CUENTOS VIVENCIALES PERUANOS
CUENTOS VIVOS
Lincoln Soto Gómez
PUCALLPA – PERU
2014
Es importante luchar por la vida, al igual que
luchar por la permanencia de la naturaleza. Somos vida y como tal somos parte
de la naturaleza, nuestra lucha es por vivir en armonía con ella, como lo
hicieron nuestros ancestros .Nuestra
aventura cotidiana cuidarla, de
quienes se empeñan en liquidarla enfermarla o herirla en su afán de lucro.
Es tanto los índices alarmantes de agresión a la
madre tierra y el silencio cómplice de nuestras conciencias, infinitas veces
seremos responsables mañana cuando las generaciones juzguen.
El autor.
PROLOGO:
La vida nos enseña mucho y provoca en nosotros diversas sensaciones,
sentimientos y convicciones, que nosotros mismos olvidamos en gran medida.
Sería bueno que todos escribiéramos, inclusive para recordarnos a
nosotros mismos cómo pensábamos, cómo sentíamos.
Desgraciadamente hay el complejo de que solo los “escritores” deben
escribir. Además si uno o una no tiene buena ortografía, no quiere hacerlo; sin
embargo esto no debe ser un obstáculo, pues aunque la ortografía no sea
correcta, se puede entenderlo que escribimos.
Es conveniente la comunicación de unas a otras.
Me complace leer este tipo de trabajos hechos por jóvenes peruanos no
escritores, aprendo mucho de ellos en este Perú turbulento
Por eso me gusto leer “Cuentos Vivos”.
Lo que resalta a la vista es su profunda sensibilidad social.
Su comentario inicial y el primer cuento que ocupa muchas páginas,
indica algo en la que yo coincido. El mayor peligro para la humanidad, ahora, es el feroz ataque
a la naturaleza por la voracidad de ganancia del capital.
Por otra parte le sacude algo muy antiguo y muy actual: El servilismo de
las llamadas “fuerzas del orden” hacia los poderosos que provoca ataques
asesinos a los trabajadores del campo.
También vemos su sensibilidad contra la opresión de la mujer.
La extraordinaria diversidad
climática de nuestro país está plasmada en este escrito que nos muestra la
selva con sus peligros y sus mitos defensivos respetados y queridos por el
autor, la sierra con sus placeres y sus problemas y por último los conflictos
de los serranos expulsados a las márgenes de Lima.
Con mucho respeto y cariño, les invito a leer “Cuentos Vivos” escrito
por Lincoln Soto Gómez.
Hugo Blanco Caldos.
Febrero 2014
PRESENTACION
Mediante este trabajo, doy a
conocer en forma de cuento, acontecimientos y vivencias que se desarrollaron en
un escenario, lleno de misterios, ambiciones, abusos, creencias y mitos que
perduran. Como perduran las diferencias y las contradicciones sociales, ante
las cuales necesariamente hay que tomar posición; el que escribe y gran parte
de su generación tomo partido al lado de los humildes, al lado de los
defensores de la naturaleza, de la vida, del agua, de las comunidades. Si lo
hicimos bien o mal, para lograr nuestros propósitos no nos corresponde
calificarlo. En cuanto a lo que me concierne, creo que asumí una posición que
me enorgullece, para decirlo de otra manera, lamentaría profundamente no
haberlo hecho.
No soy escritor de oficio, ni
cultivo estilos o especialidades literarias, simplemente fui, soy y quiero
seguir siendo, un protagonista que aportó
lo que pudo, cuando el momento se lo demandó y que hoy a través de estos cuentos intento que permanezcan en
la memoria de los que estuvimos ahí y sirva de alguna orientación a los que
vendrán a ocupar nuestro lugar en
oportunidades futuras, siempre en el mismo objetivo, de cuidar la naturaleza al
lado de los hombres y mujeres de carne y hueso que luchan indesmayablemente por ampararla de los que
depredan para satisfacer sus mezquinos intereses.
No tengo nada contra los
escritores de oficio, pero siempre he
considerado, que tiene más peso para llegar a las conciencia de los principales
interesados, si estas sinceras narraciones las llevan adelante los
protagonistas, que aquellas que narran cosas que se la contaron. Por eso
considero que los errores de reglas gramaticales, de composición o de estilo
que pueda cometer no ensombrecerá la intención del trabajo, principalmente
hacemos entender y porfiar tercamente en nuestra incansable búsqueda de
justicia social y la defensa de nuestra MADRE TIERRA hoy con más urgencia que
nunca.
Lincoln Soto Gómez
Huánuco - Perú 2014
CHIMBETO
Viajábamos sobre la superficie de la espumante aguas del Ucayali y en
horas de la tarde, cuando el viento agitaba en oleadas las aguas del río
Aguaytía, observamos desde nuestra
endeble embarcación un conjunto de
burbujas navegantes, los que
aparecían abruptamente sobre el ras de la superficie acuática, como siempre,
acompañándonos durante toda nuestra travesía, conglomerados en una numerosa caravana de esferas truncas, convirtiéndose así
en amigos inseparables en nuestros acostumbrados viajes.
Muy cerca al
intrépido y fagocitante cráter acuático, abierto por su
propia naturaleza, se anunciaba a un
tiempo y un poco debajo de nuestra presencia, un milenario
complementarismo silvícola,
motivados y hambrientos de energía
biológica, contribuyen con sus fuerzas al nacimiento de suaves brisas, pretendiendo abrir algunos
surcos sobre nuestros rostros. Tantos espectros animados en nuestra imaginación
y con mucha razón, luego de largos días de viaje torturados por la impaciencia
y la interminable ansias de llegar a nuestro destino; esto, esa dinámica
natural, era parte de los espíritus esquizofrénicos de la selva caprichosa, convertidos
en influyentes imaginarios de nuestra conciencia, entonces, se justifica el manantial de creencias insertos en las cultura originarias; lección para
nosotros, la confluencia de muchos ríos que permitieron a millones de moléculas
de agua desposarse cerca a nuestros sentidos, haciéndonos deleitar el espíritu
caprichoso de aire libertario de la naturaleza. Imposible
distinguir al macho de la hembra, ambos
creaban los apéndices de complementariedad. Serpientes hidrogenadas y colmatadas de muchos átomos de oxígeno,
fórmula química de creación natural, buscando entre sí, a no permitir ser
separados, mientras sea consentido por su propia autorregulación; ríos condenados a
circular eternamente en un mundo imantado por una natural holística de
convivencia. Los remolinos se forman con
violencia, por las ansias embrionarias del río
en absorber al fondo de sus entrañas, a los efímeros flotantes que osan
por costumbre desafiarlo sobre la
superficie. El inevitable choque de las dos masas de aguas turbulentas
ocurría año a año, propio de las
contradicciones de complementariedad y
alegorías de la madre naturaleza,
ocurrentes caprichosamente en los
valles y ríos amazónicos.
Muy cerca y en timorata aceptación a la fuerza
de los remolinos, las glabras palizadas se negaban a ser absorbidos por el
ritual de los ríos, cuando de tramo en
tramo emergían hacia la superficie, escapando de las trampas, escondidas en las
entrañas infinitas de las aguas del río
Ucayali, las que se anunciaban metros más adelante. Existía la amistad y fiel
compromiso a desposarse año a año,
osarse a la renuncia era ir contra las leyes naturales, desertar no era parte
de esta convivencia milenaria.
También, a unos metros, en ambas riberas, cercano de la natural y vivencial determinación
de la naturaleza, ahí ocurría un cuadro
energético saludable, era la formación
del fango y las restingas, la furia de los andes terminaba por
almacenarse en un amplio coloide de
nutrientes, allí se sepultaba los gérmenes nutricionales arrancados de los
suelos y fríos nevados de la sierra peruana, arrastrados por las constantes
crecientes del río, esta que
arrasaba su propia estructura y junto a ello millones de toneladas de
microelementos, compensando el desplazamiento de las placas continentales,
sumergidas hace millones de años, pero seriamente heridos por las malas prácticas agrícolas de los
hombres andinos y los amores perdidos
por las reyertas con la
espiritualidad de sus ancestros.
Sí o sí, trenzados en un duelo
de vida se encontraron el río Aguaytia con el gigante Ucayali, juntándose en
armonía ejemplar, tan igual que dejaron sus ancestros y abriendo en cadena
perpetua una serie de cráteres temibles,
del cual los ilesos hombres
amazónicos escapaban muy ágilmente en sus frágiles embarcaciones. Así se
anunciaban las crecientes, desde los ariscos cerros serranos, llegando una y
tantas veces a las llanuras
amazónicas, ionizados por la ley de la naturaleza,
desafiando a toda creación en su camino y disciplinadamente cumpliendo con su
propia biología, un atrevido recorrido serpenteante donde los hombres construían
rutas esporádicas, surcando y surcando con el ánimo por llegar a los
parajes exóticos de la indómita
selva.
Confundido y
sobre un espacio definido por la
masa de agua flotaban las pequeñas boyas de madera, seguidas por
los curtidos madereros, quienes lidiaban para mantenerse en la cola de la
creciente, escapando cuantas veces de las ansias de la parca misteriosa, ella,
interesada en su ambiciosa y codiciada necesidad de capturar almas esporádicas
y atrevidas. Mientras, el río continuaba en su persistencia por arrancar de las
entrañas del suelo las raíces de los
árboles ribereños de la selva.
En estas formas de organización, la naturaleza ofrecía un espacio a las etnias milenarias, ancestrales pobladores
ucayalinos ubicados bajo la
sombra de sus plácidas chozas, esperando el final del desenlace, de esa
expresión milagrosa de una cofradía sentimental, creada por la misma naturaleza
viva; luego, ellos satisfacían sus
necesidades económicas al aprovechar de las
florecientes restingas limosas y
de las arenas ardientes de las playas calurosas, generando provecho de los nutrientes
fermentados, listos para hacer florecer
los frijoles y arrozales sembrados.
Así se inician los tormentosos días de invierno en la selva de nuestra
patria. Tan tormentosa como el necesario calor para una noche fría de invierno
en los parajes de nuestra serranía. Tan necesario para que los pájaros
continúen trinando y el viento se refresque al interior de la tupida
vegetación.
El día siguiente. El astro sol
se decidió por broncear con sus cálidos
rayos a los viajeros, cubriendo de una
fina película negruzca la piel cobriza
de los migrantes, calcinante energía calórica durante el día, absorbida por las
células de la piel humana, quienes se obligaban a morderse los labios,
castigados por la sed y angustia de un necesario descanso. Por la noche el
calor brincaba del núcleo celular, generando
una sensación asfixiante para la
piel turbada del hombre amazónico, esta
se manifestaba en una ulcerosa expresión de lamento, retorcidos en un desesperante torbellino,
con ansias de un complaciente y
necesario sueño, que casi
impotentes lo pedían; así se quedaron
dormidos profundamente los viajeros, en sueños, deleitándose del absorto y acariciado vaivén
de las aguas del rió, tranquilidad
que permitía absorber a la brisa
y el sereno, compenetrándose en el confuso mundo de los átomos diluidos
y acentuado por un jolgorio de
olas acuatizadas que recorrían en el torrente sanguíneo de tercos
viajeros. Así armonizaba el conglomerado
de células en el interior de los hombres montañeses y los átomos del ambiente en un torrente de rebelión absoluta,
complacientes de entregar placer y satisfacción a los que osan desafiar a su
propia naturaleza. Al parecer se pretendía equilibrar el castigo durante el
día, con imaginaciones absolutas, en las neuronas de los cansados viajeros.
Los hombres surcaban el río
¿Cuántos kilómetros?, no se sabe, solo
se dice tantos días y tantas vueltas, para llegar a algún caserío de las ribereñas playas del río.
El monte, maravilloso y
atractivo como la miel, absorbe nuestros ojos, inyectando en nuestras mentes un
néctar codicioso de riqueza insaciable y
por conocer algo más de sus viejos y
tradicionales misterios. Otra sería la
realidad, diferentes hechos demostrarían el equivocado concepto de la codicia
humana. Surcar el río en busca de lugares inhóspitos, eran de semanas y meses,
a muchos le costó la vida y a otros les dio grandeza.
-
“Tantos días y tantas vueltas” -
acostumbraban en afirmar los
barbados montaraces, en una acertada
forma de medir el tiempo de viaje.
En estas temporadas era
costumbre concurrir a un espectáculo de
la interculturalidad, esperado y desarrollado en estos lugares; esta se
iniciaba en diferentes circunstancias y en esta oportunidad el cielo se vio
alterado por la estampida de los
pájaros, muchos de ellas saltaron al
vacío desde los gigantes árboles de Lopuna; eran loros bulliciosos volando por el aire, haciendo abanicos de estampida, asustados por el tosco sonido de los motores PKPKes; máquina
inventada por el hombre para surcar la resistencia del río y esta vez punchaba contra la vertiente, empujando a un
rústico bote de catahua hacia el puerto de la comunidad nativa.
-
¡ Chupapay Chupapay ! - gritaban los niños y mujeres, estas voces se confundía
con las de los loros, a la vez que las aves volaban por los aires, los niños
corrían sobre los cálidos arenales del río a recibir a los paisanos de la
ciudad, sabiendo de antemano que de esa
embarcación dependía la satisfacción de muchos de sus apetitos frustrados, era
el mejor momento para deleitar de las golosinas que difícilmente podían consumir a diario.
Complacerse era algo que tendrían que
cumplir sin restricciones, ellos a
cambio ofrecían con inocencia diversos productos, propios de esta selva
cautivadora.
Chimbeto llegó con abundante
mercadería, vaciaba el bote con paquetes de ropas usadas, alimentos y
baratijas, también de aguardiente y extrañamente papa y cebolla.
Todos se confundieron en un
mar de intenciones y oferta de productos, apresurando una mesa de negocios para
el acostumbrado trueque, aquí el dinero no tenía prioridad. Esto era el acostumbrado
ritual socioeconómico, toda y cada vez que un bote atracaba en el puerto de la
comunidad. Mientras los nativos buscaban secretos en la alforjas del usurero,
éste buscaba información para enterarse mejor de la ubicación de los manchales
de madera preciosa. Las mujeres nativas, asentando sus anchas caderas sobre sus
pies atravesaban un largo camino sobre
la cálida arena, gozaban obtener con firmeza algunas de las baratijas
expuestas, sus risas concordaban con el color de la vestimenta, estas que cubrían
los desnudos cuerpos de mujeres dispuestas a resistir en el tiempo, la
propia ignorancia de sus parejas.
Esta rutina se desarrollaba
durante el año y venía de atrás, desde los primeros viajeros que llegaron con
ansias de encontrar El Dorado.
Transcurrido un corto tiempo,
mediante el cual Chimbeto se mostraba muy alterado de conciencia, serían dos largos meses, tal
cual y como había idealizado el negocio trató de ordenar su imaginación,
mientras buscaba convencer a los
inversionistas para que puedan financiar su pronto viaje, de regreso al monte.
Anteriormente había logrado hacer un trueque muy rentable, cambiando los
productos que acostumbraba disponer en
su bote, por una troza de madera roja y luego de transportarlo el tronco al aserradero, le genero utilidades atractivas en sus
cuentas bancarias. Para los nativos era un palo, pero para él era un gran
negocio, significaba la riqueza existente en la selva, la caoba, madera
preciosa, codiciada y deseada por propios y mercaderes de la extracción irracional.
Esta transacción comercial
había ocurrido a mucha distancia de la
ciudad, cuanto más lejos sea de la urbe mejor,
los lugares preferidos por los usureros eran aquellos donde la necesidad
se imponía sobre la satisfacción.
Entre los afluentes del Contayo y Santa Ana,
hacia el margen derecho existían montes virginales y de una de sus alturas
bajaba una vertiente conocido como la quebrada de Tarwacá. Allí, en las llanuras selváticas vivía Juan, quién
acostumbraba construir trochas para
cazar animales del monte y poder alimentar a su amada Luzmila. Era su forma
habitual de supervivir en la selva peruana. Los poblanos coincidían en
mencionar al nativo Juan de conocer el lugar donde se hallaban los
gigantes árboles, conocidos como caracolillos; estos árboles eran muy
requeridos por los ambiciosos madereros debido a su textura y hermosura,
la reina de los montes calurosos, un
apelativo apropiado para una especie en extinción.
Chimbeto hizo un segundo viaje
a estos lugares, había decidido no perder la confianza de Juan. Y al arribar
una vez más a los montes del Contayo, quiso por voluntad propia conversar
con éste, reacción impropia de Chimbeto
pero satisfactorio para sus planes. Después reconoció el grave error, al puro
estilo de cualquier usurero judío; en un
arrebato de ira, y luego de no ubicar a Juan, prefirió retirarse, había
despreciado a la cashibo Luzmila, por ser una anciana de edad muy avanzada
y negándole apoyo alimentario. La
avaricia de su subconsciencia fue más contundente que el acto humanitario
negado a la anciana Luzmila, prefiriendo
atracar en otro puerto luego de enterarse sobre la muerte de Juan.
El nativo Juan había fallecido
a pocos días y en vida el occiso era el
soporte de Luzmila, fue el marido e hijo a la vez, como afirmaban los lugareños
en su habitual forma de parlar; por la
diferencia de edad que era tan distante,
como de 80 contra 40 años, entre Luzmila y Juan, la gente los criticaba; razón había
para que exista un fuerte compromiso de
maternidad conyugal, antes que un
armonioso entendimiento de marido y esposa, por lo menos eso sentía Luzmila.
Sostenible y necesario para compartir muchos secretos en la soledad de la
espesura de la selva, con su único acompañante y por decisión de nuestra
salvaje humanidad.
El nativo Juan había muerto y
con él se llevó unos miles de soles, suma de dinero entregado por el
usurero, cuenta muy voluminosa que
satisfacía la codicia de Chimbeto. Juan había firmado un pagaré a favor de
Chimbeto. Cuando el nativo Juan le entregó la troza de caoba en un viaje
anterior, éste le dejó un adelanto en
víveres y otros objetos de uso domestico, generándose un enganche comercial de
cumplimiento futuro, vieja costumbre en este tipo de negocios. El “cho querido” como decía Luzmila al referirse a Juan, había
muerto en circunstancias no muy claras, llevándose con él el secreto del lugar donde se encontraba los
caracolillos. Por eso, causó un fuerte
malestar en Chimbeto los acontecimientos ocurridos en su ausencia; remordido
por la muerte de su deudor pensó
castigar al nativo, ignorando a la anciana Luzmila y yéndose a dormir al otro lado del rió, dejando a la
vetusta mujer en un mar de angustias por el hambre y la soledad.
Durante las noches siguientes
recurrían los fantasmas sobre Chimbeto, impidiéndole dormir en el silencio
bullicioso de la tranquilidad selvática y al no lograrlo,
perturbado por la decisión tomada, un poco más y los sueños incompletos
, interrumpidos por la tormentosa idea de frustrar su ambiciosa meta,
llenándose de plegarias de arrepentimiento, hasta que un buen día, motivado por
su conciencia decidió levantarse muy de madrugada, sin antes esperar que el día
irrumpa la oscuridad, hizo lo posible por
acercarse a Luzmila y resarcir su
actitud malévola. Chimbeto fue absorbido
por la angustia de la avaricia, nunca
aceptaría la derrota y el lamento para un negocio frustrado no eran válidos; a
pesar de sentir una frustración profunda en el ego de ambiciones reinantes en su futuro, aceptaba
en el subconsciente la veracidad de las supersticiones. Fue testigo durante la noche anterior, cuando el perro de la anciana aullaba con
fervor tesonero en el umbral de la choza donde vivía, anunciando con lamento
intuitivo el futuro de sus dueños; los hombres del campamento percibieron el macabro trance espiritual entre el mundo real
y la tímida imaginación humana. La anciana Luzmila había muerto de soledad y
aislamiento, antes que el hambre hiciera
estragos en su acabado cuerpo, su
“cho querido” lo llevó al lado suyo y también se llevaron
definitivamente el secreto de la madera preciada al cofre vidrioso del
infinito.
Los días que estuvo Chimbeto
en el velorio de Luzmila, pudo congregarse
con la numerosa gentuza de las
riberas lugareñas, en la estrategia de éste ambicioso personaje había
surtido la idea de reunirlos, para obtener una buena información sobre el manchal de madera, no
más le animaba que otra cosa, de lograr su objetivo principal. Para ello llevo mucho licor industrial,
masticaron coca, fumaron mapachos y consumieron masato, hasta sentirse hastiados y envilecidos por el ardor de la noche y tanto como por la
necesidad de dormir, cayendo en un
profundo letargo, hasta ser absorbidos por la confianza de la absorta selva aguaytiana. Nadie vio ni
escuchó la melodía, salía del alma de achquinvieja, algo como un susurro
del monte expresado en dulce canto, solo
el viento hacía circular en las oleadas
del río el verso y encanto del sentir de
Luzmila:
-
“ Azúcar me negaste, pan que no me entregaste, de mi puerto te alejaste
y tú me abandonaste ”
Ya de día, Chimbeto decidió
regresar a la ciudad a preparar una nueva expedición y buscar un mayor
financiamiento para sus travesías. Tenía que convencer a los dueños del dinero para que inviertan
con confianza en esta osada y ambiciosa expedición. No todo estaba perdido.
Depositaba toda su confianza en Juan, sabía por deducción que existía ese
tesoro de madera, tenía que tener paciencia y mucho coraje.
Chimbeto había centrado su
estrategia en demostrar lo viable
del negocio, mediante su poderoso don de
convencimiento, para él era lo mejor que tenía, el “floro” versado que
brotaba de sus labios carnosos.
Convencer a los inversionistas madereros para que financien una segunda
expedición, era tan difícil, posiblemente
como pretender revivir al nativo Juan. Entonces, obedeciendo a su ego y
antes del desayuno salió de su casa en busca de los “platashapas”, visitarlos
de uno a uno y a otro usurero como él, le parecía palidecer; luego, cuando
perdió la vergüenza, pensó en el
mismo discurso palanganero de siempre,
se acercaría con la destreza del otorongo, inventaría mil estrofas, de tal modo
que pueda rimar con el objetivo principal. Antes, en el calor del hogar
perfeccionaba sus palabras, día a
día repetir el son de la
orquesta que llevaba en su interior; parlando y caminando por el patio
trasero. No dudaba en usar la madrugada
e implorar mediante rezos al Dios de costumbre, con el firme convencimiento
de lograr su cometido. La persistencia
tuvo un peso gravitante, de tanta insistencia logró convencer al financista.
Conseguido el financiamiento que requería y antes de su viaje, como era de
costumbre, direccionó sus pasos al puerto de la ciudad, con el objeto de
comprar una tinada de pescado fresco y un racimo de plátano verde. El desayuno
de esa mañana serviría para conglomerar
y deleitar un agradable desayuno junto a su familia.
Ya en el campamento, después
de largos días de viaje, puso en práctica las estrategias diseñadas con el
financista. Hubo espacio para guardar en su memoria algunos consejos del dueño
de la plata. Antes de partir al monte hizo sus oraciones de costumbre, por la
madrugada, pronunciando plegarias y alabanzas al dios de sus múltiples
necesidades.
Chimbeto, tenía decidido
actuar con urgencia y severidad, no dormía pensando siempre en el manchal de
caoba y la simple obligación de cumplir
con su deuda asumida con el inversor, devolver la plata prestada significaba un
pesado compromiso, en todo caso debería de conseguir si o si los árboles
de madera, los trozaría en medidas adecuadas y luego disponer de muchos
peones para arrastrarlos desde el monte
a costa de su propio riesgo.
Otro día salió muy temprano
cogiendo un machete, la escopeta y su alforja lleno de una porción de fariña
para consumirlo cuando el hambre y la sed le obligaran. Caminó un largo
tramo hasta un lugar intransitable, no
pudo avanzar más, en la medida que se oponían las hierbas cortantes y los
espinosos arbustos; el hostigamiento de
los mosquitos al interior de la espesura selvática lo agobiaban, martirizándolo en sus ideas y los objetivos.
Absorbido y sofocado por la selva, tuvo que salir del monte, con el rostro
cabizbajo y meditabundo, de perfil
enfermizo por la rabia acumulada, al no haber logrado su cometido. Odiaba su existencia, reprochaba
su estado y no encontraba complacencia con su entorno. Con el ánimo derrotado y
con poca paciencia para comer el sabroso caldo de carne de majaz.
Después de esa experiencia
frustrada, en Chimbeto se acabaron las esperanzas, como consecuencia, las
noches siguientes se convirtieron en auto torturas, cúmulos de pesadillas y más pesadillas; mostrando ante los peones un
rarísimo y extraño proceder, salía de su cama y daba caminatas de perdido,
expectoraba el tosco humo del mapacho que fumaba y frunciendo su rostro en hiel
pura, hacía sentir una sensación de rabia, actos que asustaba a los peones. Ellos, la peonada, habían
sentido la muerte en la noche pasada,
aceptando temerosos los rumores y mitos, reviviendo el mundo ficticio
constantemente, durante las noches el proscrito verbo del temor invadía el
campamento, tanto los previos y antes de
trasladarse a sus acostumbradas camas, se resaltaba los misterios de Juan y
Luzmila, esas que afirmaban sobre las almas y de tanta atención a las
charlas quedaban impregnados al interior
de sus mentes. Los extendidos hombres del campamento se sentían temerosos, aun
durmiendo juntos, sobre la misma listonería de finas ponas. Historias extraídas de
la madre selva, desde las sombras
del bosque sentían que las ánimas
asomaban sobre sus erizados cuerpos.
Fermín, un habilidoso hombre
de la selva se acercó a Chimbeto,
ofreciendo un posible auxilio y tal vez
algo de consuelo a las atormentadas ambiciones de hombre de negocios. Chimbeto vio en el fiel peón cierta bondad,
se llenó de la vergüenza, haciéndole caso le llamó a un costado del campamento,
lejos del oído de los otros peones y
pregunto a Fermín de las cosas
extrañas que decía haber visto el día anterior.
- ¡Sí! “mi patroncito hemos visto que la parca bajaba sobre una balsa en medio río y el tunche silbaba muy cercano al campamento, pretendiendo algo
de aquí.”- Le dijo Fermín.
- ¡Si cho! Contestó Chimbeto, yo
mismo presiento que la muerte se apodera
de mis tormentosos sueños. El rostro de la anciana Luzmila se presenta rigurosamente en mi mente y
siento que estrangula mi garganta, quitándome muchas veces la respiración.
Ayúdame hermano no pienso morir tan joven y lejos de mi familia, pero tampoco
puedo irme sin llevar madera de este lugar.
Algunos afirmaban que Chimbeto creció en la sierra de Huánuco
y su niñez fue de mucha decadencia en las necesidades, ambicionaba salir de esa
situación de pobreza. Llegó a la selva
inhóspita en busca de caminos sólidos para su juventud y pretendía lograr
jubilación anticipada con las cosas que había descubierto en esta parte del
planeta.
- “Tanta riqueza para poca gente que no ambicionaba nada”, se respondía él mismo ante una serie de
conjeturas e interrogantes que
agobiaban sus apreciaciones de
codicioso hombre de negocios.
Tantas
veces repetía algunas frases, cuando tenía que refutar a sus adversarios tales
como:
- “Cuando muera, como todo serrano
pateo y al surcar el río escupo como el
bufeo“- comentaba en son de mostrar su
terca actitud y de claro resentimiento social-
- “Claro no soy un improvisado, soy un hombre con ganas de ser rico y esta
vez se presenta mi oportunidad para lograr que la caoba sea mío y luego los
multiplicaré por el buen precio que tienen en el mercado. Y así terminaría mi trajinar.” -
Decía otras veces-.
Otros contaban que el origen de Chimbeto estaba
por el bajo Ucayali y su descendencia provenía de los conquistadores
portugueses. El apelativo de Chimbeto lo llevaba desde muy tierno, porque le
gustaba chimbar los plátanos en el puerto. Y de cierto en el puerto de los ríos
de la selva hay muchos chimbadores que conocen variados secretos de la indómita
selva peruana.
En el campamento se notaba el
vacío y silencio absoluto, porque todos fueron al monte a construir caminos,
como mateando los árboles de interés
comercial y al mismo tiempo, ubicar la trocha con dirección a las caobas que el nativo Juan había descrito; como de siempre, Chimbeto ordenaba con mucho rigor a la
peonada que estuvo en su entorno. Durante todo el día intentaron
constantemente lograr el objetivo,
siendo impedidos por el día que se retiraba atrayendo un nuevo anochecer. Chimbeto regresó cansado y
agobiado una vez más, ya eran las 5 de la tarde, para él no fue suficiente y con la rabia en
su interior empezó a girar con el machete en la mano, golpeando con fuerza
sobre la foresta que se encontraba en el camino, siendo absorbido por un ánimo ulceroso e impregnado de una ira que
se manifestaba en rara fiebre maligna,
ésta empezó a deteriorar su salud.
Chimbeto cayó en cama
retorciéndose de una seria
dolencia, que le causaba una alta
temperatura en su cuerpo, su estado anímico incrementaba la angustia en su
mente confusa; su cuerpo se encogía de punta a punta, las manos se juntaban y
los pies también, era un apretón de músculos; tanto, tanto de contraído el
cuerpo, casi en su totalidad, incluso sentía
el quebrantamiento de los huesos. En él se había iniciado un trance, al
parecer irreversible, tal vez nunca llegaría a lograr su objetivo.
Deliraba silenciosamente en un infinito
de ideas, eternamente absorbido por su codicia en la madera preciada, mientras,
su cuerpo continuaba en una metamorfosis
compulsiva. Ninguno de los
peones pretendieron acercarse a él, conociendo de su carácter; solo Fermín tuvo
la osadía de brindarle una esperanza de salvación.
- ¿Patroncito está enfermo usted?
- Si, Fermín y siento que la vida se acaba para mí.
- Usted está con mal del Monte patroncito.
- Yo le voy a curar patroncito, ahurita regreso patroncito………………
A Fermín, también le decían Quirombo, quién no dudo en tomar el machete para iniciar un recorrido al
interior del monte, en plena noche,
inmerso en la espesa selva, en un
laberinto tenebroso, ya nadie intentaba caminar dentro de ella sin antes tener
la suficiente experiencia en andar por la
oscuridad y en un potencial peligro, a esas horas muchas alimañas osaban transitar
o la sola idea de imaginación timorata
aplastaba la pura realidad. Quirombo era un viejo y osado montaraz, cuantas
veces había proveído de carne de monte al campamento, tarea realizada en las
tantas noches de invierno y mejor en
verano. Recordamos cuando en una sola noche
se escucho una cadena de disparos de escopeta, cuanto efecto de los
perdigones de plomo, sobre la espesura y atravesar las curtidas pieles de los
majaces, luego, en la barbacoa se mostraba el botín, hecho carne ahumada.
Varias
horas transcurrieron y luego de haber ingresado al monte, en Quirombo podías encontrar una serie de
misterios, éste regresó al campamento pensando en muchas cosas, pero la
fidelidad era más grande que sus efímeras ideas de traición, hizo lo que su
humanidad indicaba, regresando con un grueso paquete de raíces de Wasai, con el
cual preparó un ferroso, oscuro y amargo brebaje; líquido que serviría a
Chimbeto para que lo beba luego de un proceso de maceramiento y enfriamiento en
el misterioso secreto del cosmos celestial.
- Lo tomas cuando se enfrié y deja primero que el sereno lo cuaje.
El
requisito indispensable para una buena sanación, de diversas enfermedades, en
base a yerbas exóticas de la selva peruana, pasaba por ser sometida al “sereno”
de la densa masa de aire, caído de la
atmosfera sobre el néctar afrodisiaco.
Esa noche, Quirombo acompañaba al convaleciente,
sentado sobre un tuco y muy cerca, masticando coca, expectorando sendas
bocanadas de humo y confundiéndose en concierto con los bichos, al ritmo del armonioso rito, abrigado por la espesura de
la selva, pretendiendo opacar los
lamentos de Chimbeto, quién gemía con
intrínseco pesar, sobre su lecho yacía aturdido por la descompensación en su
organismo. De los tantos quejidos y calambres uno de ellos sobresalía, ese
dolor sensible, manifestado, al escuchar el silbido de la jergona; ocurría
esto, en momentos que la serpiente cuidaba de sus huevos, en acecho por algún
lugar cercano al campamento. Mientras, todos dormían en turbulencia y capturados
por la profundidad del sueño, en esta inerte tendencia, poco se podía esperar
de ellos, para consolar el sufrimiento
de Chimbeto. Mucho antes y por ratos
maldecía el momento que lo trajo por estos lugares y en otro momento del
acelerado tiempo reafirmaba su conveniencia, en el ideal por lograr ubicar el
monte de caoba, sabía que se encontraba
en un rincón de la selva y muy cercano a su pesado cuerpo. Perturbado por la
enfermedad rara y el peso de su propia conciencia, sin antes, dejar que el sereno de la noche intente
cuajar el brebaje, en su punto milagroso, ya Chimbeto ingería la pócima herrumbrosa y amarga, haciendo uso
de los brazos atrofiados por la rara enfermedad y no sus manos, cogiendo el
tazón y besándolo con sus adormecidos
labios, en un ánimo de beber la última gota del néctar. Fue como un fulminante
rayo caído sobre la copa de un árbol, absorbido
en vértigo, hasta desmayarse;
sujeto al inconsciente del
cerebro, atrapado por el encanto y la
magia de la savia absorbida, inmerso en
los átomos extraños de la raíz de Wasai, quebrado al devenir de los efectos del
trance y empezó a circular por el torrentoso circuito sanguíneo de su cuerpo.
En su diezmado inconsciente, momentos
más tarde, luego y en su acurrucado
sueño, sintió viajar por el espacio, vagando sin rumbo, en un silencio
demasiado curioso. Compenetrado en el acto ritual de la naturaleza, junto a los
bichos y plantas del monte, empezó una sesión tan parecida y propia de
ayawasqueros. Absorbido por el dulce e intrínseco sonido a metal
fino, melodioso equilibrio con lo
desconocido, esta que había atrapado al subconsciente de Chimbeto, invitándolo a cruzar por el puente
que se hizo, al caer el árbol de Lopuna, producto de un rayo nacido de una
tormenta lluviosa. Delante de él danzaban los pequeños seres de la naturaleza,
sobre la punta de los pies-pezuñas; todos y cada uno de ellos cargaba una
herramienta de trabajo. Uno y solo uno dirigía con sus manos el bastón de mando
de la melodía.
Al tomar
el brebaje, Chimbeto cayó en un profundo desmayo, sintiendo en su cuerpo la
densidad del plomo, pesado e intentando regresar a su estado normal, copado por
las punzadas sobre su piel calcinada;
el flujo condensado de energía caía
sobre las partes de su maltratado y
desordenado cuerpo, intentaba recuperar la armonía de su estructura
física. Solo un halo mágico lo ayudaría
a superar el trance. El brebaje ingreso
por sus vísceras y lo sentía al fluir el néctar de la sanidad, permitiendo que la
espiritualidad del brebaje deposite el bienestar de la sanación. Lo cierto es,
con un gemido desapercibido, en momentos que sufría el enfermizo dolor y el desarrollo de la
metamorfosis en su cuerpo, llegó a palpar, en el silencio, a través de ondas
magnéticas avanzando por el espacio, gemidos que fueron captados en el reino
de las Tangaranas y estas, procesaron el
sufrimiento humano, compadeciéndose del
enfermo; los insectos obedecieron el mandato del Apu del monte, decidieron
trasladarse al lecho de Chimbeto,
llevándole reciprocidad en la salud y fortaleza espiritual.
La noche fue testigo de un acto armonioso solo
ocurrente en la naturaleza, para testigo de los hechos y la propia jergona que
continuaba silbando, durante el proceso
y con la convicción de colaborar en la persuasión de los espíritus del monte,
montaraz, coca, brebaje y enfermo se confundían en la naturalidad del momento.
Fue una
noche particular, los cielos se tornaron de relámpagos y truenos,
anunciando las lluvias y la creciente. La quebrada de Tarwaca en pocos minutos
había crecido en su volumen, se podía ver las primeras señas de las espumas del
río embravecido, el arrastre de los troncos y el balbuceo de la creciente, los
animales del monte callaron en sus chillidos y los peones sacaron sus abrigos
para encoger más sus cuerpos, en busca de un mayor calor en sus camas. De
Chimbeto nadie preguntó hasta el amanecer, solo, cuando fueron a su cama a
despertarlo y averiguar sobre su estado de salud, encontraron una amplia mancha
oscura del brebaje derramado sobre la tarima
donde dormía, pero él no se hallaba. Pensaron que se había levantado, como
todos los días hacía, ir a bañarse en la
quebrada, en busca de la frescura del agua cristalina del Tarwaca; de él no se logró
ubicarlo, de su presencia física y su propia alma para nada.
Agudizándose la búsqueda, esperanzados
en alguna seña del patrón, no hubo forma de comprender el suceso, fue
así como se inició un agudo conflicto, entre la realidad y los mitos existentes
en la colectividad. De Chimbeto no se supo más.
Los peones, distraídos por el percance,
esperaron con tolerancia, observando el enjambre de estrellas, en dos noches
consecutivas, pensando que el patrón
podría aparecer en cualquier
momento. Mientras, una comisión fue nombrada para ir a los demás campamentos,
en el supuesto que podría estar en
alguno de ellos. El patrón tenía la costumbre de caminar y conversar con los vecinos sobre
temas diversos. También, se conformó una comisión con la misión de ir a la ciudad en busca de los familiares de
Chimbeto, esperanzados de encontrarlo en el calor del hogar.
Resulta que, Chimbeto había logrado superar el
mal momento en su salud, el recuperarse se debía a la relación del brebaje
ingerido y los misteriosos elementos que lo llevaron a la sanación, hasta el último golpe realizado por los
guardianes del monte, la sanación que recibió sobre su cuerpo y el encanto musical que pretendía
llevarlo al mundo de las tangaranas, obedecía a otros criterios y
su propia oposición al hecho, le hizo sentirse
bien. El, había dejado la cama para realizar sus paseos rutinarios, por el perímetro del
campamento y pretendía ordenar a los peones, como hacía por costumbre. En su
rostro y pensamiento no había cambiado la idea codiciosa por el manchal de
caoba. Al sentirse incomodo, ante un hecho inconcebible, nadie obedecía sus
órdenes, entonces levantó la voz y hacer sentir su autoridad, sin lograrlo.
Tomó el látigo, con un despiadado intento por azotar a los nativos, lo mismo
que antes, nadie mostraba obediencia, por lo que sentía perderse en la fuerza
del viento. Imprevistamente, ese día,
por la mañana, los peones sintieron un extraño ventarrón, en forma de remolino,
sacudiendo las cabañas en el campamento.
Superando lo dicho por las malas bocas, esas que auguraban a la muerte,
reforzaron la idea de continuar en la búsqueda del patrón.
- ¿Por qué no me escuchan?- Chimbeto daba órdenes y ellos no escuchaban.
El viento huracanado casi levantaba el techo
construido con hojas de shapaja y la
lluvia torrencial repetía su precipitación sobre el monte, obligando a los hombres de Chimbeto a
regocijarse en sus camas y esperar un mejor estado climático para continuar con
la búsqueda del patrón. Solo Quirombo sentía al patrón, sabía que era el espíritu de él, no fue necesario compartir con los otros, por
temor a que lo acusen de su desaparición.
Ocurría, que Chimbeto había aceptado un
pacto con los Apus del monte, agradeció su sanación y les
pidió con especial énfasis, que lo condujeran al interior de la selva, lo lleven
por la trocha de Juan. Las tangaranas por intuición armoniosa y de
perseverancia solidaria con su propia naturaleza, aceptaron trasladar el cuerpo
de Chimbeto al interior de la selva,
previamente le habían condicionado a dejar su espíritu codicioso en el
campamento. Chimbeto, sin pensarlo mucho,
aceptó el trato con ellos a cambio de recuperar por completo su salud
y sentenciado a olvidarse de la tala de
los árboles gigantes. Antes de la aparición del alba, en momentos que Chimbeto
sentía un arreglo corporal y con ganas por despertar, las tangaranas cargaron con energía el
ambiente, rodeando el cuerpo con un halo energético y con la delicadeza del
caso alzaron el cuerpo, trasladándolo por trochas y quebradas; recorriendo manantiales y
cruzando sobre puentes formados por gruesos árboles petrificados. Recorrían
por socavones existentes, debajo de la
foresta y atravesaban laberintos. Las poblaciones del bosque confundidos en
tareas específicas, dispersos en su interior, resolvían el enigma de la vida.
Más adelante, como el espejo que se quiebra por una fuerza superior, así, se
abrieron los ojos de Chimbeto, había llegado al lugar conocido por Juan. Frente
a sus ojos se encontraba el caobal que el nativo Juan, en vida había descrito,
luego igualaba la suma de sus dedos con los dígitos a usar, en su intento
por determinar la cantidad de árboles
visto por su vista. Eran los gigantes árboles de madera preciosa, estas crecían
a distancias cortas y fácilmente se podía magnificar la densidad; árboles
diluvianos, levantándose hacia el umbral del cielo y generando una sensación de
naturaleza incomparable. Los ojos de chimbeto relucieron una vez más de codicia
y no le interesó completar su sanación, fue dominado por las ambiciones
terrenales, Rompió el halo energético que lo desplazaba, para iniciar un
exterminio de las tangaranas, y ellas,
por miles caían muertos, tratando de defenderse de la decidía y codicia del
hombre de negocios. Chimbeto había traicionado a los diminutos animalillos. El ventarrón de esa tarde trasladó el espíritu de
Chimbeto, desde el campamento, hacia el interior del monte, llevándolo ahí
donde se hallaba su cuerpo inerte, junto a las caobas.
Chimbeto
podía ver a sus hombres pero ellos no lo sentían. Se dio cuenta que una
circuncisión lo atrapaba, separándolo del resto, su espíritu vagaba sobre ese territorio y sus
órdenes se dispersaban en el sonido de la brisa. Recordó los momentos de transe
en la que se encontraba y la presencia de los animalillos sobre su cuerpo. A la
claridad del pensamiento, convencido de
la situación, afirmaba, que no fueron las
hormigas las que trabajaron sobre su cuerpo, sino, unos pequeños seres
antropomorfos de prominentes pezuñas, de largas cabelleras y ojos vigilantes.
Quienes, danzando al compás de una mágica música y otros montados sobre las
coloradas hormigas llegaron al lecho para recomponer y sanarlo de su mal, tratando de hacerle
entender que su ambición capturó la enfermedad, haciéndose crónica por la misma
mentalidad que agobia a todo depredador y ellos, no más, deseaban convivir con el hombre en
mutua y eterna reciprocidad.
Chimbeto, despertó al lado de los árboles
preciados, la magia del brebaje ingerido había pasado. La ambición unía
nuevamente en cuerpo y espíritu a Chimbeto, este priorizó una caminata, de canto a canto, sobre el
terreno donde se hallaba el manchal de madera, tratando de contarlos de uno a
uno y midiendo el diámetro de cada uno, calculaba los metros cúbicos de madera
que se llevaría, multiplicaba por los
soles que ganaría al ponerlo en el aserradero. Eran millones y miles de soles
que recibiría como fortuna a costa de la benigna naturaleza. Tanto fue su ambición desenfrenada, decidiéndose a señalar
con las iniciales de su nombre sobre el
fuste de los árboles, haciendo uso de piedras filosas y de sus uñas, hasta
abrir un grueso tajo de la letra de su
apellido.
Así estuvo Chimbeto, durante varias semanas,
prisionero de sus ambiciones, comiendo de las yerbas y tomando las aguas de los
bejucos; cuidando y junto a lo que deseaba con tanto frenesí, allí deambulaba
de árbol en árbol, haciendo planes secretos y generándose ideas para cuando
regresara a la ciudad.
De las tantas caminatas y repetidas andanzas
sobre el mismo terreno, pensó en cierto momento regresar al campamento, de
todos modos requería de la mano de obra de su gente, para él era mucho
el trabajo y había decidido buscar
la trocha de regreso. Ni por el norte
ni por el sur; ni siquiera por el este ni el oeste, siempre volvía al mismo lugar. No podía encontrar la trocha
por donde las tangaranas habían abierto. Así se iniciaba un nuevo esquema
de tormentos para Chimbeto; sentía repetirse los mismos síntomas de la
enfermedad anterior, con presencia de un mayor trance fisiológico,
similar, cuando cayó en cama por primera
vez en el campamento. Así transcurrieron muchos días, Chimbeto no lograba salir
del monte donde crecían los caobales.
Chimbeto
aceptaba su situación, se sentía perdido,
la sed lo agobiaba y tuvo que
recurrir a uno de los vegetales, de esa que colgaba del gigantesco árbol
de caoba, una especie de soga, que al
cortarlo emana un líquido cristalino, servía para saciar
su sed. Cada hora que pasaba y los días
que se acumulaban fueron suficientes para que Chimbeto cayera en una profunda
depresión, más, los síntomas de la
enfermedad hacían crecer abundantes bellos sobre su epidermis, en forma de cerdas y atravesaban las ropas
haraposas que llevaba puesto; también los dedos de los pies y sus manos crecían de tamaño, transformándose en raíces y ramas sin que pueda impedirlo,
cambiaba su fisonomía humana a la forma de bejucos, similares a los que usó
para saciar su sed.
Esa tarde, antes de la metamorfosis, un flujo de
cansancio desmesurado agobiaba a Chimbeto, sentía asfixiarse de tanto pretender
ubicar la trocha de salida hacia el campamento; agotado y convencido optó por
sentarse al costado de una de las aletas de
la frondosa caoba. Chimbeto respiraba lenta y muy profundamente, pensando con aguda preocupación sobre la situación en la que se encontraba;
recordaba su infancia, a la familia y los negocios que quedaron pendientes por
su torpe decisión y profundamente
agobiado de ello, psicológicamente
vencido; tendría que salir a como dé lugar de ese monte, pero a nadie
permitiría que sus caobas sean descubiertas, tuvo temor que se lo quiten. Demasiado tarde para él, pudo
darse cuenta que sus pies habían
crecido, imposibilitado de dar un paso y peor aún, se introducían hacia el suelo, como cualquier vegetal en
busca de nutrientes terrestre. Temeroso
al visualizar el acercamiento de un enjambre de hormigas gigantes,
aquellos que no dudan en mostrar el coraje por auto defenderse, Ya no eran las
hormigas pequeñas de color rojizo. Estos eran oscuros y más grandes. Convencido
de los estragos que harían cuando topen su cuerpo y así sea, lucharía para que
no lo separen del tesoro.
- Esos animalejos no pueden impedir mi objetivo - logró balbucear-.
Las isulas inyectaron sus dardos y venenos sobre el cuerpo de Chimbeto, el líquido
inyectado y su desesperación por escapar
estimularon a sus brazos a crecer más y
más, estirándose y abrazando
al fuste del árbol.
Y así fue, tal conforme crecía en la mente de
Chimbeto la codicia y propiedad sobre la
caoba, también le crecían las raíces en
los pies y los brazos convertido en frondosas ramas, erguido por el total de
sus vertebras, estirándose como la soga y trenzándose férreamente sobre el
tronco del árbol, demostrando de ese modo la febril intención de no
separarse de las caobas.
Chimbeto
iniciaba un proceso de metamorfosis irreversible, la magia del brebaje
preparado con raíz de Wasai había dejado de tener efecto, porque fue
reemplazado por la mezcla del cristalino
liquido emanado de la soga que tomó al cortarla y la química del insumo producido
por las picaduras de las isulas, todo ello implicaba una retrospección de la
magia existente en la naturaleza. Las clarinas aguas del bejuco se mezclaron
con los oscuros componentes del veneno de la isula, para formar un coloide
especial, capaz de modificar la genética de cualquier ser vivo.
Esa quinta
noche del mes de mayo, se reunieron los pocos peones que se quedaron en
el campamento y acordaron nuevas estrategias por cumplir al día siguiente, algo
así como un último intento para encontrar a Chimbeto.
De Chimbeto no se supo más, luego de desaparecer misteriosamente del
campamento. La noche siguiente el búho empezó a puquear desde la oscuridad y
obligando cuantas veces a despertarse a
los peones para contestar:
- ¡Ju! ¡juhuuuuuuuuu!
Al día
posterior, luego de confirmar la extraña
ausencia del patrón, se hizo un alboroto total,
las cocineras prepararon el desayuno y los fiambres; se organizaron tres
expediciones, cada grupo con machete y escopeta en mano, otros con pitos y
bombos para iniciar la búsqueda. El bochorno se había apoderado del
ambiente, el sudor en el rostro de
los comisionados y un breve viento que
refrescaba la espesura. Partieron todos golpeando los tambores, soplando los
pitos y algunos disparos de la escopeta enviaban al aire una lluvia de
perdigones de plomo. Exactamente, al medio día, uno de los grupos pasó por un
nido de tangaranas y antes, limpiaron con el machete, cortando las filudas hojas de una yerba, esa
que impedía llegar al kepí de Chimbeto. Un enjambre de animalillos continuaban
sobre el gorro, cortándola con sus potentes mandíbulas, todavía se podía ver el
sudor grasoso, impregnado en la contratapa de gorro; pero, las hormigas se
mantenían concentradas, apretando con sus colmillos los pocos hilos sobrantes,
de ese modo atacaban a todo invasor que intentaba profanar su hábitat
natural. Entusiasmados por los indicios
encontrados del patrón, pensaron ubicarlo muy cerca, luego del ataque de las
hormigas tangaranas, al final rodearon el sanangal, esquivaron el nido y con el ánimo de no
pelear con las hormigas; cierto era justificable la férrea resistencia que
mostraron las furiosas tangaranas, eso pudo ser el motivo que hizo escapar a
Chimbeto. Esa noche fue de cierta insatisfacción y cansancio,
nuevamente se juntaron y
construyeron un campamento provisional, prendieron la fogata y cocinaron el
añuje que habían cazado de temprano. Se
durmieron con la esperanza de encontrar vivo al patrón.
El amanecer
apareció junto a ellos, con la frescura del roció impregnado en las
plantas, parecía ser de un buen anuncio; uno de los mingueros dio aviso a
todos, luego de enterarse, que metros más abajo había una gran trocha, en
ella se mostraba las huellas de la
pisada de los animales silvestres, estos que por costumbre transitan dejando huellas, en señal de la
existencia de una colpa. El sendero conducía hacia un desfiladero de roca
maciza, la que tenía un parecido a la quilla de un buque. Desde esa cúspide de roca ígnea se
podía divisar el pequeño riachuelo,
bajaba desde la espesura de la selva. En las paredes de la roca se
notaba las ondulaciones dejadas por el golpe de
oleadas de agua; sabían los trocheros, sobre el choque de las aguas del río, esto ocurría
cuando se daba la creciente. Convencidos
del lugar, por el sumo peligro y
de las condiciones adversas para ellos,
en caso que sucediera repentinamente en esos momentos una gran tormenta de
lluvias, algo que no podían predecir ante las ocurrencias
de la naturaleza, en descargar su furia repentinamente. Los peones decidieron bajar
de lo alto del “buque” y beber el dulce liquido del riachuelo de la quebrada,
también pescaron sábalos y bocachicos,
peces que sirvieron para preparar luego un delicioso chilcano y
satisfacer el hambre. Repentinamente apareció una densa neblina sobre ellos,
los había cubierto y se escuchó el bramido desde su interior; todos abrazaron
sus armas, entre machetes y escopetas, ante el peligro que se anunciaba
decidieron guardar precaución.
- ¡Brouarrrr!
- Es el tigre ¡cho!
Algo parecido había ocurrido en otro lugar
similar al presente, cuando desde las oscuras nubes salió el puma negro y atacó
a una expedición de estudiosos científicos, matando a varias personas. Eso
ocurría en los montes vírgenes, donde el hombre era un elemento extraño y
perjudicial para la naturaleza. Posteriormente y disipándose los rumores de la
alarma generado por los vivientes del monte, se sentaron a consumir sus
meriendas y otros buscaron la sombra de
los árboles en busca de un breve descanso, a fin de continuar luego la tarea.
Fueron esos los momentos y se dejó sentir los aullidos, generándose un alboroto y todos al libre albedrío
corrieron en busca de protección gritando de dolor:
- ¡Uy!
¡Ay! ¡Corran! ¡Corran!
Voceaba uno de ellos.
- ¡Isula!
¡Isula! También aullaba el
Quirombo.
Saltaron y buscaron protección ingresando al
riachuelo, con el temor de ser atacados
nuevamente. Las isulas habían pinchado las piernas y manos de los condolidos
rescatistas, tanto así que buscaban remediar, orinado las partes afectadas por los picazones de las
hormigas gigantes y así, pretendiendo calmar el intenso dolor de la
picadura. Solo Quirombo escapó por las
colinas, subiendo la otra ladera del monte, era imposible pelear con las
hormigas y lo mejor era escapar lo más lejos posible de las isulas, a sabiendas que las
picaduras de una decena de ellas podían matarlo. Y así fue, hasta que de
una brusca caída, cuando escapaba, cayó a través de un hoyo abierto en la
espesura selvática, rodando varios metros, se dio con la sorpresa que frente a
sus ojos se levantaba un inmenso árbol de apariencia conocida. Quirombo había encontrado el monte de las
caobas, aquellas que eran la codicia de su patrón.
- ¡Ujujuyyyyyyyyyy! ¡ujujuyyyyyyyyyyyyy¡ - vociferaba tan alegremente.
¡Vengan ¡
¡ vengan todos ……. Aquí esta lo que el patrón quería!
Las isulas eran los guardianes de las caobas,
ellas cuidaban de la majestuosidad de los árboles preciosos. Y en su intento
por rechazar a los intrusos, habían logrado que Quirombo se encuentre con las maderas.
Los temerosos buscadores de Chimbeto tuvieron
que juntar hojarascas secas, luego hicieron fogata en varias partes, solo así
lograron espantar a las isulas. Una vez juntos retomaron el sendero por donde ingresaron, antes que el
fuego se extinga, subieron hasta lo más
alto de la roca madre conocido como el “buque”, de allí observaron como la
candela hacía cenizas del monte y las
llamas trepaban erguidas sobre uno de los árboles. Tanto fue la sorpresa y
desesperación, ante la reacción de las hormigas, prefiriendo huir y no percatarse de las consecuencias del
incendio que habían generado. Mayor fue
la impresión de los buscadores, luego de escuchar gritos aterradores,
tan parecidos como las órdenes del patrón. Consecutivamente, todos, de fino
olfato en sus narices sintieron olor a carne quemada. También vieron a los
cóndores sobrevolar el monte siniestrado,
estas aves se presentan cuando tienen que alimentarse de carne predispuesta. Las nubes de humo caldearon el ambiente produciéndose vientos huracanados y luego se acercaron
cargadas nubes de lluvias, las que cayeron sobre el incendiado bosque, apagando
todo esfuerzo del ardiente fuego de
pretender desaparecer la naturaleza viva.
Es una rutina de autorregulación atmosférica, de
un ecosistema natural, adscrito a esta parte de la selva de Aguaytía, donde se
forman nubes y se precipitan lluvias esporádicas; con dos horas de intensa
lluvias caídos en la cabecera de la
quebrada de Tarwacá, eran suficientes
para tener una creciente del río en magnitudes colosales. Este fenómeno se presentó, antes que los rescatistas logren atravesar el “buque“, siendo alcanzados por la creciente, amenazados con
ser arrastrados. Y sin duda alguna empezaron a construir una balsa con troncos
de Topa, bien amarrados con tamish y cortaron dos buenas tanganas. Luego y a un solo impulso decidieron soltarse
sobre las aguas de la quebrada, hasta esas horas de la tarde ya había
acumulado bastante agua, casi cien veces su tamaño normal. Ignorantes
del tiempo y la cantidad de horas que duraría el viaje, ni vueltas ni horas,
hasta que la noche capturaba las voluntades de cada uno de ellos, con inmenso
temor de sus vidas. Navegaron sin medir el tiempo en la noche, inmerso en un
tormentoso festín de miedo e incierto por el destino de sí mismos, hacia un
fatal final. Las aguas del río manifestaban
sus más antojadizas formas alegóricas. Unas veces eran los rasguños de
las ramas de los árboles de la espesa
selva; otras fueron los golpes en forma de látigo de aguas embravecidas, azotando sus lánguidos
cuerpos. Todos acurrucados y anudados a los troncos de la balsa con las sogas
de tamish, cayeron vencidos por el inmenso silencio. Cuando y ante la luz de
los relámpagos observaron que la fuerza del agua los llevaba a chocar contra el
Buque, sacaron las tanganas y estirándolas sobre la roca, lograron esquivar el
furibundo choque fatal. Más adelante,
las aguas del Aguaytia calmaron la arremetida de la creciente y furiosa
quebrada del Tarwacá, dispersándose en la fagocitante aguas del río madre. Así
llegaron los hombres ilesos y bastante asustados, fue Quirombo quién
generó risas, luego de los comentarios
de cada uno de ellos, sobre la posibilidad de ser tragados por la creciente y
la cobardía que se vivió en esos momentos.
Cerca al puerto y sobre un tabladillo de madera
se encontraron Quirombo y los demás peones de Chimbeto bebiendo licor de parroquianos, recordaban aquellos momentos
que les tocó vivir en la selva alta del rió Aguaytia. Todos reían, cuando
Quirombo acuso de maricas al resto, lo cierto es que casi fueron sepultados por
la furia de las aguas del Tarwacá, momentos tan difíciles que por cierto pasaron al olvido. Lo que no
podían olvidar es el juicio, al que fueron sometidos por la justicia, producto
de la denuncia de los familiares de Chimbeto. Cuando estuvieron en el tribunal
coincidieron en ratificar la misma versión que ofrecieron ante el juez,
fueron juzgados por homicidio
calificado. Purgaron largos años en la cárcel de la ciudad, acusados erróneamente
de haber matado a Chimbeto.
Lo cierto es, que, Chimbeto había logrado
encontrar el manchal de caoba, éste quiso usufructuar el hallazgo sin la
participación de sus principales colaboradores. Las picaduras de las isulas y
el cristalino liquido de la soga vegetal habían generado una química especial,
se había quebrado la voluntad de la naturaleza. Chimbeto había recibido el
néctar de sanación, expresado a través del sacrificio de las tangaranas y la raíz de Wasaí, contribuir y
curar los males de él, fue la señal del equilibrio y superar la crisis, cuando
estuvo por varios días convaleciente en su campamento. Luego los malos
espíritus se apoderaron de él, llevándolo
a los confines de la codicia. La metamorfosis culminó con satisfacer a
Chimbeto, si un brebaje te sana, existen otros que sirven para el escarmiento.
A la fecha muchos chimbetos surcan el río
impropiamente, apoderados de similares ilusiones, mientras la naturaleza espera
para brindarles nuevos retos y misterios. Aparentemente fáciles de superar,
pero muy difíciles para entender la
perpetuidad de nuestra relación con nuestro medio natural, confirmado por la
cosmovisión holística de hombre - naturaleza. Relación que es más que el
presente cuento.
GUAPO
Las bestias subían a la cumbre del cerro.
Bestias y hombres sorteaban las piedras
y las champas lodosas, los látigos ululando en el aire ordenaban a la recua para que marquen los
pasos con las huellas de sus pezuñas, estos, en obediencia absoluta marcaban el
paso sobre las otras, aquellas de un buen día invernal, aparentemente secos,
camino propio de los arrieros y los que evitaban desviarse del camino, por parte de las
bestias. Más adelante las voces del patrón y los ladridos de la jauría aldeana
apuraban la marcha, ante el clima que
amenazaba ser drástico en esta época de invierno.
-
¡Nisán carajo! peroraba el
jefe del grupo.
-
Tayta, el jirca nos acabará si
no hacemos descansar a los animales.
-
¡Que va carajo! estos animales
son ociosos como tú. ¡Empuja carajo!
El nuevo día se iniciaba a las 6 de la mañana en esta franja de la costa
peruana y en tiempos de invierno crudo; el crujir del catre viejo rompió el
silencio y el sueño de los que habitaban
la casa. Mamá Dionisia también estaba despierta, calladita como en las andinas tierras,
bien abierto los ojos, dando órdenes a
todos con la energía de una madre que luchaba contra el tiempo, exigiendo para
que se levanten los muy ociosos de sus hijos. Que se podía hacer ante el
terrible frío de invierno. Hacia el fondo de la casa, cerca al gallinero,
nuevamente se dejaba escuchar un quejido de cansancio, la mamá de papá vertía
de sus pulmones débiles voces de lamento. Luego, solo ella, con lentitud y
arrastrando unos bultos por el pasadizo de la casa salía con dirección al
mercado, para y como todos los días intentar vender sus ovillos de lana
sintética, más, las golosinas elaborados
en la casa.
Los
provincianos ya eran gigantes en la ciudad capital. Para Dionisia y la awecha
Hilaria el trabajo era un compromiso cotidiano,
deberían de realizarlo todos los días; no sabían conocer el descanso y cuando el negocio era bajo
entonces sacaban a relucir la magia de la ruda, golpeando con mucha arte la
mercadería, induciendo a un estilo propio de
marketing popular, es decir tratando de aplicar el efecto mágico de la
plantita, hasta lograr conquistar a los clientes.
En una de
esas mañanas de siempre y por costumbre
se prendía la radio, tratando de encontrar la frecuencia y escuchar los
huaynitos serranos, en el programa de uno de los más grandes folcloristas
vernaculares: Pizarro Cerrón; tiempo suficiente durante el cual podían
recuperar viejos recuerdos, nostalgias y pasiones, propio de los andes
serranos; trabajaban hasta horas
avanzadas, reciclando retazos de lana que ya no servían para la fábrica CROMOTEX, convirtiéndolos en redondos ovillos, los que servían para
tejer creativamente prendas de vestir,
muy preciosas. Esto era rutinario y de colectivo esfuerzo, habían descubierto una suerte de trabajo
digno antes que mendigar, además, se esmeraban por mejorar el producto final,
satisfaciendo el requerimiento de clientes selectos, que sabían apreciar el
arte de la mujer andina en el tejido de chompas y chales. Pude acompañar a mamá
Dionisia en cada mañana de “pera”, sintiéndome bien al alejarme de las garras del profesor de la escuela, me
llamaba un compromiso para acudir al mercado de Limoncillo, donde mamá se engalanaba de ofrecer el arte de sus
tejidos a mano. Dionisia era una mujer muy creativa, siempre era acosada
por las amigas que querían conocer
novedades en el tejido a palitos. Los
días que awecha vendía regularmente nos causaba alegría, porque podíamos
apreciar la dulzura del alma de nuestra abuelita, era una sensación osmótica de vitalidad, al ver que de sus bolsos sacaba abundante
frutas y lo repartía entre todos nosotros. Saltábamos y cantábamos con ella.
Otras veces no era la abuela de siempre, nos causaba tristeza; comentábamos
entre nosotros, afirmando que la causa del mal carácter de la abuela era por no
haber vendido lo suficiente. Teníamos que escapar de sus amargas arrugas, para
no disgustarlo más, pero a pesar de todo era imposible que ella renuncie a su
temperamental genio, solía castigarse muy severamente, negando todo alimento a
su estómago; así, en condiciones deprimentes se dirigía directamente a su
cuarto y depositado sobre su cama conversaba en quechua con ella misma, de cosas que no entendíamos y que nunca supimos
descifrar, eran tan raro los aspectos de su meditación. Posteriormente supe que
hablaba con los espíritus de su pueblo, tal vez con los Apus y sus ancestros.
-
¡Awecha, pasa a comer! Le llamaba mi hermana.
-
Y ella no contestaba.
-
¡Awecha ven a comer! Reiterábamos nuestro llamado.
-
¡Manan munanso! ¡Bota para los
perros! Nos contestaba con energía.
Pretender vencer
las cuestas de los cerros serranos era un esfuerzo rutinario de los
viajeros. Esta vez Barto acompañaba en
la tarea a su tío Guapo. De cierto, que el apelativo de Guapo era el más dulce
y consistente homenaje a este hombre de un carácter muy rígido, propio de los
hombres de antaño; rústicos, toscos y fuertes, tanto así, como invencibles
tenían que ser, en el afán por superar adversidades en el camino. Ser arriero
de una recua de cuadrúpedos no era un
oficio tan alegre. Peor, ya que el
gobierno central había decretado y tenía como política reprimir a los
traficantes del aguardiente y si por
descuido perdías el norte también los
abigeos y bandoleros disparaban desde las sombras y rocas, hasta matar y
quitarte la mercadería, y también, las
bestias. Esta vez los animales sentían el cansancio, llevaban sobre sus ancas
bolsas de cemento para construir la iglesia del pueblo de Guapo, también
cargaban una cantidad de comestibles. La recua resoplaba por el ojete masas
verdosas, acompañados de pestilentes pedos, los que se estrellaban en el suelo
hasta formar una masa de estiércol en forma de torta, todos ellos
uniformemente alineados en hileras,
posicionados sobre el camino, en espera del sol, el viento o la lluvia. En
otros casos transcurridos el tiempo, cuando regresaban por el mismo camino se
les encontraba aparentemente inertes, y en alusión a la férrea disciplina
militar, así se les podía hallar, en firmes y vistosas columnas; otras veces ya
no se les hallaba, porque fueron recolectados como bostas, para alimentar las
frías vicharras de los lugareños.
Tenían que pasar la zona peligrosa y llegar a
las chozas de piedra, ubicadas casi cerca al próximo pueblo. Allí comerían su fiambre de cancha y
queso. Así, de muy pronto fueron
alcanzados por el anochecer, luego, tanteados por los perros lanudos que a la
carrera y ladrando recibieron a los arrieros desconocidos.
-
¡Trazzzzzz! Silbó el látigo de
Guapo, muy cerca de Barto.
-
Otro latigazo más y ya los perros escapaban aullando, ante su
atrevida ofensa, recibieron el merecido castigo del látigo.
Pronto cayó la oscuridad de la noche, también la
lluvia, los truenos y relámpagos; brillando desde su interior una luz amenazante, con abundante intención de
soltar su furia el más atrevido holgazán, abrazando con su descarga eléctrica a
cualquier objeto terrestre; a todo elemento que por destino cósmico reciba el
cariño de la naturaleza viva. Final de la caminata y reparación del cansancio,
obligados a dormir plácidamente, rendidos ante el sepulcro atractivo de una
cama caliente y de buen gusto nocturno.
El día siguiente fue de mucho frío, los animales
comían apresurados el poco pasto que encontraron en el camino, tenían que
acelerar para superar la cuesta:
-
“un poco más”, “ahisito no más”-ordenaba Guapo a Barto- era una forma
de calcular la distancia por los lugareños.
-
Chacuan pasa a comer y no
estés negando a tu estómago, te puede hacer mal- le conminaba Dionisia.
-
No tengo hambre hija, ya estoy
vieja, además si tienes compasión me enterraras cuando me muera.
-
Pero awecha te haces mucho
daño, insistíamos todos.
Estas cortas discusiones terminaban como siempre en un derrotero de martirologio
mutuo y voluntario. Chacuan nunca cedía, con cerrar los ojos era suficiente
para no hablar más. Parecía que extrañaba mucho a su tierra domaína y maldecía
los momentos que decidió abandonarlos,
demasiado tarde para los arrepentimientos, no existía otra salida y viviría el
vía crucis inesperado en la gran
ciudad, ciudad insensible para todos los
provincianos.
Varias mañanas
el pajarito no cantaba sobre el umbral de la casa. Chacuan no podía
trabajar y por las tardes lloraba junto a la agonía del sol en occidente. Así fue hasta esa mañana de
invierno, cuando no podía levantarse de su cama debido a una enfermedad muy
difícil a deducir
-
Te sientes bien Chacuan? Pregunto Dionisia.
La awecha llamó a mamá Dionisia y enseño su
cuerpo, a la altura de los riñones se levantaba un tumor, formándose una bolsa
de agua y amenazaba reventarse, estas
ulceras generaba un olor demasiado pestilente. La abuela tenía obstruido los
filtros renales. Ni llantos ni culpas justificaban el pronto deceso de Chacuan.
Los animales no querían pasar el puente. La mula
que guiaba a la recua se paró firmemente en el camino y no avanzaba, ni
pretendía cruzar el río. El animal tenía decidido mediante el instinto a no
cruzar. Es que el riachuelo se había cargado de agua de lluvia, acumulado
durante la noche de tempestades y amenazaba con derrumbar el puente. Guapo,
creía en las supersticiones. Como bien
dicen, sobre los ojos visionarios de la mula para percibir el peligro,
por ser un engendro del diablo, entonces ella muy acertadamente anunciaba
desgracias. Guapo obedeció al animal y prefirió recluirse en una cueva, hasta
unas horas después, percatándose antes si la furia amenazante de la creciente
ya no significaba un problema. Presionado por el olfato de experimentado
arriero, en ese momento de mucho peligro, tomó la decisión de sacar a relucir
su escopeta Mauser y chacchando la coca en los momentos de espera, pensaba con
mucha precisión sobre el día siguiente. Algo anecdótico y perspicaz para él, la
hoja sagrada de coca no se mostraba tan dulce como siempre, eso le hizo
desconfiar puntualmente sobre su situación, tuvo que prevenirse y avisar a Barto para que se ponga
en alerta.
Así fue, sin mayores apuros decidieron quedarse un día más. Consecutivamente, ya de
madrugada, en la naciente alba se zafaron de sus abrigadas camas, cargaron las
bestias y continuaron el camino, preocupados
por la recia tarea de hacer llegar la mercadería a sus dueños.
-
¡Vamos Barto! tenemos que
avanzar y si la mula no quiere pasar le
meto bala.
-
La coca algo malo me anuncia.
Hay que estar vigilantes.-Habló Guapo-
Tuvo que poner al burro
adelante para pasar el puente, ya no era de peligro la quebrada, el nivel del
agua habíase reducido. Solo la mula se había quedado en la otra orilla: chúcara
y rebelde como nunca, pero al final por no quedar sola y lejos de la recua tuvo que brincar de su caprichosa decisión
hasta alcanzar a la manada.
No fue mucho el tiempo que transitaban por el
camino, lleno de barro y piedrecillas que salpicaban al caminar, cuando sintieron el tronar de una potente
escopeta y el zumbido de las esquirlas sobre sus cuerpos. La mula relinchaba y
encabritado por el plomo absorbido en su cuerpo se deslizo por la pendiente,
hasta caer a un profundo abismo. Eran los asaltantes de los caminos que
pretendían robar a Guapo. Ya la mula perecía en el fondo del abismo, se había
ido con el presagio manifestado horas antes.
-
Hijo ya no te veré más- Me decía la awecha como anunciando su
muerte.
-
Ya awecha, ten confianza en ti
misma y lucha por tu salud- tuve que contestarle hipócritamente.
La
batalla se inicio desde esa mañana. Los disparos se sucedían de uno y
otro lado, buscando acabar con el adversario.
La awecha
luchaba en su lecho por no ser vencido por la parca. Nosotros presentíamos lo
peor.
Guapo
peleaba en el campo de batalla junto a su escurridizo acompañante, quién le
alcanzaba las balas para recargar la
escopeta.
La abuela se moría muy lentamente. Ya las lágrimas
brotaban de nuestros profundos ojos.
Había caído un bandolero de un certero balazo. Y
seguían los disparos de ambos lados.
La abuela ya no sentía a su cuerpo y recordaba los dulces días de su
juventud, hablaba en quechua muchas cosas, tal vez algún momento conoceremos
sus mitos y creencias, al parecer obedecía a los espíritus de sus padres y
abuelos, quienes de seguro le preparaban la otra casa para recibirla eternamente.
Casi por la noche Guapo había logrado derribar a
tres bandoleros, los disparos callaron para dar origen a un silencio sepulcral.
Al día siguiente, tres pircas de piedras y sobre ellas tres cruces fueron
sembrados en la cumbre del cerro, como señal de triunfo. Guapo había vencido
una vez más y los cuatreros yacían en la
intemperie postrados sobre el suelo, en espera que las carroñas completen el
festín.
La Awecha despertó en el más allá. Nosotros
llorábamos su deceso, pensando alguna vez encontrarnos.
Barto también lloraba, pero de alegría, su
cuerpo no recibió rasguño alguno como parte de la reyerta. El recordaba a su
madre y quería llegar pronto a su choza
para besarla eternamente.
TANGANA
El hombre rígido como el tronco duro y macizo, miraba hacia el
horizonte, cuidando pulgada a pulgada a la tripulación de las vicisitudes del
río. El conocía los peligros, no antes había recibido el oficio de tanganero,
mérito puesto solo a los hombres y
mujeres que tenían la capacidad de convivir con los secretos del río, tan
extrañas como el humano mismo.
El río, sin llagas ni heridas salía de la
espesura de la selva, majestuosamente acompañaba al hombre, quién parado sobre
la proa del bote introducía la tangana en una y otra parte del agua, solo con
el ánimo de cerciorarse de algunos inconvenientes.
De por cierto que un pequeño descuido del proero era fatal para la tripulación.
Cuantas veces los botes se voltearon en medio río por el choque con los troncos
sumergidos que traía el río y otras veces las entrañas de un banco de arena aprisionaban la quilla del
bote, luego de un largo deslizamiento sobre el lodo fino. Esto ocurría en momentos de bajada, cuando la vertiente
del río ayudaba a desarrollar la velocidad de la embarcación, eso ocurría con
frecuencia en días de verano, era poca las posibilidades de ver a los bancos de arena que formaban los
remolinos, muchas veces en medio río.
Al amanecer tan igual como la tarde buscábamos una playa para atracar, era común
hacerlo cerca de unos paisanos del lugar, para desayunar y preparar la comida
de medio día. Los nativos gritaban anunciando nuestra llegada y se acercaban preguntando por un número de
cosas, nosotros mostrábamos algunas de ellas y para no dejar de cultivar la
confianza con ellos, teníamos que obsequiarles algo, también acostumbrábamos a
cambiar una cosa con otra; una ropa usada por una gallina y así nos confundíamos en una armoniosa amistad.
- Tita, chopapay….tita chopapay- gritaban cuando gustaban de una prenda.
- Paisano astraido azúcar?
- Sí paisano, también tengo pilas y panes. Ven
paisano agarra lo que deseas.
En el tiempo siempre se encontrará algo que el
río nos impresione, muchas vicisitudes se confabulaban sobre la superficie de
sus olas, pero el hambre de viajeros era tan fuerte y siempre terminábamos por convivir con los nativos. Lo ribereños
hombres se encontraban allí, esperando
con ansiedad el verano, días que sirve para comer pescado fresco y abundante
tarea para ellos, por capturar los
mijanos, tarrafearlos con mucha
destreza, luego vendría un arduo trabajo
en el pishtado de los peces capturados, convirtiéndolos en pacotas de pescado seco salados.
La
embarcación y tripulantes en forma temeraria surcaban el río,
deslizándose por su superficie para dominarlo; también, cruzaban diagonalmente
a ambos lados de las orillas para cortar la resistencia de las oleadas y tratando de escapar de los golpes inesperados
de ellas.
Esa tarde y cuando la noche se acercaba sobre
las orillas de los arenales, ocurrió lo inesperado, junto a la anunciada noche, avanzando sobre el infinito
espejo formado desde las aguas del Ucayali; en circunstancias que tuvimos que salir del río, luego de cinco
horas adicionales de viaje, teníamos que atracar nuevamente y sobre las húmedas
arenas esperaríamos el nuevo amanecer.
El proero había saltado ágilmente y con inusitado esfuerzo plantaba la tangana
una y otra vez, solo cuando sentía haber
penetrado las entrañas del barro y
percatarse de la presión sobre el palo duro, de la greda virginal, entonces, amarraba
el cabo que sujetaba al bote.
Algo perplejo estaba ocurriendo, el nativo no había logrado varar el bote, muy por el contrario pretendía
regresar a la proa en ágil reacción y mostrando una terrorífica impresión,
expresado en su rostro calcinado, como un mal presagio; esta reacción fue asumida por Damián y
fuerzas le faltaba por escapar del lugar, circunstancias que permitieron, en
ese lapso de tiempo, para que la corriente del río se lleve al
bote hacia una zona peligrosa.
-
¿Damián qué es? ¿Por qué no has prendido la tangana?- gritó
el patrón.
-
¡Mira en la arena patrón! –Le
contestó.
-
¿Qué es carajo, que tanto te
jode? ¡Carajo la corriente nos lleva!
Apresurado y demasiado histérico el patrón
aseguró al motor y corrió a la proa,
tomando el cabo y saltando al barrizal logró sostener al bote. El shipibo
Damián continuaba con la mirada al vacío, algo cutipado y mostrando su temor
por las huellas que en la arena se habían grabado.
Todos, luego del incidente, con la premura de
evitar la picadura de los zancudos
decidieron bajar en el lugar, apurados e inquietos, además querían
degustar un buen asado de palometa.
De cierto, varios dedos se imprimían en las
huellas dejados sobre el arenal; estas estaban separados del talón y daban la
impresión de pertenecer a un otorongo de gran tamaño, las huellas sumaban a
seis los dedos de las garras asentadas allí. El patrón exigía mayores
explicaciones a Damián, que él sepa desconocía los misterios de las huellas
encontradas, porque eran tan parecidas a los tigres de esas selvas misteriosas.
El patrón apostaba por simples coincidencias con el habitual vivir de los
animales, que por costumbre y necesidad se acercan a beber agua de las orillas del río.
-
Lugar de peligro patrón, aquí
habita el Tunche- dijo el nativo Damián.
-
¿Qué es eso muchacho? No
entiendo nada de nada. Déjate de cojudeces y arma la candela. Le reprendía el patrón, para no
generar más temor.
-
Patrón mis padres relataban
que el Tunche existe y aparece cuando el mundo lo exige. A él no se le conoce,
ni se sabe donde vive. Nosotros guardar
recuerdo de tiempos pasados, cuando tus paisanos llegaron a nuestra comunidad e
hicieron toda cosa con el pueblo nativo. Esos tiempos el Tunche integraba los
grupos de la guerra contra el invasor.
-
¿Y cuáles son las hazañas de
ese ser misterioso varón?
-
El defendió al pueblo shipibo
de los paisanos de la ciudad; los patrones eran malos, se llevaban a nuestra
gente y no regresaban. El Tunche estuvo dentro de ellos, conocía sus costumbres
y luego caminó junto a muchos hombres que lucharon por las alturas de la
sierra, contra esos hombres de barba abundante en su cara y ahora ha muerto
pera vivir con nosotros.
Según relataba Damián, él hablaba sobre la
historia de un ser misterioso, al resto
les causaba cierto temor, estiraban sus camas sobre el arenal sin alejarse
mucho entre ellos, prendiendo los palos sobre la arena con firmeza y colgaban luego sus mosquiteros,
haciendo un campamento compacto y ligero de túnicas blanquecinas; esta vez
decidieron estar muy cerca de cada uno. La candela había logrado hacer hervir
el chilcano de bocachico y luego en el ardor del carbón se ahumaban las gordas
palometas. A los pocos minutos todos comían amistosamente; pescado y los plátanos verdes cocidos fueron la
merienda.
En la espesura de la selva se articulaba un
ritual de cánticos, acompañado de lucífugos insectos, quienes salían del espeso
monte, acercándose a la fogata de la cocina, imantada e inquietas por absorber
las energías de la candela. El fuego crecía en cierto momento, luego y hasta
consumir la leña seca se apagaba lentamente, conforme caía el sereno, quedaba
disuelto en ceniza. El nativo insistía,
no conciliaba con el sueño, para él ese lugar era de peligro y el patrón aceptó
el reto con profunda meditación. Al seguir paso a paso las huellas, comprobaron
que las pisadas se introducían hacia el monte
y compartieron la discusión, sobre un posible regreso del animal
extraño, tendrían que dormir en alerta, peor
si era mañoso, como acostumbran ser los animales salvajes de estas
comarcas. Es así que tuvieron que mantener la vigilia durante esa noche.
Particularmente, en todos los integrantes de la comitiva era una experiencia
poco vivencial, el patrón recargó la escopeta y con más cartuchos en la mano se
fue directo a su cama. La experiencia y relatos por estas rutas eran muchas y
sería difícil que un animal salvaje
sorprenda a los viajeros, estando advertidos. Los oídos del patrón
estaban afinados para sentir la fina
pisada de un venado sobre la arena, sus experiencias como mitayero lo
confirmaba y lograría disparar, antes de ser sorprendido por el animal extraño
del que hablaba Damián. Esa noche se percibía diversos aullidos y chillidos, no
fueron extraños, ni menos de algún animal extrovertido, del monte. Para
sorpresa y temor colectivo, coincidieron en percibir el chillido y tintineo a metal agudo, esta cosa avanzaba
sobre el viento con dirección al campamento.
-
¡juiiiiiin!
¡juiiiiiiiiiiiiiiiinn! Era común y del
tunche su ruido. Nadie se atrevía a preguntar sobre el silbido porque conocían
quién lo emitía.
-
¡Nadie repare, tranquilos! –
Ordenaba el patrón.
Así, se vino el siguiente día, avecinado, muy
pronto, sin darle tiempo a los primeros
rayos solares y cuando el roció hacia fuerzas por agarrarse de los viejos
mosquiteros. Luego, la brisa del río, levantaba una fina capa de neblina que
terminó por cubrir a todos. Entonces, el patrón llamó a Damián, ordenándole que armara la cocina.
El mosquitero de Damián se movía de un lado para otro, muy extraño para que
ocurra esas cosas, porque era costumbre de los nativos levantar sus camas,
antes que cualquier otra tarea; se
acercaron y descubrieron que Damián no estaba en su cama, llamaron a voz
suelta, tampoco contestaba. Solo unas extrañas pisadas, sobre la arena húmeda,
se repetían consecutivamente, imponiéndose
un frío escalofriante en el ambiente de los viajeros. Luego y en
momentos del asomo de la cresta solar, el aroma húmedo de la neblina se
extinguía, pudiendo seguir las huellas,
un tanto más allá del campamento y vieron que se sumaban abundantes pisadas,
confundidos en un misterioso rito de danza alegórica, tal vez de muchos
animales concentrados en ese lugar.
-
El demonio a danzado aquí
Ernesto - advertía Esther.
-
¿Será o no será?
Ernesto corrió con prisa, al ver que la ligera
creciente del río movía el bote hacia la vertiente y fue cuando, pudo percatarse que la tangana no estaba en su
lugar, mucho menos amarrado el cabo.
El tiempo se anunciaba en el país con promesas
de cambios en su estructura política, la
gente hablaba de un gobernante joven en la presidencia del Perú; pero en esta
parte del territorio amazónico, así venga un arcángel las cosas seguirían tan igual como hace
muchos años. Aparecerían los mismos
descubridores de fortunas, con diferente forma de vestirse, pero con la misma
intención de saquear la selva.
El pescado y los plátanos eran propios del río y
también los arrozales crecían en los barrizales que las playas lo permitían. Y
cuantos botes surcaron el río, como los niños y ancianos que morían por el mal
del agua, con fiebres extrañas y abundantes vómitos, con los ojos desorbitados
y las barrigas infladas. Los nativos continuarían sirviendo a los patrones del
saqueo, esos depredadores del bosque y la
madera preciada. Las tierras invadidas por estos caporales, las aguas
contaminadas por residuos de hidrocarburos y sus ríos depredados por una serie
de pescadores de las grandes urbes.
Ernesto tuvo que dirigirse a la comunidad de Caco, de allí siempre dijo
que era Damián. Indagaron sobre él en sus familiares y recibieron como
respuesta, la indiferencia, sorprendidos ambos bandos, luego de enterarse que
el tal Damián había muerto hace mucho tiempo, en circunstancias extrañas para
la comunidad. Contaron los nativos, sobre Damián, ese día de la muerte de Damián llovía
torrencialmente - el papá relataba y dijo- que éste bajaba en su canoa por el canto de un
barranco, fue en busca de peces para el rancho del día y nunca imaginaria su desgracia, fue sorprendido por un árbol
que cayó sobre su cuerpo.
-
Antes, el Damián acostumbraba
a reparar el silbido del tunche. Logramos ver a una
inmensa serpiente que abrazaba al tronco del cual Damián se había sujetado con
vida aún. Fueron esos, los precisos instantes y suficientes para que
Damián desaparezca para siempre. Damián
tenía en mente abandonar la comunidad para irse a otros lugares. Y al parecer
la naturaleza no quiso. Desde esa fecha un silbido muy agudo sale desde las
profundidades del río. También avanza por la corriente hasta los lugares menos
pensados, silba y silba, creando terror en los oídos de los extraños. Para los
miembros de la comunidad es parte de su convivencia.
El arrozal exhibía sus cargadas y tupidas
espigas, las que palidecían sobre las playas del río, junto a un enjambre de
pájaros ansiosos por comer los granos insertos en los ombligos de la planta.
Muy cerca se construyó con el uso de caña brava
y hojas de palmera una cabaña, encontrándose en su interior un nutrido
grupo de clónicos nativos; estaban refugiados por el frío que ese día azotaba a
las playas y arenales del rio Ucayali.
Ellos esperaban ansiosos los días de sol para iniciar la cosecha del
arroz, las mujeres no desperdiciaban el tiempo y se dedicaban a asearse,
sacando los piojos de sus pelos de la cabeza. Ignorados de la civilización,
esperanzados del río y el aire que respiraban. Otras, las mujeres de modo
singular rascaban sus cabezas, compensando así la picadura de los mosquitos
mantas blancas, al final, los pelos se hacían como un ovillo irresuelto.
-
¡Hola paisano! – Saludo con
voz fuerte Ernesto.
-
Hola - respondió el nativo con
cierto recelo.
-
Paisano préstame tu fogata
para preparar nuestra comida.
-
Aita paisana - consentía el
más viejo de ellos.
Con el peso de la mirada ansiosa de los nativos
la doña preparaba el desayuno, consistente en chapo, una sopa de arroz con pescado y frijoles.
-
¡Rico bueten paisana! - antojaba
el nativo.
Cuando llamaron a servirse también los nativos
tuvieron que comer. Un arroz con leche y abundante miel era el manjar de agrado
para ellos.
Los paisanos nativos pretextaban sobre el arrozal, afirmando que era de un patrón de
la ciudad de Pucallpa y ellos se habían comprometido a realizar la cosecha, el
trillado y ensacado, inclusive puesto en el bote. El patrón les había dejado
víveres, pero no eran suficientes, no podían pedir más porque ya no tenían
saldo. Se habían hecho compadres del patrón y debían obediencia, ellos
cumplirían con mucha lealtad de un año a otro año, porque era el compadre.
El ojo del Tunche había estado reluciente en las
noches y en el día se perdía sigilosamente, observaba con fina sutileza todas
las cosas que sucedía con el pueblo shipibo. Ya eran suficientes, los muchos
abusos que ocurrían en estos territorios. Madereros, pescadores, ganaderos,
mineros, usureros, charaperos, todos estaban en falta y la paciencia se había agotado en el ambiente. Lo último
que se había hecho, por parte del gobierno, era la parcelación amañada a favor
del presidente constitucional, sobre los territorios nativos; 100 mil hectáreas
concesionadas para el Dr. y su socio.
Territorios nativos concesionados por el poder político central, eran
resguardados de noche y de día por hombres bien armados, impidiendo que la
población transite libremente; se abrían
grandes trochas para el tránsito de los enormes tractores forestales, luego los
camiones entraban y salían llevando los trozos de madera fina. Los pequeños
productores forestales y los propios nativos no tenían otro camino que
replegarse.
Sin esperanzas, convencidos de la inexistencia
de Damián, requeríamos de un nuevo tanganero, habría que buscarlo en Pucallpa y
por demás no podían arriesgarse,
ante las anunciadas rebeldías de los
originarios; esto de Alan García había despertado reacciones y se tornaba
expandirse en cadena. Entonces, fue cuando, decidieron separarse, una vez
llegado al puerto de Nueva Italia.
De esa fecha, ya, como pasajeros bajaban con un
bote de amplio tonelaje, todos sentían necesidad de llegar pronto a Pucallpa; acelerando en el
día, cuando se exigía a la máquina PKPK en su máxima potencia y durante la
noche dejábamos que las aguas del río regulen la velocidad de la embarcación.
Los viajeros dormían profundamente, convencidos de las habilidades del
motorista. Cuanta falta hacía la presencia del tanganero, hecho que se acentuaba sobre el motorista, quién
cayó en un sueño pesado. Todos dormían, cobijados, al abrigo del poco espacio y
el reducido calor para esas horas de la noche fúnebre.
-
¡Despierten! ¡carajo! Nos
aplasta la chata – gritó el motorista.
-
¡Dios mío hasta aquí fue mi
vida! ¡Cuida mi bebe, joven!- en su desesperación gritaba la profesora.
Fueron las últimas voces de zozobra e impotencia
los que se perdieron en la faz del ancho río Ucayali, no había espacio para la
espera, absorbidos por la fuerza del motor de la chata, hundiéndose al fondo
del río. Solo atinaba a respirar bastante aire y tomando a la bebe fuertemente
en sus brazos, se sumergió en el agua turbulenta. Navegaba debajo del río,
atrapado por los voraces remolinos,
hasta el fondo donde se encontraba la pesada arena. Sus brazos se movían con
lenta intención, pretendiendo realizar
grandes nados, tratando de contrarrestar la lengua de agua que había atrapado
sus pies. Las lechosas aguas ingresaron a sus ojos y no pudo evitar absorber
una porción de turbidez, así sentía alejarse de la necesaria y ansiada vida, esta se alejaba de su cuerpo y resuelto
a concesionar libertades a los misterios de la muerte. En la efímera forma de
pensar ya se sentía muerto. Antes de perder el conocimiento, sintió la fricción
de una piel lisa, abrazado y envuelto por una mucosidad en todo el cuerpo, fue ese
momento, un instante, ligero y oportuno salvataje que le permitió deslizarse
hacia la superficie del río; la densidad creada por la mucosidad y lo resto,
es propio de algo misteriosos y bondadoso. Pronto, una vez asomó el rostro pudo
aspirar oxígeno, en varios intentos hasta llenar sus pulmones del ansiado
oxígeno y por último un profundo
suspiro. Respiraba varias veces y sobre la superficie del río se deslizaba con
la facilidad de un pez, sus brazos se convirtieron en aletas, sus pies en una
ancha aleta, hasta la orilla de la
playa. Fue lo último que hizo para evitar ser arrastrado por las aguas del río y con las garras de sus manos aprisionaron
un ligero palo, era una, era la tangana
perdida en días anteriores. Era la tangana que perdimos el día que Damián
desapareció.
Se preguntaba por lo sucedido, de por sí le vino
el recuerdo, cuando aceptó ser bautizado por la cuma Sofía en la comunidad de
Caco, allí, la anciana sin que lo solicite deseaba convertirlo en su ahijado e
invocó a sus ancestros para que sea protegido
de las vicisitudes de la selva inhóspita.
Prensado en sus manos yacía el brazo del
bebé y lo puso sobre su hombro en
resignación de calificarla por muerta, al verla inerte, sin movimiento
alguno.
-
¡yuuuuuuuuuggg! - en segundo,
la niña dio un grito y lloró con fuerza.
Completado sus deseos y lleno de alegría
inmensa, prefirió soltar un grito infernal escuchándose en el infinito.
-
¡Yaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhh!
El bote y las cosas desaparecieron en el
agua, todos lograron salir vivos, los
relatos coincidían por la forma como fueron salvados. Esa noche una vez más
silbaba el aire - es el Tunche afirmaba
uno de los compañeros- , silbaba con suma tristeza en los barrancos, en el monte, en la playa y
en el aire. Nunca entenderemos al
tunche, pero esta vez no logró su
objetivo de sumar en su estadística a otros mortales. Todos continuaron
asustados y al mismo tiempo alegres por estar vivos, tendidos sobre la densa y
húmeda arena. El abrazaba la tangana en
aferrada esperanza de lograr la
eternidad junto a ella. Gracias Damián.
SIMÓN EL MARTIR
Había transcurrido el momento más difícil, tal
vez todos sentían lo mismo, pero, en el convulsionado cerebro de los braceros
del cañaveral se prendió la lucecita de la interrogante ¿qué habían hecho para generar tanta cólera y rechazo acrecentado de la aristocracia y el
hacendado? La decisión que tomaron para
atrincherarse en el alambique fue,
producto de un acuerdo de la asamblea de trabajadores. Como en la
batalla, luchaban para impedir que se
llevaran los equipos de procesamiento de la caña de azúcar. No habría
fiestas que alegrar sin el aguardiente; don Vitocho ya no haría sus piruetas de costumbre, ni
bailaría como un trompo al compás de la banda de músicos. Alambique y caña de
azúcar se constituían en un binomio
de fuente de trabajo, un ingreso
económico para comprar los víveres del mes, algo de plata para enviar el giro
de su Carmelucha y pueda pagar su pensión de estudios; se pretendía quebrar la
costumbre de cada zafra y no recibirían su ración de aguardiente, por lo tanto,
el compromiso de llevar aguardiente añejo a la festividad de sus pueblos corría peligro, ya no beberían un copón del rico
aguardiente de 60 grados. La nostalgia y la cólera reinaban en la asamblea.
-
La pregunta lo expresaron luego de los
sucesos, cuando el muerto reclamaba
entierro: ¿Fue indispensable haber hecho uso de las armas de fuego para
solucionar un reclamo justo de los trabajadores? – mencionaba en su arenga el
presidente del sindicato.
Respuesta ignorada y lejos de ser contemplada en
las acostumbradas mesa de discusión
de los “aristócratas huanuqueños”;
en síntesis las reuniones para ellos
eran componendas, defensores feroces del status quo y la componenda era una
herramienta de gestión, necesaria para defenderse de los parias. Parían
constantemente ideas que no escapaban de
la necesaria violencia, el fin justifica
protegerse de los desposeídos.
-
“a esos cholos con palo hasta
que mueran” - eran las ordenes del hacendado.
Así fue interpretado lo ocurrido en Quicacán.
Previo a los conflictos el hacendado tuvo una serie de componendas
premeditadas, y al convocar al jefe de la policía nacional, al fiscal de la provincia
y algunos otros más de la alcurnia burocrática de Huánuco, obedecía al iteres
propio. El hacendado preparo una locreada a lo grande y de aperitivo
exhibía unos finos vinos italianos. Los
resultados de la componenda se vieron luego, la comelona serviría para tapar todo indicio de reclamo o
cuestionamiento por efectos de la ley. El desalojo y el cierre de la fábrica
tenían que darse, a costa de todo.
La protesta de los trabajadores del cultivo de
la caña también tuvo sus propios ritos, tomaron esa decisión al sentirse
abandonados y desprotegidos, sin forma alguna por defenderse de los abusos del
hacendado Jorge Thorne; ellos asumieron
el reto de sostener la huelga indefinida en defensa de sus intereses. Toda esa
noche, previa al inicio de la huelga se convocaron en las barracas, allí masticaron la coca y
bebieron aguardiente, era la mejor forma de darse valor, no aceptarían la propuesta del hacendado; ellos por sus
ancestros se sentían dueños de las
tierras, del cultivo, del alambique y de por cierto del blanquecino líquido que
deleitaba sus espíritus acongojados de
parias. El aguardiente. Por ser pobres no podían ser abusados por el patrón.
Algunos, los más ancianos hacían
recuerdos de las memorias de sus padres y reiteraban que pusieron lo mejor de
sus vidas para hacer crecer esta hacienda. Muchos de ellos yacían en el cementerio dulce, de abierto
peregrinaje en medio cañaveral.
El 23 de febrero de 1982, los obreros y
campesinos, pertenecientes a la hacienda Quicacan, organizados en el sindicato iniciaron en horas de la madrugada de ese día
una huelga indefinida. No era una huelga proletaria, mucho menos
revolucionaria, pero llevaba en sus interior la rebeldía de los indígenas por
defender sus derechos domesticados de hace 100 años atrás. Y si no fuera poco
algunos hablaban de títulos nobiliarios que la corona española otorgó al indio
Illathupa, del cual se sentían descendientes. El terrateniente, había
logrado antes una gran influencia en la
división de los trabajadores,
sembrando intereses particulares entre los braceros del campo y
los obreros de la fábrica. La política de la empresa pretendía quebrar la
unidad de los trabajadores. Fueron
muchos los abusos cometidos por el hacendado y sus cuarteleros, de
salarios paupérrimos y la falta de educación para sus hijos. La protesta nació
para crecer con la firmeza del reclamo de los parias de la hacienda, algo que
escapó del cálculo del hacendado y tuvo su máxima expresión en la respuesta de
los huelguistas, ante la represión de los gendarmes. Jorge Thorne recurrió al Fiscal Sady Falcón y 30 policías,
con estos arremeter contra la protesta,
debería protegerse de aquellos, de esos que siempre atentaron contra la acumulación de sus riquezas.
La noticia de la huelga llegó a las aulas
universitarias, en sus pasillos cundía el espíritu solidario de compañero a compañero, obligando a los
dirigentes a convocarse de emergencia en
el local de la Federación de Estudiantes, donde se evaluaba el informe
presentado por uno de los huelguistas.
El rostro
fiero del sindicalista se hizo notar, unas gotas de sudor resbalaba
de sus patillas y sus expresiones
demostraron el demoledor impacto de la bronca. El rostro colorado del
combatiente demostraba la iracunda
rebeldía de los huelguistas. Y guardaba armonía con el relato de los
acontecimientos, la que incitaba a un impulso de solidaridad natural,
además, habían llegado en busca del apoyo de los estudiantes revolucionarios;
estos estudiantes que siempre protestaban en las calles.
- ¡Pásame
la F! ¡FFFFFFFFF!
- ¡Pásame
la U! ¡UUUUUUUUU!
- ¡Pásame
la H! ¡HHHHHHHHH!
- ¡Pásame V!
¡VVVVVVVVVVVVV!
- ¿Qué dice?
¡FUHV!
Los “revolucionarios” estudiantiles, impetuosos
como siempre, demostraban el éxtasis político de las convicciones ideológicas,
al cual rigurosamente estaban sometidos, como producto de sus propias
contradicciones, aún más convencidos de la fuerza juvenil y de la ferviente
indignación por los actos reprochables del fiscal y su fuerza policial. Curiosa
y particular forma de solidaridad para demoler el retardatario espíritu social
del Vicerrector Administrativo. Heber Hidalgo era militante acciopulista,
además estábamos en el periodo del segundo gobierno de Fernando Belaunde, tal
vez, esta relación impediría lograr la
orden para el uso de la camioneta de la
institución. Bueno, este señor
necesitaba acercarse a los estudiantes, se acercaba las elecciones de
autoridades y no podía perder esta
oportunidad. Los estudiantes, habiendo logrado la autorización del vehículo no
dudaron en saltar sobre la tolva de la
camioneta y dirigirse al pueblo de
Quicacán, en busca del conflicto
abortado.
-
Oye Lucho, yo les dejo muy
cerca a la bronca y regreso al toque no
quisiera que el “caballo” del rector se entere y me jala los pendejos.
-
Mira pepe si ese “caballo” te
toca se las verá con nosotros, también somos de la universidad y lo cuadramos
de a feo, ni que se atreva reprimirte el
equino ese.
Veinte universitarios controvertidos llegaron al
combate. Con actitud de beligerantes, impetuosos, cosmonautas cayeron sobre el
territorio controlado por los huelguistas, siendo recibidos con aplausos y celebraciones, casi a 200 metros del lugar de
la confrontación. Los estudiantes sincronizaban sus movimientos, exaltándose
los espíritus, cuando escuchaban la ovación de los huelguistas.
-
¡Palmas revolucionarias,
compañeros!
-
Llegaron los universitarios,
estos son guerrilleros, ahora verán los cachacos. – Gritaban los campesinos y
obreros.
Hasta el momento ya existían dos heridos de bala
y abundante banderas peruanas, flameando con la fuerza del viento pillcomaino.
De guerrillero no tenían nada, pero si con mucha vocación de solidaridad, eran
capaces de hacer cosas más allá de lo medido. Tenían de todo, menos la
logística de un guerrillero. Ya había heridos de bala y tuvieron que llevarlos por emergencia, haciendo uso de la
camioneta, directo al hospital público.
Relataron los huelguistas, sobre los hechos
ocurridos, al momento que el fiscal dirigía la diligencia y pensando romper la
barrera que habían constituido las mujeres, ellas trenzadas entre brazos
impidieron que ingresen a la fábrica; ceder ese espacio era permitir que fracase
la huelga. Ahí se había desatado un primer enfrentamiento con la
gendarmería, escuchándose los griteríos y
el sonido de las balas que se
impregnaron en el cuerpo de algunos campesinos, quienes cayeron rodando por el
suelo, asustados unos y otros embravecidos por la sangre derramada. Los
garrotes y las patadas tuvieron como preámbulo, fue la respuesta de los
huelguistas, logrando apoderarse de cascos y macanas de los gendarmes hasta
destrozarlos en momentos de rabia y cólera milenaria.
Confundido entre los huelguistas, los solidarios
estudiantes empezaron a centralizar la protesta, improvisaron un mitin y dieron
discursos de solidaridad, invocando a la tranquilidad y el orden, tratando de
evitar, de todos modos un segundo enfrentamiento con la gendarmería.
-
Pero que estúpidos
fuimos- recordaba “maosito”.
-
Claro si la mejor arma es la
ofensiva y se recurrió a la defensiva. ¡Qué tontos!
Llamar a la tranquilidad y el orden, aceptar el
diálogo para solucionar el conflicto, a sabiendas que ellos preparaban un plan
agresivo, fue una estupidez. Es conocida
la estrategia de la represión y cayeron como inocentes conejillos de campo.
Ellos están domesticados para la represión y no se podía confiar de un gendarme
que dice ser el custodio del orden.
Tras las colinas y luego de recibir sus prendas de guerra como parte de la
negociación, hubo un momento de tranquilidad. Los policías sacudían el polvo de
sus uniformes verdes, absorbido durante
la primera reyerta y otros bronceaban sus armas, frotándose con la palma
de sus manos, balbuceando hipócritamente un breve rezo del Padre Nuestro, buscando darse valor y justificar la represión.
Demasiado tarde para los lamentos, el segundo
choque fue fatal para los huelguistas, la
represión fue ferozmente agresiva,
hasta matar a Simón.
Quicacán se levanta sobre los dominios del
hacendado, herencia colonial de explotación de la caña de azúcar, sus
edificaciones así lo confirman, casonas construidas de quincha y habitaciones
multifamiliares, allí todavía persiste el olor de los labriegos que dieron su
vida en los años pasados. Cerca y mirando los campos estaban las murallas que
cercaban al alambique, los hornos y cobertizos donde se acumulaban los bagazos. Hacia la cumbre y sobre un lugar
seguro se levantan los muros que soportan al señorío de la hacienda. En esa
vivía el gamonal, el “señor”, el
despiadado Jorge Thorne. Desde esa plataforma señorial se podía ver con
claridad los acontecimientos. Apareciendo de tiempo en tiempo tras la ventana,
parapetado y al acecho, preparado para actuar en caso si tenía que
disparar, cuando la situación y los huelguistas se le ocurrieran atravesar su
seguridad.
Todavía sudando y con las muelas mordiendo la
lengua se acercó el capitán de los policías, siempre resguardado por un fornido
soldado, se había acercado con el ánimo de apaciguar la situación y solicitar
la devolución de los pertrechos policiales, a cambio de finalizar la reyerta.
El trato se cumplió con serenidad. Antes me
propuse ser delegado negociador.
-
Tú que eres? - me pregunto el
Capitán.
-
Soy empleado jefe- le
conteste.
-
Entonces, cuida tu chamba
cojudo y diles a esos mierdas que se retiren para pasar y no queremos más
problemas.
Los guardias formaron un pelotón, marchaban
marcialmente sobre la carretera y sin dejar de murmurar entre ellos, tuve la
sensación de adolescente y sentía miedo
por las últimas palabras que había vertido el Capitán. Estaban heridos en su
dignidad y buscaban formas de vengarse.
El viento soplaba como siempre hacia las heladas
punas de Cerro de Pasco, también el polvo que venía de las chacras secas y los
cuchicheos maliciosos, mostraban una serie de sinónimos, coincidentes con la
alegoría de la parca indispuesta, se presentía en las miradas de rencor de los
gendarmes un aliento de venganza, esta no percibida a tiempo; tan fatal para
todos nosotros, tuvimos que lamentar luego. Es que ellos habían recibido una
paliza de los campesinos, no podían aceptar la
humillación a la Benemérita Guardia Civil y estaban dispuestos a cobrar
caro el honor.
Los hombres, las mujeres, los niños y nosotros
mismos sentíamos las energías y el odio de los gendarmes; cruzábamos nuestras
miradas, como avisándonos que la cosa no era como se había tratado. Un grupo
continuaba atrincherado en la puerta del alambique, otros en la intemperie
dispersados y armados con sus garrotes y piedras. Observábamos cada paso de los
gendarmes, calculándolo con el latido de nuestros corazones. El mío propio era
una vertiente de angustia, la sangre circulaba a brotones golpeando mi corazón,
en tono de advertencia.
El compás de la marcha fúnebre, se podía sentir
en los represivos hombres de la “ley y
el orden”, no más se presentía, ante el
ritmo de los acontecimientos. Acortaron la distancia y de un golpe seco
sobre la tierra y levantaron el polvo con el ruido tosco de sus botas, parándose bruscamente a órdenes del Capitán y
mediante una orden marcial formaron el abanico de la muerte, atacaron a los
huelguistas con disparos frontales de
sus armas.
-
Maten a esos chuchas ¡Maten a
esos mierdas! – eran las órdenes del capitán.
Corrimos y corrimos, no había otra salida que
correr, escapando de la reyerta
desatada. Tras nuestro, el estiércol dormido se levantaba por la fuerza de
nuestras pisadas, las balas se
disparaban a diestra y siniestra, fue el más atinado y tuvimos que alejarnos a costa de nuestra
propia vergüenza. Nunca fuimos, ni éramos los seres que así apreciaban los
campesinos. El último zumbido fino fue de un proyectil cerca de mi oreja y pude
darme cuenta que la cosa era en serio, eso hizo acelerar la carrera en busca de
protección, dentro de cañaveral.
-
Corran, corran mierdas ¡- fue
la arenga que escuchaba tras mis pasos.
-
¡Corre, compañero! No dejes de
correr porque esto quema.
-
¡Nos engañaron por la puta!
¡Caímos como inocentes cojudos!
Así sucedió, corrimos sin cansarnos hasta
perdernos en los cañaverales; ni el ancho de la acequia impidió que logremos nuestro objetivo. Nunca
volteamos la mirada. En nuestra mente,
percibíamos que un ser
mitológico nos perseguía, imaginaba a un inmenso canguro con patas de
aguja, manos de rapiña y rostro de buitre, sobre nuestra imprudencia y
pretendía cogernos. El solo imaginar,
que podía ser presa de esa masa
monstruosa e hizo que salieran alas a nuestros pies y de un solo salto
brincamos los tres metros de ancho de la acequia, prendiendo nuestra
uñas en la yerba, solo de ese modo podíamos llegar a los cañaverales.
Con el cuerpo lleno de espinas, desprendidos de
las hojas de los cañaverales y casi arrastrándonos llegamos a las orillas del
río Huallaga, con la idea clara de cruzar a nados el caudaloso río.
Ya lejos del escenario, nos detuvimos a pensar
ligeramente la situación y preferimos subir el árbol más cercano, observando el
movimiento de los gendarmes, no nos seguían, posiblemente por la incapacidad de
saltar la acequia o incapacitados de buscarnos dentro del cañaveral. Podíamos
calcular el temor, luego de ingresar al cañaveral, sería un auto suicidio, ante
los miles de abanicos de hojas que se entrecruzaban, como el machete de los
braceros del cañaveral cortarían el aire en busca de castigar la bravuconada de
los gendarmes. Nosotros no perdíamos el miedo, y de rato en rato teníamos que
detenernos para medir el ruido ajeno al cañaveral, era uno de ellos, insistía
en seguirnos, antes habíamos visto que varios campesinos cayeron al suelo,
luego de entrar en contacto y como producto de la represión.
-
Que importaba las mil
dificultades si nuestra finalidad era salir del acecho. “Sigue caminando
compañero”
-
Si es necesario cruzamos el
río a nado – dijo el otro- sin
percatarnos que la magnitud de la creciente hubiera apagado nuestras
aspiraciones.
-
No es necesario compañeros, yo
conozco esta ruta ¡síganme!
-
Esos perros tiraron a matar y
nosotros no seriamos presas fáciles.
Entre charla y temor, caminábamos sigilosos por
el cañaveral, minimizando el ruido, a pesar de
esquivar la hojarasca seca. Hasta el viento percibía nuestro miedo, la
loca huida era acompañada con el “shhhhhhhhhhhhhh…”, ulular del viento, algo
así, como sintieran también temor. De un de repente sentimos que alguien corría
muy toscamente y tuvimos que uncharnos muy cerca al suelo.
-
¡Al suelo camaradas! - alguien
grito con vehemencia.
-
No, compañeros, soy yo, no
tengan temor.
-
Esos mierdas son unos
cobardes, si estuviera con mi escopeta los cazo como ratas, desgraciados han
matado a Simón - dijo el nuevo inquilino
de la fuga-
Saliendo de la espesura del cañaveral y
sumándonos a un mayor número de la población, tuvimos que confundirnos con los
campesinos, enterados de la masacre salían de sus covachas y caminaban hacia el
centro de los acontecimientos. Llegamos a un lugar seguro y fuera del peligro,
reconociéndonos y mostrando nuestra furia por los abusos de la policía, tuvimos
que separarnos. El campesino se quedó a parlar con sus paisanos.
-
Si hermanos –decía- esos
policías son unos abusivos, muy seguro que Jorge Thorne a pagado mucha plata.
Vas a ver que el fin de semana se darán
grandes banquetes en esa maldita casa, habrá mucha borrachera.
Caminamos unos kilómetros, lo más lejos del
acontecimiento, hasta llegar a Tomayquichua, me despedí de los campesinos y también de los demás compañeros
universitarios, ellos prefirieron regresar por la otra banda del rió.
Estaba pensando atrevidamente y decidimos
regresar por la misma carretera, tenía que ver el panorama real de la bronca y
si era cierto de la muerte de un campesino. Así subimos a la empresa Cisne y
tuve que mezclarme con los paisanos que venían de las alturas de Pasco. Todos
vestían de ropas abrigadas y nosotros no coincidíamos con las características,
el temor nos absorbió en forma sospechosa, pero decidimos continuar, confiando
en nosotros mismos. Fue rápida la metamorfosis que tuvimos que realizar, por
último debíamos remozar nuestra apariencia, a fin de evitar y no ser percibido
por la represión, en caso que detuvieran el autobús.
El frío helado de las alturas habían
sugestionado mis nervios y en cierto modo salía el aliento húmedo de
mi boca, contribuyendo a generar una fina película en la superficie de la luna
del carro, de este modo, así lo quisiera, impedía estar en los ojos de la
policía. Tenía mucho temor. Ya las cosas
estuvieron en tranquilidad, logré divisar a un gorilesco gendarme, que con
rígida postura cuidaba a un endeble cuerpo que yacía en el suelo, inmerso en un
charco de sangre, que brotaba de una parte de su cuerpo.
-
- Es una protesta de los campesinos - afirmaba una pasajera.
-
Han matado a un hombre, mira,
mira- gritaba un niño.
El guardia Cori mostró los ojos de odio y rencor
al sentirse señalado por los pasajeros y en cierto modo me pilló con su mirada de parca
siniestra, en breve pensé en escapar.
Había mostrado la debilidad del culpable y
daba muestras, para alimentar la cruda idea en ese policía, solo quedaba en señalarme como
uno de los huelguistas.
Pasamos y lentamente el autobús dejaba atrás al
pueblo de Quicacán. Yo seguía con la mirada hacia delante, con los ojos inertes
y las ansias de llegar a Huánuco, pude
distinguir la leve luz que alumbraba la ciudad y desperté, fueron breves los
minutos que vino a mi mente, una dulce melodía del cañaveral, embriagándome en
el néctar de su savia, en tono de un huaynito conquistador:
Vas volando por los andes,
palomita. ala quebradita.
Quebradita es tu nombre. Vas
volando palomita.
Matucana, Casapalca, es el
Ticlio y la heladita.
La Oroya, Cerro de Pasco, van
luchando los obreros.
Vas bajando por el Huallaga,
no te mueras linda palomita.
Tu sangre roja, si tú te
mueres, será tu furia palomita.
Linda palomita
ala quebradita
así quebradita
tú vas volando.
Abrí mejor los parpados, al sentir que los tricicleros se peleaban por
los bultos de los pasajeros y la noticia sobre Quicacan en las calles estaba
congelada. Los transeúntes circulaban algo apurados. Lo de Quicacán era de
menos importancia, la gente circulaba y estaban lejos de los hechos ocurridos
en los cañaverales.
La solidaridad del comando de mujeres no espero
las ordenes dirigenciales, decidieron recoger
víveres para los reprimidos, durante el día siguiente. Sujetos de varias
canastas recorríamos los mercados, mostrando las propagandas en los carteles y
pidiendo la solidaridad de los
comerciantes.
-
Colabore compañera para los
campesinos de Quicacan, hubo un muerto-repetían los comisionistas.
-
¡Vayan a trabajar ociosos.
Huelga y huelga todos los días así cuando el país saldrá de sus problemas!-
Contestó una vieja cotorra que no simpatizaba con los huelguistas.
-
Mejor dale algo querida, esos
universitarios cuando hay huelga te marcan y a ti primero te hacen saqueo.
Dales no más.
Velábamos el cuerpo del mártir en el local de la
Federación de Empleados Bancarios, justo frente al cuartel de los policías. La
viuda lloraba junto a sus hijos y nosotros hacíamos lo mejor para que el
sepelio sea lo más honroso posible. El descaro de la represión estuvo hasta el
momento del traslado del féretro, el aparato de inteligencia ofrecía
descaradamente sus servicios, camuflados y voluntarios para ese efecto, cuando
la comitiva recibió el informe, decidimos bajar el ataúd del carro y cargamos
por las calles de Huánuco, el ataúd y a él. Alzamos en hombros a Simón y nos
turnábamos cada cuadra para cargarlo, gritábamos arengas y protestas. Las personas nos miraban con curiosidad y
preguntaban lo sucedido. Llegamos al recinto del Paraninfo de la Universidad,
en la cuadra 6 de Dos de Mayo y
homenajeamos a Simón. Los
revolucionarios universitarios vivaban con fuerza, afirmando sobre la
sangre derramada, esta que nunca serán olvidada. Entendí que Simón también
lloraba, no quería estar muerto. Y yo escribo para que no sea olvidado.
Sentado sobre una silla, sentía una vez más el
frió de Pasco sobre mi pensamiento,
llenándome de románticos deseos de cantar y escuchamos al cantor:
¡Ay cañaveral ¡
Cementerio dulce
Simón Alvarado ha muerto.
¡Qué triste, tristeza de la muerte!
Mateando la caña y bebiendo el
aguardiente.
¡Soy yo!
Simón el mártir y ellos la
muerte.
Salimos con dirección al cementerio, en busca de
la última morada de Simón.
Gritábamos, con ansias de desahogarnos por lo
que pudo ocurrir a cualquiera de nosotros.
-
¡Abajo la masacre de Quicacan!
-
¡Abaaaaajo!
-
¡La sangre derramada jamás
será olvidada!
-
¡Compañeros! Estuvimos en un
acto de solidaridad en momentos que la represión cayó con furia sobre los
campesinos, allí no hubo piedad ni respeto a los derechos humanos. Los humildes
sin tierra fueron asediados y reprimidos con la fuerza de las balas de los que
dicen ser el orden. Pero más fueron los
intereses de Jorge Thorne. Mientras los campesinos luchaban por pan y tierra,
el gamonal nunca dejo de pensar en este
atropello. Puedo afirmar compañeros que Simón no ha muerto, el vive en la
conciencia de los proletarios y vivirá siempre mientras exista la necesidad de
justicia.
-
¡Viva la huelga de
Quicacan! ¡Viiiiivaaa!
El Fiscal Sady Falcón fue parte de las artimañas del hacendado y tuvo que actuar como manda
las reglas del poder feudal. Enterramos a Simón Alvarado y salimos del
cementerio. Caminaba luego, con
solitaria melancolía por el malecón Huallaga, concentrado y
reflexionando sobre los hechos. Luego estuve en mi cuarto y logre conciliar
mis sueños en un solo convencimiento.
Pensar que estuve en la mira del tiro de las escopetas de la represión;
pensar que no fue tan fácil escapar de
ese lío solo para solidarios, porque de revolucionario y guerrillero no
teníamos nada.
Luego nos enteramos, ante la ausencia de muchos
de los campesinos en el velorio era por el temor de ser apresados. El fiscal
ordenó detener a los heridos, junto a sus familiares que cuidaban en el
hospital; también Jorge Thorne aceptó no mover el alambique y ofreció un
incremento de sueldos y otros puntos más del pliego de reclamos a cambio que el
día del sepelio todos deberían acudir a su trabajo.
Paso un año luego de los acontecimientos y en
vísperas del aniversario de la huelga de Quicacan propusimos un encuentro entre
los compañeros universitarios, tratando de lograr confundirnos en nuevas
experiencias, recordamos el momento y nos causó risas del modo como escapamos
del lugar, ante la intensa balacera. Y me animé a recitar un poema:
El grito se confundió en el
cañaveral
la fuerza vibra en lo
descomunal
y ululando el viento
corría por el cañaveral
hambriento
junto al plomo del fusil
brotando la muerte del alguacil
y al grito ¡ataquen!
se escucho una voz que decía
¡no me maten!
Simón campesino ha muerto
en el verde cañaveral ha
muerto
en el huerto ha muerto.
El cañaveral se ha movido
se agitan cruzando sus hojas
clamando al Simón el mártir
vivando al Simón que no ha
muerto
¡Camaradas!
¡La sangre derramada jamás
será olvidada!
Se escuchaban las palmas en sensación
acrecentada para guardar memoria a Simón el mártir. Luego tuve que dormir
profundamente para despertar de mañana cuando el día invitaba a respirar el oxígeno de la libertad.
ALMA DE COMPADRES
Mis padres eran cristianos, nacieron y se criaron
en las serranas tierras de la provincia de Dos de Mayo, ellos llegaron a la
capital de la “Ciudad Jardín”, pensando
lograr un porvenir exitoso. Como todo
provinciano presuroso habíamos logrado
empotrarnos en la capital, siendo parte de los
cinturones poblacionales de miseria de la “gran” Lima; de allí
bajábamos a las calles y a los mercados de la urbe capitalina, para batallar y obtener ingresos económicos, y así cubrir los gastos diarios de la
familia; de cierto que era una proeza de héroes, nos exigíamos tanto y por
satisfacer nuestras necesidades elementales, mientras, como niños de casa
esperábamos religiosamente en
nuestras chozas la pronta llegada de
mama.
La familia como siempre, había hecho una
costumbre juntarse en las noches a charlar,
chacchando la coca, contemplando las lunas claras y cautivadoras, noches embellecidas por la nostalgia de las frías
punas; recordarse de esos momentos
llenaba el alma de virtudes y congojas, generándose un ánimo muy andino,
para luego dormirnos en la profundidad de nuestros sueños, hasta que
las horas de la madrugada, del
día siguiente, nos obligaba a prestarle la atención de domesticados. Despertar
muy temprano era la costumbre de todos los días, sabíamos que luego completaríamos nuestros sueños, en las largas
colas que hacíamos en las puertas de las
fábricas textiles, guardábamos nuestra cola y el orden de turno para poder
abastecernos de materia prima, lograr algo de mercadería era parte de muchas riñas; de la reventa en su valor
agregado del producto lográbamos
utilidades de supervivencia.
Yo estaba acostumbrado a no dormir y me
complacía escuchando las conversaciones de los adultos y más, cuando hablaban
sobre las almas; era en esos instantes
que sentía la traición de mis nervios, asfixiándome en la respiración, truncada
por el miedo y mis ojos buscaban
cerrarse para no encontrarme con una de esas ánimas misteriosas.
También el perro aullaba, de modo extraño, esta
comedia canina incrementó el temor
en mi cosmovisión infantil y hasta que lograba acrecentar mi espanto,
así como las formas alegóricas que mi mente ideaba.
Habrán pasado muchos años, hasta aprender a
superar el miedo que me atormentaba de niño, hoy siempre a la muerte le muestro un ánimo de carcelero, a ella se le
respeta, pero también se le puede perseguir y espero que no sea para su mal,
porque era capaz de patearla el trasero.
Esa noche, el invierno crudo se apoderó de todos
nosotros y los adultos comentaban el trastorno social ocurrido en las calles
céntricas de Lima; en esta limeñísima
tierra costeña, recordando un
acontecimiento ocurrido en el pueblo de Mayobamba.
La tía más antigua relataba las vicisitudes,
aquel acontecimiento ocurrido en su pueblo.
Mayobamba está muy cerca de la ciudad de
Huánuco, pero tan lejos de las costumbres de la huanuqueñisima y aldeana ciudad
de Los Caballeros, inclusive de la bella durmiente, la incomparable Tingo
María. Allí se había logrado desarrollar un amorío entre dos aldeanos y
describía el relato en base a sus
propias costumbres, tanto fue la charla y
mi interés por escucharlos.
Aquí la gente es de costumbres propias de la
etnia de los chupaichos, con rasgos de mezcla con los descendientes panatahuas; gente muy pegado a sus chacras y
fieros amantes de sus familias. En estos lugares vivía “Jishuco”, él era padre
de varios hijos y tenía como propiedad a la
mujer que mucho quiso en su juventud; es decir a una de ellas, de las muchas existente en la
zona, su nombre era Juanita. Las mujeres de Mayobamba se sentían dichosas de ser madres y era una
satisfacción estar llena de fetos en
sus vientres, entusiasmadas por procrear un bebe cada vez que se avecinaba una
cosecha de la papa. El tubérculo significaba
mucho, hicieron de su práctica el tabú perfecto de la abundancia, de la
producción y reproducción para las familias que buscaban concubinato.
-
“El que no siembra la papa no
es digno de tener mujer, mucho menos crear hijos para el mundo.” – decían los
lugareños.
Hablar de buena cosecha y mala cosecha es y será
la disyuntiva del mañana, si no se lograba solucionar el problema del mercado,
las almas se ahogaban en la depresión, tal vez eran las almas agobiadas de los
precarios agricultores de estas zonas.
Fueron los días del mes de mayo, en momentos de
acentuada desolación, cuando los precios
bajaron hasta la miseria; los
agricultores aceptaban con miserable desprecio la realidad, satisfechos de un
destino fatal, a tal punto de aferrarse y no
separarse de sus chacras, amándola como a sus propias
familias, con pasión de resistencia mítica. El alma de ellos estaba
impregnada en la necesidad de sobrevivir.
El cultivo de la papa se hizo de grandes
problemas y frustrados anhelos, esos tiempos
de cosecha los precios en el mercado no fueron favorables. En la
chacra la “rancha” arruinaba los
cultivos hasta perder las cosechas.
Jishuco decía que la papa había perdido el alma de su valor en el
mercado. Eran días de mucha necesidad y ambiciones frustradas para los poblanos
de Mayobamba, acumulándose los sueños y esperanzas perdidas; recordaban las
tristezas en horas de reflexión y
permitían que se acumule, pretendiendo encontrar respuesta urgente en la hoja de coca y de la
cual chacchaban con severa religiosidad.
Jishuco decidió por el camino más ligero y
fácil, debería de viajar a las montañas de la selva alta, allí donde el cultivo
de la coca le permitiría lograr unos ingresos económicos para supervivir, eso
era un refugio económico rápido, mediante el cual podía conseguir dinero
fresco, con eso alimentaría a su prole y complacería a Juanita. Como todo primerizo tuvo que pagar el derecho de
piso, siendo reprimido por el gobierno
de turno, apresado en una de las redadas de los gendarmes antinarcóticos;
estos, conocidos como UMOPARES, como bien se conoce fue la unidad policial especializada
en el control de hechos delictivos, relacionado con el narcotráfico.
-
“Ni tu madre te salvará
pichicatero”- vociferaba el oficial,
cerca de los tímpanos de Jishuco.
-
¡Ya estoy jodido! ¿Qué será de
mi juanita? – se preguntaba en las sombras, gimiendo del dolor que producía al
interior de su cuerpo, producto de las golpizas recibidas. A cada momento
sobaba sus testes, con el ánimo de calmar el dolor producido por los hematomas.
Jishuco había caído en convalecencia, producto de la golpiza de los gendarmes. Solo
y sin su juanita, reducido en una covacha ignoraba el futuro, había perdido la
conciencia por varios días. En ese trance recordaba el ayer, sobre las almas que contaban sus
padres, pensaba en morirse, ya no comería el caldito de papa que a diario le
servía su Juanita, ni tampoco vería a
sus hijos, eran muchos los recuerdos.
Transcurrieron los días, como el rayo que
alumbra en plena tormenta, ya en Mayobamba y luego que votaron a Jishuco de las
mazmorras, Los Umopares deseaban librarse de responsabilidades y dejaron libre
a Jishuco. Las heridas de la tortura fueron terroríficas y se profundizaban en
las partes íntimas de Jishuco, hasta el punto crítico de cuestionar su hombría,
él estaba sentenciado a no procrear los hijos que acostumbraba cuajar en el
vientre de Juanita.
Pasaron los días, así como pasan las almas en
las noches oscuras, resplandeciendo en su habitual costumbre de hombre de
chacra, la excitación malévola de acabar con su vida.
La herida
se hizo una cruel huella irreparable para
Jishuco, tan cruel como la muerte misma.
Había logrado abrir un ardoroso pozo de líquido insaciable, al interior
propio, quedando en sus ansias la humedad perdida, de un holocausto virginal.
Por bastante tiempo se había posesionado la infertilidad en el vientre de su esposa Juanita, ésta perdió las
posibilidades de procrear hijos, así como las chacras de papas que sufrían de
poca productividad. Era notorio la decepción en la mujer, por ser tan joven y
las ansias frustradas de volver a parir.
-
No dejaría que se burlen de
ella ni Mashica, ni Jacinta – Esto remordía a su subconsciente.
Así como la noche absorbente hizo rendirse a la
tarde calurosa, así se presentó Jishuco ante su compadre Mañuco. No podía soportar la idea que su Juanita lo abandone por su incapacidad
física, haría lo imposible para lograr solucionar sus relaciones sentimentales. Jishuco suplicó a su compadre
Mañuco, pidiéndole que preñara a su Juanita y esta no le abandone, por falta de
amores.
La papa, en posteriores meses logró superar su
mala racha en el mercado y los agricultores podían sonreír nuevamente al lado
de sus familias. Las mujeres recobraron el esplendor de ser hembras,
participaban con entusiasmo en las cosechas de todos los días. Las polleras se
envilecían en los cuerpos de las cholas y las papas eran tan leales albaceas de
los secretos de las hembras, en momentos que estas se inclinaban a recogerlas
en sus cestos.
Esa noche chaccharon la coca, endulzándolo con
el blanco polvo de la cal, amanecieron en un ruin pacto de compadres. Mañuco
quería que Juanita pariera una fémina, muchos varones los tenía en su mujer.
Ese año fue de grandes bonanzas y alegres festividades. Ocurrieron en poco
tiempo, luego vendrían lamentos.
Un nuevo periodo de crisis agobiaba al campo, la
papa cayó a precios bajísimos en el mercado. Jishuco criaba 4 hijos más en su
hogar, se notaba la diferencia entre los más pequeños y los mayores, los rasgos
de piel y la profundidad de los ojos de los niños que criaba Jishuco eran
notorios, Los vecinos especulaban, hasta
que llegó a los oídos de la mujer de
Mañuco, quién empezó a dudar y averiguar sobre la verdad de los chismes que en
las calles se comentaba.
Jishuco, desesperado por los altos costos de
manutención de la crías no dudó en
visitar a su compadre, en tono acobardado, le pidió explicaciones sobre
el incumplimiento con los hijos que había engendrado en Juanita; es que Mañuco
hace semanas que no enviaba las raciones a la que se había comprometido.
-
Escucha compadre – mencionaba
Mañuco- carezco de poca disposición de capital para seguir sembrando la papa y
los celos de mi mujer son constantes.
-
De todos modos compadre son
mis hijos y tuyos también.
Jishuco,
se quedó en condición de capataz y de este modo aseguraba la repartición de la
cosecha, en un porcentaje determinado. Un tercio de cada saco sería la
recompensa que recibiría Juanita, por derecho de los hijos que tuvo con Mañuco.
Los misteriosos movimientos despertaron el
interés ajeno, las noches parecían propias y propicias para los compadres, ocurría
en los almacenes donde se acopiaba la papa. Fortuito tal vez, pero justo para la mujer que en esa noche se presentó abruptamente,
sorprendiendo al Jishuco. Este separaba el tercio de papa que correspondía a
Juanita e intentaba cargarlo sobre el lomo de la mula, siendo sorprendido por
la mujer de Mañuco. La fatalidad es tormentosa cuando se juntan varios
escenarios, ahí también, dentro del almacén se encontraban Mañuco y Juanita, en
pleno acto sexual, separados por los garrotes y griteríos, salieron a las
calles, hasta que los perros ladraron
mediante aullidos escandalosos.
Mañuco y Jishuco escaparon hacia el monte, cruzando las chacras y sin ánimo por
detenerse, ante la vergüenza y críticas de los vecino; se alejaron del pueblo,
en honor al pacto de compadres, “compadres hasta que la muerte los separe”.
Esa noche, una noche de zozobra, los compadres chaccharon, masticando la coca y bebiendo el aguardiente,
algo de cal entre sus dientes. También
fumaron el cigarrillo Inka, mediante sendas bocanadas de humo, pidiendo a sus
creencias que sean complacientes con los problemas suscitados. La coca estaba
amargo, tanto como el aguardiente que no tenía el gusto acostumbrado, hasta el
mismo humo del tabaco se mostraba sensible, y las cenizas se pulverizaban por
el ligero viento que empezó a soplar. Una densa
neblina salía del medio oconal, cubriendo la ramada donde se escondían,
ni se percataron de ello los compadres, en
pocos segundos fueron cubiertos por la espesa neblina.
Los días posteriores, de todos los días, desde
los primeros rayos solares y la compañía
del húmedo roció, sentía el coloquio de los compadres, manifestado en el pacto. Esta fidelidad eterna se suscribió en
los colores nacientes del arco iris, que salía del oconal y la densa neblina. Ahí se empotraron Mañuco y
Jishuco, invisibles para sus mujeres, ni
lágrimas, ni menos los llantos, acabarían con la decisión tomada. Caídos
en la angustia de no encontrarlos, sin alma y naturaleza propia; ellas en el
más profundo sollozo reclamaban de sus maridos, inútilmente. Lamentaban lo
sucedido, las explicaciones fueron suficientes para que ambas mujeres resuelvan
el impase, solo querían a sus maridos de regreso a sus casas.
Salieron en su busca los poblanos, ya eran tres
los días de su ausencia, buscaron en los pueblos más cercanos y algunos
días más.
Tres días antes del fatal despliegue del aluvión
caído sobre Canseco, algunos pobladores escucharon gemidos de personas en las
cumbres del cerro, una mezcla de llanto de niño que clamaba a su madre y otras
eran carcajadas de adultos, de forma alegre y desde la espesura. Luego vino el
aluvión de lodo, arrastrando árboles, casas y animales.
Convencidos de un extraño maleficio, los
poblanos atinaron en señalar un hecho poco frecuente, ocurrente en medio oconal, suponiéndose a la boca de un
volcán, de ahí había bramado el huayco, hasta escupir el lodo, con furia y
demoledora advertencia.
En adelante, se había sumado una esperanza de
vida. Crecían, en medio oconal dos matas de follaje verde. Uno era alto y
erguido con abundante bellotas como la
variedad de papa Perricholi y el otro era frondoso, sin mucha talla y carente de flores, como la
papa Canchan. Ambos estaban limpios y sin rancha.
Las mujeres continuaban llorando e hicieron
un solo velatorio de sus prendas de
vestir, encontrados cerca al oconal, al parecer estaban convencidos de la fatídica decisión de sus
maridos; a propósito, ese año hubo
abundante cosecha y los sombríos se incrementaron, así como los almacenes
desbordaron su capacidad.
Los compadres, despreocupados del tiempo,
continuaban en la chaccha, disfrutando de la amistad de los auquillos y junto a ellos muchas almas
insatisfechas.
KOSMICA
Inclinada en una esquina de su descuidada casa
se encontraba ella, pensativa y fervorosa, con la mente crispada de odio y
rencor profundo por los hechos ocurridos
en su entorno. Tuvo que ser esa mañana de cielo abierto, libre de nubes negras, estas que se presentan por
costumbre y amenazando los páramos; masas de agua condensadas, suspendidas en el
espacio y luego soltarse con fuerza demoledora,
sobe los caprichosos vivientes. Era ese momento, cuando el Yarupaja la
miraba con sus ojos ancestrales, de
ariscas y heladas convicciones, siendo venerada, tan igual que muchas de las
doncellas de antaño, de aquellas andinas mujeres que aún pasean sus espíritus sobre estos parajes de
la civilización Yaru. Ella y el apu Yarupaja se
amaban a diario, de modo usual todas
las tempranas mañanas, en un ósculo de reciprocidad y respeto para la
convivencia. Fueron tan ligeros los segundos, como el relámpago y el ruido del
trueno. Como el cristal que se quiebra al recibir energía superior a su
consistencia, así fue sorprendida. Su padre le castigaba con un golpe de
garrote sobre su débil cuerpo, recibió la penalidad por oponerse y expresar su
rechazo a las órdenes paternales. El padre
deseaba que complazca los
antojos de sus invitados, para ello tenía que servir los manjares preparados;
el ponche por la mañana, el locro al medio día y la pachamanca por la tarde.
Costumbrista forma de celebrar los cumpleaños y esta era por el natalicio
de su padre. La fiesta organizada
justificaba la verdadera intención para con ella. El día del cumpleaños de su
padre serviría para comprometer a Kósmica con el pretendiente. La pretendida
tenía su carácter, el mucho orgullo que guardaba le permitió soportar ese
ambiente de humillación y vejámenes, su reacción fue natural, para soltar
varias lisuras; una lisura a su primer pretendiente y otra lisura más al
atrevido candidato de feas intenciones, ese que le miraba con ansias intuitivas
de masculino en celo. El golpe que su padre le propinó había hecho efecto
contundente, tanto que hirió su
autoestima a la saciedad. La risa de los festivos invitados hacía eco en las
frías paredes de la choza de paja y casi quebró la resistencia del espíritu agreste de Kósmica. Algo más había
ocurrido en el amor propio, para correr
presurosa y sin importarle los charcos de agua sembrados por el pasadizo,
prefirió ahogarse en su fría habitación,
convencida por definir el derrotero de su desgracia, y luego sellar la
luz tenue de su vida, con una decisión fatal. El potente veneno brillaba en la
oscuridad, cogió con las dos manos y con
angustia de quebrantamiento preparó una mezcla fatal con la avena, dejándola macerarse en un coloide
inusual. Algo agrio e insípido, para no sentirlo y de un solo sorbo logró ingerir la sustancia
mortal hasta el fondo de su principales vísceras. Ella, decidida y convencida
aceptaba el ritual
tenebroso de la muerte, nunca pensó terminar con su corta vida, tan
fugaz y demoledora realidad. Aturdida y soñolienta, es que se iniciaba el trágico efecto del mortal veneno
en sus vísceras. Logró ubicar y caer sobre un envejecido pellejo de carnero,
solo respiraba para no morirse, en franco convencimiento de sí misma no deseaba terminar así. El veneno fue el
néctar que lo involucró a trotar sobre un camino espinoso, las alegorías de su
infancia danzaban en macabro
deleite por su mente; ella con la
muerte luchaba para no ser absorbida por la inercia, con su piel encrespada
pretendía revertir el proceso, era imposible
ante el negro color que tomaba su cobrizo rostro, más el silencio se
apoderó de esa mañana. Ella sabía que se moría y estaba satisfecha que así
sea. No pudo entender más sobre su
necesaria existencia, esa gente que lo
ansiaba para un concubinato forzado solo deseaba su desgracia, con su decisión llevaría al tenebroso infierno su ansiado cuerpo; sentía que se quemaba en
su agonía, sin posibilidades para reducir el ardor y dolor. Estaba
inconsciente, flácida y retorcida, logró llegar al poyo de la esquina, donde
siempre acostumbraba silbar junto al
pájaro de todas las mañanas, pretendiendo pedirle explicaciones al colosal
Yarupaja; no existía dudas que el camino
tomado era el correcto, esto ayudaría a reivindicarse y castigar a su
progenitor por haberla humillado ante tanta gente morbosa. Algo más, tuvo que
recordar, antes de perder el conocimiento y luego se hizo la penumbra, construyéndose
un infinito abismo para su tierna edad
de adolescente atrevida; los vértigos generados por efecto del veneno
colmaron su conciencia perturbada, la muerte aceptaba la sobrecarga de esa
ambiciosa decisión. Esa fue la última conversación que tuvo con la conciencia.
Kósmica había abierto los ojos, despertó
aturdida y con clara desconfianza
perfiló su mirada por su entorno, el
ladrido de su perro le ayudó a recordar,
no sabía si estaba en el calor de la casa de paja, ahí mismo donde y
cuando decidió tomar la pócima, o tal vez
era la otra vida, aquella que en sus sueños de niña tanto la asustaba.
Volvió a cerrar sus achinados ojos y
refrescando sus labios fruncidos con la leche exprimida de sus tristes vacas,
llamó a su madre. El hermano estaba a su lado y su madre vivaba de alegría,
agradeciendo a sus dioses por la salvación del alma de su hija. Kósmica salía del trance poco
reversible para su existencia, no dudó
al levantar uno de sus pies y con el coraje de su cólera acumulada,
aventarle una certera patada sobre el pecho de su progenitor, golpe que
hizo caer bruscamente sobre el suelo al lloroso padre: “¡fuera de mi
vista!”, le increpó a éste. Volvió a su
cama buscando calmar su cansancio y perturbada por la bilis que se vertía desde
su hígado necrosado, balbuceando murmullos de odio sobre el hombre que decía ser su padre.
Kósmica había logrado crecer y desarrollar las
cualidades de toda fémina, a sus trece años
tenía los atributos suficientes
para atraer a los varones de su
pueblo. Estaba sentenciada a involucrarse a las decisiones y
conductas machistas de su padre, eso era una costumbre de las familias
de estos lugares andinos. En algún momento sería entregada a uno de esos
hombres, por la simple suerte de caer en
un oscuro agujero, abierto para su destino de mujer. Otra cosa
no existía para el momento.
Y así fue. El padre de Kósmica tenía intenciones
de entregarla por esposa al hijo de su compadre Pánfilo; en esta otra
oportunidad se preparaba algo más diplomático. Sus nuevos pretendientes traían
regalos. Pánfilo llegó con su esposa y el hijo mayor, junto a ellos les
acompañaba el perro ovejero; el animal estaba impedido de ladrar, además, más
allá de morder sus propio dientes y colocar el rabo entre las piernas de su
trasero, no quedaba mejor espacio que
refugiarse en las faldas de sus dueños, era lo suficiente que podía
hacer, no estaba en situación de
circular por la casa, ante la firme
mirada de los perros de Kósmica,
quienes ansiaban despulpar al intruso.
- ¡Kósmica! - grito su padre- saluda a los visitantes y siéntate aquí,
queremos que te reúnas con nosotros.
- ¿Cuál es el motivo padre? – respondió- Yo no quiero estar en esta
reunión, ni pretendo acompañarlos.
- Escucha Kósmica -le dijo su padre- ellos vienen por ti. Yo les prometí
entregarte como esposa de este joven, debes ser obediente, es lo mejor para ti.
Entonces el silencio se apoderó del ambiente,
las miradas se entrecruzaban, el muchacho pretendía convencer a ella con una
mueca indecorosa, luego cayó como el rayo la respuesta de Kósmica, quebrando el
espíritu festivo y creando una incertidumbre en los pretendientes.
-
¡Qué carajo me has dicho!, tú
mi padre me regalas a estos miserables apestosos; sabes bien que yo soy muy
tierna, tengo 13 años y no soy el objeto que pretendes vender.
Su madre muy bien le había advertido de estos
sucesos y para el pervertido de su padre significaba un jugoso negocio conceder
a Kósmica a esa gente, estos que se ufanaban de poseer abundante ganadería y de
cierto mucho dinero.
-
¡Escuchen muy bien ustedes,
tira de pendejos!, yo no soy nada imbécil para aceptar esta venta de mi cuerpo,
además yo no quiero a este enano de personaje como mi futuro esposo y de suegra
no tienes nada de agradable tú señora de ¡mieeerda!, para ti viejo cochino no
espero ser tu nuera. No quiero y ni voy aceptar este abuso. ¡Váyanse a la misma
mierda todos ustedes!.
La noche del mes de mayo fue testigo de su
huida, por lugares que ella nunca había transitado; fueron horas y días que
había recorrido y todavía no se sentía segura de estar lejos de su padre. Solo
su madre sabía que escapaba para estar lejos de esa osada vendimia de su
cuerpo. Nunca aceptaría tal oferta y deseaba ser la mujer libre de las maldades
de su padre, libre del ambiente pernicioso y de su fingido futuro, todo esto no
era el más adecuado para ella. Kósmica
abandonó su hogar en plena noche de luna, acompañado por el frío de la
puna y la helada del sereno que caía sobre la superficie pastoril. Tropezaba
con su propio miedo y se resbalaba en
cada tramo del camino. Sentía que
el pulmón se agitaba por necesidad de un buen oxígeno, respiraba y suspiraba,
pero seguía caminando. Por ratos quería correr y correr, el único anhelo era
estar lo más lejos de su casa, su voluntad era tan temeraria, nunca permitiría
lo entreguen a personas ajenas, antes prefería matarse. Y lo que hizo quedaba
como un buen anuncio. Esta vez escapaba.
Hizo un quiebre a la derecha, doblando sobre su cintura la mitad de su
cuerpo, le decía adiós a su amado
Yarupaja y este le correspondía con un halo amoroso. Llegó a bajar por Argollamachay, previamente tuvo
que pasar el puente de Shongopunko y a veces se asustaba al confundir con
personas a las altas pajas que crecían en estas punas frígidas. Llegó a Jesús y
siguió caminando. Cuando sentía el silbido del viento, entonces se asustaba y optaba por esconderse, así
proseguía nuevamente, confiada en llegar al
pueblo de Margos lo más pronto posible, había preferido así, para evitar
ser capturada. Pasó por la zona de Tocana, Margos, Yacus, Chaulan, Cayran y por
fin la ciudad de Huánuco.
Kósmica al llegar a la ciudad de los “Caballeros
del León de Huánuco, optó por refugiarse
en la casa de una mujer, aquella que su amiga le había recomendado y
luego aceptó ser empleada, trabajando para la patrona durante los 5 años que no
se supo de ella. Ahí conoció al marido de Roberta. Un hombre tan pervertido que
la miraba con el alma de quinceañero. Y cuando no pudo domesticarla inició una
serie de hostigamientos para reprimirla.
-
¡Chola de mierda! – le dijo un
día- Debes limpiar la casa cada mañana que te levantas.
-
¡Calla carajo! No tienes ni
vida y me fastidias. Espera carajo que le cuente a tu mujer, por el antojo que
me tienes y te vas a joder.- Contestó enérgicamente ella-.
A diario ocurría la discusión entre Kósmica y su
patrón; un inevitable contraste, a
sabiendas de las intenciones del hombre. Muchas veces la había cortejado y en
pocas oportunidades podía escapar de ese acecho. Cierto día, cuando aseaba el
baño encontró en el suelo el inhalador del patrón y lo guardaba en secreto,
para la oportunidad que tuviera en devolverlo. Kósmica, muy enterada de la
importancia del inhalador, sabía que sin ese objeto su patrón entraría en
shock. Horas más tarde, un ruido
rarísimo en la casa se hizo sentir.
-
¡Plunnn!
-
¿Qué ha pasado? ¡Dios!
Kósmica preocupada bajo de su cuarto y encontró
que su patrón había caído al suelo y dando muecas de desesperación indicaba su
necesidad de respirar. El hombre sufría de asma y de tanto buscar el inhalador perdió
también el aire, en sus ansias por salir de una situación de asfixia. Eso lo
entendía muy bien Kósmica, pero decidió esperar un poco más y ver el desenlace
de la salud del patrón, en cierta manera buscaba satisfacer su venganza
prometida. Su conciencia pedía lo peor para ese hombre, aquel que la maltrataba
a diario y haría todo lo necesario porque se muera, así lo decidió cuantas
veces. Estaba dispuesta a no humillarse nunca y peor ante los hombres que solo
querían abusar de su honor.
-
Ahora te mueres viejo mañoso.
¿Y no decías que era una chola de mierda y asquerosa? Te mueres y apestas a
muerto viejo canceroso.
-
¡Coóoooooosmica!
Ahhhhhh…..yudame.-gritaba el viejo-
-
Claro carajo, quieres tu
inhalador y yo no sé dónde lo has
guardado.
-
¡Ahhhhhhhh! – La agonía del
patrón embriagaba un ambiente de sensación mortal.
Kósmica toleraba el drama, por capricho propio,
sin medir el peligro, además ya había jugado con la muerte, no parecía extraño
el proceder de ese modo; la experiencia anterior, con ella misma la hizo
recapacitar, corrió haciendo el ademán
de buscar el inhalador por los rincones de la casa y cuando vio que su patrón
caía por segunda vez al suelo, decidió entregarle el inhalador.
Fue tan corta la paz entre Kósmica y su patrón. Duro el tiempo, durante el
proceso de recuperación por efectos del inhalador.
-
¡Chola de mierda! Eres una
pendeja y viva, casi me matas pendeja.
-
Sigues carajo con joderme, la
próxima dejo que te mueras viejo carcomido - le contestó con energía de mujer
andina-.
La patrona había desarrollado un grado de
confianza en Kósmica y decidió hacerla estudiar en el turno de la noche. Allí,
en el colegio de las mishicas conoció a
sus mejores amigas y logró establecer un ambiente totalmente desconocido para
ella. Sus amigas del colegio tenían mayor experiencia que ella y compartió su
confianza, pretendiendo lograr algún cariño que no lo tuvo en su hogar. Solían el grupo abandonar las clases y
acostumbradas a concurrir a las discotecas
cada fin de semana. Y en todo caso, concurrir con frecuencia de las
festividades de algunos pueblos aledaños.
Fue, en la última fiesta donde
asistió con sus amigas, luego de disfrutar, terminó por aceptar ser
recluida al servicio militar obligatorio, primó para ello la falta de referencia
familiar, no había quién acredite por ella. De un ambiente a otro, de la
diversión y libertinaje a la tortura de soportar el rigor militar, experiencia
que nunca pensó vivir.
Habían transcurrido 5 años, más los 13 de su
vivencial andino, ya era una mujer formada físicamente; también los oficiales
estaban convencidos de ello. Kósmica recibió la visita de su patrona, luego de
tanto indagar su esposo había recibido la noticia de la reclusión de la criada.
La patrona decidió por convencerla para
que sirviera a su patria y pueda de alguna manera mejorar su condición de
ciudadana. Además, era oportuno para la patrona y separarla de su hogar, así
evitaría que sus hijos y el morboso marido cometieran cualquier locura. La
última vez, en momentos que celebraban
el cumpleaños del hijo mayor, ocurrió un altercado con la enamorada de uno de
los invitados. Kósmica mostró el lado atractivo y se imponía sobre otras
chicas, de eso se agarró el patrón para reprimirla y recluirla a la azotea, haciéndola convivir con un gatito;
ahí subiría Kósmica, todos los días, luego de sus labores de doméstica.
Kósmica, tantas veces dialogaba con
el minino y preguntaba si la decisión de
sus patrones era lo más correcto. El gato la miraba y contestaba maullando con inmensa tristeza.
Ella lloraba junto al gatito. Es por estas razones que también comprendía a su
patrona y tuvo que aceptar su reclusión en el cuartel de Yanac.
Vestida de verde opaco, calzando unas botas
extraños para ella y bajo el mando de un agrio sargento corría por el campo.
Los ejercicios eran de igual a igual con
los varones; gritaba cuando todos gritaban, rampando en desesperada huida de
las botas del sargento y terminaba el día disparando balas de verdad. Hasta que
le llegó el momento de saborear los antojos
del cachaco mandón; no interesaba el sexo ni la expresión delicada de una mujer, todos eran soldados y las
diferencias la guardaban para maricas.
Cuantas veces tuvo que morder sus labios
al ser vejado por el rigor de los
esfuerzos físicos y fue
sorprendida con un golpe de una vara sobre su cabeza, le dolió tanto que solo
atinaba a ver azules destellos; al momento le saltó la memoria los recuerdos de
niña, de aquellos momentos cuando su padre le pretendió humillar en presencia
de mucha gente. Ahora sentía lo mismo, nuevamente pretendían mellar su
autoestima, en presencia de los muchos
hombres, quienes reían con sarcasmo de su desgracia.
-
¡Hijo de puta! – le incriminó
al sargento.
-
¿Qué has dicho marimacha de
mierda? –contestó el sargento.
-
¡Te vas a la mierda cachaco
maricón! Contestó Kósmica con el labio mordido y sangraba de pura rabia.
Kósmica no había terminado de comer, cuando se
había percatado de la presencia del sargento, este ingresaba al comedor a tomar
su cena; ella esperó que se sentara y luego se acercó a él, la miro con rabia y
venganza.
-
¿Qué me miras chola cojuda?
-
Yo mierda deseo que te comas
la porquería de comida que sirven aquí -
Solo fue un instante para que el tallarín de la charola del sargento
volara sobre su rostro. Kósmica estaba satisfecha de sus actos y no mostraba
arrepentimiento. Solo el capitán pudo separarlos y con su consentimiento evitó el castigo de rigor para los insubordinados.
Kósmica realizaba los
méritos suficientes para su destaque,
era tan fría y disciplinada, agresiva y combativa. El Capitán
tenía un plan con ella, el destino de Kósmica se había decidido. Fue a parar
como parte de un batallón antisubversivo y fiel combatiente de su ejército.
Caminaba por el espeso monte de la selva, su
lugar era la retaguardia y su arma de rutina era cargar una potente bazuca.
Ella sabía que la zona era de mucho peligro, ya varios de sus compañeros habían
caído en emboscadas y la suerte podía ser adversa para ellos, en caso de un
pequeño descuido. Esta vez los servicios de información habían detectado una
columna de subversivos, acampados a 5 km
de su posición de combate. Al encontrarse con los facinerosos combatieron
durante toda la noche, sin ninguna baja de parte de ellos y con huellas de
sangre en el enemigo, dispersados por el camino, por el cual escaparon los
subversivos. Estaba convencida que habían derrotado a una de esas columnas
subversivas y no existían dudas de la batalla ganada, había una alta presencia
de material bélico regados en el camino. Los sediciosos abandonaron el
campamento. Solo quedaron ancianos y niños, quienes miraban a los militares con
susto y temor de sus vidas. Alguno de ellos sometidos a torturas, pretendiendo
resolver el tema de la poca información que manejaban los militares y así lograr capturar a los subversivos.
-
¡Kósmica! Levanta la bazuca.-
Le ordenaba el capitán.
-
Bien mi capitán ¿Cuál es el
objetivo?
-
¡Mata a esos cholos de mierda!
-
¿Cholos? Ellos son niños y
ancianos mi capitán.
-
¡Mátalos! Chola de mierda.- le
increpó el capitán-
-
¡Mátalos tú perro de mierda!
Yo no soy asesina de inocentes, peor de niños y ancianos.
Kósmica pensó tirar la bazuca, fue más rápido el
movimiento del capitán, colocando sobre la sien de ella la dura y fría pistola. Y una orden parecida a
la de su padre le zumbaba dentro de los oídos.
-
¡Mátalos chola de mierda o te
mato a ti!- la orden era fulminante.
Ella solo sabía que estaba en posición de
combate y el disparo del arma del capitán ocurriría en cualquier momento y su muerte sumaría a uno más en la suerte de todo soldado, así sea la bala de
la pistola de su capitán, dirían “murió
en defensa de su patria”, así quedaría grabado en el pergamino que acostumbran
a colocar en las tumbas y la conciencia de los familiares de los soldados
caídos.
Kósmica lloraba de impotencia, lloraba tanto que
se sentía débil ante esa masacre de gente inofensiva. Había apretado el gatillo
de su arma y el proyectil fue directo al campamento de los civiles. Solo fue
una potente explosión, ni un grito ni llanto en su interior. La muerte una vez
más le sonreía con sarcasmo y alevosías.
-
Que pasa chola, porqué
moqueas, has hecho mucho por tu patria –
le dijo el capitán.
-
¡Fuera perro de mierda, eres
un asesino!- Entonces Kósmica le propinaba un puntapié sobre los testes del
capitán y rastrillando el FAL le apunto en el pecho.
-
¡Kósmica no lo hagas! – le
increparon sus camaradas.
-
Si no te mato es porque veo
que te mueres en vida ¡maricón de mierda! Pero sepa carajo que estas en zona de
guerra y no esperes que el plomo queme tu sangre de asesino.
Fue imposible mantener a Kósmica en las filas
del ejército, en cualquier otra circunstancia similar podría actuar y castigar
a uno de sus compañeros, tal vez un oficial tendría que morder el polvo de su
iracunda acción represiva. Kósmica fue dado de baja al mes siguiente.
Kósmica regresó a su anterior trabajo, su
patrona la recibió con mucho agrado. Tan pronto, también, se acabó la alegría,
de modo que cayó en un enfrentamiento frontal con el marido de la patrona, le
había clavado una patada en el trasero y recurrió por retirarse de ese centro de trabajo, nada
la detenía y antes de terminar su amistad con su amiga patrona prefirió
alejarse.
Los días habían transcurrido y se acumularon en
casi seis meses, tanto así y el problema económico fue elemental, desde que
abandonó los cuarteles. Kósmica logró la confianza de un nuevo patrón, éste era
dueño de un negocio de venta de comida masiva, manejaba seis empleados. Por
urgencia y salud el patrón viajó a Lima
y dejó a Kósmica en la conducción del negocio. Ella había adquirido la
disciplina del ejército y pensaba como tal, al patrón le parecía buena esta
conducta y la nombró jefa del personal de su pequeña empresa.
-
Escuchen chicos, a partir de
la fecha la que manda soy yo. Espero que obedezcan mis órdenes caso
contrario serán despedidos.
-
Tú Lizet no sirves para
recepcionar a los clientes, por lo tanto te vas a la zona de limpieza general.
-
Tú Roberto le ayudas al cocinero.
-
Y tú también Chicho dejas tus
flojeras a un lado y te levantas temprano a partir de mañana.
Kósmica no media
la tensión creada, recién había salido del cuartel y tenía el carácter
de ordenar con firmeza, esta vez le tocaba
resolver un conflicto de intereses, que ya deseaba controlar. Ella
estaba convencida de su fidelidad al patrón. Por estas cosas de la vida, la
preferencia del patrón, fueron argumentos de envidia para los seis empleados,
quienes habían decidido castigar a
Kósmica en el momento más oportuno; de esos acontecimientos se había enterado
el hijo del dueño del negocio, quién pudo percatarse y anticiparse a la riña. El niño no esperó tanto para llamar de urgencia a su
padre y comunicarle la noticia. El dueño al recibir la información no dudo
mucho y decidió viajar durante toda la
noche, con urgencia, llegando de Lima a las cuatro de la mañana. Muy cerca de
su negocio se ubicaba la agencia del bus que lo trajo, es por eso que había
decidido caminar y cerca de la puerta empezó a golpear con furia, esto hizo
despertar a Kósmica y a los
trabajadores; ellos salieron en forma conjunta y solidaria a defender el
negocio, nunca pensaron que sería el patrón, planearon la defensa sobre un
posible ladrón; con ollas, escobas y cucharones en sus manos decidieron abrir
la puerta.
-
¿Qué pasó aquí Kósmica? - Preguntó el patrón.- ¿A quién piensan pegar?
-
¡Tú te vas del trabajo y tú
también!
-
Patrón no puedes botarlos - le
pedía Kósmica-
-
¿No te faltaron el respeto
carajo?
-
Si pero…..
-
Entonces porqué pretendes
que los excuse. Ya dije que se van y se
van. – Había decidido el patrón en un afán de proteger a Kósmica-
Fue tan corto el liderazgo en el negocio de
Kósmica, por no celebrar el día de la
madre y evitar mayores conflictos optó
por abandonar el trabajo. Para ese día se había programado atentar contra ella,
el destino una vez más pretendía jugarle un vacilón.
Kósmica
vivía remordida de haber abandonado a su
pueblo natal, ya nada le convencía vivir en una ciudad que no la entendía, la
crueldad de los poblanos y sus prácticas civilizatorias, expresaba el placer
ajeno, menos de ella. La diferencia se
lograba cuando corría por las
chacras de su tierra y de por cierto, era tan marcado la alegría de cantar
junto a las aves y el viento. Dialogar con Yarupaja, además había grandes
motivos por contarle el vía crucis vivido, en el tiempo de ausencia.
Estaba
afligida con la desgracia de su maternidad forzada; este derrotero de ser madre fue producto de un hombre que la
forzó violentamente a generar sexo. Un hombre como muchos, de esa esfera
social, de que acostumbran y anhelan capturar inocentes féminas, a las famosas
“natachas”, de ellas existe en abundancia. El día que no quiso asistir, a
celebrar la fiesta de las madres,
decidió hacerlo con sus amigas. Hubo
mucha guinda y shacta, muchas mujeres y pocos hombres, bastante huaynos y con
certeza bailaban chicha. En esa fiesta conoció a Tito y terminaron en su
cuarto, sobre el lecho de amor y perturbada, confundida. Dejo de ser virgen, se
sentía humillada, vejada y una vez más, la sensación de morirse le agobiaba en
el fondo de su conciencia. Regreso a la profundidad del único refugio, lugar
donde no la encontrarían, la soledad. Tito
tenía muchos años de diferencia sobre ella, estaba inmensamente enamorado de
Kósmica y la perseguía cada vez que salía de su trabajo. El acecho fue
implacable, Tito impuso su condición de macho para reducirla.
Kósmica, deseaba
algo diferente para su vida y no
permitiría que un hombre mucho mayor que ella la humille, peor, sabiendo que
tenía familia. No había otra alternativa que escapar del acoso y su tierra
natal sería el refugio más conveniente.
Su propio
pueblo, allí donde se inició el
martirologio y sus penurias. Paragsha,
ubicado a 3,5000 msnm, donde podía gozar las indulgencias del inmenso
espejo formado por la cordillera Waywash, un sistema de vida diferente, lejos
de la ciudad.
El pueblo celebraba, el arribo de la empresa
constructora del tendido de cable eléctrico de alta tensión, se suponían que
traían el desarrollo, menos la desgracia. La realidad satisfizo el interés de
los trabajadores, sembraron torres de metal y también engendraron
vientres de las mujeres.
Kósmica estaba ahí, junto a la cocina, atizando
la bicharra al quemar la paja seca de las punas, pretendiendo cocinar la papa y
el poco caldo con abundante fideos. La mirada de fatalidad y su profunda
incredulidad, esto se hacía constancia en la personalidad de Kósmica. Ella
gestaba un segundo hijo, como producto
de la relación con uno de esos “solteritos”, de la empresa COSAPI. Salía
a diario para trabajar en la chacra o
pastar el ganado. En las tardes volvía para terminar de ordenar su casa
y cocinar el caldo de fideos, también la papa, eso servía para alimentar a sus
hijos. Kósmica cuidaba también a su sobrino, abandonado por su hermana, quién a
sus cortos 14 años, se atrevió desafiar a otro de los trabajadores de la luz. Ahora ya eran una
familia numerosa, la mucha necesidad crearon
penurias, inducían a derramar lágrimas de impotencia, pensando siempre
en el ¿cómo? , alimentar a sus crías. Ese día, solo atino en juntar mucha paja,
tal vez al día siguiente obtendría mejores oportunidades, diferencias positivas.
Lloraba su desgracia, cuando sentía que
la energía se agotaba, diluyéndose en un mar de frustraciones. Sus hijos, como todo niño en
desarrollo pedían más de lo que había, el hecho de supervivir implicaba superar la impotencia.
Luego y una vez nacido el segundo hijo, tejía en el campo las ropitas del
vástago. Recordando su niñez y hubiera
preferido morir cuando ingirió el veneno, antes que castigar a sus hijos con
angustias de precariedad.
La fe resuelta en su propia autoestima, permitió
a Kósmica encontrar una forma de subsistir, aceptó la propuesta del vecino en
hacer pastar el ganado, no interesaba cuanto pagarían, le puso interés en el
ingreso monetario, el principal, por el
momento y para satisfacer sus necesidades primarias. No interesaba el sobre esfuerzo que realizaba, lo
importante e irrefutable motivo, sus
hijos. Así, disfrutaba, sobre los ichus,
cantando al alma, tejía las ropitas de
su bebe y alimentaba el espíritu. Por
costumbre, el día a día marcaba la fortaleza de mujer. No tuvo más que eso,
cantar a sus tristezas hasta satisfacer sus penas.
En una de esas mañanas, luego de disfrutar del
rocío, pudo distinguir a la distancia, el acercamiento de dos mujeres, sabía quiénes
eran y por eso decidió sentarse y darles la espalda. Una vez más, tal vez la
última de las vicisitudes ocurridas en su vida, pudo soportar la tiranía humana. La cogieron de
sorpresa, de las trenzas de su cabello,
siendo jaloneado con fuerza, quedó perpleja por la manera como era agredida.
-
¡Chola cochina te has atrevido
hablar su mal a nuestra tía! Le gritaban
sus atacantes
Kósmica reaccionó una vez más, increpó a sus
atacantes y de dos patadas a la altura del pecho, las aventó hacia la ladera.
-
¿Cómo crees que haya hablado
estas cosas, señora? Yo recién regreso a este pueblo y no conozco de las
personas y sus vidas.
-
No abusen de mi pobreza,
conozco mis derechos y también sé defenderme.
Kósmica fue llamada a la comisaría del pueblo
por razones de las denuncias y acusaciones presentado en su contra. La acusaban de haber insinuado sobre una
calumnia, indicando que la Lupe se había acostado con el marido de Florencia.
-
Ustedes señores policías deben
tener un mejor criterio para calificar a las personas y no hacernos perder el
tiempo, por qué no castigan a esta
señora mentirosa.
Los policías carcajeaban de las anécdotas y mucho más cuando abofeteó a Lupe, hasta
arrojarlo al piso. Las conclusiones a la que llegaron los policías fueron
determinantes, decidieron detener y darle un castigo a Lupe, bañándola con agua fría, el caso era
reiterativo con otra vecina. Y acompañaron a Kósmica por el camino, con rumbo a
su casa. Kósmica había ganado una batalla más en su vida. Aprendió a negociar
conflictos. Pese a su poca instrucción, tenía el carácter suficiente para
imponer sus criterios. Eso lo puso como antesala, cuando su madre le increpo por su conducta.
-
Deja que yo controle mi
situación- le dijo a su madre.
-
Nunca he abusado de otras y a
mí me han agredido.
Conversaban entre ellas, madre e hija, parlando
atentamente de la ocurrencias y hazañas.
-
No tengo cariño de tuyo madre,
decía. No la tuve de mi padre. Solo gozo de mis hijos quienes me dan las
fuerzas necesarias para seguir viviendo. No tengo más cosas que mi propia
fuerza agregó y a mis hijos que los amo mucho.
El nuevo día había decidido presentarse con el
frío acostumbrado. Esa noche cayó la helada.
Ella estaba acurrucada al lado de sus dos hijos. Haciendo fuerza
comunitaria, para seguir viviendo.
Respiraba profundamente, en el silencio de la penumbra de su covacha. Seguro
que en los días siguientes volvería a caminar sobre el pasto, humedeciendo los
acabados zapatos con el rocío de las chacras andinas.

Saludos y muy buenos relatos
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