista, forma muy vil de no escuchar el cacareo, se notaba la tristeza, cuando fue capturada.
La plumífera señora del gallinero también quería seguir viviendo,  para poner los huevos y luego empollarlos, como siempre lo hizo con mucha devoción. La Teretana, como lo llamaba Pina, tendría unos tres años, era de origen serrano, amaba con convicción a sus polluelos, los engreía con ternura, criándolos  a su lado hasta muy grandes y ¿para qué decir esto? , como bien dicen:  el antojo termina en la panza, así será y el sacrificio tendría que  cumplirse, además “gallina vieja da un sabroso caldo”, entonces las justificaciones no servían para salvarla, esta cumplía los requisitos para ser  sacrificada sin muchas prerrogativas; la carne duraría lo suficiente para que se alimente la anciana, tantos y los muchos días de su hambre anunciado deberían de ser satisfechos. Para ella no era comida, si al momento no encontraba   un troncho de gallina en el caldo,  por eso y en sus tiempos pasados,  había impuesto una costumbre, de ser ella la que  ordene la servidumbree, mientras disfrutaba  el lugar donde soportaba sus posaderas voluminosas:
-         _ ¡las otras partes pónganle sal!- quería que  se agregue la sal en la carne que sobraba, con el objeto de conservarla, en fin, satisfacerse ella misma, amalgamar el deseo hambriento del día a día.
Así pudo complacerse, en el gusto de seguir con la compañía de su hija y eso era parte de la vida, un verdadero placer de por cierto,   cualquier humano que comprende la importancia de existir, aún en este mundo de evolución natural. Ella vivía por alguna maldición o por un tardío amor que  acongojada sus sentimientos, extrañaba  no haberse casado con el hombre dispuesto a tratarla y conservarla en el tiempo como una princesa.
-         Me han hecho daño, me han hecho daño.
-        _  Pero ¿Qué daño te ha hecho?, tienes casi 100 años, no creo que haya daño para que vivas demasiado. Eres muy angurrienta doña.
La “vejes” vivía en una pequeña casa, construido con material renovable. La Teretana también compartía la pocilga, en un corral cercano, donde se cobijaba con las sombras de la noche, impulsado por ser parte de una familia numerosa. En este hogar se hospedaba con algunos familiares, ellos conocían las particularidades y costumbres de la anciana. Vetusta mujer de firme carácter para sus hijas mujeres y de dócil sometimiento,  ante el capricho de los varones; ella había mentalizado en su recargado cerebro la ambición por mejorar su condición física y no aceptaba por nada del mundo perder peso en las nalgas, por eso reclamaba selecta comida y exigía con firmeza a su hija la alimente mejor.  Cómo no entenderla, además sus  añoranzas tenían un peso significativo en relación al actual estado de vida; ella rememoraba con simpatía los días que en vida acompañó a su amado marido,  junto a los hijos que demostraba quererlos, podían dispensar de su lado muchas cosas pero la mesa familiar ufanaba de ser una de las más exquisitas, allí se encontraría las carnes más sabrosas del monte del Jacaya, partes de una gallina reventando de gordura, preparadas en salsa de buen ají dulce y guisantes; los comensales  consumían de lo dispuesto en la mesa  en un santiamén y sería así, de vez en cuando,  completaban el festín con el maduro asado,   cubierto de harta mantequilla de la marca europea Pluma de Oro:
-          _“Son de Suiza” –indicaba a todos-, luego,   al final las dos empleadas quedaban con el antojo, obligadas a culminar las tareas ante la mirada  absorbente de la patrona, esta señora que ahora no deseaba envejecer y tenía mucha hambre.
De por cierto, los años pasaron repentinamente y en este tiempo la pujanza económica del momento mostraba cierta estabilidad, transcurrieron 90 años y era natural añorar cosas del pasado y esta sea la causal de nostalgias por los viejos recuerdos de la juventud, posiblemente ese manjar suculento que describía se quedó en alguna parte de su vida y volver a ello era un deseo imposible.
Como los tiempos no son iguales ni parecidos entonces tuvo que acomodarse al hábito de consumo de la hija, quién planificaba la alimentación durante el año en base a verduras y frutas, algo de carbohidratos y de vez en cuando carne de res para vivir bien.
-        _  Jubal –su último hijo- sentado por varias noches junto a ella, escuchaba sus recuerdos, mostrando antes y en el momento su poco interés por auscultar a mamá. Colocaba como siempre su dedo a la altura de la sien y decía: “está loca”.
Otros 7 años más, los  97 años transcurridos marcaron  su condición física, como si no hubiera señalado en el tiempo los días de sus andanzas, ella todavía hacía uso de sus facultades mentales con mucha lucidez, posiblemente verá el funeral de sus hijos, apropósito de  vigilias, estuvo en una de ellas acompañando a su “amado” esposo, hasta el cementerio, aún éste no lo merezca por decisión de ella misma, las razones de ignorarlo es propio de su conciencia; en otro momento las reservas de lágrimas no fueron suficientes, cuando estuvo en el velorio de su hija mayor  y nietas. Tan avanzada en su edad, pretendiendo decir que muchos órganos y glándulas se habían atrofiado, en todo caso se habría convertido en un ser insensible, inhabilitado de sufrir por otros, simple lógica de  autoprotección. En estos últimos años despidió en póstumo mortuorio y con mucha tristeza a sus hermanas menores,  últimamente mencionó un adiós en remembranza a la muerte fulminante de su yerno mayor, aquel que en vida la reprochaba. Inexplicable el impulso, en ser tolerante a la desgracia divina y mientras no afecte la ambición de ella  para seguir viviendo, posiblemente sus raíces ancestrales formaron su gentil forma de ser y  las muchas ansias de vivir lo impulsaban a ir más allá de los límites de su humanidad. Poco caso le hizo a las defunciones familiares, las razones de seguir viviendo en este mundo, tal vez, en algún momento se conocería.
Ama a sus hijos, de modo particular a los varones, es machista, acepta al varón como la cabeza de los mejores beneficios. No es broma ni burla el hecho de configurarla, será así, sin resquebrajamiento de conciencia, porque ella confiaba en su Dios, a él le pide todos los días el febril deseo de vivir hasta lo extraordinario, por cosas del momento ya no podía caminar, pero se mueve  haciendo uso de una silla de ruedas, mostraba tener  los ojos  y oídos del zorro,  para percatarse de lo mínimo de rumores, especialmente cuando hablaban contra sus  hijos varones, en especial de uno de ellos, a quién protegía y decía:
-          -“si no quieren a mis hijos no me quieren a mí”
-         - ¡Pero abuelita  es un vago y se lleva tus cosas antes de traer un pan para que te alimentes!
-       -  ¡Ustedes son malos! –replicaba- posiblemente el hecho de ser una centenaria de mujer le generaba autoridad y así superar los obstáculos, en el afán de  seguir viviendo.
En resumen quiere seguir con vida y no morir. En el flojo entendimiento de la dimensión donde se encuentra es muy lúcida de conciencia y se daba tiempo para hablar de un sin número de hechos ocurridos en su juventud, haciéndose testigo y pretendiendo profetizar de los progenitores de los hijos que tuvo. Si no fuera por su notoria humildad y el haber reunido atributos para ser acompañada en sus horas de vida, la calificaríamos como una racista, ya que ponía mucho énfasis en sus conversaciones, en discriminar a su padre, mencionándolo con apelativos racistas y también, no tuvo escrúpulos en decirle a su yerno que no le gustaba como marido de su menor hija, por el hecho de ser serranos; al parecer esa  lógica de pensar le hacía vivir en paz. Más tarde, cuando ya todos sus cohabitantes pretendían unir las pestañas, en busca de  los sueños del subconciente,  ella levantó la voz con desesperación.
-         ¡Pina! ¡Pina! Dame la pastilla para dormir, quiero dormir.
Pina su hija menor, desesperada por complacerla, hacia visible su malestar,  por esta forma absurda de adicción a los fármacos, discrepando claramente con sus ideales de vida.
Protestar y reclamar una atención digna era su bandera de lucha y los lemas que suscribía tenía signos de ser altamente subversivos; pero quién no puede ser subversivo contra la muerte; fue subversivo matar a la gallina más querida - ¡Pobre Teretana!, ni el llanto de sus biznietos acabó por convencerla para que no antoje la gallina amada.
Volver a un razonamiento comprensible con ella fue el mérito de su hijo mayor, mediante una charla directa y dándole el espacio suficiente a fin que se desplaye, ambos gozaban de la paciencia y gustaban por conversar de los recuerdos grabados en la memoria. Ella impuso, a su santo antojo en hacer por costumbre un estilo coloquial y de donde iniciaba recuerdos de varios personajes, todos ellos de algún modo  marcaron huellas en su semblanza de ser mujer corajuda o “tonta” como muy bien se autocalificaba.
El relato que siempre recordaba, es lo contado por su padre. Una historia que cumplía 60 años de vida. Acentuada en su memoria, las circunstancias que llevaron al tal Pablo Cruz a recibir su propia medicina,   quién fue forzado a quebrar su propia vida, al recibir el mismo trato que aplicó a los viajeros en la zona de Tocana, en los múltiples atracos realizados, cuando su condición de jefe de la banda daba ordenes despiadadas contra los transeúntes asaltados. Personajes mitológicos, existentes en el colectivo de la gente andina, con experiencias de vida, entre  la comodidad de sus vivencias y la presencia activa en las  frías serranías de Margos, aún, a sabiendas que era originario de las tierras colindantes con la cordillera blanca. La muerte de Pablo Cruz dio nacimiento a su victimario Juan (Andrés) Orneta, habitante de esos boscosos parajes, quién llevaba en su conciencia el peso de haber sacrificado a un ser humano, en este escenario no podía decirse “ojo por ojo y diente por diente”, este hecho no guardaba relación con los múltiples abusos cometidos en la zona de Tocana, por los Albornoz-Cruz. Sin este acontecimiento ocurrido en el pueblo de Mayobamba, el tal Juan, aún hubiera permanecido en su parcela y evitar ser fugitivo ante la ley fáctica de esos tiempos. Escapar de su nicho habitual de supervivencia, lo obligaba  afrontar varios desenlaces, así,  si optaba quedarse en el pueblo, aceptaría su culpa e ir al presidio, o sería capturado por los hombres del patrón y luego sometido a crueles torturas,  en escarmiento a las posibles rebeliones en el fundo y si esto conllevaba a la muerte, también sería incapaz de pedir perdón, ante  la lógica del poder omnímodo de la leyes en el fundo.
-          - “Estos cholos salvajes” no son garantía, por tener mente resentida y te pueden agredir en cualquier momento.
-       --   ¡Confínalo! Y desaparece su cuerpo, que se coman las carroñas.- Eso era la sentencia para los que osaban intentar rebelarse ante el patrón-.
Juan tenía la seguridad, cuando llegó a Vinuncuro, en rehacer su vida y tuvo la mejor idea en construir su covacha sobre un  lugar seguro,  luego se trasladó al Jacaya, allí decidió quedarse mucho más, se sentía de agrado y mejor,   hasta que  por oportunidad de la vida conoció a una hermosa hija de gitana, relación afectiva y en la cual se cultivó el embrión para que nazca  la Vejez.
Vinuncuro se encuentra ubicado geográficamente en las riberas del río Tamaya, la que es afluente del Ucayali, aproximádamente a dos días de viaje en bote, desde la ciudad de Pucallpa. La microcuenca había alcanzado prestigio, por las relaciones comerciales entre sus habitantes y la demanda del árbol conocido como el caucho. El padre de la gitanitas murió, por la avanzada edad y fue Juan quién asumió la responsabilidad por velar de ellas. Y conforme pasaron los días y semanas, por no decir meses, se anunció el matrimonio de Juan Orneta y Rosita Laos. La ceremonia tuvo un flujo especial por la mezcla de culturas. El serranito y la gitana, se unían en matrimonio, anunciando dichas y parabienes.
La primera bebe que procrearon la llamaron Julia. Fueron 11 vástagos de la relación entre Andrés Avelino Orneta Rojas y Rosa Orneta Laos,
Luego de transcurridos 97 años, esa niña buena moza y exquisita se encontraba postrada en este milenio, en su lecho, en muchos casos todavía daba órdenes, obteniendo como respuesta la ingratitud de sus acompañantes. Estos que gozaron de la mesa de la “Vejes” en los días de opulencia, hoy ignoraban su condición de patrona vigorosa, en su tiempo tal vez, pero hoy, en el rigor de autoridad que pretendía imponer caía en balde con agua fría, ahora, estos volteaban su mirada para desobligarse de ella.  Entonces, en circunstancias casuales la anciana cayó sobre el suelo, repentinamente, producto de una ira, al no ser escuchada en sus caprichos. Hizo un  intento fatal, deseaba demostrar a sus guardianes sobre  la tenacidad de su voluntad; optó por caminar, sin apoyo de nadie, empujada por los dictámenes del cerebro y a costa de su precaria condición física; sola estuvo en aquel momento, cuando cayó al suelo, quiso gemir y dijo:
-          -“Se van a reír mejor me levanto”, posterior a varios intentos y percatándose  que era necesario el auxilio, pudo expresar un quejido tímido y sin aliento, así pudo ser, de por cierto fue insuficiente para llamar la atención de la insolente que ignoró el incidente.
La hija tuvo planes ajenos a la madre y su constancia estaba centrado en pedirle un poco más de  la herencia. Cuando  la vejez no aceptó el chantaje optó por abandonarla, ajena  en sus obligaciones y sorda ante el pedido de auxilio por parte de la anciana. Ni una lágrima ni llanto avizoraba en el semblante de testaruda, había logrado constituirse en una anciana caprichosa, hinchándose de orgullo propio y no someterse al inmenso obstáculo de estar en condiciones de discapacidad, acumulada en los casi cien años de vida. A pesar de ello, logró erguirse sobre sus pies, tolerando el dolor interno  y haciendo invisibles los gemidos sobre su rostro, así pudo alzarse por su propia voluntad y recostarse sobre su cama, asimilando el malestar y escondiéndolo con las arrugas de su ancianidad.  Desde esa vez que cayó al suelo se encuentra postrada en cama, pensando y repensando su vida.
La anciana había agravado su condición física y era muy claro el manifiesto expresado sobre su rostro, tan nítido y en sus ojos la mirada arrastraba una profunda angustia de impotencia, esta que se perdía en la nostalgia de ser lo que es. El casi fatal accidente, sirvió para hacerse escuchar y manifestarle a los que rodeaban su existencia, su opción por no aceptar ese derrotero de vida. La expresión de la anti dialéctica podría ser un capricho de fe para ella, si existe es porque come y si no come muere, estaba convencida que era un principio programático de vida, lo resto lo ignoraba con la simpleza de siempre. Quería vivir aun tenga que lidiar con la propia parca y sus mil demonios.




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