CUENTOS VIVENCIALES PERUANOS

CUENTOS       VIVOS

Lincoln Soto Gómez


PUCALLPA – PERU
2014













Es importante luchar por la vida, al igual que luchar por la permanencia de la naturaleza. Somos vida y como tal somos parte de la naturaleza, nuestra lucha es por vivir en armonía con ella, como lo hicieron nuestros ancestros .Nuestra  aventura cotidiana  cuidarla, de quienes se empeñan en liquidarla enfermarla o herirla en su afán de lucro.
Es tanto los índices alarmantes de agresión a la madre tierra y el silencio cómplice de nuestras conciencias, infinitas veces seremos responsables mañana cuando las generaciones juzguen.



El autor.

















PROLOGO:
La vida nos enseña mucho y provoca en nosotros diversas sensaciones, sentimientos y convicciones, que nosotros mismos olvidamos en gran medida.
Sería bueno que todos escribiéramos, inclusive para recordarnos a nosotros mismos cómo pensábamos, cómo sentíamos.
Desgraciadamente hay el complejo de que solo los “escritores” deben escribir. Además si uno o una no tiene buena ortografía, no quiere hacerlo; sin embargo esto no debe ser un obstáculo, pues aunque la ortografía no sea correcta, se puede entenderlo que escribimos.
Es conveniente la comunicación de unas a otras.
Me complace leer este tipo de trabajos hechos por jóvenes peruanos no escritores, aprendo mucho de ellos en este Perú turbulento
Por eso me gusto leer “Cuentos Vivos”.
Lo que resalta a la vista es su profunda sensibilidad social.
Su comentario inicial y el primer cuento que ocupa muchas páginas, indica algo en la que yo coincido. El mayor peligro  para la humanidad, ahora, es el feroz ataque a la naturaleza por la voracidad de ganancia del capital.
Por otra parte le sacude algo muy antiguo y muy actual: El servilismo de las llamadas “fuerzas del orden” hacia los poderosos que provoca ataques asesinos a los trabajadores del campo.
También vemos su sensibilidad contra la opresión de la mujer.
La extraordinaria  diversidad climática de nuestro país está plasmada en este escrito que nos muestra la selva con sus peligros y sus mitos defensivos respetados y queridos por el autor, la sierra con sus placeres y sus problemas y por último los conflictos de los serranos expulsados a las márgenes de Lima.
Con mucho respeto y cariño, les invito a leer “Cuentos Vivos” escrito por Lincoln Soto Gómez.

Hugo Blanco Caldos.
Febrero 2014








PRESENTACION
Mediante este trabajo, doy a conocer en forma de cuento, acontecimientos y vivencias que se desarrollaron en un escenario, lleno de misterios, ambiciones, abusos, creencias y mitos que perduran. Como perduran las diferencias y las contradicciones sociales, ante las cuales necesariamente hay que tomar posición; el que escribe y gran parte de su generación tomo partido al lado de los humildes, al lado de los defensores de la naturaleza, de la vida, del agua, de las comunidades. Si lo hicimos bien o mal, para lograr nuestros propósitos no nos corresponde calificarlo. En cuanto a lo que me concierne, creo que asumí una posición que me enorgullece, para decirlo de otra manera, lamentaría profundamente no haberlo hecho.
No soy escritor de oficio, ni cultivo estilos o especialidades literarias, simplemente fui, soy y quiero seguir siendo, un protagonista que aportó  lo que pudo, cuando el momento se lo demandó y que hoy a través  de estos cuentos intento que permanezcan en la memoria de los que estuvimos ahí y sirva de alguna orientación a los que vendrán a ocupar nuestro lugar  en oportunidades futuras, siempre en el mismo objetivo, de cuidar la naturaleza al lado de los hombres y mujeres de carne y hueso que luchan  indesmayablemente por ampararla de los que depredan para satisfacer sus mezquinos intereses.
No tengo nada contra los escritores  de oficio, pero siempre he considerado, que tiene más peso para llegar a las conciencia de los principales interesados, si estas sinceras narraciones las llevan adelante los protagonistas, que aquellas que narran cosas que se la contaron. Por eso considero que los errores de reglas gramaticales, de composición o de estilo que pueda cometer no ensombrecerá la intención del trabajo, principalmente hacemos entender y porfiar tercamente en nuestra incansable búsqueda de justicia social y la defensa de nuestra MADRE TIERRA hoy con más urgencia que nunca.
Lincoln Soto Gómez
Huánuco - Perú 2014










CHIMBETO
Viajábamos sobre la superficie de la espumante aguas del Ucayali y en horas de la tarde, cuando el viento agitaba en oleadas las aguas del río Aguaytía,  observamos desde nuestra endeble embarcación un conjunto de   burbujas   navegantes, los que aparecían abruptamente sobre el ras de la superficie acuática, como siempre, acompañándonos durante toda nuestra travesía, conglomerados  en una numerosa caravana  de esferas truncas, convirtiéndose así en  amigos inseparables  en nuestros acostumbrados viajes.
 Muy cerca al  intrépido  y  fagocitante cráter acuático, abierto por su propia naturaleza, se anunciaba  a un tiempo y un poco debajo de nuestra presencia, un milenario complementarismo  silvícola, motivados  y hambrientos de energía biológica, contribuyen con sus fuerzas al nacimiento de  suaves brisas, pretendiendo abrir algunos surcos sobre nuestros rostros. Tantos espectros animados en nuestra imaginación y con mucha razón, luego de largos días de viaje torturados por la impaciencia y la interminable ansias de llegar a nuestro destino; esto, esa dinámica natural, era parte de los   espíritus  esquizofrénicos de la selva caprichosa, convertidos en influyentes imaginarios de nuestra conciencia, entonces, se justifica  el manantial de creencias insertos  en las cultura originarias; lección para nosotros, la confluencia de muchos ríos que permitieron a millones de moléculas de agua desposarse cerca a nuestros sentidos, haciéndonos deleitar el espíritu caprichoso de  aire  libertario de la naturaleza. Imposible distinguir al macho de la hembra, ambos  creaban los apéndices de complementariedad. Serpientes hidrogenadas  y colmatadas de muchos átomos de oxígeno, fórmula química de creación natural, buscando entre sí, a no permitir ser separados, mientras sea consentido por su propia autorregulación; ríos  condenados a  circular eternamente en un mundo imantado por una natural holística de convivencia. Los remolinos se  forman con violencia, por las ansias embrionarias del río  en absorber al fondo de sus entrañas, a los efímeros flotantes que osan por costumbre  desafiarlo sobre la superficie. El  inevitable   choque de las dos masas de aguas turbulentas ocurría año a año,  propio de las contradicciones de complementariedad  y alegorías de la madre naturaleza,  ocurrentes caprichosamente en  los valles y  ríos amazónicos.
 Muy cerca y en timorata aceptación a la fuerza de los remolinos, las glabras palizadas se negaban a ser absorbidos por el ritual de los ríos, cuando de  tramo en tramo emergían hacia la superficie, escapando de las trampas, escondidas en las entrañas  infinitas de las aguas del río Ucayali, las que se anunciaban metros más adelante. Existía la amistad y fiel compromiso a  desposarse año a año, osarse a la renuncia era ir contra las leyes naturales, desertar no era parte de esta convivencia milenaria. 
También, a unos  metros, en ambas riberas,  cercano de la natural y vivencial determinación de la naturaleza, ahí  ocurría un cuadro energético saludable, era la formación  del fango y las restingas, la furia de los andes terminaba por almacenarse  en un amplio coloide de nutrientes, allí se sepultaba los gérmenes nutricionales arrancados de los suelos y fríos nevados de la sierra peruana, arrastrados por las constantes crecientes del río, esta que  arrasaba   su propia estructura  y junto a ello millones de toneladas de microelementos, compensando el desplazamiento de las placas continentales, sumergidas hace millones de años, pero seriamente heridos  por las malas prácticas agrícolas de los hombres andinos y  los amores perdidos por las  reyertas  con  la espiritualidad de sus ancestros.
Sí o sí, trenzados en un duelo de vida se encontraron el río Aguaytia con el gigante Ucayali, juntándose en armonía ejemplar, tan igual que dejaron sus ancestros y abriendo en cadena perpetua una serie de cráteres temibles,  del cual  los ilesos hombres amazónicos escapaban muy ágilmente en sus frágiles embarcaciones. Así se anunciaban las crecientes, desde los ariscos cerros serranos, llegando una y tantas veces   a las llanuras amazónicas,  ionizados por la ley de la naturaleza, desafiando a toda creación en su camino y disciplinadamente cumpliendo con su propia biología,  un   atrevido recorrido  serpenteante donde los hombres construían rutas esporádicas, surcando y surcando con el ánimo por llegar  a los   parajes exóticos de la  indómita selva.
 Confundido y  sobre  un espacio definido por la masa de agua  flotaban  las pequeñas boyas de madera, seguidas por los curtidos madereros, quienes lidiaban para mantenerse en la cola de la creciente, escapando cuantas veces de las ansias de la parca misteriosa, ella, interesada en su ambiciosa y codiciada necesidad de capturar almas esporádicas y atrevidas. Mientras, el río continuaba en su persistencia por arrancar de las entrañas del suelo las  raíces de los árboles  ribereños de la selva.
En estas  formas de organización,  la naturaleza ofrecía un espacio a las  etnias milenarias, ancestrales  pobladores  ucayalinos ubicados  bajo la sombra de sus plácidas chozas, esperando el final del desenlace, de esa expresión milagrosa de una cofradía sentimental, creada por la misma naturaleza viva; luego, ellos  satisfacían sus necesidades económicas al aprovechar de las   florecientes   restingas limosas y de las arenas ardientes de las playas calurosas,  generando provecho de los nutrientes fermentados, listos para hacer florecer  los frijoles y  arrozales  sembrados.  Así se inician los tormentosos días de invierno en la selva de nuestra patria. Tan tormentosa como el necesario calor para una noche fría de invierno en los parajes de nuestra serranía. Tan necesario para que los pájaros continúen trinando y el viento se refresque al interior de la tupida vegetación.
El día siguiente. El astro sol se decidió por  broncear con sus cálidos rayos a los viajeros, cubriendo  de una fina película negruzca  la piel cobriza de los migrantes, calcinante energía calórica durante el día, absorbida por las células de la piel humana, quienes se obligaban a morderse los labios, castigados por la sed y angustia de un necesario descanso. Por la noche el calor  brincaba del núcleo celular, generando una  sensación asfixiante para la piel  turbada del hombre amazónico, esta se manifestaba en una ulcerosa expresión de lamento,   retorcidos en un desesperante torbellino, con ansias de un  complaciente y necesario  sueño, que casi impotentes  lo pedían; así se quedaron dormidos profundamente los viajeros, en sueños, deleitándose del  absorto y acariciado  vaivén   de las aguas del rió, tranquilidad  que permitía absorber  a la brisa y el sereno,   compenetrándose  en el confuso mundo de los átomos diluidos y    acentuado por un  jolgorio de  olas acuatizadas que recorrían en el torrente sanguíneo de tercos viajeros. Así armonizaba  el conglomerado de células en el interior de los hombres montañeses  y los átomos del ambiente en  un torrente de rebelión absoluta, complacientes de entregar placer  y  satisfacción a los que osan desafiar a su propia naturaleza. Al parecer se pretendía equilibrar el castigo durante el día, con imaginaciones absolutas, en las neuronas de los cansados viajeros.
Los hombres surcaban el río ¿Cuántos kilómetros?,   no se sabe, solo se dice tantos días y tantas vueltas, para llegar a algún caserío  de las ribereñas playas  del río.
El monte, maravilloso y atractivo como la miel, absorbe nuestros ojos, inyectando en nuestras mentes un néctar codicioso de  riqueza insaciable y por  conocer algo más de sus viejos y tradicionales  misterios. Otra sería la realidad, diferentes hechos demostrarían el equivocado concepto de la codicia humana. Surcar el río en busca de lugares inhóspitos, eran de semanas y meses, a muchos le costó la vida  y a otros  les dio grandeza.
-       “Tantos días  y tantas vueltas” - acostumbraban en afirmar  los barbados   montaraces, en una acertada forma de medir el tiempo de viaje.
En estas temporadas era costumbre concurrir  a un espectáculo de la interculturalidad, esperado y desarrollado en estos lugares; esta se iniciaba en diferentes circunstancias y en esta oportunidad el cielo se vio alterado por  la estampida de los pájaros, muchos de ellas  saltaron al vacío desde los gigantes árboles de Lopuna; eran loros bulliciosos volando  por el aire, haciendo  abanicos de estampida, asustados por el  tosco sonido de los motores PKPKes; máquina inventada por el hombre para surcar la resistencia del río y esta vez  punchaba contra la vertiente, empujando a un rústico bote de catahua hacia el puerto de la comunidad nativa.
-         ¡ Chupapay   Chupapay ! - gritaban  los niños y mujeres, estas voces se confundía con las de los loros, a la vez que las aves volaban por los aires, los niños corrían sobre los cálidos arenales del río a recibir a los paisanos de la ciudad, sabiendo de antemano que  de esa embarcación dependía la satisfacción de muchos de sus apetitos frustrados, era el mejor momento para deleitar de las golosinas que  difícilmente podían consumir a diario. Complacerse era algo que  tendrían que cumplir sin restricciones, ellos  a cambio ofrecían con inocencia diversos productos, propios de esta selva cautivadora.
Chimbeto llegó con abundante mercadería, vaciaba el bote con paquetes de ropas usadas, alimentos y baratijas, también de aguardiente y extrañamente papa y cebolla.
Todos se confundieron en un mar de intenciones y oferta de productos, apresurando una mesa de negocios para el acostumbrado trueque, aquí el dinero no tenía prioridad. Esto era el acostumbrado ritual socioeconómico, toda y cada vez que un bote atracaba en el puerto de la comunidad. Mientras los nativos buscaban secretos en la alforjas del usurero, éste buscaba información para enterarse mejor de la ubicación de los manchales de madera preciosa. Las mujeres nativas, asentando sus anchas caderas sobre sus pies atravesaban  un largo camino sobre la cálida arena, gozaban obtener con firmeza algunas de las baratijas expuestas, sus risas concordaban con el color de la vestimenta, estas  que cubrían  los desnudos cuerpos de mujeres dispuestas a resistir en el tiempo, la propia ignorancia de sus parejas.
Esta rutina se desarrollaba durante el año y venía de atrás, desde los primeros viajeros que llegaron con ansias de encontrar El Dorado.
Transcurrido un corto tiempo, mediante el cual Chimbeto se mostraba muy alterado  de conciencia, serían dos largos meses, tal cual y como había idealizado el negocio trató de ordenar su imaginación, mientras buscaba  convencer a los inversionistas para que puedan financiar su pronto viaje, de regreso al monte. Anteriormente había logrado hacer un trueque muy rentable, cambiando los productos que acostumbraba disponer  en su bote, por una troza de madera roja y luego de transportarlo  el tronco al aserradero,  le genero utilidades atractivas en sus cuentas bancarias. Para los nativos era un palo, pero para él era un gran negocio, significaba la riqueza existente en la selva, la caoba, madera preciosa, codiciada y deseada por propios y mercaderes de la extracción irracional.
Esta transacción comercial había  ocurrido a mucha distancia de la ciudad, cuanto más lejos sea de la urbe mejor,  los lugares preferidos por los usureros eran aquellos donde la necesidad se imponía sobre la satisfacción.
 Entre los afluentes del Contayo y Santa Ana, hacia el margen derecho existían montes virginales y de una de sus alturas bajaba una vertiente conocido como la quebrada de Tarwacá. Allí, en  las llanuras selváticas vivía Juan, quién acostumbraba  construir trochas para cazar animales del monte y poder alimentar a su amada Luzmila. Era su forma habitual de supervivir en la selva peruana. Los poblanos coincidían en mencionar  al nativo Juan de  conocer el lugar donde se hallaban los gigantes árboles, conocidos como caracolillos; estos árboles  eran muy  requeridos por los ambiciosos madereros debido a su textura y hermosura, la reina de los montes calurosos,  un apelativo apropiado para una especie en extinción.
Chimbeto hizo un segundo viaje a estos lugares, había decidido no perder la confianza de Juan. Y al arribar una vez más a los montes del Contayo, quiso por voluntad propia conversar con  éste, reacción impropia de Chimbeto pero satisfactorio para sus planes. Después reconoció el grave error, al puro estilo de cualquier  usurero judío; en un arrebato de ira, y luego de no ubicar a Juan, prefirió retirarse, había despreciado a la cashibo Luzmila, por ser una anciana de edad muy avanzada y  negándole apoyo alimentario. La avaricia de su subconsciencia fue más contundente que el acto humanitario negado a la anciana Luzmila, prefiriendo   atracar en otro puerto luego de enterarse sobre la muerte de Juan.
El nativo Juan había fallecido a pocos días y en vida el occiso  era el soporte de Luzmila, fue el marido e hijo a la vez, como afirmaban los lugareños en su habitual forma de parlar; por  la diferencia de edad que  era tan distante, como de 80 contra 40 años, entre Luzmila y Juan, la gente los criticaba; razón había para que  exista un fuerte compromiso de maternidad conyugal, antes que   un armonioso entendimiento de marido y esposa, por lo menos eso sentía Luzmila. Sostenible y necesario para compartir muchos secretos en la soledad de la espesura de la selva, con su único acompañante y por decisión de nuestra salvaje  humanidad.
El nativo Juan había muerto y con él se llevó unos miles de soles, suma de dinero entregado por el usurero,   cuenta muy voluminosa que satisfacía la codicia de Chimbeto. Juan había firmado un pagaré a favor de Chimbeto. Cuando el nativo Juan le entregó la troza de caoba en un viaje anterior,  éste le dejó un adelanto en víveres y otros objetos de uso domestico, generándose un enganche comercial de cumplimiento futuro, vieja costumbre en este tipo de negocios.  El “cho querido”  como decía Luzmila al referirse a Juan, había muerto en circunstancias no muy claras, llevándose con él  el secreto del lugar donde se encontraba los caracolillos.  Por eso, causó un fuerte malestar en Chimbeto los acontecimientos ocurridos en su ausencia; remordido por la muerte de su deudor  pensó castigar al nativo, ignorando a la anciana Luzmila y yéndose  a dormir al otro lado del rió, dejando a la vetusta mujer en un mar de angustias por el hambre y la soledad.
Durante las noches siguientes recurrían los fantasmas sobre Chimbeto, impidiéndole dormir en el silencio bullicioso de la tranquilidad selvática y al no   lograrlo,   perturbado por la decisión tomada, un poco más y los sueños incompletos , interrumpidos por la tormentosa idea de frustrar su ambiciosa meta, llenándose de plegarias de arrepentimiento, hasta que un buen día, motivado por su conciencia decidió levantarse muy de madrugada, sin antes esperar que el día irrumpa la oscuridad, hizo lo posible por  acercarse a Luzmila  y resarcir su actitud malévola.  Chimbeto fue absorbido por la angustia  de la avaricia, nunca aceptaría la derrota y el lamento para un negocio frustrado no eran válidos; a pesar de sentir una frustración profunda en el ego de  ambiciones reinantes en su futuro, aceptaba en el subconsciente la veracidad de las supersticiones. Fue testigo  durante la noche anterior,  cuando el perro de la anciana aullaba con fervor tesonero en el umbral de la choza donde vivía, anunciando con lamento intuitivo el futuro de sus dueños; los hombres del campamento percibieron el  macabro trance espiritual entre el mundo real y la tímida imaginación humana. La anciana Luzmila había muerto de soledad y aislamiento, antes que el hambre  hiciera estragos en su acabado cuerpo, su      “cho querido” lo llevó al lado suyo y también se llevaron definitivamente el secreto de la madera preciada al cofre vidrioso del infinito.
Los días que estuvo Chimbeto en el velorio de Luzmila, pudo congregarse  con la numerosa gentuza de las  riberas lugareñas, en la estrategia de éste ambicioso personaje había surtido la idea de reunirlos, para obtener una buena  información sobre el manchal de madera, no más le animaba que otra cosa, de lograr su objetivo principal.  Para ello llevo mucho licor industrial, masticaron coca, fumaron mapachos y consumieron  masato, hasta sentirse  hastiados y envilecidos por el  ardor de la noche y tanto como por la necesidad de dormir,  cayendo en un profundo letargo, hasta ser absorbidos por la confianza de  la absorta selva aguaytiana. Nadie vio ni escuchó la melodía, salía del alma de achquinvieja, algo como un susurro del  monte expresado en dulce canto, solo el viento hacía circular  en las oleadas del río el verso  y encanto del sentir de Luzmila:   
-       “ Azúcar me negaste, pan que no me entregaste, de mi puerto te alejaste y tú me abandonaste ”
Ya de día, Chimbeto decidió regresar a la ciudad a preparar una nueva expedición y buscar un mayor financiamiento para sus travesías. Tenía que convencer  a los dueños del dinero para que inviertan con confianza en esta osada y ambiciosa expedición. No todo estaba perdido. Depositaba toda su confianza en Juan, sabía por deducción que existía ese tesoro de madera, tenía que tener paciencia y mucho coraje.
Chimbeto había centrado su estrategia en demostrar  lo viable del  negocio, mediante su poderoso don de convencimiento, para  él era  lo mejor que tenía, el “floro” versado que brotaba de sus labios carnosos.  Convencer a los inversionistas madereros para que financien una segunda expedición, era tan difícil, posiblemente   como pretender revivir al nativo Juan. Entonces, obedeciendo a su ego y antes del desayuno salió de su casa en busca de los “platashapas”, visitarlos de uno a uno y a otro usurero como él, le parecía palidecer; luego, cuando perdió la vergüenza, pensó en  el mismo  discurso palanganero de siempre, se acercaría con la destreza del otorongo, inventaría mil estrofas, de tal modo que pueda rimar con el objetivo principal. Antes, en el calor del hogar perfeccionaba sus palabras, día a  día  repetir el son de la orquesta  que llevaba en su  interior; parlando y caminando por el patio trasero. No dudaba en usar la  madrugada e implorar mediante rezos al Dios de costumbre, con el firme convencimiento de  lograr su cometido. La persistencia tuvo un peso gravitante, de tanta insistencia logró convencer al financista. Conseguido el financiamiento que requería y antes de su viaje, como era de costumbre, direccionó sus pasos al puerto de la ciudad, con el objeto de comprar una tinada de pescado fresco y un racimo de plátano verde. El desayuno de esa mañana serviría  para conglomerar y deleitar un agradable desayuno junto a su familia.
Ya en el campamento, después de largos días de viaje, puso en práctica las estrategias diseñadas con el financista. Hubo espacio para guardar en su memoria algunos consejos del dueño de la plata. Antes de partir al monte hizo sus oraciones de costumbre, por la madrugada, pronunciando plegarias y alabanzas al dios de sus múltiples necesidades.
Chimbeto, tenía decidido actuar con urgencia y severidad, no dormía pensando siempre en el manchal de caoba y la simple  obligación de cumplir con su deuda asumida con el inversor, devolver la plata prestada significaba un pesado compromiso, en todo caso debería de conseguir si o si  los árboles  de madera, los trozaría en medidas adecuadas y luego disponer de muchos peones para  arrastrarlos desde el monte a costa de su propio riesgo.

Otro día salió muy temprano cogiendo un machete, la escopeta y su alforja lleno de una porción de fariña para consumirlo cuando el hambre y la sed le obligaran. Caminó un largo tramo  hasta un lugar intransitable, no pudo avanzar más, en la medida que se oponían las hierbas cortantes y los espinosos arbustos;  el hostigamiento de los mosquitos al interior de la espesura selvática lo agobiaban,  martirizándolo en sus ideas y los objetivos. Absorbido y sofocado  por la selva,  tuvo que salir del monte, con el rostro cabizbajo y meditabundo,  de perfil enfermizo por la rabia acumulada, al no haber logrado  su cometido. Odiaba su existencia, reprochaba su estado y no encontraba complacencia con su entorno. Con el ánimo derrotado y con poca paciencia para comer el sabroso caldo de carne de majaz.
Después de esa experiencia frustrada, en Chimbeto se acabaron las esperanzas, como consecuencia, las noches siguientes se convirtieron en auto torturas,  cúmulos de pesadillas y más  pesadillas; mostrando ante los peones un rarísimo y extraño proceder, salía de su cama y daba caminatas de perdido, expectoraba el tosco humo del mapacho que fumaba y frunciendo su rostro en hiel pura, hacía sentir una sensación de rabia, actos que asustaba a  los peones. Ellos, la peonada, habían sentido  la muerte en la noche pasada, aceptando temerosos los rumores y mitos, reviviendo el mundo ficticio constantemente, durante las noches el proscrito verbo del temor invadía el campamento, tanto los  previos y antes de trasladarse a sus acostumbradas camas, se resaltaba los misterios de Juan y Luzmila, esas que afirmaban sobre las almas y de tanta atención a las charlas  quedaban impregnados al interior de sus mentes. Los extendidos hombres del campamento se sentían temerosos, aun durmiendo juntos, sobre la misma listonería de finas ponas. Historias  extraídas de   la madre  selva, desde las sombras del bosque sentían que las ánimas  asomaban sobre sus erizados cuerpos.
Fermín, un habilidoso hombre de la selva  se acercó a Chimbeto, ofreciendo  un posible auxilio  y tal vez  algo de consuelo a las atormentadas ambiciones de hombre de negocios.  Chimbeto vio en el fiel peón cierta bondad, se llenó de la vergüenza, haciéndole caso le llamó a un costado del campamento, lejos del oído de los otros peones y  pregunto a Fermín  de las cosas extrañas que decía haber visto el día anterior.
-       ¡Sí! “mi patroncito hemos visto que la parca bajaba sobre una balsa  en medio río y el tunche silbaba  muy cercano al campamento, pretendiendo algo de aquí.”-  Le dijo Fermín.
-       ¡Si cho! Contestó  Chimbeto, yo mismo presiento que la muerte  se apodera de mis tormentosos sueños. El rostro de la anciana Luzmila  se presenta rigurosamente en mi mente y siento que estrangula mi garganta, quitándome muchas veces la respiración. Ayúdame hermano no pienso morir tan joven y lejos de mi familia, pero tampoco puedo irme sin llevar madera de este lugar.
Algunos afirmaban que  Chimbeto creció en la sierra de Huánuco y  su niñez fue de  mucha decadencia en las  necesidades, ambicionaba salir de esa situación de pobreza. Llegó a  la selva inhóspita en busca de caminos sólidos para su juventud y pretendía lograr jubilación anticipada con las cosas que había descubierto en esta parte del planeta.
-       “Tanta riqueza para poca gente que no ambicionaba nada”,     se respondía él mismo ante una serie de conjeturas e interrogantes que  agobiaban  sus apreciaciones de codicioso hombre de negocios.
 Tantas veces repetía algunas frases, cuando tenía que refutar a sus adversarios tales como:
-        “Cuando muera, como todo serrano pateo  y al surcar el río escupo como el bufeo“-  comentaba en son de mostrar su terca actitud y de claro resentimiento social-
-       “Claro no soy un improvisado, soy un hombre con ganas de ser rico y esta vez se presenta mi oportunidad para lograr que la caoba sea mío y luego los multiplicaré por el buen precio que tienen en el mercado. Y así  terminaría mi trajinar.”  -  Decía otras veces-.
Otros contaban que el origen de Chimbeto estaba por el bajo Ucayali y su descendencia provenía de los conquistadores portugueses. El apelativo de Chimbeto lo llevaba desde muy tierno, porque le gustaba chimbar los plátanos en el puerto. Y de cierto en el puerto de los ríos de la selva hay muchos chimbadores que conocen variados secretos de la indómita selva peruana.
En el campamento se notaba el vacío y silencio absoluto, porque todos fueron al monte a construir caminos, como  mateando los árboles de interés comercial y  al mismo tiempo,  ubicar la trocha con dirección a las   caobas que el  nativo Juan había descrito;  como de siempre,  Chimbeto ordenaba con mucho rigor a la peonada que estuvo en su entorno. Durante todo el día intentaron constantemente  lograr el objetivo, siendo impedidos por el día que se retiraba atrayendo un nuevo  anochecer. Chimbeto regresó cansado y agobiado una vez más, ya eran las 5 de la tarde,  para él no fue suficiente y con la rabia en su interior empezó a girar con el machete en la mano, golpeando con fuerza sobre la foresta que se encontraba en el camino, siendo absorbido por  un ánimo ulceroso e impregnado de una ira que se manifestaba en rara  fiebre maligna, ésta empezó a deteriorar su salud.  Chimbeto cayó en cama  retorciéndose  de una seria dolencia, que le causaba una  alta temperatura  en su cuerpo, su  estado anímico incrementaba la angustia en su mente confusa; su cuerpo se encogía de punta a punta, las manos se juntaban y los pies también, era un apretón de músculos; tanto, tanto de contraído el cuerpo, casi en su totalidad, incluso sentía  el quebrantamiento de los huesos. En él se había iniciado un trance, al parecer irreversible, tal vez nunca llegaría a lograr su objetivo. Deliraba  silenciosamente en un infinito de ideas, eternamente absorbido por su codicia en la madera preciada, mientras, su cuerpo continuaba en una metamorfosis  compulsiva.   Ninguno de los peones pretendieron acercarse a él, conociendo de su carácter; solo Fermín tuvo la osadía de brindarle una esperanza de salvación.
-       ¿Patroncito está enfermo usted?
-       Si, Fermín y siento que la vida se acaba para mí.
-       Usted está con mal del Monte patroncito.
-       Yo le voy a curar patroncito, ahurita regreso patroncito………………
A Fermín, también le decían  Quirombo, quién no dudo en tomar  el machete para iniciar un recorrido al interior  del monte, en plena noche, inmerso   en la espesa selva, en un laberinto tenebroso, ya nadie intentaba caminar dentro de ella sin antes tener la suficiente  experiencia en andar por la oscuridad y en un potencial peligro, a esas horas muchas alimañas osaban transitar o  la sola idea de imaginación timorata aplastaba la pura realidad. Quirombo era un viejo y osado montaraz, cuantas veces había proveído de carne de monte al campamento, tarea realizada en las tantas   noches de invierno y mejor en verano. Recordamos cuando en una sola noche  se escucho una cadena de disparos de escopeta, cuanto efecto de los perdigones de plomo, sobre la espesura y atravesar las curtidas pieles de los majaces, luego, en la barbacoa se mostraba el botín, hecho  carne ahumada.
 Varias horas transcurrieron y luego de haber ingresado al monte, en  Quirombo podías encontrar una serie de misterios, éste regresó al campamento pensando en muchas cosas, pero la fidelidad era más grande que sus efímeras ideas de traición, hizo lo que su humanidad indicaba, regresando con un grueso paquete de raíces de Wasai, con el cual preparó un ferroso, oscuro y amargo brebaje; líquido que serviría a Chimbeto para que lo beba luego de un proceso de maceramiento y enfriamiento en el misterioso secreto del cosmos celestial.
-       Lo tomas cuando se enfrié y deja primero que el sereno lo cuaje.
 El requisito indispensable para una buena sanación, de diversas enfermedades, en base a yerbas exóticas de la selva peruana, pasaba por ser sometida al “sereno” de la densa masa de aire,  caído de la atmosfera sobre el néctar afrodisiaco.
Esa noche, Quirombo acompañaba al convaleciente, sentado sobre un tuco y muy cerca, masticando coca, expectorando sendas bocanadas de humo y confundiéndose en concierto con  los bichos, al ritmo del  armonioso rito, abrigado por la espesura de la selva, pretendiendo opacar  los lamentos de Chimbeto, quién  gemía con intrínseco pesar, sobre su lecho yacía aturdido por la descompensación en su organismo. De los tantos quejidos y calambres uno de ellos sobresalía, ese dolor sensible, manifestado, al escuchar el silbido de la jergona; ocurría esto, en momentos que la serpiente cuidaba de sus huevos, en acecho por algún lugar cercano al campamento. Mientras, todos dormían en turbulencia y capturados por la profundidad del sueño, en esta inerte tendencia, poco se podía esperar de ellos, para  consolar el sufrimiento de Chimbeto. Mucho antes y por  ratos maldecía el momento que lo trajo por estos lugares y en otro momento del acelerado tiempo reafirmaba su conveniencia, en el ideal por lograr ubicar el monte de caoba, sabía  que se encontraba en un rincón de la selva y muy cercano a su pesado cuerpo. Perturbado por la enfermedad rara y el peso de su propia conciencia, sin antes,  dejar que el sereno de la noche intente cuajar el brebaje, en su punto milagroso, ya Chimbeto ingería   la pócima herrumbrosa y amarga, haciendo uso de los brazos atrofiados por la rara enfermedad y no sus manos, cogiendo el tazón y besándolo  con sus adormecidos labios, en un ánimo de beber la última gota del néctar. Fue como un fulminante rayo caído sobre la copa de un árbol, absorbido  en vértigo, hasta desmayarse;  sujeto al  inconsciente del cerebro, atrapado por el  encanto y la magia de la  savia absorbida, inmerso en los átomos extraños de la raíz de Wasai, quebrado al devenir de los efectos del trance y empezó a circular por el torrentoso circuito sanguíneo de su cuerpo. En su diezmado inconsciente,  momentos más tarde, luego y en su acurrucado  sueño, sintió viajar por el espacio, vagando sin rumbo, en un silencio demasiado curioso. Compenetrado en el acto ritual de la naturaleza, junto a los bichos y plantas del monte, empezó una sesión tan parecida y propia de ayawasqueros.  Absorbido  por el dulce e intrínseco sonido  a metal  fino, melodioso  equilibrio con lo desconocido, esta que había atrapado al subconsciente de  Chimbeto, invitándolo a cruzar por el puente que se hizo, al caer el árbol de Lopuna, producto de un rayo nacido de una tormenta lluviosa. Delante de él danzaban los pequeños seres de la naturaleza, sobre la punta de los pies-pezuñas; todos y cada uno de ellos cargaba una herramienta de trabajo. Uno y solo uno dirigía con sus manos el bastón de mando de la melodía.
 Al tomar el brebaje, Chimbeto cayó en un profundo desmayo, sintiendo en su cuerpo la densidad del plomo, pesado e intentando regresar a su estado normal, copado por las   punzadas sobre su piel calcinada; el flujo condensado de energía  caía sobre  las partes de su maltratado y desordenado  cuerpo, intentaba    recuperar la armonía de su estructura física. Solo un halo  mágico lo ayudaría a superar el trance. El brebaje  ingreso por sus  vísceras  y lo sentía al fluir el  néctar de la sanidad, permitiendo que la espiritualidad del brebaje deposite el bienestar de la sanación. Lo cierto es, con un gemido desapercibido, en momentos que sufría el  enfermizo dolor y el desarrollo de la metamorfosis en su cuerpo, llegó a palpar, en el silencio, a través de ondas magnéticas avanzando por el espacio, gemidos que fueron captados en el reino de  las Tangaranas y estas, procesaron el sufrimiento humano, compadeciéndose  del enfermo; los insectos obedecieron el mandato del Apu del monte, decidieron trasladarse  al lecho de Chimbeto, llevándole  reciprocidad en la  salud y fortaleza espiritual.
La noche fue testigo de un acto armonioso solo ocurrente en la naturaleza, para testigo de los hechos y la propia jergona que continuaba silbando,  durante el proceso y con la convicción de colaborar en la persuasión de los espíritus del monte, montaraz, coca, brebaje y enfermo se confundían en la  naturalidad del momento.
Fue una  noche particular, los cielos se tornaron de relámpagos y truenos, anunciando las lluvias y la creciente. La quebrada de Tarwaca en pocos minutos había crecido en su volumen, se podía ver las primeras señas de las espumas del río embravecido, el arrastre de los troncos y el balbuceo de la creciente, los animales del monte callaron en sus chillidos y los peones sacaron sus abrigos para encoger más sus cuerpos, en busca de un mayor calor en sus camas. De Chimbeto nadie preguntó hasta el amanecer, solo, cuando fueron a su cama a despertarlo y averiguar sobre su estado de salud, encontraron una amplia mancha oscura del brebaje derramado sobre la  tarima donde dormía, pero él no se hallaba. Pensaron que se había levantado, como todos los días hacía, ir a bañarse  en la quebrada, en busca de la frescura del agua cristalina del Tarwaca; de él no  se logró  ubicarlo, de su presencia física y su propia alma para nada. Agudizándose la búsqueda, esperanzados  en alguna seña del patrón, no hubo forma de comprender el suceso, fue así como se inició un agudo conflicto, entre la realidad y los mitos existentes en la colectividad. De Chimbeto no se supo más.
Los peones, distraídos por el percance, esperaron con tolerancia, observando el enjambre de estrellas, en dos noches consecutivas, pensando que el patrón  podría   aparecer en cualquier momento. Mientras, una comisión fue nombrada para ir a los demás campamentos, en  el supuesto que podría estar en alguno de ellos. El patrón tenía la costumbre de   caminar y conversar con los vecinos sobre temas diversos. También, se conformó una comisión con la misión de ir a  la ciudad en busca de los familiares de Chimbeto, esperanzados de encontrarlo en el calor del hogar.
Resulta que, Chimbeto había logrado superar el mal momento en su salud, el recuperarse se debía a la relación del brebaje ingerido y los misteriosos elementos que lo llevaron a la sanación,  hasta el último golpe realizado por los guardianes del monte, la sanación que recibió sobre su cuerpo  y el encanto musical que pretendía llevarlo  al mundo de  las tangaranas, obedecía a otros criterios y su propia oposición al hecho, le hizo sentirse  bien. El, había dejado la cama para realizar sus   paseos rutinarios, por el perímetro del campamento y pretendía ordenar a los peones, como hacía por costumbre. En su rostro y pensamiento no había cambiado la idea codiciosa por el manchal de caoba. Al sentirse incomodo, ante un hecho inconcebible, nadie obedecía sus órdenes, entonces levantó la voz y hacer sentir su autoridad, sin lograrlo. Tomó el látigo, con un despiadado intento por azotar a los nativos, lo mismo que antes, nadie mostraba obediencia, por lo que sentía perderse en la fuerza del viento. Imprevistamente,  ese día, por la mañana, los peones sintieron un extraño ventarrón, en forma de remolino, sacudiendo  las cabañas en el campamento. Superando lo dicho por las malas bocas, esas que auguraban a la muerte, reforzaron la idea de continuar en la búsqueda del patrón.
-       ¿Por qué no me escuchan?- Chimbeto daba órdenes y ellos no escuchaban.
El viento huracanado casi levantaba el techo construido con  hojas de shapaja y la lluvia torrencial repetía su precipitación sobre el monte,   obligando a los hombres de Chimbeto a regocijarse en sus camas y esperar un mejor estado climático para continuar con la búsqueda del patrón. Solo Quirombo sentía al patrón,  sabía que era el espíritu de él,  no fue necesario compartir con los otros, por temor a que lo acusen de su desaparición.
Ocurría, que Chimbeto había aceptado un pacto  con los  Apus del monte, agradeció su sanación y les pidió con especial énfasis, que lo condujeran al interior de la selva, lo lleven por la trocha de Juan. Las tangaranas por intuición armoniosa y de perseverancia solidaria con su propia naturaleza, aceptaron trasladar el cuerpo de Chimbeto al interior  de la selva, previamente le habían condicionado a dejar su espíritu codicioso en el campamento. Chimbeto, sin pensarlo mucho,  aceptó el trato con ellos a cambio de recuperar por completo su salud y  sentenciado a olvidarse de la tala de los árboles gigantes. Antes de la aparición del alba, en momentos que Chimbeto sentía un arreglo corporal y con ganas por despertar,  las tangaranas cargaron con energía el ambiente, rodeando el cuerpo con un halo energético y con la delicadeza del caso alzaron el cuerpo, trasladándolo por trochas  y quebradas; recorriendo manantiales y cruzando sobre puentes formados por gruesos árboles petrificados. Recorrían por  socavones existentes, debajo de la foresta y atravesaban laberintos. Las poblaciones del bosque confundidos en tareas específicas, dispersos en su interior, resolvían el enigma de la vida. Más adelante, como el espejo que se quiebra por una fuerza superior, así, se abrieron los ojos de Chimbeto, había llegado al lugar conocido por Juan. Frente a sus ojos se encontraba el caobal que el nativo Juan, en vida había descrito, luego igualaba la suma de sus dedos con los dígitos a usar, en su intento por  determinar la cantidad de árboles visto por su vista. Eran los gigantes árboles de madera preciosa, estas crecían a distancias cortas y fácilmente se podía magnificar la densidad; árboles diluvianos, levantándose hacia el umbral del cielo y generando una sensación de naturaleza incomparable. Los ojos de chimbeto relucieron una vez más de codicia y no le interesó completar su sanación, fue dominado por las ambiciones terrenales, Rompió el halo energético que lo desplazaba, para iniciar un exterminio de  las tangaranas, y ellas, por miles caían muertos, tratando de defenderse de la decidía y codicia del hombre de negocios. Chimbeto había traicionado a los diminutos animalillos. El ventarrón  de esa tarde trasladó el espíritu de Chimbeto, desde el campamento, hacia el interior del monte, llevándolo ahí donde se hallaba su cuerpo inerte, junto a las caobas.
Chimbeto  podía ver a sus hombres pero ellos no lo sentían. Se dio cuenta que una circuncisión lo atrapaba, separándolo del resto,  su espíritu vagaba sobre ese territorio y sus órdenes se dispersaban en el sonido de la brisa. Recordó los momentos de transe en la que se encontraba y la presencia de los animalillos sobre su cuerpo. A la claridad del pensamiento,  convencido de la situación, afirmaba, que no fueron las  hormigas las que trabajaron sobre su cuerpo, sino, unos pequeños seres antropomorfos de prominentes pezuñas, de largas cabelleras y ojos vigilantes. Quienes, danzando al compás de una mágica música y otros montados sobre las coloradas hormigas llegaron al lecho para recomponer  y sanarlo de su mal, tratando de hacerle entender que su ambición capturó la enfermedad, haciéndose crónica por la misma mentalidad que agobia a todo depredador y ellos,  no más, deseaban convivir con el hombre en mutua y eterna reciprocidad.
Chimbeto, despertó al lado de los árboles preciados, la magia del brebaje ingerido había pasado. La ambición unía nuevamente en cuerpo y espíritu a Chimbeto, este priorizó  una caminata, de canto a canto, sobre el terreno donde se hallaba el manchal de madera, tratando de contarlos de uno a uno y midiendo el diámetro de cada uno, calculaba los metros cúbicos de madera que se llevaría,  multiplicaba por los soles que ganaría al ponerlo en el aserradero. Eran millones y miles de soles que recibiría como fortuna a costa de la benigna naturaleza. Tanto fue su  ambición desenfrenada, decidiéndose a señalar con las iniciales de su nombre  sobre el fuste de los árboles, haciendo uso de piedras filosas y de sus uñas, hasta abrir un grueso tajo   de la letra de su apellido.
Así estuvo Chimbeto, durante varias semanas, prisionero de sus ambiciones, comiendo de las yerbas y tomando las aguas de los bejucos; cuidando y junto a lo que deseaba con tanto frenesí, allí deambulaba de árbol en árbol, haciendo planes secretos y generándose ideas para cuando regresara  a la ciudad.
De las tantas caminatas y repetidas andanzas sobre el mismo terreno, pensó en cierto momento regresar al campamento, de todos modos requería de la mano de obra de su gente, para él  era mucho  el trabajo y había decidido buscar  la trocha de regreso. Ni por el norte  ni por el sur; ni siquiera por el este ni el oeste,  siempre volvía  al mismo lugar. No podía encontrar la trocha por donde las tangaranas habían abierto. Así se iniciaba un nuevo esquema de  tormentos para Chimbeto; sentía  repetirse los mismos síntomas de la enfermedad anterior, con presencia de un mayor trance fisiológico, similar,  cuando cayó en cama por primera vez en el campamento. Así transcurrieron muchos días, Chimbeto no lograba salir del monte donde crecían los caobales.
 Chimbeto aceptaba su situación, se sentía perdido,  la sed lo agobiaba y tuvo que  recurrir a uno de los vegetales, de esa que colgaba del gigantesco árbol de caoba, una especie de soga, que al  cortarlo  emana un  líquido cristalino, servía para saciar su  sed. Cada hora que pasaba y los días que se acumulaban fueron suficientes para que Chimbeto cayera en una profunda depresión, más,  los síntomas de la enfermedad hacían crecer abundantes bellos sobre su epidermis,  en forma de cerdas y atravesaban las ropas haraposas que llevaba puesto; también los dedos de los pies y sus manos  crecían de tamaño, transformándose en  raíces y ramas sin que pueda impedirlo, cambiaba su fisonomía humana a la forma de bejucos, similares a los que usó para saciar su sed.
Esa tarde, antes de la metamorfosis, un flujo de cansancio desmesurado agobiaba a Chimbeto, sentía asfixiarse de tanto pretender ubicar la trocha de salida hacia el campamento; agotado y convencido optó por sentarse al costado de una de las aletas de  la frondosa caoba. Chimbeto respiraba lenta y  muy profundamente, pensando con  aguda preocupación  sobre la situación en la que se encontraba; recordaba su infancia, a la familia y los negocios que quedaron pendientes por su  torpe decisión y profundamente agobiado de ello,  psicológicamente vencido; tendría que salir a como dé lugar de ese monte, pero a nadie permitiría que sus caobas sean descubiertas, tuvo temor que se  lo quiten. Demasiado tarde para él, pudo darse  cuenta que sus pies habían crecido, imposibilitado de dar un paso y peor aún, se introducían  hacia el suelo, como cualquier vegetal en busca de nutrientes terrestre. Temeroso  al visualizar el acercamiento de un enjambre de hormigas gigantes, aquellos que no dudan en mostrar el coraje por auto defenderse, Ya no eran las hormigas pequeñas de color rojizo. Estos eran oscuros y más grandes. Convencido de los estragos que harían cuando topen su cuerpo y así sea, lucharía para que no lo separen del tesoro.
-       Esos animalejos no pueden impedir mi objetivo - logró balbucear-.
Las isulas inyectaron sus dardos y venenos  sobre el cuerpo de Chimbeto, el líquido inyectado y  su desesperación por escapar estimularon a  sus brazos a crecer más y más,  estirándose  y abrazando  al fuste del árbol.
Y así fue, tal conforme crecía en la mente de Chimbeto la  codicia y propiedad sobre la caoba, también  le crecían las raíces en los pies y los brazos convertido en frondosas ramas, erguido por el total de sus vertebras, estirándose como la soga y trenzándose férreamente sobre el tronco del árbol, demostrando de ese modo la febril intención  de  no separarse  de las caobas.
 Chimbeto iniciaba un proceso de metamorfosis irreversible, la magia del brebaje preparado con raíz de Wasai había dejado de tener efecto, porque fue reemplazado por la mezcla  del cristalino liquido emanado de la soga que tomó al cortarla y la química del insumo producido por las picaduras de las isulas, todo ello implicaba una retrospección de la magia existente en la naturaleza. Las clarinas aguas del bejuco se mezclaron con los oscuros componentes del veneno de la isula, para formar un coloide especial, capaz de modificar la genética de cualquier ser vivo.
Esa quinta  noche del mes de mayo, se reunieron los pocos peones que se quedaron en el campamento y acordaron nuevas estrategias por cumplir al día siguiente, algo así como un último intento para encontrar a Chimbeto.
De Chimbeto no se supo más,  luego de desaparecer misteriosamente del campamento. La noche siguiente el búho empezó a puquear desde la oscuridad y obligando cuantas veces  a despertarse a los peones para contestar:
-       ¡Ju! ¡juhuuuuuuuuu!  
Al  día posterior, luego de confirmar  la extraña ausencia del patrón, se hizo un alboroto total,  las cocineras prepararon el desayuno y los fiambres; se organizaron tres expediciones, cada grupo con machete y escopeta en mano, otros con pitos y bombos para iniciar la búsqueda.  El  bochorno se había apoderado del ambiente,  el sudor en el rostro de los  comisionados y un breve viento que refrescaba la espesura. Partieron todos golpeando los tambores, soplando los pitos y algunos disparos de la escopeta enviaban al aire una lluvia de perdigones de plomo. Exactamente, al medio día, uno de los grupos pasó por un nido de tangaranas y antes, limpiaron con el machete,  cortando las filudas hojas de una yerba, esa que impedía llegar al kepí de Chimbeto. Un enjambre de animalillos continuaban sobre el gorro, cortándola con sus potentes mandíbulas, todavía se podía ver el sudor grasoso, impregnado en la contratapa de gorro; pero, las hormigas se mantenían concentradas, apretando con sus colmillos los pocos hilos sobrantes, de ese modo atacaban a todo invasor que intentaba profanar su hábitat natural.  Entusiasmados por los indicios encontrados del patrón, pensaron ubicarlo muy cerca, luego del ataque de las hormigas tangaranas, al final rodearon el sanangal,  esquivaron el nido y con el ánimo de no pelear con las hormigas; cierto era justificable la férrea resistencia que mostraron las furiosas tangaranas, eso pudo ser el motivo que hizo escapar a Chimbeto. Esa noche fue de cierta insatisfacción  y cansancio,  nuevamente se juntaron  y construyeron un campamento provisional, prendieron la fogata y cocinaron el añuje que habían cazado de  temprano. Se durmieron con la esperanza de encontrar vivo al patrón.
El amanecer  apareció junto a ellos, con la frescura del roció impregnado en las plantas, parecía ser de un buen anuncio; uno de los mingueros dio aviso a todos, luego de enterarse, que metros más abajo había una gran trocha, en ella  se mostraba las huellas de la pisada de los animales silvestres, estos que por costumbre  transitan dejando huellas, en señal de la existencia de una colpa. El sendero conducía hacia un desfiladero de roca maciza, la que tenía un parecido a la quilla de un  buque. Desde esa cúspide de roca ígnea se podía divisar el pequeño riachuelo,  bajaba desde la espesura de la selva. En las paredes de la roca se notaba las ondulaciones dejadas por el golpe de  oleadas de agua; sabían los trocheros, sobre el  choque de las aguas del río, esto ocurría cuando se daba la creciente. Convencidos  del lugar, por el sumo peligro  y de las condiciones  adversas para ellos, en caso que sucediera repentinamente en esos momentos una gran tormenta de lluvias,  algo que  no podían predecir ante las ocurrencias de  la naturaleza,  en descargar su furia  repentinamente. Los peones decidieron bajar de lo alto del “buque” y beber el dulce liquido del riachuelo de la quebrada, también pescaron sábalos y bocachicos,  peces que sirvieron para preparar luego un delicioso chilcano y satisfacer el hambre. Repentinamente apareció una densa neblina sobre ellos, los había cubierto y se escuchó el bramido desde su interior; todos abrazaron sus armas, entre machetes y escopetas, ante el peligro que se anunciaba decidieron  guardar precaución.
- ¡Brouarrrr!
- Es el tigre ¡cho!
Algo parecido había ocurrido en otro lugar similar al presente, cuando desde las oscuras nubes salió el puma negro y atacó a una expedición de estudiosos científicos, matando a varias personas. Eso ocurría en los montes vírgenes, donde el hombre era un elemento extraño y perjudicial para la naturaleza. Posteriormente y disipándose los rumores de la alarma generado por los vivientes del monte, se sentaron a consumir sus meriendas y otros  buscaron la sombra de los árboles en busca de un breve descanso, a fin de continuar luego la tarea. Fueron esos los momentos y se dejó sentir los aullidos, generándose  un alboroto y todos al libre albedrío corrieron en busca de protección gritando de dolor:
- ¡Uy!  ¡Ay!  ¡Corran!  ¡Corran!  Voceaba uno de ellos.
- ¡Isula!  ¡Isula! También  aullaba el Quirombo.
Saltaron y buscaron protección ingresando al riachuelo,  con el temor de ser atacados nuevamente. Las isulas habían pinchado las piernas y manos de los condolidos rescatistas, tanto así que buscaban remediar, orinado  las partes afectadas por los picazones de las hormigas gigantes y así, pretendiendo calmar el intenso dolor de la picadura.  Solo Quirombo escapó por las colinas, subiendo la otra ladera del monte, era imposible pelear con las hormigas y lo mejor era escapar lo más lejos posible de las isulas, a sabiendas  que las  picaduras de una decena de ellas podían matarlo. Y así fue, hasta que de una brusca caída, cuando escapaba, cayó a través de un hoyo abierto en la espesura selvática, rodando varios metros, se dio con la sorpresa que frente a sus ojos se levantaba un inmenso árbol de apariencia conocida.  Quirombo había encontrado el monte de las caobas, aquellas que eran la codicia de su patrón.
- ¡Ujujuyyyyyyyyyy!   ¡ujujuyyyyyyyyyyyyy¡  - vociferaba tan alegremente.
¡Vengan ¡   ¡ vengan todos ……. Aquí esta lo que el patrón quería!
Las isulas eran los guardianes de las caobas, ellas cuidaban de la majestuosidad de los árboles preciosos. Y en su intento por rechazar a los intrusos, habían logrado que Quirombo se encuentre  con las maderas.
Los temerosos buscadores de Chimbeto tuvieron que juntar hojarascas secas, luego hicieron fogata en varias partes, solo así lograron espantar a las isulas. Una vez juntos retomaron el  sendero por donde ingresaron, antes que el fuego se extinga,  subieron hasta lo más alto de la roca madre conocido como el “buque”, de allí observaron como la candela hacía cenizas del monte y  las llamas trepaban erguidas sobre uno de los árboles. Tanto fue la sorpresa y desesperación, ante la reacción de las hormigas, prefiriendo  huir y no percatarse de las consecuencias del incendio que habían generado. Mayor fue  la impresión de los buscadores, luego de escuchar gritos aterradores, tan parecidos como las órdenes del patrón. Consecutivamente, todos, de fino olfato en sus narices sintieron olor a carne quemada. También vieron a los cóndores sobrevolar el monte siniestrado,   estas aves se presentan cuando tienen que alimentarse de  carne predispuesta. Las nubes de humo  caldearon el ambiente produciéndose  vientos huracanados y luego se acercaron cargadas  nubes de lluvias, las que  cayeron sobre el incendiado bosque, apagando todo esfuerzo del  ardiente fuego de pretender desaparecer la naturaleza viva.
Es una rutina de autorregulación atmosférica, de un ecosistema natural, adscrito a esta parte de la selva de Aguaytía, donde se forman nubes y se precipitan lluvias esporádicas; con dos horas de intensa lluvias  caídos en la cabecera de la quebrada de Tarwacá,  eran suficientes para tener una creciente del río en magnitudes colosales.  Este fenómeno se presentó,  antes que los rescatistas  logren atravesar el “buque“, siendo  alcanzados por la creciente, amenazados con ser arrastrados. Y sin duda alguna empezaron a construir una balsa con troncos de Topa, bien amarrados con tamish y cortaron dos buenas tanganas.  Luego y a un solo impulso decidieron soltarse sobre las aguas de la quebrada, hasta esas horas de la tarde ya había acumulado  bastante agua,  casi cien veces su tamaño normal. Ignorantes del tiempo y la cantidad de horas que duraría el viaje, ni vueltas ni horas, hasta que la noche capturaba las voluntades de cada uno de ellos, con inmenso temor de sus vidas. Navegaron sin medir el tiempo en la noche, inmerso en un tormentoso festín de miedo e incierto por el destino de sí mismos, hacia un fatal final. Las aguas del río manifestaban   sus más antojadizas formas alegóricas. Unas veces eran los rasguños de las ramas de los árboles de la  espesa selva; otras fueron los golpes en forma de látigo  de aguas embravecidas, azotando sus lánguidos cuerpos. Todos acurrucados y anudados a los troncos de la balsa con las sogas de tamish, cayeron vencidos por el inmenso silencio. Cuando y ante la luz de los relámpagos observaron que la fuerza del agua los llevaba a chocar contra el Buque, sacaron las tanganas y estirándolas sobre la roca, lograron esquivar el furibundo choque fatal. Más adelante,  las aguas del Aguaytia calmaron la arremetida de la creciente y furiosa quebrada del Tarwacá, dispersándose en la fagocitante aguas del río madre. Así llegaron los hombres ilesos y bastante asustados, fue Quirombo quién generó  risas, luego de los comentarios de cada uno de ellos, sobre la posibilidad de ser tragados por la creciente y la cobardía que se vivió en esos momentos.
Cerca al puerto y sobre un tabladillo de madera se encontraron Quirombo y los demás peones de Chimbeto bebiendo licor de  parroquianos, recordaban aquellos momentos que les tocó vivir en la selva alta del rió Aguaytia. Todos reían, cuando Quirombo acuso de maricas al resto, lo cierto es que casi fueron sepultados por la furia de las aguas del Tarwacá, momentos tan difíciles que  por cierto pasaron al olvido. Lo que no podían olvidar es el juicio, al que fueron sometidos por la justicia, producto de la denuncia de los familiares de Chimbeto. Cuando estuvieron en el tribunal coincidieron en ratificar la misma versión que ofrecieron ante el juez, fueron  juzgados por homicidio calificado. Purgaron largos años en la cárcel de la ciudad, acusados erróneamente de haber matado a Chimbeto.
Lo cierto es, que, Chimbeto había logrado encontrar el manchal de caoba, éste quiso usufructuar el hallazgo sin la participación de sus principales colaboradores. Las picaduras de las isulas y el cristalino liquido de la soga vegetal habían generado una química especial, se había quebrado la voluntad de la naturaleza. Chimbeto había recibido el néctar de sanación, expresado a través del sacrificio de las  tangaranas y la raíz de Wasaí, contribuir y curar los males de él, fue la señal del equilibrio y superar la crisis, cuando estuvo por varios días convaleciente en su campamento. Luego los malos espíritus se apoderaron de él, llevándolo  a los confines de la codicia. La metamorfosis culminó con satisfacer a Chimbeto, si un brebaje te sana, existen otros que sirven para el escarmiento.
A la fecha muchos chimbetos surcan el río impropiamente, apoderados de similares ilusiones, mientras la naturaleza espera para brindarles nuevos retos y misterios. Aparentemente fáciles de superar, pero muy difíciles para  entender la perpetuidad de nuestra relación con nuestro medio natural, confirmado por la cosmovisión holística de hombre - naturaleza. Relación que es más que el presente cuento.

                                                                                 















GUAPO
Las bestias subían a la cumbre del cerro. Bestias y hombres sorteaban  las piedras y las champas lodosas, los látigos ululando en el aire  ordenaban a la recua para que marquen los pasos con las huellas de sus pezuñas, estos, en obediencia absoluta marcaban el paso sobre las otras, aquellas de un buen día invernal, aparentemente secos, camino propio de los arrieros y los que evitaban  desviarse del camino, por parte de las bestias. Más adelante las voces del patrón y los ladridos de la jauría aldeana apuraban la marcha,  ante el clima que amenazaba ser drástico en esta época de invierno.
-          ¡Nisán carajo! peroraba el jefe del grupo.
-          Tayta, el jirca nos acabará si no hacemos descansar a los animales.
-          ¡Que va carajo! estos animales son ociosos como tú. ¡Empuja carajo!
El nuevo día se iniciaba a  las 6 de la mañana en esta franja de la costa peruana y en tiempos de invierno crudo; el crujir del catre viejo rompió el silencio y el sueño  de los que habitaban la casa. Mamá Dionisia también estaba despierta, calladita como en las andinas tierras, bien abierto los ojos, dando órdenes  a todos con la energía de una madre que luchaba contra el tiempo, exigiendo para que se levanten los muy ociosos de sus hijos. Que se podía hacer ante el terrible frío de invierno. Hacia el fondo de la casa, cerca al gallinero, nuevamente se dejaba escuchar un quejido de cansancio, la mamá de papá vertía de sus pulmones débiles voces de lamento. Luego, solo ella, con lentitud y arrastrando unos bultos por el pasadizo de la casa salía con dirección al mercado, para y como todos los días intentar vender sus ovillos de lana sintética, más, las  golosinas elaborados en la casa.
 Los provincianos ya eran gigantes en la ciudad capital. Para Dionisia y la awecha Hilaria el trabajo era un compromiso cotidiano,  deberían de realizarlo todos los días; no sabían conocer el  descanso y cuando el negocio era bajo entonces sacaban a relucir la magia de la ruda, golpeando con mucha arte la mercadería, induciendo a un estilo propio de  marketing popular, es decir tratando de aplicar el efecto mágico de la plantita, hasta lograr conquistar a los clientes.
 En una de esas mañanas de siempre y por  costumbre se prendía la radio, tratando de encontrar la frecuencia y escuchar los huaynitos serranos, en el programa de uno de los más grandes folcloristas vernaculares: Pizarro Cerrón; tiempo suficiente durante el cual podían recuperar viejos recuerdos, nostalgias y pasiones, propio de los andes serranos; trabajaban  hasta horas avanzadas, reciclando retazos de lana que ya no servían para  la fábrica CROMOTEX, convirtiéndolos  en redondos ovillos, los que servían para tejer creativamente prendas de vestir,   muy preciosas. Esto era rutinario y de colectivo esfuerzo,  habían descubierto una suerte de trabajo digno antes que mendigar, además, se esmeraban por mejorar el producto final, satisfaciendo el requerimiento de clientes selectos, que sabían apreciar el arte de la mujer andina en el tejido de chompas y chales. Pude acompañar a mamá Dionisia en cada mañana de “pera”, sintiéndome bien al alejarme  de las garras del profesor de la escuela, me llamaba un compromiso para acudir al mercado de Limoncillo, donde  mamá se engalanaba de ofrecer el arte de sus tejidos a mano. Dionisia era una mujer muy creativa, siempre era acosada por  las amigas que querían conocer novedades en el tejido a palitos.   Los días que awecha vendía regularmente nos causaba alegría, porque podíamos apreciar la dulzura del alma de nuestra abuelita, era una sensación  osmótica de vitalidad,  al ver que de sus bolsos sacaba abundante frutas y lo repartía entre todos nosotros. Saltábamos y cantábamos con ella. Otras veces no era la abuela de siempre, nos causaba tristeza; comentábamos entre nosotros, afirmando que la causa del mal carácter de la abuela era por no haber vendido lo suficiente. Teníamos que escapar de sus amargas arrugas, para no disgustarlo más, pero a pesar de todo era imposible que ella renuncie a su temperamental genio, solía castigarse muy severamente, negando todo alimento a su estómago; así, en condiciones deprimentes se dirigía directamente a su cuarto y depositado sobre su cama conversaba en quechua con ella misma, de  cosas que no entendíamos y que nunca supimos descifrar, eran tan raro los aspectos de su meditación. Posteriormente supe que hablaba con los espíritus de su pueblo, tal vez con los Apus y sus ancestros.
-          ¡Awecha, pasa a comer!  Le llamaba mi hermana.
-          Y ella no contestaba.
-          ¡Awecha ven a comer!   Reiterábamos nuestro llamado.
-          ¡Manan munanso! ¡Bota para los perros!    Nos contestaba con energía.
Pretender vencer  las cuestas de los cerros serranos era un esfuerzo rutinario de los viajeros. Esta vez Barto acompañaba  en la tarea a su tío Guapo. De cierto, que el apelativo de Guapo era el más dulce y consistente homenaje a este hombre de un carácter muy rígido, propio de los hombres de antaño; rústicos, toscos y fuertes, tanto así, como invencibles tenían que ser, en el afán por superar adversidades en el camino. Ser arriero de una recua de cuadrúpedos  no era un oficio tan alegre. Peor, ya  que el gobierno central había decretado y tenía como política reprimir a los traficantes del aguardiente   y si por descuido perdías el norte  también los abigeos y bandoleros disparaban desde las sombras y rocas, hasta matar y quitarte la mercadería, y también,   las bestias. Esta vez los animales sentían el cansancio, llevaban sobre sus ancas bolsas de cemento para construir la iglesia del pueblo de Guapo, también cargaban una cantidad de comestibles. La recua resoplaba por el ojete masas verdosas, acompañados de pestilentes pedos, los que se estrellaban en el suelo hasta formar una masa de estiércol en forma de torta, todos ellos uniformemente  alineados en hileras, posicionados sobre el camino, en espera del sol, el viento o la lluvia. En otros casos transcurridos el tiempo, cuando regresaban por el mismo camino se les encontraba aparentemente inertes, y en alusión a la férrea disciplina militar, así se les podía hallar, en firmes y vistosas columnas; otras veces ya no se les hallaba, porque fueron recolectados como bostas, para alimentar las frías vicharras de los lugareños.
Tenían que pasar la zona peligrosa y llegar a las chozas de piedra, ubicadas casi cerca al próximo  pueblo. Allí comerían su fiambre de cancha y queso. Así, de muy pronto  fueron alcanzados por el anochecer, luego, tanteados por los perros lanudos que a la carrera y ladrando recibieron a los arrieros desconocidos.
-          ¡Trazzzzzz! Silbó el látigo de Guapo, muy cerca de Barto.
-          Otro latigazo más y  ya los perros escapaban aullando, ante su atrevida ofensa, recibieron el merecido castigo del látigo.
Pronto cayó la oscuridad de la noche, también la lluvia, los truenos y relámpagos; brillando desde su interior una  luz amenazante, con abundante intención de soltar su furia el más atrevido holgazán, abrazando con su descarga eléctrica a cualquier objeto terrestre; a todo elemento que por destino cósmico reciba el cariño de la naturaleza viva. Final de la caminata y reparación del cansancio, obligados a dormir plácidamente, rendidos ante el sepulcro atractivo de una cama caliente y de buen gusto nocturno.
El día siguiente fue de mucho frío, los animales comían apresurados el poco pasto que encontraron en el camino, tenían que acelerar para superar la cuesta:
-           “un poco más”, “ahisito  no más”-ordenaba Guapo a Barto- era una forma de calcular la distancia por los lugareños.
-          Chacuan pasa a comer y no estés negando a tu estómago, te puede hacer mal- le conminaba Dionisia.
-          No tengo hambre hija, ya estoy vieja, además si tienes compasión me enterraras cuando me muera.
-          Pero awecha te haces mucho daño, insistíamos todos.
Estas cortas discusiones terminaban  como siempre en un derrotero de martirologio mutuo y voluntario. Chacuan nunca cedía, con cerrar los ojos era suficiente para no hablar más. Parecía que extrañaba mucho a su tierra domaína y maldecía los momentos que  decidió abandonarlos, demasiado tarde para los arrepentimientos, no existía otra salida y  viviría el  vía crucis inesperado en  la gran ciudad, ciudad  insensible para todos los provincianos.
Varias mañanas  el pajarito no cantaba sobre el umbral de la casa. Chacuan no podía trabajar y por las tardes lloraba junto a la agonía del sol  en occidente. Así fue hasta esa mañana de invierno, cuando no podía levantarse de su cama debido a una enfermedad muy difícil a deducir
-          Te sientes bien Chacuan?   Pregunto Dionisia.
La awecha llamó a mamá Dionisia y enseño su cuerpo, a la altura de los riñones se levantaba un tumor, formándose una bolsa de agua  y amenazaba reventarse, estas ulceras generaba un olor demasiado pestilente. La abuela tenía obstruido los filtros renales. Ni llantos ni culpas justificaban el pronto deceso de Chacuan.
Los animales no querían pasar el puente. La mula que guiaba a la recua se paró firmemente en el camino y no avanzaba, ni pretendía cruzar el río. El animal tenía decidido mediante el instinto a no cruzar. Es que el riachuelo se había cargado de agua de lluvia, acumulado durante la noche de tempestades y amenazaba con derrumbar el puente. Guapo, creía en las supersticiones. Como bien  dicen, sobre los ojos visionarios de la mula para percibir el peligro, por ser un engendro del diablo, entonces ella muy acertadamente anunciaba desgracias. Guapo obedeció al animal y prefirió recluirse en una cueva, hasta unas horas después, percatándose antes si la furia amenazante de la creciente ya no significaba un problema. Presionado por el olfato de experimentado arriero, en ese momento de mucho peligro, tomó la decisión de sacar a relucir su escopeta Mauser y chacchando la coca en los momentos de espera, pensaba con mucha precisión sobre el día siguiente. Algo anecdótico y perspicaz para él, la hoja sagrada de coca no se mostraba tan dulce como siempre, eso le hizo desconfiar puntualmente sobre su situación, tuvo que  prevenirse y avisar a Barto para que se ponga en alerta.
Así fue, sin mayores apuros decidieron  quedarse un día más. Consecutivamente, ya de madrugada, en la naciente alba se zafaron de sus abrigadas camas, cargaron las bestias y continuaron el  camino, preocupados por la recia  tarea de  hacer llegar la mercadería a sus dueños.
-          ¡Vamos Barto! tenemos que avanzar y si la mula  no quiere pasar le meto bala.
-          La coca algo malo me anuncia. Hay que estar  vigilantes.-Habló Guapo-
Tuvo que poner al burro adelante para pasar el puente, ya no era de peligro la quebrada, el nivel del agua habíase reducido. Solo la mula se había quedado en la otra orilla: chúcara y rebelde como nunca, pero al final por no quedar sola y lejos de la recua  tuvo que brincar de su caprichosa decisión hasta alcanzar a la manada.
No fue mucho el tiempo que transitaban por el camino, lleno de barro y piedrecillas que salpicaban al caminar,   cuando sintieron el tronar de una potente escopeta y el zumbido de las esquirlas sobre sus cuerpos. La mula relinchaba y encabritado por el plomo absorbido en su cuerpo se deslizo por la pendiente, hasta caer a un profundo abismo. Eran los asaltantes de los caminos que pretendían robar a Guapo. Ya la mula perecía en el fondo del abismo, se había ido con el presagio manifestado horas antes.
-          Hijo ya no te veré  más- Me decía la awecha como anunciando su muerte.
-          Ya awecha, ten confianza en ti misma y lucha por tu salud- tuve que contestarle hipócritamente.
La  batalla se inicio desde esa mañana. Los disparos se sucedían de uno y otro lado, buscando acabar con el adversario.
 La awecha luchaba en su lecho por no ser vencido por la parca. Nosotros presentíamos lo peor.
 Guapo peleaba en el campo de batalla junto a su escurridizo acompañante, quién le alcanzaba las balas para recargar  la escopeta.
La abuela se moría muy lentamente. Ya las lágrimas brotaban de nuestros profundos ojos.
Había caído un bandolero de un certero balazo. Y seguían los disparos de ambos lados.
La abuela ya no sentía  a su cuerpo y recordaba los dulces días de su juventud, hablaba en quechua muchas cosas, tal vez algún momento conoceremos sus mitos y creencias, al parecer obedecía a los espíritus de sus padres y abuelos, quienes de seguro le preparaban la otra casa para recibirla  eternamente.
Casi por la noche Guapo había logrado derribar a tres bandoleros, los disparos callaron para dar origen a un silencio sepulcral. Al día siguiente, tres pircas de piedras y sobre ellas tres cruces fueron sembrados en la cumbre del cerro, como señal de triunfo. Guapo había vencido una vez más  y los cuatreros yacían en la intemperie postrados sobre el suelo, en espera que las carroñas completen el festín.
La Awecha despertó en el más allá. Nosotros llorábamos su deceso, pensando alguna vez encontrarnos.
Barto también lloraba, pero de alegría, su cuerpo no recibió rasguño alguno como parte de la reyerta. El recordaba a su madre y quería llegar pronto a su choza  para besarla eternamente.







TANGANA
El hombre rígido como el  tronco duro y macizo, miraba hacia el horizonte, cuidando pulgada a pulgada a la tripulación de las vicisitudes del río. El conocía los peligros, no antes había recibido el oficio de tanganero, mérito puesto  solo a los hombres y mujeres que tenían la capacidad de convivir con los secretos del río, tan extrañas como el humano mismo.
El río, sin llagas ni heridas salía de la espesura de la selva, majestuosamente acompañaba al hombre, quién parado sobre la proa del bote introducía la tangana en una y otra parte del agua, solo con el ánimo de cerciorarse  de algunos inconvenientes. De por cierto que un pequeño descuido del proero era fatal para la tripulación. Cuantas veces los botes se voltearon en medio río por el choque con los troncos sumergidos que traía el río y otras veces las entrañas de  un banco de arena aprisionaban la quilla del bote, luego de un largo deslizamiento sobre el lodo fino. Esto ocurría  en momentos de bajada, cuando la vertiente del río ayudaba a desarrollar la velocidad de la embarcación, eso ocurría con frecuencia en días de verano, era poca las posibilidades de  ver a los bancos de arena que formaban los remolinos, muchas veces en medio río.
Al amanecer tan igual como la tarde  buscábamos una playa para atracar, era común hacerlo cerca de unos paisanos del lugar, para desayunar y preparar la comida de medio día. Los nativos gritaban anunciando nuestra llegada  y se acercaban preguntando por un número de cosas, nosotros mostrábamos algunas de ellas y para no dejar de cultivar la confianza con ellos, teníamos que obsequiarles algo, también acostumbrábamos a cambiar una cosa con otra; una ropa usada por una gallina y así  nos confundíamos en una armoniosa amistad.
- Tita, chopapay….tita chopapay-   gritaban cuando gustaban de una prenda.
- Paisano astraido azúcar?
- Sí paisano, también tengo pilas y panes. Ven paisano agarra lo que deseas.
En el tiempo siempre se encontrará algo que el río nos impresione, muchas vicisitudes se confabulaban sobre la superficie de sus olas, pero el hambre de viajeros era tan fuerte y siempre terminábamos  por convivir con los nativos. Lo ribereños hombres se  encontraban allí, esperando con ansiedad el verano, días que sirve para comer pescado fresco y abundante tarea para ellos, por capturar   los mijanos,  tarrafearlos con mucha destreza,  luego vendría un arduo trabajo en el pishtado de los peces capturados, convirtiéndolos en pacotas  de pescado seco salados.
La  embarcación y tripulantes en forma temeraria surcaban el río, deslizándose por su superficie para dominarlo; también, cruzaban diagonalmente a ambos lados de las orillas para cortar la resistencia de las oleadas y  tratando de escapar de los golpes inesperados de ellas.
Esa tarde y cuando la noche se acercaba sobre las orillas de los arenales, ocurrió lo inesperado, junto a la  anunciada noche, avanzando sobre el infinito espejo formado desde las aguas del Ucayali; en circunstancias  que tuvimos que salir del río, luego de cinco horas adicionales de viaje, teníamos que atracar nuevamente y sobre las húmedas arenas esperaríamos  el nuevo amanecer. El proero había saltado ágilmente y con inusitado esfuerzo plantaba la tangana una y otra vez,  solo cuando sentía haber penetrado   las entrañas del barro y percatarse de la presión sobre el palo duro, de la greda virginal, entonces,  amarraba  el cabo que sujetaba  al bote. Algo perplejo estaba ocurriendo, el nativo no había logrado  varar el bote, muy por el contrario pretendía regresar a la proa en ágil reacción y mostrando una terrorífica impresión, expresado en su rostro calcinado, como un mal presagio;  esta reacción fue asumida por Damián y fuerzas le faltaba por escapar del lugar, circunstancias que permitieron, en ese lapso de tiempo, para que la corriente del río se lleve  al  bote  hacia una  zona peligrosa.
-           ¿Damián qué es?   ¿Por qué no has prendido la tangana?- gritó el patrón.
-          ¡Mira en la arena patrón! –Le contestó.
-          ¿Qué es carajo, que tanto te jode?   ¡Carajo la corriente nos lleva!
Apresurado y demasiado histérico el patrón aseguró al motor  y corrió a la proa, tomando el cabo y saltando al barrizal logró sostener al bote. El shipibo Damián continuaba con la mirada al vacío, algo cutipado y mostrando su temor por las huellas que en la arena se habían grabado.
Todos, luego del incidente, con la premura de evitar la picadura de los zancudos  decidieron bajar en el lugar, apurados e inquietos, además querían degustar  un buen  asado de palometa.
De cierto, varios dedos se imprimían en las huellas dejados sobre el arenal; estas estaban separados del talón y daban la impresión de pertenecer a un otorongo de gran tamaño, las huellas sumaban a seis los dedos de las garras asentadas allí. El patrón exigía mayores explicaciones a Damián, que él sepa desconocía los misterios de las huellas encontradas, porque eran tan parecidas a los tigres de esas selvas misteriosas. El patrón apostaba por simples coincidencias con el habitual vivir de los animales, que por costumbre y necesidad se acercan  a beber agua de las orillas del río.
-          Lugar de peligro patrón, aquí habita el Tunche- dijo el nativo Damián.
-          ¿Qué es eso muchacho? No entiendo nada de nada. Déjate de cojudeces y arma  la candela. Le reprendía el patrón, para no generar más temor.
-          Patrón mis padres relataban que el Tunche existe y aparece cuando el mundo lo exige. A él no se le conoce, ni se sabe  donde vive. Nosotros guardar recuerdo de tiempos pasados, cuando tus paisanos llegaron a nuestra comunidad e hicieron toda cosa con el pueblo nativo. Esos tiempos el Tunche integraba los grupos de la guerra contra el invasor.
-          ¿Y cuáles son las hazañas de ese ser misterioso varón?
-          El defendió al pueblo shipibo de los paisanos de la ciudad; los patrones eran malos, se llevaban a nuestra gente y no regresaban. El Tunche estuvo dentro de ellos, conocía sus costumbres y luego caminó junto a muchos hombres que lucharon por las alturas de la sierra, contra esos hombres de barba abundante en su cara y ahora ha muerto pera vivir con nosotros.
Según relataba Damián, él hablaba sobre la historia de un ser misterioso,  al resto les causaba cierto temor, estiraban sus camas sobre el arenal sin alejarse mucho entre ellos, prendiendo los palos sobre la arena con  firmeza y colgaban luego sus mosquiteros, haciendo un campamento compacto y ligero de túnicas blanquecinas; esta vez decidieron estar muy cerca de cada uno. La candela había logrado hacer hervir el chilcano de bocachico y luego en el ardor del carbón se ahumaban las gordas palometas. A los pocos minutos todos comían amistosamente; pescado y  los plátanos verdes cocidos fueron la merienda.
En la espesura de la selva se articulaba un ritual de cánticos, acompañado de lucífugos insectos, quienes salían del espeso monte, acercándose a la fogata de la cocina, imantada e inquietas por absorber las energías de la candela. El fuego crecía en cierto momento, luego y hasta consumir la leña seca se apagaba lentamente, conforme caía el sereno, quedaba disuelto en ceniza.  El nativo insistía, no conciliaba con el sueño, para él ese lugar era de peligro y el patrón aceptó el reto con profunda meditación. Al seguir paso a paso las huellas, comprobaron que las pisadas se introducían hacia el monte  y compartieron la discusión, sobre un posible regreso del animal extraño, tendrían que dormir en alerta, peor  si era mañoso, como acostumbran ser los animales salvajes de estas comarcas. Es así que tuvieron que mantener la vigilia durante esa noche. Particularmente, en todos los integrantes de la comitiva era una experiencia poco vivencial, el patrón recargó la escopeta y con más cartuchos en la mano se fue directo a su cama. La experiencia y relatos por estas rutas eran muchas y sería difícil que un animal salvaje  sorprenda a los viajeros, estando advertidos. Los oídos del patrón estaban afinados para  sentir la fina pisada de un venado sobre la arena, sus experiencias como mitayero lo confirmaba y lograría disparar, antes de ser sorprendido por el animal extraño del que hablaba Damián. Esa noche se percibía diversos aullidos y chillidos, no fueron extraños, ni menos de algún animal extrovertido, del monte. Para sorpresa y temor colectivo, coincidieron en percibir el chillido y  tintineo a metal agudo, esta cosa avanzaba sobre el viento con dirección al campamento.
-          ¡juiiiiiin! ¡juiiiiiiiiiiiiiiiinn!  Era común y del tunche su ruido. Nadie se atrevía a preguntar sobre el silbido porque conocían quién lo emitía.
-          ¡Nadie repare, tranquilos! – Ordenaba el patrón.
Así, se vino el siguiente día, avecinado, muy pronto, sin darle tiempo a  los primeros rayos solares y cuando el roció hacia fuerzas por agarrarse de los viejos mosquiteros. Luego, la brisa del río, levantaba una fina capa de neblina que terminó por cubrir a todos. Entonces, el patrón llamó  a Damián, ordenándole que armara la cocina. El mosquitero de Damián se movía de un lado para otro, muy extraño para que ocurra esas cosas, porque era costumbre de los nativos levantar sus camas, antes que cualquier otra tarea;   se acercaron y descubrieron que Damián no estaba en su cama, llamaron a voz suelta, tampoco contestaba. Solo unas extrañas pisadas, sobre la arena húmeda, se repetían consecutivamente, imponiéndose  un frío escalofriante en el ambiente de los viajeros. Luego y en momentos del asomo de la cresta solar, el aroma húmedo de la neblina se extinguía, pudiendo  seguir las huellas, un tanto más allá del campamento y vieron que se sumaban abundantes pisadas, confundidos en un misterioso rito de danza alegórica, tal vez de muchos animales concentrados en ese lugar.
-          El demonio a danzado aquí Ernesto - advertía Esther.
-          ¿Será o no será?
Ernesto corrió con prisa, al ver que la ligera creciente del río movía el bote hacia la vertiente y fue cuando, pudo  percatarse que la tangana no estaba en su lugar, mucho menos amarrado el cabo.
El tiempo se anunciaba en el país con promesas de  cambios en su estructura política, la gente hablaba de un gobernante joven en la presidencia del Perú; pero en esta parte del territorio amazónico, así venga un arcángel  las cosas seguirían tan igual como hace muchos años. Aparecerían los  mismos descubridores de fortunas, con diferente forma de vestirse, pero con la misma intención de saquear la selva.
El pescado y los plátanos eran propios del río y también los arrozales crecían en los barrizales que las playas lo permitían. Y cuantos botes surcaron el río, como los niños y ancianos que morían por el mal del agua, con fiebres extrañas y abundantes vómitos, con los ojos desorbitados y las barrigas infladas. Los nativos continuarían sirviendo a los patrones del saqueo, esos depredadores del bosque y la  madera preciada. Las tierras invadidas por estos caporales, las aguas contaminadas por residuos de hidrocarburos y sus ríos depredados por una serie de pescadores de las grandes urbes.
Ernesto tuvo que dirigirse  a la comunidad de Caco, de allí siempre dijo que era Damián. Indagaron sobre él en sus familiares y recibieron como respuesta, la indiferencia, sorprendidos ambos bandos, luego de enterarse que el tal Damián había muerto hace mucho tiempo, en circunstancias extrañas para la comunidad. Contaron los nativos, sobre Damián,  ese día de la muerte de Damián llovía torrencialmente - el papá relataba y dijo- que éste  bajaba en su canoa por el canto de un barranco, fue en busca de peces para el rancho del día  y nunca imaginaria  su desgracia, fue sorprendido por un árbol que cayó sobre su cuerpo.
-          Antes, el Damián acostumbraba a  reparar  el silbido del tunche. Logramos ver a una inmensa serpiente que abrazaba al tronco del cual Damián se había sujetado con vida aún. Fueron esos, los precisos instantes y suficientes para que Damián  desaparezca para siempre. Damián tenía en mente abandonar la comunidad para irse a otros lugares. Y al parecer la naturaleza no quiso. Desde esa fecha un silbido muy agudo sale desde las profundidades del río. También avanza por la corriente hasta los lugares menos pensados, silba y silba, creando terror en los oídos de los extraños. Para los miembros de la comunidad es parte de su convivencia.
El arrozal exhibía sus cargadas y tupidas espigas, las que palidecían sobre las playas del río, junto a un enjambre de pájaros ansiosos por comer los granos insertos en los ombligos de la planta. Muy cerca se construyó con el uso de caña brava  y hojas de palmera una cabaña, encontrándose en su interior un nutrido grupo de clónicos nativos; estaban refugiados por el frío que ese día azotaba a las playas y arenales del rio Ucayali.  Ellos esperaban ansiosos los días de sol para iniciar la cosecha del arroz, las mujeres no desperdiciaban el tiempo y se dedicaban a asearse, sacando los piojos de sus pelos de la cabeza. Ignorados de la civilización, esperanzados del río y el aire que respiraban. Otras, las mujeres de modo singular rascaban sus cabezas, compensando así la picadura de los mosquitos mantas blancas, al final, los pelos se hacían como un ovillo irresuelto.
-          ¡Hola paisano! – Saludo con voz fuerte Ernesto.
-          Hola - respondió el nativo con cierto recelo.
-          Paisano préstame tu fogata para preparar nuestra comida.
-          Aita paisana - consentía el más viejo de ellos.
Con el peso de la mirada ansiosa de los nativos la doña preparaba el desayuno, consistente en chapo,  una sopa de arroz con pescado y frijoles.
-          ¡Rico bueten paisana! - antojaba el nativo.
Cuando llamaron a servirse también los nativos tuvieron que comer. Un arroz con leche y abundante miel era el manjar de agrado para ellos.
Los paisanos nativos pretextaban sobre  el arrozal, afirmando que era de un patrón de la ciudad de Pucallpa y ellos se habían comprometido a realizar la cosecha, el trillado y ensacado, inclusive puesto en el bote. El patrón les había dejado víveres, pero no eran suficientes, no podían pedir más porque ya no tenían saldo. Se habían hecho compadres del patrón y debían obediencia, ellos cumplirían con mucha lealtad de un año a otro año, porque era el compadre.
El ojo del Tunche había estado reluciente en las noches y en el día se perdía sigilosamente, observaba con fina sutileza todas las cosas que sucedía con el pueblo shipibo. Ya eran suficientes, los muchos abusos que ocurrían en estos territorios. Madereros, pescadores, ganaderos, mineros, usureros, charaperos, todos estaban en falta y la paciencia  se había agotado en el ambiente. Lo último que se había hecho, por parte del gobierno, era la parcelación amañada a favor del presidente constitucional, sobre los territorios nativos; 100 mil hectáreas concesionadas para el Dr. y su socio.  Territorios nativos concesionados por el poder político central, eran resguardados de noche y de día por hombres bien armados, impidiendo que la población transite libremente; se  abrían grandes trochas para el tránsito de los enormes tractores forestales, luego los camiones entraban y salían llevando los trozos de madera fina. Los pequeños productores forestales y los propios nativos no tenían otro camino que replegarse.
Sin esperanzas, convencidos de la inexistencia de Damián, requeríamos de un nuevo tanganero, habría que buscarlo en Pucallpa y por demás  no podían arriesgarse, ante  las anunciadas rebeldías de los originarios; esto de Alan García había despertado reacciones y se tornaba expandirse en cadena. Entonces, fue cuando, decidieron separarse, una vez llegado al puerto de Nueva Italia. 
De esa fecha, ya, como pasajeros bajaban con un bote de amplio tonelaje, todos sentían necesidad de  llegar pronto a Pucallpa; acelerando en el día, cuando se exigía a la máquina PKPK en su máxima potencia y durante la noche dejábamos que las aguas del río regulen la velocidad de la embarcación. Los viajeros dormían profundamente, convencidos de las habilidades del motorista. Cuanta falta hacía la presencia del tanganero, hecho  que se acentuaba sobre el motorista, quién cayó en un sueño pesado. Todos dormían, cobijados, al abrigo del poco espacio y el reducido calor para esas horas de la noche fúnebre.
-          ¡Despierten! ¡carajo! Nos aplasta la chata – gritó el motorista.
-          ¡Dios mío hasta aquí fue mi vida! ¡Cuida mi bebe, joven!- en su desesperación gritaba la profesora.
Fueron las últimas voces de zozobra e impotencia los que se perdieron en la faz del ancho río Ucayali, no había espacio para la espera, absorbidos por la fuerza del motor de la chata, hundiéndose al fondo del río. Solo atinaba a respirar bastante aire y tomando a la bebe fuertemente en sus brazos, se sumergió en el agua turbulenta. Navegaba debajo del río, atrapado por los  voraces remolinos, hasta el fondo donde se encontraba la pesada arena. Sus brazos se movían con lenta intención, pretendiendo  realizar grandes nados, tratando de contrarrestar la lengua de agua que había atrapado sus pies. Las lechosas aguas ingresaron a sus ojos y no pudo evitar absorber una porción de turbidez, así sentía alejarse de la necesaria y ansiada  vida, esta se alejaba de su cuerpo y resuelto a concesionar libertades a los misterios de la muerte. En la efímera forma de pensar ya se sentía muerto. Antes de perder el conocimiento, sintió la fricción de una piel lisa,   abrazado  y envuelto por una   mucosidad en todo el cuerpo, fue ese momento, un instante, ligero y oportuno salvataje que le permitió deslizarse hacia la superficie del  río; la  densidad creada por la mucosidad y lo resto, es propio de algo misteriosos y bondadoso. Pronto, una vez asomó el rostro pudo aspirar oxígeno, en varios intentos hasta llenar sus pulmones del ansiado oxígeno y por último un  profundo suspiro. Respiraba varias veces y sobre la superficie del río se deslizaba con la facilidad de un pez, sus brazos se convirtieron en aletas, sus pies en una ancha aleta, hasta  la orilla de la playa. Fue lo último que hizo para evitar ser arrastrado por las aguas del río   y con las garras de sus manos aprisionaron un ligero palo, era una, era la  tangana perdida en días anteriores. Era la tangana que perdimos el día que Damián desapareció.
Se preguntaba por lo sucedido, de por sí le vino el recuerdo, cuando aceptó ser bautizado por la cuma Sofía en la comunidad de Caco, allí, la anciana sin que lo solicite deseaba convertirlo en su ahijado e invocó a sus ancestros para que sea protegido  de las vicisitudes de la selva inhóspita.
Prensado en sus manos yacía el brazo del bebé  y lo puso sobre su hombro  en   resignación de calificarla por muerta, al verla inerte, sin movimiento alguno.
-          ¡yuuuuuuuuuggg! - en segundo, la niña dio un grito y lloró con fuerza.
Completado sus deseos y lleno de alegría inmensa, prefirió soltar un grito infernal escuchándose en el infinito.
-          ¡Yaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhh!
El bote y las cosas desaparecieron en el agua,  todos lograron salir vivos, los relatos coincidían por la forma como fueron salvados. Esa noche una vez más silbaba el aire -  es el Tunche afirmaba uno de los compañeros- , silbaba con suma tristeza  en los barrancos, en el monte, en la playa y en el aire. Nunca  entenderemos al tunche, pero esta vez  no logró su objetivo de sumar en su estadística a otros mortales. Todos continuaron asustados y al mismo tiempo alegres por estar vivos, tendidos sobre la densa y húmeda arena.  El abrazaba  la tangana en  aferrada esperanza de lograr  la eternidad junto a ella. Gracias Damián.
















SIMÓN EL MARTIR
Había transcurrido el momento más difícil, tal vez todos sentían lo mismo, pero, en el convulsionado cerebro de los braceros del cañaveral se prendió la lucecita de la interrogante ¿qué  habían hecho para generar tanta cólera y  rechazo acrecentado de la aristocracia y el hacendado? La decisión que tomaron para  atrincherarse en el alambique fue,  producto de un acuerdo de la asamblea de trabajadores. Como en la batalla, luchaban para impedir que se  llevaran los equipos de procesamiento de la caña de azúcar. No habría fiestas que alegrar sin el aguardiente; don Vitocho  ya no haría sus piruetas de costumbre, ni bailaría como un trompo al compás de la banda de músicos. Alambique y caña de azúcar se constituían en  un binomio de  fuente de trabajo, un ingreso económico para comprar los víveres del mes, algo de plata para enviar el giro de su Carmelucha y pueda pagar su pensión de estudios; se pretendía quebrar la costumbre de cada zafra y no recibirían su ración de aguardiente, por lo tanto, el compromiso de llevar aguardiente añejo a la festividad de sus pueblos  corría peligro, ya no beberían un copón del rico aguardiente de 60 grados. La nostalgia y la cólera reinaban en la asamblea.
-           La pregunta lo expresaron luego de los sucesos, cuando   el muerto reclamaba entierro: ¿Fue indispensable haber hecho uso de las armas de fuego para solucionar un reclamo justo de los trabajadores? – mencionaba en su arenga el presidente del sindicato.
Respuesta ignorada y lejos de ser contemplada en las acostumbradas  mesa de discusión de  los “aristócratas huanuqueños”; en  síntesis las reuniones para ellos eran componendas, defensores feroces del status quo y la componenda era una herramienta de gestión, necesaria para defenderse de los parias. Parían constantemente ideas que  no escapaban de la necesaria  violencia, el fin justifica protegerse de los desposeídos.
-          “a esos cholos con palo hasta que mueran” - eran las ordenes del hacendado.
Así fue interpretado lo ocurrido en Quicacán. Previo a los conflictos el hacendado tuvo una serie de componendas premeditadas, y al convocar al jefe de la policía nacional, al fiscal de la provincia y algunos otros más de la alcurnia burocrática de Huánuco, obedecía al iteres propio. El hacendado preparo una locreada a lo grande y de aperitivo exhibía  unos finos vinos italianos. Los resultados de la componenda se vieron luego, la comelona  serviría para tapar todo indicio de reclamo o cuestionamiento por efectos de la ley. El desalojo y el cierre de la fábrica tenían que darse, a costa de todo.
La protesta de los trabajadores del cultivo de la caña también tuvo sus propios ritos, tomaron esa decisión al sentirse abandonados y desprotegidos, sin forma alguna por defenderse de los abusos del hacendado Jorge Thorne; ellos  asumieron el reto de sostener la huelga indefinida en defensa de sus intereses. Toda esa noche, previa al inicio de la huelga se convocaron  en las barracas, allí masticaron la coca y bebieron aguardiente, era la mejor forma de darse valor, no aceptarían  la propuesta del hacendado; ellos por sus ancestros  se sentían dueños de las tierras, del cultivo, del alambique y de por cierto del blanquecino líquido que deleitaba sus espíritus acongojados  de parias. El aguardiente. Por ser pobres no podían ser abusados por el patrón. Algunos, los más ancianos  hacían recuerdos de las memorias de sus padres y reiteraban que pusieron lo mejor de sus vidas para hacer crecer esta hacienda. Muchos de ellos  yacían en el cementerio dulce, de abierto peregrinaje en medio cañaveral.
El 23 de febrero de 1982, los obreros y campesinos, pertenecientes a la hacienda Quicacan, organizados en el sindicato  iniciaron en horas de la madrugada de ese día una huelga indefinida. No era una huelga proletaria, mucho menos revolucionaria, pero llevaba en sus interior la rebeldía de los indígenas por defender sus derechos domesticados de hace 100 años atrás. Y si no fuera poco algunos hablaban de títulos nobiliarios que la corona española otorgó al indio Illathupa, del cual se sentían descendientes. El terrateniente, había logrado  antes una gran influencia en la división  de los trabajadores, sembrando  intereses  particulares entre los braceros del campo y los obreros de la fábrica. La política de la empresa pretendía quebrar la unidad de los trabajadores. Fueron  muchos los abusos cometidos por el hacendado y sus cuarteleros, de salarios paupérrimos y la falta de educación para sus hijos. La protesta nació para crecer con la firmeza del reclamo de los parias de la hacienda, algo que escapó del cálculo del hacendado y tuvo su máxima expresión en la respuesta de los huelguistas, ante la represión de los gendarmes. Jorge Thorne  recurrió al Fiscal Sady Falcón y 30 policías, con estos arremeter  contra la protesta, debería protegerse de aquellos, de esos que siempre atentaron contra la acumulación  de sus riquezas.
La noticia de la huelga llegó a las aulas universitarias, en sus pasillos cundía el espíritu solidario de  compañero a compañero, obligando a los dirigentes a convocarse de emergencia en  el local de la Federación de Estudiantes, donde se evaluaba el informe presentado por uno de los huelguistas.
 El rostro  fiero del sindicalista  se hizo notar, unas gotas de sudor resbalaba de sus patillas  y sus expresiones demostraron el demoledor impacto de la bronca. El rostro colorado del combatiente demostraba la iracunda  rebeldía de los huelguistas. Y guardaba armonía con el relato de los acontecimientos, la que incitaba a un impulso de solidaridad natural, además,  habían llegado en busca del  apoyo de los estudiantes revolucionarios; estos estudiantes que siempre protestaban en las calles.
-  ¡Pásame la F!              ¡FFFFFFFFF!
-  ¡Pásame la U!      ¡UUUUUUUUU!
-  ¡Pásame la H!   ¡HHHHHHHHH!
- ¡Pásame V!  ¡VVVVVVVVVVVVV!
- ¿Qué dice?  ¡FUHV!
Los “revolucionarios” estudiantiles, impetuosos como siempre, demostraban el éxtasis político de las convicciones ideológicas, al cual rigurosamente estaban sometidos, como producto de sus propias contradicciones, aún más convencidos de la fuerza juvenil y de la ferviente indignación por los actos reprochables del fiscal y su fuerza policial. Curiosa y particular forma de solidaridad para demoler el retardatario espíritu social del Vicerrector Administrativo. Heber Hidalgo era militante acciopulista, además estábamos en el periodo del segundo gobierno de Fernando Belaunde, tal vez, esta relación impediría   lograr la orden para  el uso de la camioneta de la institución. Bueno,  este señor necesitaba acercarse a los estudiantes, se acercaba las elecciones de autoridades y no podía  perder esta oportunidad. Los estudiantes, habiendo logrado la autorización del vehículo no dudaron en saltar  sobre la tolva de la camioneta y  dirigirse al pueblo de Quicacán, en busca  del conflicto abortado.
-          Oye Lucho, yo les dejo muy cerca a la bronca y  regreso al toque no quisiera que el “caballo” del rector se entere y me jala los pendejos.
-          Mira pepe si ese “caballo” te toca se las verá con nosotros, también somos de la universidad y lo cuadramos de a feo, ni que se atreva  reprimirte el equino ese.
Veinte universitarios controvertidos llegaron al combate. Con actitud de beligerantes, impetuosos, cosmonautas cayeron sobre el territorio controlado por los huelguistas, siendo recibidos con aplausos y  celebraciones, casi a 200 metros del lugar de la confrontación. Los estudiantes sincronizaban sus movimientos, exaltándose los espíritus, cuando escuchaban la ovación de los huelguistas.
-          ¡Palmas revolucionarias, compañeros!
-          Llegaron los universitarios, estos son guerrilleros, ahora verán los cachacos. – Gritaban los campesinos y obreros.
Hasta el momento ya existían dos heridos de bala y abundante banderas peruanas, flameando con la fuerza del viento pillcomaino. De guerrillero no tenían nada, pero si con mucha vocación de solidaridad, eran capaces de hacer cosas más allá de lo medido. Tenían de todo, menos la logística de un guerrillero. Ya había heridos de bala y tuvieron que  llevarlos por emergencia, haciendo uso de la camioneta, directo al  hospital público.
Relataron los huelguistas, sobre los hechos ocurridos, al momento que el fiscal dirigía la diligencia y pensando romper la barrera que habían constituido las mujeres, ellas trenzadas entre brazos impidieron que ingresen a la fábrica; ceder ese espacio era permitir que  fracase  la huelga. Ahí se había desatado un primer enfrentamiento con la gendarmería, escuchándose los griteríos y  el sonido de las  balas que se impregnaron en el cuerpo de algunos campesinos, quienes cayeron rodando por el suelo, asustados unos y otros embravecidos por la sangre derramada. Los garrotes y las patadas tuvieron como preámbulo, fue la respuesta de los huelguistas, logrando apoderarse de cascos y macanas de los gendarmes hasta destrozarlos en momentos de rabia y cólera milenaria.
Confundido entre los huelguistas, los solidarios estudiantes empezaron a centralizar la protesta, improvisaron un mitin y dieron discursos de solidaridad, invocando a la tranquilidad y el orden, tratando de evitar, de todos modos un segundo enfrentamiento con la gendarmería.
-          Pero que estúpidos fuimos-  recordaba “maosito”.
-          Claro si la mejor arma es la ofensiva y se recurrió a la defensiva. ¡Qué tontos!
Llamar a la tranquilidad y el orden, aceptar el diálogo para solucionar el conflicto, a sabiendas que ellos preparaban un plan agresivo, fue una estupidez. Es  conocida la estrategia de la represión y cayeron como inocentes conejillos de campo. Ellos están domesticados para la represión y no se podía confiar de un gendarme que dice ser el   custodio del orden.
Tras las colinas y luego de recibir  sus prendas de guerra como parte de la negociación, hubo un momento de tranquilidad. Los policías sacudían el polvo de sus uniformes verdes, absorbido durante  la primera reyerta y otros bronceaban sus armas, frotándose con la palma de sus manos, balbuceando hipócritamente un breve rezo del Padre Nuestro,  buscando darse valor y justificar  la represión.
Demasiado tarde para los lamentos, el segundo choque fue fatal para los huelguistas, la  represión fue ferozmente agresiva,  hasta matar a Simón.
Quicacán se levanta sobre los dominios del hacendado, herencia colonial de explotación de la caña de azúcar, sus edificaciones así lo confirman, casonas construidas de quincha y habitaciones multifamiliares, allí todavía persiste el olor de los labriegos que dieron su vida en los años pasados. Cerca y mirando los campos estaban las murallas que cercaban al alambique, los hornos y cobertizos donde se acumulaban los  bagazos. Hacia la cumbre y sobre un lugar seguro se levantan los muros que soportan al señorío de la hacienda. En esa vivía el gamonal, el “señor”, el  despiadado Jorge Thorne. Desde esa plataforma señorial se podía ver con claridad los acontecimientos. Apareciendo de tiempo en tiempo tras la ventana, parapetado y al acecho, preparado para actuar en caso si tenía que disparar,  cuando la situación y  los huelguistas se le ocurrieran atravesar su seguridad.
Todavía sudando y con las muelas mordiendo la lengua se acercó el capitán de los policías, siempre resguardado por un fornido soldado, se había acercado con el ánimo de apaciguar la situación y solicitar la devolución de los pertrechos policiales, a cambio de finalizar la reyerta.
El trato se cumplió con serenidad. Antes me propuse ser delegado negociador.
-          Tú que eres? - me pregunto el Capitán.
-          Soy empleado jefe- le conteste.
-          Entonces, cuida tu chamba cojudo y diles a esos mierdas que se retiren para pasar y no queremos más problemas.
Los guardias formaron un pelotón, marchaban marcialmente sobre la carretera y sin dejar de murmurar entre ellos, tuve la sensación de  adolescente y sentía miedo por las últimas palabras que había vertido el Capitán. Estaban heridos en su dignidad y buscaban formas de vengarse.
El viento soplaba como siempre hacia las heladas punas de Cerro de Pasco, también el polvo que venía de las chacras secas y los cuchicheos maliciosos, mostraban una serie de sinónimos, coincidentes con la alegoría de la parca indispuesta, se presentía en las miradas de rencor de los gendarmes un aliento de venganza, esta no percibida a tiempo; tan fatal para todos nosotros, tuvimos que lamentar luego. Es que ellos habían recibido una paliza de los campesinos, no podían aceptar la  humillación a la Benemérita Guardia Civil y estaban dispuestos a cobrar caro el honor.
Los hombres, las mujeres, los niños y nosotros mismos sentíamos las energías y el odio de los gendarmes; cruzábamos nuestras miradas, como avisándonos que la cosa no era como se había tratado. Un grupo continuaba atrincherado en la puerta del alambique, otros en la intemperie dispersados y armados con sus garrotes y piedras. Observábamos cada paso de los gendarmes, calculándolo con el latido de nuestros corazones. El mío propio era una vertiente de angustia, la sangre circulaba a brotones golpeando mi corazón, en tono de advertencia.
El compás de la marcha fúnebre, se podía sentir en  los represivos hombres de la “ley y el orden”, no más se presentía, ante el  ritmo de los acontecimientos. Acortaron la distancia y de un golpe seco sobre la tierra y levantaron el polvo con el ruido tosco de sus botas,  parándose bruscamente a órdenes del Capitán y mediante una orden marcial formaron el abanico de la muerte, atacaron a los huelguistas con disparos  frontales de sus armas.
-          Maten a esos chuchas ¡Maten a esos mierdas! – eran las órdenes del capitán.
Corrimos y corrimos, no había otra salida que correr, escapando   de la reyerta desatada. Tras nuestro, el estiércol dormido se levantaba por la fuerza de nuestras pisadas, las balas  se disparaban a diestra y siniestra, fue el más atinado  y tuvimos que alejarnos a costa de nuestra propia vergüenza. Nunca fuimos, ni éramos los seres que así apreciaban los campesinos. El último zumbido fino fue de un proyectil cerca de mi oreja y pude darme cuenta que la cosa era en serio, eso hizo acelerar la carrera en busca de protección, dentro de cañaveral.
-          Corran, corran mierdas ¡- fue la arenga que escuchaba tras mis pasos.
-          ¡Corre, compañero! No dejes de correr porque esto quema.
-          ¡Nos engañaron por la puta! ¡Caímos como inocentes cojudos!
Así sucedió, corrimos sin cansarnos hasta perdernos en los cañaverales; ni el ancho de la acequia  impidió que logremos nuestro objetivo. Nunca volteamos la mirada. En nuestra mente,  percibíamos que  un ser mitológico  nos perseguía,  imaginaba a un inmenso canguro con patas de aguja, manos de rapiña y rostro de buitre, sobre nuestra imprudencia y pretendía cogernos. El solo imaginar,  que podía ser presa de esa masa  monstruosa e hizo que salieran alas a nuestros pies y de un  solo salto  brincamos los tres metros de ancho de la acequia, prendiendo nuestra uñas en la yerba, solo de ese modo podíamos llegar a los cañaverales.
Con el cuerpo lleno de espinas, desprendidos de las hojas de los cañaverales y casi arrastrándonos llegamos a las orillas del río Huallaga, con la idea clara de cruzar a nados el caudaloso río.
Ya lejos del escenario, nos detuvimos a pensar ligeramente la situación y preferimos subir el árbol más cercano, observando el movimiento de los gendarmes, no nos seguían, posiblemente por la incapacidad de saltar la acequia o incapacitados de buscarnos dentro del cañaveral. Podíamos calcular el temor, luego de ingresar al cañaveral, sería un auto suicidio, ante los miles de abanicos de hojas que se entrecruzaban, como el machete de los braceros del cañaveral cortarían el aire en busca de castigar la bravuconada de los gendarmes. Nosotros no perdíamos el miedo, y de rato en rato teníamos que detenernos para medir el ruido ajeno al cañaveral, era uno de ellos, insistía en seguirnos, antes habíamos visto que varios campesinos cayeron al suelo, luego de entrar en contacto y como producto de la represión.
-          Que importaba las mil dificultades si nuestra finalidad era salir del acecho. “Sigue caminando compañero”
-          Si es necesario cruzamos el río a nado – dijo el otro-  sin percatarnos que la magnitud de la creciente hubiera apagado nuestras aspiraciones.
-          No es necesario compañeros, yo conozco esta ruta ¡síganme!
-          Esos perros tiraron a matar y nosotros no seriamos presas fáciles.
Entre charla y temor, caminábamos sigilosos por el cañaveral, minimizando el ruido, a pesar de  esquivar la hojarasca seca. Hasta el viento percibía nuestro miedo, la loca huida era acompañada con el “shhhhhhhhhhhhhh…”, ulular del viento, algo así, como sintieran también temor. De un de repente sentimos que alguien corría muy toscamente y tuvimos que uncharnos muy cerca al suelo.
-          ¡Al suelo camaradas! - alguien grito con vehemencia.
-          No, compañeros, soy yo, no tengan temor.
-          Esos mierdas son unos cobardes, si estuviera con mi escopeta los cazo como ratas, desgraciados han matado a Simón -  dijo el nuevo inquilino de la fuga-
Saliendo de la espesura del cañaveral y sumándonos a un mayor número de la población, tuvimos que confundirnos con los campesinos, enterados de la masacre salían de sus covachas y caminaban hacia el centro de los acontecimientos. Llegamos a un lugar seguro y fuera del peligro, reconociéndonos y mostrando nuestra furia por los abusos de la policía, tuvimos que separarnos. El campesino se quedó a parlar con sus paisanos.
-          Si hermanos –decía- esos policías son unos abusivos, muy seguro que Jorge Thorne a pagado mucha plata. Vas a ver que el fin de semana  se darán grandes banquetes en esa maldita casa, habrá mucha borrachera.
Caminamos unos kilómetros, lo más lejos del acontecimiento, hasta llegar a Tomayquichua, me despedí de los campesinos  y también de los demás compañeros universitarios, ellos prefirieron regresar por la otra banda del rió.
Estaba pensando atrevidamente y decidimos regresar por la misma carretera, tenía que ver el panorama real de la bronca y si era cierto de la muerte de un campesino. Así subimos a la empresa Cisne y tuve que mezclarme con los paisanos que venían de las alturas de Pasco. Todos vestían de ropas abrigadas y nosotros no coincidíamos con las características, el temor nos absorbió en forma sospechosa, pero decidimos continuar, confiando en nosotros mismos. Fue rápida la metamorfosis que tuvimos que realizar, por último debíamos remozar nuestra apariencia, a fin de evitar y no ser percibido por la represión, en caso que detuvieran el autobús.
El frío helado de las alturas habían sugestionado  mis nervios  y en cierto modo salía el aliento húmedo de mi boca, contribuyendo a generar una fina película en la superficie de la luna del carro, de este modo, así lo quisiera, impedía estar en los ojos de la policía. Tenía mucho temor. Ya  las cosas estuvieron en tranquilidad, logré divisar a un gorilesco gendarme, que con rígida postura cuidaba a un endeble cuerpo que yacía en el suelo, inmerso en un charco de sangre, que brotaba de una parte de su cuerpo.
-          -  Es una protesta   de los campesinos - afirmaba una pasajera.
-          Han matado a un hombre, mira, mira- gritaba un niño.
El guardia Cori mostró los ojos de odio y rencor al sentirse señalado por los pasajeros y en cierto  modo me pilló con su mirada de parca siniestra, en breve pensé  en escapar. Había mostrado la debilidad del culpable y   daba muestras, para alimentar la cruda idea en  ese policía, solo quedaba en señalarme como uno de los huelguistas.
Pasamos y lentamente el autobús dejaba atrás al pueblo de Quicacán. Yo seguía con la mirada hacia delante, con los ojos inertes y las ansias de llegar a Huánuco,  pude distinguir la leve luz que alumbraba la ciudad y desperté, fueron breves los minutos que vino a mi mente, una dulce melodía del cañaveral, embriagándome en el néctar de su savia, en tono de un huaynito conquistador:
Vas volando por los andes, palomita. ala quebradita.
Quebradita es tu nombre. Vas volando palomita.
Matucana, Casapalca, es el Ticlio y la heladita.
La Oroya, Cerro de Pasco, van luchando los obreros.
Vas bajando por el Huallaga, no te mueras linda palomita.
Tu sangre roja, si tú te mueres, será tu furia   palomita.
Linda palomita
ala quebradita
así quebradita
tú vas volando.

Abrí mejor los parpados,  al sentir que los tricicleros se peleaban por los bultos de los pasajeros y la noticia sobre Quicacan en las calles estaba congelada. Los transeúntes circulaban algo apurados. Lo de Quicacán era de menos importancia, la gente circulaba y estaban lejos de los hechos ocurridos en los cañaverales.
La solidaridad del comando de mujeres no espero las ordenes dirigenciales, decidieron recoger  víveres para los reprimidos, durante el día siguiente. Sujetos de varias canastas recorríamos los mercados, mostrando las propagandas en los carteles y pidiendo la solidaridad  de los comerciantes.
-          Colabore compañera para los campesinos de Quicacan, hubo un muerto-repetían los comisionistas.
-          ¡Vayan a trabajar ociosos. Huelga y huelga todos los días así cuando el país saldrá de sus problemas!- Contestó una vieja cotorra que no simpatizaba con los huelguistas.
-          Mejor dale algo querida, esos universitarios cuando hay huelga te marcan y a ti primero te hacen saqueo. Dales no más.
Velábamos el cuerpo del mártir en el local de la Federación de Empleados Bancarios, justo frente al cuartel de los policías. La viuda lloraba junto a sus hijos y nosotros hacíamos lo mejor para que el sepelio sea lo más honroso posible. El descaro de la represión estuvo hasta el momento del traslado del féretro, el aparato de inteligencia ofrecía descaradamente sus servicios, camuflados y voluntarios para ese efecto, cuando la comitiva recibió el informe, decidimos bajar el ataúd del carro y cargamos por las calles de Huánuco, el ataúd y a él. Alzamos en hombros a Simón y nos turnábamos cada cuadra para cargarlo, gritábamos arengas y protestas.  Las personas nos miraban con curiosidad y preguntaban lo sucedido. Llegamos al recinto del Paraninfo de la Universidad, en  la cuadra 6 de Dos de Mayo y homenajeamos a Simón. Los  revolucionarios universitarios vivaban con fuerza, afirmando sobre la sangre derramada, esta que nunca serán olvidada. Entendí que Simón también lloraba, no quería estar muerto. Y yo escribo para que no sea olvidado.
Sentado sobre una silla, sentía una vez más el frió de Pasco sobre mi pensamiento,  llenándome de románticos deseos de cantar y escuchamos al cantor:
¡Ay cañaveral ¡
Cementerio dulce
Simón Alvarado ha muerto.
¡Qué  triste, tristeza de la muerte!
Mateando la caña y bebiendo el aguardiente.
¡Soy yo!
Simón el mártir y ellos la muerte.
Salimos con dirección al cementerio, en busca de la última morada de Simón.
Gritábamos, con ansias de desahogarnos por lo que pudo ocurrir a cualquiera de nosotros.
-          ¡Abajo la masacre de Quicacan!
-           ¡Abaaaaajo!
-          ¡La sangre derramada jamás será olvidada!
-          ¡Compañeros! Estuvimos en un acto de solidaridad en momentos que la represión cayó con furia sobre los campesinos, allí no hubo piedad ni respeto a los derechos humanos. Los humildes sin tierra fueron asediados y reprimidos con la fuerza de las balas de los que dicen ser el orden. Pero más fueron  los intereses de Jorge Thorne. Mientras los campesinos luchaban por pan y tierra, el gamonal nunca dejo de  pensar en este atropello. Puedo afirmar compañeros que Simón no ha muerto, el vive en la conciencia de los proletarios y vivirá siempre mientras exista la necesidad de justicia.
-          ¡Viva la huelga de Quicacan!  ¡Viiiiivaaa!
El Fiscal Sady Falcón fue parte de   las artimañas  del hacendado y tuvo que actuar como manda las reglas del poder feudal. Enterramos a Simón Alvarado y salimos del cementerio. Caminaba luego, con  solitaria melancolía por el malecón Huallaga, concentrado y reflexionando sobre los hechos. Luego estuve en mi cuarto y logre conciliar mis  sueños en un solo convencimiento. Pensar que estuve en la mira del tiro de las escopetas de la represión; pensar  que no fue tan fácil escapar de ese lío solo para solidarios, porque de revolucionario y guerrillero no teníamos nada.
Luego nos enteramos, ante la ausencia de muchos de los campesinos en el velorio era por el temor de ser apresados. El fiscal ordenó detener a los heridos, junto a sus familiares que cuidaban en el hospital; también Jorge Thorne aceptó no mover el alambique y ofreció un incremento de sueldos y otros puntos más del pliego de reclamos a cambio que el día del sepelio todos deberían acudir a su trabajo.
Paso un año luego de los acontecimientos y en vísperas del aniversario de la huelga de Quicacan propusimos un encuentro entre los compañeros universitarios, tratando de lograr confundirnos en nuevas experiencias, recordamos el momento y nos causó risas del modo como escapamos del lugar, ante la intensa balacera. Y me animé a  recitar un poema:
El grito se confundió en el cañaveral
la fuerza vibra en lo descomunal
y  ululando el viento
corría por el cañaveral hambriento
junto al plomo del fusil
 brotando la muerte del alguacil
y al grito ¡ataquen!
se escucho una voz que decía ¡no me maten!
Simón campesino ha muerto
en el verde cañaveral ha muerto
en el huerto ha muerto.
El cañaveral se ha movido
se agitan cruzando sus hojas
clamando al Simón el mártir
vivando al Simón que no ha muerto
¡Camaradas!
¡La sangre derramada jamás será olvidada!
Se escuchaban las palmas en sensación acrecentada para guardar memoria a Simón el mártir. Luego tuve que dormir profundamente para despertar de mañana cuando el día invitaba a respirar el oxígeno  de la libertad.







ALMA DE COMPADRES
Mis padres eran cristianos, nacieron y se criaron en las serranas tierras de la provincia de Dos de Mayo, ellos llegaron a la capital de la “Ciudad Jardín”,  pensando lograr  un porvenir exitoso. Como todo provinciano presuroso habíamos  logrado empotrarnos en la capital, siendo parte de los  cinturones poblacionales de miseria de la “gran” Lima; de allí bajábamos  a las calles  y a los mercados de la urbe  capitalina, para batallar  y obtener ingresos económicos,  y así cubrir los gastos diarios de la familia; de cierto que era una proeza de héroes, nos exigíamos tanto y por satisfacer nuestras necesidades elementales, mientras, como niños de casa esperábamos religiosamente  en nuestras  chozas la pronta llegada de mama.
La familia como siempre, había hecho una costumbre  juntarse en las noches a charlar, chacchando la coca, contemplando las lunas claras y cautivadoras, noches  embellecidas por la nostalgia de las frías punas; recordarse de esos momentos  llenaba el alma de virtudes y congojas, generándose un ánimo muy andino, para luego dormirnos en la profundidad de nuestros sueños,  hasta que  las horas  de la madrugada, del día siguiente, nos obligaba a prestarle la atención de domesticados. Despertar muy temprano era la costumbre de todos los días, sabíamos que luego  completaríamos nuestros sueños, en las largas colas que hacíamos en  las puertas de las fábricas textiles, guardábamos nuestra cola y el orden de turno para poder abastecernos de materia prima, lograr algo de mercadería era parte  de muchas riñas; de la reventa en su valor agregado del producto lográbamos  utilidades de supervivencia.
Yo estaba acostumbrado a no dormir y me complacía escuchando las conversaciones de los adultos y más, cuando hablaban sobre las almas;  era en esos instantes que sentía la traición de mis nervios, asfixiándome en la respiración, truncada por el miedo y  mis ojos buscaban cerrarse para no encontrarme con una de esas ánimas  misteriosas.  También el perro aullaba, de modo extraño,  esta  comedia canina incrementó el temor  en mi cosmovisión infantil y hasta que lograba acrecentar mi espanto, así como las formas alegóricas que mi mente ideaba.
Habrán pasado muchos años, hasta aprender a superar el miedo que me atormentaba de niño, hoy siempre  a la muerte le  muestro un ánimo de carcelero, a ella se le respeta, pero también se le puede perseguir y espero que no sea para su mal, porque era capaz de patearla el trasero.
Esa noche, el invierno crudo se apoderó de todos nosotros y los adultos comentaban el trastorno social ocurrido en las calles céntricas de Lima; en esta  limeñísima tierra costeña,   recordando un acontecimiento ocurrido en el pueblo de Mayobamba.
La tía más antigua relataba las vicisitudes, aquel acontecimiento ocurrido en su pueblo.
Mayobamba está muy cerca de la ciudad de Huánuco, pero tan lejos de las costumbres de la huanuqueñisima y aldeana ciudad de Los Caballeros, inclusive de la bella durmiente, la incomparable Tingo María. Allí se había logrado desarrollar un amorío entre dos aldeanos y describía el relato en base a  sus propias costumbres, tanto fue la charla y  mi interés por escucharlos.
Aquí la gente es de costumbres propias de la etnia de los chupaichos, con rasgos de mezcla con los descendientes  panatahuas; gente muy pegado a sus chacras y fieros amantes de sus familias. En estos lugares vivía “Jishuco”, él era padre de varios hijos y tenía como propiedad a la  mujer que mucho quiso en su juventud; es decir  a una de ellas, de las muchas existente en la zona, su nombre era Juanita. Las mujeres de Mayobamba se  sentían dichosas de ser madres y era una satisfacción estar llena de   fetos en sus vientres, entusiasmadas por procrear un bebe cada vez que se avecinaba una cosecha de la papa. El tubérculo   significaba mucho, hicieron de su práctica el tabú perfecto de la abundancia, de la producción y reproducción para las familias que buscaban concubinato.
-          “El que no siembra la papa no es digno de tener mujer, mucho menos crear hijos para el mundo.” – decían los lugareños.
Hablar de buena cosecha y mala cosecha es y será la disyuntiva del mañana, si no se lograba solucionar el problema del mercado, las almas se ahogaban en la depresión, tal vez eran las almas agobiadas de los precarios agricultores de estas zonas.
Fueron los días del mes de mayo, en momentos de acentuada desolación,  cuando los precios bajaron hasta la miseria;  los agricultores aceptaban con miserable desprecio la realidad, satisfechos de un destino fatal, a tal punto de aferrarse y no  separarse de sus  chacras,  amándola como a sus  propias  familias, con pasión de resistencia mítica. El alma de ellos estaba impregnada en la necesidad de sobrevivir.
El cultivo de la papa se hizo de grandes problemas y frustrados anhelos, esos tiempos  de cosecha los precios en el mercado no fueron favorables. En la chacra   la “rancha” arruinaba los cultivos hasta perder las cosechas.  Jishuco decía que la papa había perdido el alma de su valor en el mercado. Eran días de mucha necesidad y ambiciones frustradas para los poblanos de Mayobamba, acumulándose los sueños y esperanzas perdidas; recordaban las tristezas en  horas de reflexión y permitían que se acumule, pretendiendo encontrar  respuesta urgente en la hoja de coca y de la cual chacchaban con severa religiosidad.
Jishuco decidió por el camino más ligero y fácil, debería de viajar a las montañas de la selva alta, allí donde el cultivo de la coca le permitiría lograr unos ingresos económicos para supervivir, eso era un refugio económico rápido, mediante el cual podía conseguir dinero fresco, con eso alimentaría a su prole y complacería a Juanita. Como  todo primerizo tuvo que pagar el derecho de piso, siendo reprimido  por el gobierno de turno, apresado en una de las redadas de los gendarmes antinarcóticos; estos, conocidos como UMOPARES, como bien se conoce fue la unidad policial especializada en el control de hechos delictivos, relacionado con el narcotráfico.
-          “Ni tu madre te salvará pichicatero”- vociferaba  el oficial, cerca de los tímpanos de Jishuco.
-          ¡Ya estoy jodido! ¿Qué será de mi juanita? – se preguntaba en las sombras, gimiendo del dolor que producía al interior de su cuerpo, producto de las golpizas recibidas. A cada momento sobaba sus testes, con el ánimo de calmar el dolor producido por los hematomas.
Jishuco había caído en convalecencia,  producto de la golpiza de los gendarmes. Solo y sin su juanita, reducido en una covacha ignoraba el futuro, había perdido la conciencia por varios días. En ese trance recordaba el  ayer, sobre las almas que contaban sus padres, pensaba en morirse, ya no comería el caldito de papa que a diario le servía su Juanita, ni tampoco  vería a sus hijos, eran muchos los recuerdos.
Transcurrieron los días, como el rayo que alumbra en plena tormenta, ya en Mayobamba y luego que votaron a Jishuco de las mazmorras, Los Umopares deseaban librarse de responsabilidades y dejaron libre a Jishuco. Las heridas de la tortura fueron terroríficas y se profundizaban en las partes íntimas de Jishuco, hasta el punto crítico de cuestionar su hombría, él estaba sentenciado a no procrear los hijos que acostumbraba cuajar en el vientre de Juanita.
Pasaron los días, así como pasan las almas en las noches oscuras, resplandeciendo en su habitual costumbre de hombre de chacra, la excitación malévola de acabar con su vida.
 La herida se hizo  una cruel huella irreparable para Jishuco, tan cruel como la muerte misma.  Había logrado abrir un ardoroso pozo de líquido insaciable, al interior propio, quedando en sus ansias la humedad perdida, de un holocausto virginal. Por bastante tiempo se había posesionado la infertilidad en el vientre de  su esposa Juanita, ésta perdió las posibilidades de procrear hijos, así como las chacras de papas que sufrían de poca productividad. Era notorio la decepción en la mujer, por ser tan joven y las ansias frustradas  de volver a parir.
-          No dejaría que se burlen de ella ni Mashica, ni Jacinta – Esto remordía a su subconsciente.
Así como la noche absorbente hizo rendirse a la tarde calurosa, así se presentó Jishuco ante su compadre  Mañuco. No podía soportar la idea que  su Juanita lo abandone por su incapacidad física, haría lo imposible para lograr solucionar  sus relaciones  sentimentales. Jishuco suplicó a su compadre Mañuco, pidiéndole que preñara a su Juanita y esta no le abandone, por falta de amores.
La papa, en posteriores meses logró superar su mala racha en el mercado y los agricultores podían sonreír nuevamente al lado de sus familias. Las mujeres recobraron el esplendor de ser hembras, participaban con entusiasmo en las cosechas de todos los días. Las polleras se envilecían en los cuerpos de las cholas y las papas eran tan leales albaceas de los secretos de las hembras, en momentos que estas se inclinaban a recogerlas en sus cestos.
Esa noche chaccharon la coca, endulzándolo con el blanco polvo de la cal, amanecieron en un ruin pacto de compadres. Mañuco quería que Juanita pariera una fémina, muchos varones los tenía en su mujer. Ese año fue de grandes bonanzas y alegres festividades. Ocurrieron en poco tiempo, luego vendrían lamentos.
Un nuevo periodo de crisis agobiaba al campo, la papa cayó a precios bajísimos en el mercado. Jishuco criaba 4 hijos más en su hogar, se notaba la diferencia entre los más pequeños y los mayores, los rasgos de piel y la profundidad de los ojos de los niños que criaba Jishuco eran notorios,  Los vecinos especulaban, hasta que llegó a los oídos de  la mujer de Mañuco, quién empezó a dudar y averiguar sobre la verdad de los chismes que en las calles se comentaba.
Jishuco, desesperado por los altos costos de manutención de la crías no dudó en  visitar a su compadre, en tono acobardado, le pidió explicaciones sobre el incumplimiento con los hijos que había engendrado en Juanita; es que Mañuco hace semanas que no enviaba las raciones a la que se había comprometido.
-          Escucha compadre – mencionaba Mañuco- carezco de poca disposición de capital para seguir sembrando la papa y los celos de mi mujer son constantes.
-          De todos modos compadre son mis hijos y tuyos también.
 Jishuco, se quedó en condición de capataz y de este modo aseguraba la repartición de la cosecha, en un porcentaje determinado. Un tercio de cada saco sería la recompensa que recibiría Juanita, por derecho de los hijos que tuvo con Mañuco.
Los misteriosos movimientos despertaron el interés ajeno, las noches parecían propias y propicias para los compadres, ocurría en los almacenes donde se acopiaba la papa. Fortuito tal vez,  pero justo para la mujer que  en esa noche se presentó abruptamente, sorprendiendo al Jishuco. Este separaba el tercio de papa que correspondía a Juanita e intentaba cargarlo sobre el lomo de la mula, siendo sorprendido por la mujer de Mañuco. La fatalidad es tormentosa cuando se juntan varios escenarios, ahí también, dentro del almacén se encontraban Mañuco y Juanita, en pleno acto sexual, separados por los garrotes y griteríos, salieron a las calles, hasta que  los perros ladraron mediante aullidos escandalosos.
Mañuco y Jishuco escaparon hacia el  monte, cruzando las chacras y sin ánimo por detenerse, ante la vergüenza y críticas de los vecino; se alejaron del pueblo, en honor al pacto de compadres, “compadres hasta que la muerte los separe”.
Esa noche, una noche de zozobra,  los compadres chaccharon,  masticando la coca y bebiendo el aguardiente, algo  de cal entre sus dientes. También fumaron el cigarrillo Inka, mediante sendas bocanadas de humo, pidiendo a sus creencias que sean complacientes con los problemas suscitados. La coca estaba amargo, tanto como el aguardiente que no tenía el gusto acostumbrado, hasta el mismo humo del tabaco se mostraba sensible, y las cenizas se pulverizaban por el ligero viento que empezó a soplar. Una densa  neblina salía del medio oconal, cubriendo la ramada donde se escondían, ni se percataron de ello los compadres, en  pocos segundos fueron cubiertos por la espesa neblina.
Los días posteriores, de todos los días, desde los primeros rayos solares y la  compañía del húmedo roció, sentía el coloquio de los compadres, manifestado en el   pacto. Esta fidelidad eterna se suscribió en los colores nacientes del arco iris, que salía del oconal y  la densa neblina. Ahí se empotraron Mañuco y Jishuco, invisibles para sus mujeres, ni  lágrimas, ni menos los llantos, acabarían con la decisión tomada. Caídos en la angustia de no encontrarlos, sin alma y naturaleza propia; ellas en el más profundo sollozo reclamaban de sus maridos, inútilmente. Lamentaban lo sucedido, las explicaciones fueron suficientes para que ambas mujeres resuelvan el impase, solo querían a sus maridos de regreso a sus casas.
Salieron en su busca los poblanos, ya eran tres los días de su ausencia, buscaron en los pueblos más cercanos y algunos días  más.
Tres días antes del fatal despliegue del aluvión caído sobre Canseco, algunos pobladores escucharon gemidos de personas en las cumbres del cerro, una mezcla de llanto de niño que clamaba a su madre y otras eran carcajadas de adultos, de forma alegre y desde la espesura. Luego vino el aluvión de lodo, arrastrando árboles, casas y animales.
Convencidos de un extraño maleficio, los poblanos atinaron en señalar un hecho poco frecuente, ocurrente en   medio oconal, suponiéndose a la boca de un volcán, de ahí había bramado el huayco, hasta escupir el lodo, con furia y demoledora advertencia.
En adelante, se había sumado una esperanza de vida. Crecían, en medio oconal dos matas de follaje verde. Uno era alto y erguido con abundante bellotas  como la variedad de papa Perricholi y el otro era frondoso,  sin mucha talla y carente de flores, como la papa Canchan. Ambos estaban limpios y sin rancha.
Las mujeres continuaban llorando e hicieron un  solo velatorio de sus prendas de vestir, encontrados cerca al oconal, al parecer estaban  convencidos de la fatídica decisión de sus maridos; a propósito, ese año  hubo abundante cosecha y los sombríos se incrementaron, así como los almacenes desbordaron su capacidad.
Los compadres, despreocupados del tiempo, continuaban en la chaccha, disfrutando de la amistad de los  auquillos y junto a ellos muchas almas insatisfechas. 
















KOSMICA
Inclinada en una esquina de su descuidada casa se encontraba ella, pensativa y fervorosa, con la mente crispada de odio y rencor profundo por los hechos ocurridos  en su entorno. Tuvo que ser esa mañana de cielo abierto, libre de  nubes negras, estas que se presentan por costumbre y  amenazando los páramos;  masas de agua condensadas, suspendidas en el espacio y luego soltarse con fuerza demoledora,  sobe los caprichosos vivientes. Era ese momento, cuando el Yarupaja la miraba con sus ojos ancestrales,  de ariscas y heladas convicciones, siendo venerada, tan igual que muchas de las doncellas de antaño, de aquellas andinas mujeres que aún  pasean sus espíritus sobre estos parajes de la civilización Yaru. Ella y el apu Yarupaja se  amaban a diario, de modo usual todas  las tempranas mañanas, en un ósculo de reciprocidad y respeto para la convivencia. Fueron tan ligeros los segundos, como el relámpago y el ruido del trueno. Como el cristal que se quiebra al recibir energía superior a su consistencia, así fue sorprendida. Su padre le castigaba con un golpe de garrote sobre su débil cuerpo, recibió la penalidad por oponerse y expresar su rechazo a las órdenes paternales. El padre  deseaba que   complazca los antojos de sus invitados, para ello tenía que servir los manjares preparados; el ponche por la mañana, el locro al medio día y la pachamanca por la tarde. Costumbrista forma de celebrar los cumpleaños y esta era por el natalicio de  su padre. La fiesta organizada justificaba la verdadera intención para con ella. El día del cumpleaños de su padre serviría para comprometer a Kósmica con el pretendiente. La pretendida tenía su carácter, el mucho orgullo que guardaba le permitió soportar ese ambiente de humillación y vejámenes, su reacción fue natural, para soltar varias lisuras; una lisura a su primer pretendiente y otra lisura más al atrevido candidato de feas intenciones, ese que le miraba con ansias intuitivas de masculino en celo. El golpe que su padre le propinó había hecho efecto contundente, tanto  que hirió su autoestima a la saciedad. La risa de los festivos invitados hacía eco en las frías paredes de la choza de paja y casi quebró la resistencia del  espíritu agreste de Kósmica. Algo más había ocurrido en el amor propio,  para correr presurosa y sin importarle los charcos de agua sembrados por el pasadizo, prefirió ahogarse en su  fría  habitación,  convencida por definir el derrotero de su desgracia, y luego sellar la luz tenue de su vida, con una decisión fatal. El potente veneno brillaba en la oscuridad,  cogió con las dos manos y con angustia de quebrantamiento preparó una mezcla fatal con  la avena, dejándola macerarse en un coloide inusual. Algo agrio e insípido, para no sentirlo y de  un solo sorbo logró ingerir la sustancia mortal hasta el fondo de su principales vísceras. Ella, decidida y convencida aceptaba  el  ritual  tenebroso de la muerte, nunca pensó terminar con su corta vida, tan fugaz y demoledora realidad. Aturdida y soñolienta, es que  se iniciaba el trágico efecto del mortal veneno en  sus vísceras.  Logró ubicar y  caer sobre un envejecido pellejo de carnero, solo respiraba para no morirse, en franco convencimiento de sí misma  no deseaba terminar así. El veneno fue el néctar que lo involucró a trotar sobre un camino espinoso, las alegorías de su infancia  danzaban en  macabro  deleite por su mente; ella  con la muerte luchaba para no ser absorbida por la inercia, con su piel encrespada pretendía revertir el proceso, era imposible  ante el negro color que tomaba su cobrizo rostro, más el silencio se apoderó de esa mañana. Ella sabía que se moría y estaba satisfecha que así sea.  No pudo entender más sobre su necesaria existencia,  esa gente que lo ansiaba para un concubinato forzado solo deseaba su desgracia, con su  decisión llevaría al tenebroso infierno  su ansiado cuerpo; sentía que se quemaba en su agonía, sin posibilidades para reducir el ardor y dolor. Estaba inconsciente, flácida y retorcida, logró llegar al poyo de la esquina, donde siempre acostumbraba silbar  junto al pájaro de todas las mañanas, pretendiendo pedirle explicaciones al colosal Yarupaja; no existía  dudas que el camino tomado era el correcto, esto ayudaría a reivindicarse y castigar a su progenitor por haberla humillado ante tanta gente morbosa. Algo más, tuvo que recordar, antes de perder el conocimiento y luego se hizo la penumbra, construyéndose un infinito abismo para su tierna edad  de adolescente atrevida; los vértigos generados por efecto del veneno colmaron su conciencia perturbada, la muerte aceptaba la sobrecarga de esa ambiciosa decisión. Esa fue la última conversación que tuvo con la conciencia.
Kósmica había abierto los ojos, despertó aturdida y con clara  desconfianza perfiló  su mirada por su entorno, el ladrido de su perro le ayudó a recordar,  no sabía si estaba en el calor de la casa de paja, ahí mismo donde y cuando decidió tomar la pócima, o tal vez  era la otra vida, aquella que en sus sueños de niña tanto la asustaba. Volvió a cerrar sus achinados  ojos y refrescando sus labios fruncidos con la leche exprimida de sus tristes vacas, llamó a su madre. El hermano estaba a su lado y su madre vivaba de alegría, agradeciendo a sus dioses por la salvación del alma  de su hija. Kósmica salía del trance poco reversible para su existencia,  no dudó al levantar uno de sus pies y con el coraje de su cólera acumulada, aventarle  una certera patada  sobre el pecho de su progenitor, golpe que hizo caer bruscamente sobre el suelo al lloroso padre: “¡fuera de mi vista!”,  le increpó a éste. Volvió a su cama buscando calmar su cansancio y perturbada por la bilis que se vertía desde su hígado necrosado, balbuceando murmullos de odio  sobre el hombre que decía ser su padre.
Kósmica había logrado crecer y desarrollar las cualidades de toda fémina, a sus trece años  tenía los atributos suficientes  para atraer a los varones  de su pueblo. Estaba sentenciada a involucrarse a las decisiones  y  conductas machistas de su padre, eso era una costumbre de las familias de estos lugares andinos. En algún momento sería entregada a uno de esos hombres, por la simple suerte de caer en  un  oscuro agujero,  abierto para su destino de mujer. Otra cosa no existía para el momento.
Y así fue. El padre de Kósmica tenía intenciones de entregarla por esposa al hijo de su compadre Pánfilo; en esta otra oportunidad se preparaba algo más diplomático. Sus nuevos pretendientes traían regalos. Pánfilo llegó con su esposa y el hijo mayor, junto a ellos les acompañaba el perro ovejero; el animal estaba impedido de ladrar, además, más allá de morder sus propio dientes y colocar el rabo entre las piernas de su trasero, no quedaba mejor espacio que  refugiarse en las faldas de sus dueños, era lo suficiente que podía hacer,  no estaba en situación de circular por la casa, ante la firme  mirada de los  perros de Kósmica, quienes ansiaban despulpar al intruso.
-       ¡Kósmica! - grito su padre- saluda a los visitantes y siéntate aquí, queremos que te reúnas con nosotros.
-       ¿Cuál es el motivo padre? – respondió- Yo no quiero estar en esta reunión, ni pretendo acompañarlos.
-       Escucha Kósmica -le dijo su padre- ellos vienen por ti. Yo les prometí entregarte como esposa de este joven, debes ser obediente, es lo mejor para ti.
Entonces el silencio se apoderó del ambiente, las miradas se entrecruzaban, el muchacho pretendía convencer a ella con una mueca indecorosa, luego cayó como el rayo la respuesta de Kósmica, quebrando el espíritu festivo y creando una incertidumbre en los pretendientes.
-          ¡Qué carajo me has dicho!, tú mi padre me regalas a estos miserables apestosos; sabes bien que yo soy muy tierna, tengo 13 años y no soy el objeto que pretendes vender.
Su madre muy bien le había advertido de estos sucesos y para el pervertido de su padre significaba un jugoso negocio conceder a Kósmica a esa gente, estos que se ufanaban de poseer abundante ganadería y de cierto mucho dinero.
-          ¡Escuchen muy bien ustedes, tira de pendejos!, yo no soy nada imbécil para aceptar esta venta de mi cuerpo, además yo no quiero a este enano de personaje como mi futuro esposo y de suegra no tienes nada de agradable tú señora de ¡mieeerda!, para ti viejo cochino no espero ser tu nuera. No quiero y ni voy aceptar este abuso. ¡Váyanse a la misma mierda  todos ustedes!.
La noche del mes de mayo fue testigo de su huida, por lugares que ella nunca había transitado; fueron horas y días que había recorrido y todavía no se sentía segura de estar lejos de su padre. Solo su madre sabía que escapaba para estar lejos de esa osada vendimia de su cuerpo. Nunca aceptaría tal oferta y deseaba ser la mujer libre de las maldades de su padre, libre del ambiente pernicioso y de su fingido futuro, todo esto no era el más adecuado para ella. Kósmica  abandonó su hogar en plena noche de luna, acompañado por el frío de la puna y la helada del sereno que caía sobre la superficie pastoril. Tropezaba con su propio miedo y se resbalaba en  cada  tramo del camino. Sentía que el pulmón se agitaba por necesidad de un buen oxígeno, respiraba y suspiraba, pero seguía caminando. Por ratos quería correr y correr, el único anhelo era estar lo más lejos de su casa, su voluntad era tan temeraria, nunca permitiría lo entreguen a personas ajenas, antes prefería matarse. Y lo que hizo quedaba como un buen anuncio. Esta vez escapaba.  Hizo un quiebre a la derecha, doblando sobre su cintura la mitad de su cuerpo, le decía adiós a su amado  Yarupaja y este le correspondía con un halo amoroso. Llegó  a bajar por Argollamachay, previamente tuvo que pasar el puente de Shongopunko y a veces se asustaba al confundir con personas a las altas pajas que crecían en estas punas frígidas. Llegó a Jesús y siguió caminando. Cuando sentía el silbido del viento, entonces  se asustaba y optaba por esconderse, así proseguía nuevamente, confiada en llegar al  pueblo de Margos lo más pronto posible, había preferido así, para evitar ser capturada. Pasó por la zona de Tocana, Margos, Yacus, Chaulan, Cayran y por fin la ciudad de Huánuco.
Kósmica al llegar a la ciudad de los “Caballeros del León de Huánuco, optó por refugiarse  en la casa de una mujer, aquella que su amiga le había recomendado y luego aceptó ser empleada, trabajando para la patrona durante los 5 años que no se supo de ella. Ahí conoció al marido de Roberta. Un hombre tan pervertido que la miraba con el alma de quinceañero. Y cuando no pudo domesticarla inició una serie de hostigamientos para reprimirla.
-          ¡Chola de mierda! – le dijo un día- Debes limpiar la casa cada mañana que te levantas.
-          ¡Calla carajo! No tienes ni vida y me fastidias. Espera carajo que le cuente a tu mujer, por el antojo que me tienes y te vas a joder.- Contestó enérgicamente ella-.
A diario ocurría la discusión entre Kósmica y su patrón; un inevitable contraste,  a sabiendas de las intenciones del hombre. Muchas veces la había cortejado y en pocas oportunidades podía escapar de ese acecho. Cierto día, cuando aseaba el baño encontró en el suelo el inhalador del patrón y lo guardaba en secreto, para la oportunidad  que tuviera en  devolverlo. Kósmica, muy enterada de la importancia del inhalador, sabía que sin ese objeto su patrón entraría en shock. Horas más tarde,  un ruido rarísimo en la casa se hizo sentir.
-          ¡Plunnn!
-           ¿Qué ha pasado? ¡Dios!
Kósmica preocupada bajo de su cuarto y encontró que su patrón había caído al suelo y dando muecas de desesperación indicaba su necesidad de respirar. El hombre sufría de asma y de tanto buscar el inhalador perdió también el aire, en sus ansias por salir de una situación de asfixia. Eso lo entendía muy bien Kósmica, pero decidió esperar un poco más y ver el desenlace de la salud del patrón, en cierta manera buscaba satisfacer su venganza prometida. Su conciencia pedía lo peor para ese hombre, aquel que la maltrataba a diario y haría todo lo necesario porque se muera, así lo decidió cuantas veces. Estaba dispuesta a no humillarse nunca y peor ante los hombres que solo querían abusar de su honor.
-          Ahora te mueres viejo mañoso. ¿Y no decías que era una chola de mierda y asquerosa? Te mueres y apestas a muerto viejo canceroso.
-          ¡Coóoooooosmica! Ahhhhhh…..yudame.-gritaba el viejo-
-          Claro carajo, quieres tu inhalador y yo no sé dónde lo  has guardado.
-          ¡Ahhhhhhhh! – La agonía del patrón embriagaba un ambiente de sensación mortal.
Kósmica toleraba el drama, por capricho propio, sin medir el peligro, además ya había jugado con la muerte, no parecía extraño el proceder de ese modo; la experiencia anterior, con ella misma la hizo recapacitar, corrió  haciendo el ademán de buscar el inhalador por los rincones de la casa y cuando vio que su patrón caía por segunda vez al suelo, decidió entregarle el inhalador.
Fue tan corta la paz entre Kósmica  y su patrón. Duro el tiempo, durante el proceso de recuperación por efectos del inhalador.
-          ¡Chola de mierda! Eres una pendeja y viva, casi me matas pendeja.
-          Sigues carajo con joderme, la próxima dejo que te mueras viejo carcomido - le contestó con energía de mujer andina-.
La patrona había desarrollado un grado de confianza en Kósmica y decidió hacerla estudiar en el turno de la noche. Allí, en el colegio de las mishicas  conoció a sus mejores amigas y logró establecer un ambiente totalmente desconocido para ella. Sus amigas del colegio tenían mayor experiencia que ella y compartió su confianza, pretendiendo lograr algún cariño que no lo tuvo en su hogar.  Solían el grupo abandonar las clases y acostumbradas a concurrir a las discotecas  cada fin de semana. Y en todo caso, concurrir con frecuencia de las festividades de algunos pueblos aledaños.
Fue, en la última  fiesta donde  asistió con sus amigas, luego de disfrutar, terminó por aceptar ser recluida al servicio militar obligatorio, primó para ello la falta de referencia familiar, no había quién acredite por ella. De un ambiente a otro, de la diversión y libertinaje a la tortura de soportar el rigor militar, experiencia que nunca pensó vivir.
Habían transcurrido 5 años, más los 13 de su vivencial andino, ya era una mujer formada físicamente; también los oficiales estaban convencidos de ello. Kósmica recibió la visita de su patrona, luego de tanto indagar su esposo había recibido la noticia de la reclusión de la criada. La patrona decidió por convencerla  para que sirviera a su patria y pueda de alguna manera mejorar su condición de ciudadana. Además, era oportuno para la patrona y separarla de su hogar, así evitaría que sus hijos y el morboso marido cometieran cualquier locura. La última vez,   en momentos que celebraban el cumpleaños del hijo mayor, ocurrió un altercado con la enamorada de uno de los invitados. Kósmica mostró el lado atractivo y se imponía sobre otras chicas, de eso se agarró el patrón para reprimirla y recluirla a la  azotea, haciéndola convivir con un gatito; ahí subiría Kósmica, todos los días, luego de sus labores de doméstica. Kósmica, tantas  veces dialogaba con el  minino y preguntaba si la decisión de sus patrones era lo más correcto. El gato la miraba y  contestaba maullando con inmensa tristeza. Ella lloraba junto al gatito. Es por estas razones que también comprendía a su patrona y tuvo que aceptar su reclusión en el cuartel de Yanac.
Vestida de verde opaco, calzando unas botas extraños para ella y bajo el mando de un agrio sargento corría por el campo. Los ejercicios  eran de igual a igual con los varones; gritaba cuando todos gritaban, rampando en desesperada huida de las botas del sargento y terminaba el día disparando balas de verdad. Hasta que le llegó el momento de saborear los antojos  del cachaco mandón; no interesaba el sexo ni la expresión delicada  de una mujer, todos eran soldados y las diferencias la guardaban  para maricas. Cuantas veces tuvo que morder sus  labios al ser vejado por el rigor de los  esfuerzos físicos y  fue sorprendida con un golpe de una vara sobre su cabeza, le dolió tanto que solo atinaba a ver azules destellos; al momento le saltó la memoria los recuerdos de niña, de aquellos momentos cuando su padre le pretendió humillar en presencia de mucha gente. Ahora sentía lo mismo, nuevamente pretendían mellar su autoestima, en presencia de los muchos  hombres, quienes reían con sarcasmo de su desgracia.
-          ¡Hijo de puta! – le incriminó al sargento.
-          ¿Qué has dicho marimacha de mierda? –contestó el sargento.
-          ¡Te vas a la mierda cachaco maricón! Contestó Kósmica con el labio mordido y sangraba de pura rabia.
Kósmica no había terminado de comer, cuando se había percatado de la presencia del sargento, este ingresaba al comedor a tomar su cena; ella esperó que se sentara y luego se acercó a él, la miro con rabia y venganza.
-          ¿Qué me miras chola cojuda?
-          Yo mierda deseo que te comas la porquería de comida que sirven aquí -  Solo fue un instante para que el tallarín de la charola del sargento volara sobre su rostro. Kósmica estaba satisfecha de sus actos y no mostraba arrepentimiento. Solo el capitán pudo separarlos y con su consentimiento evitó el castigo de rigor para los insubordinados.
Kósmica realizaba los méritos  suficientes para su destaque, era tan fría y disciplinada, agresiva y combativa. El Capitán tenía un plan con ella, el destino de Kósmica se había decidido. Fue a parar como parte de un batallón antisubversivo y fiel combatiente de su ejército.
Caminaba por el espeso monte de la selva, su lugar era la retaguardia y su arma de rutina era cargar una potente bazuca. Ella sabía que la zona era de mucho peligro, ya varios de sus compañeros habían caído en emboscadas y la suerte podía ser adversa para ellos, en caso de un pequeño descuido. Esta vez los servicios de información habían detectado una columna de subversivos,  acampados a 5 km de su posición de combate. Al encontrarse con los facinerosos combatieron durante toda la noche, sin ninguna baja de parte de ellos y con huellas de sangre en el enemigo, dispersados por el camino, por el cual escaparon los subversivos. Estaba convencida que habían derrotado a una de esas columnas subversivas y no existían dudas de la batalla ganada, había una alta presencia de material bélico regados en el camino. Los sediciosos abandonaron el campamento. Solo quedaron ancianos y niños, quienes miraban a los militares con susto y temor de sus vidas. Alguno de ellos sometidos a torturas, pretendiendo resolver el tema de la poca información que manejaban los militares y  así lograr capturar a los subversivos.
-          ¡Kósmica! Levanta la bazuca.- Le ordenaba el capitán.
-          Bien mi capitán ¿Cuál es el objetivo?
-          ¡Mata a esos cholos de mierda!
-          ¿Cholos? Ellos son niños y ancianos mi capitán.
-          ¡Mátalos! Chola de mierda.- le increpó el capitán-
-          ¡Mátalos tú perro de mierda! Yo no soy asesina de inocentes, peor de niños y ancianos.
Kósmica pensó tirar la bazuca, fue más rápido el movimiento del capitán, colocando sobre la sien de ella la  dura y fría pistola. Y una orden parecida a la de su padre le zumbaba dentro de los oídos.
-          ¡Mátalos chola de mierda o te mato a ti!- la orden era fulminante.
Ella solo sabía que estaba en posición de combate y el disparo del arma del capitán ocurriría en cualquier momento y  su muerte sumaría a uno más en  la suerte de todo soldado, así sea la bala de la pistola de su capitán, dirían  “murió en defensa de su patria”, así quedaría grabado en el pergamino que acostumbran a colocar en las tumbas y la conciencia de los familiares de los soldados caídos.
Kósmica lloraba de impotencia, lloraba tanto que se sentía débil ante esa masacre de gente inofensiva. Había apretado el gatillo de su arma y el proyectil fue directo al campamento de los civiles. Solo fue una potente explosión, ni un grito ni llanto en su interior. La muerte una vez más le sonreía con sarcasmo y alevosías.
-          Que pasa chola, porqué moqueas,  has hecho mucho por tu patria – le dijo el capitán.
-          ¡Fuera perro de mierda, eres un asesino!- Entonces Kósmica le propinaba un puntapié sobre los testes del capitán y rastrillando el FAL le apunto en el pecho.
-          ¡Kósmica no lo hagas! – le increparon sus camaradas.
-          Si no te mato es porque veo que te mueres en vida ¡maricón de mierda! Pero sepa carajo que estas en zona de guerra y no esperes que el plomo queme tu sangre de asesino.
Fue imposible mantener a Kósmica en las filas del ejército, en cualquier otra circunstancia similar podría actuar y castigar a uno de sus compañeros, tal vez un oficial tendría que morder el polvo de su iracunda acción represiva. Kósmica fue dado de baja al mes siguiente.
Kósmica regresó a su anterior trabajo, su patrona la recibió con mucho agrado. Tan pronto, también, se acabó la alegría, de modo que cayó en un enfrentamiento frontal con el marido de la patrona, le había clavado una patada en el trasero y recurrió  por retirarse de ese centro de trabajo, nada la detenía y antes de terminar su amistad con su amiga patrona prefirió alejarse.
Los días habían transcurrido y se acumularon en casi seis meses, tanto así y el problema económico fue elemental, desde que abandonó los cuarteles. Kósmica logró la confianza de un nuevo patrón, éste era dueño de un negocio de venta de comida masiva, manejaba seis empleados. Por urgencia y salud el patrón viajó  a Lima y dejó a Kósmica en la conducción del negocio. Ella había adquirido la disciplina del ejército y pensaba como tal, al patrón le parecía buena esta conducta y la nombró jefa del personal de su pequeña  empresa.
-          Escuchen chicos, a partir de la fecha la que manda soy yo. Espero que obedezcan mis órdenes caso contrario  serán despedidos.
-          Tú Lizet no sirves para recepcionar a los clientes, por lo tanto te vas a la zona de limpieza general.
-          Tú Roberto  le ayudas al cocinero.
-          Y tú también Chicho dejas tus flojeras a un lado y te levantas temprano a partir de mañana.
Kósmica no media  la tensión creada, recién había salido del cuartel y tenía el carácter de ordenar con firmeza, esta vez le tocaba  resolver   un conflicto  de intereses, que ya deseaba controlar. Ella estaba convencida de su fidelidad al patrón. Por estas cosas de la vida, la preferencia del patrón, fueron argumentos de envidia para los seis empleados, quienes habían decidido  castigar a Kósmica en el momento más oportuno; de esos acontecimientos se había enterado el hijo del dueño del negocio, quién pudo percatarse  y anticiparse a la riña. El niño  no esperó tanto para llamar de urgencia a su padre y comunicarle la noticia. El dueño al recibir la información no dudo mucho y decidió viajar durante  toda la noche, con urgencia, llegando de Lima a las cuatro de la mañana. Muy cerca de su negocio se ubicaba la agencia del bus que lo trajo, es por eso que había decidido caminar y cerca de la puerta empezó a golpear con furia, esto hizo despertar a Kósmica y  a los trabajadores; ellos salieron en forma conjunta y solidaria a defender el negocio, nunca pensaron que sería el patrón, planearon la defensa sobre un posible ladrón; con ollas, escobas y cucharones en sus manos decidieron abrir la puerta.
-          ¿Qué pasó aquí Kósmica? -  Preguntó el patrón.- ¿A quién piensan pegar?
-          ¡Tú te vas del trabajo y tú también!
-          Patrón no puedes botarlos - le pedía Kósmica-
-          ¿No te faltaron el respeto carajo?
-          Si pero…..
-          Entonces porqué pretendes que  los excuse. Ya dije que se van y se van. – Había decidido el patrón en un afán de proteger a Kósmica-
Fue tan corto el liderazgo en el negocio de Kósmica, por  no celebrar el día de la madre y evitar mayores  conflictos optó por abandonar el trabajo. Para ese día se había programado atentar contra ella, el destino una vez más pretendía jugarle un vacilón.
 Kósmica vivía remordida de haber abandonado  a su pueblo natal, ya nada le convencía vivir en una ciudad que no la entendía, la crueldad de los poblanos y sus prácticas civilizatorias, expresaba el placer ajeno, menos de ella. La diferencia se  lograba cuando corría por  las chacras de su tierra y de por cierto, era tan marcado la alegría de cantar junto a las aves y el viento. Dialogar con Yarupaja, además había grandes motivos por contarle el vía crucis vivido, en el tiempo de ausencia.
 Estaba afligida con la desgracia de su maternidad forzada; este derrotero de    ser madre fue producto de un hombre que la forzó violentamente a generar sexo. Un hombre como muchos, de esa esfera social, de que acostumbran y anhelan capturar inocentes féminas, a las famosas “natachas”, de ellas existe en abundancia. El día que no quiso asistir, a celebrar  la fiesta de las madres, decidió hacerlo con  sus amigas. Hubo mucha guinda y shacta, muchas mujeres y pocos hombres, bastante huaynos y con certeza bailaban chicha. En esa fiesta conoció a Tito y terminaron en su cuarto, sobre el lecho de amor y perturbada, confundida. Dejo de ser virgen, se sentía humillada, vejada y una vez más, la sensación de morirse le agobiaba en el fondo de su conciencia. Regreso a la profundidad del único refugio, lugar donde no la encontrarían, la soledad.  Tito tenía muchos años de diferencia sobre ella, estaba inmensamente enamorado de Kósmica y la perseguía cada vez que salía de su trabajo. El acecho fue implacable, Tito impuso su condición de macho para reducirla.
Kósmica, deseaba  algo diferente para su vida  y no permitiría que un hombre mucho mayor que ella la humille, peor, sabiendo que tenía familia. No había otra alternativa que escapar del acoso y su tierra natal sería el refugio más conveniente.
 Su propio pueblo,  allí donde se inició el martirologio y sus penurias. Paragsha,  ubicado a 3,5000 msnm, donde podía gozar las indulgencias del inmenso espejo formado por la cordillera Waywash, un sistema de vida diferente, lejos de la ciudad.
El pueblo celebraba, el arribo de la empresa constructora del tendido de cable eléctrico de alta tensión, se suponían que traían el desarrollo, menos la desgracia. La realidad satisfizo el interés de los trabajadores,  sembraron  torres de metal y también engendraron vientres de las mujeres.
Kósmica estaba ahí, junto a la cocina, atizando la bicharra al quemar la paja seca de las punas, pretendiendo cocinar la papa y el poco caldo con abundante fideos. La mirada de fatalidad y su profunda incredulidad, esto se hacía constancia en la personalidad de Kósmica. Ella gestaba un segundo hijo, como producto  de la relación con uno de esos “solteritos”, de la empresa COSAPI. Salía a diario para trabajar en la chacra o  pastar el ganado. En las tardes volvía para terminar de ordenar su casa y cocinar el caldo de fideos, también la papa, eso servía para alimentar a sus hijos. Kósmica cuidaba también a su sobrino, abandonado por su hermana, quién a sus cortos 14 años, se atrevió desafiar a otro de los  trabajadores de la luz. Ahora ya eran una familia numerosa, la mucha necesidad crearon  penurias, inducían a derramar lágrimas de impotencia, pensando siempre en el ¿cómo? , alimentar a sus crías. Ese día, solo atino en juntar mucha paja, tal vez al día siguiente obtendría mejores oportunidades, diferencias positivas. Lloraba su desgracia, cuando sentía que  la energía se agotaba, diluyéndose en un mar de   frustraciones. Sus hijos, como todo niño en desarrollo pedían más de lo que había, el hecho de  supervivir implicaba superar la impotencia.
Luego y una vez nacido  el segundo hijo,  tejía en el campo las ropitas del vástago.  Recordando su niñez y hubiera preferido morir cuando ingirió el veneno, antes que castigar a sus hijos con angustias  de  precariedad.
La fe resuelta en su propia autoestima, permitió a Kósmica encontrar una forma de subsistir, aceptó la propuesta del vecino en hacer pastar el ganado, no interesaba cuanto pagarían, le puso interés en el ingreso monetario, el principal,  por el momento y para satisfacer sus necesidades primarias. No interesaba  el sobre esfuerzo que realizaba, lo importante e irrefutable motivo,  sus hijos. Así, disfrutaba,  sobre los ichus, cantando al  alma, tejía las ropitas de su bebe y alimentaba el espíritu.  Por costumbre, el día a día marcaba la fortaleza de mujer. No tuvo más que eso, cantar a sus tristezas hasta satisfacer sus penas.
En una de esas mañanas, luego de disfrutar del rocío, pudo distinguir a la distancia, el acercamiento de dos mujeres, sabía quiénes eran y por eso decidió sentarse y darles la espalda. Una vez más, tal vez la última de las vicisitudes ocurridas en su vida, pudo  soportar la tiranía humana. La cogieron de sorpresa,  de las trenzas de su cabello, siendo jaloneado con fuerza, quedó perpleja por la manera como era agredida.
-          ¡Chola cochina te has atrevido hablar su mal a nuestra  tía! Le gritaban sus atacantes
Kósmica reaccionó una vez más, increpó a sus atacantes y de dos patadas a la altura del pecho, las aventó hacia la ladera.
-          ¿Cómo crees que haya hablado estas cosas, señora? Yo recién regreso a este pueblo y no conozco de las personas y sus vidas.
-          No abusen de mi pobreza, conozco mis derechos y también sé defenderme.
Kósmica fue llamada a la comisaría del pueblo por razones de las denuncias y acusaciones presentado en su contra.  La acusaban de haber insinuado sobre una calumnia, indicando que la Lupe se había acostado con el marido de Florencia.
-          Ustedes señores policías deben tener un mejor criterio para calificar a las personas y no hacernos perder el tiempo, por qué no castigan a  esta señora mentirosa.
Los policías carcajeaban de las anécdotas  y mucho más cuando abofeteó a Lupe, hasta arrojarlo al piso. Las conclusiones a la que llegaron los policías fueron determinantes, decidieron detener y darle un castigo  a Lupe, bañándola con agua fría, el caso era reiterativo con otra vecina. Y acompañaron a Kósmica por el camino, con rumbo a su casa. Kósmica había ganado una batalla más en su vida. Aprendió a negociar conflictos. Pese a su poca instrucción, tenía el carácter suficiente para imponer sus criterios. Eso lo puso como antesala,  cuando su madre le increpo por su conducta.
-          Deja que yo controle mi situación- le dijo a su madre.
-          Nunca he abusado de otras y a mí me han agredido.
Conversaban entre ellas, madre e hija, parlando atentamente de la ocurrencias y hazañas.
-          No tengo cariño de tuyo madre, decía. No la tuve de mi padre. Solo gozo de mis hijos quienes me dan las fuerzas necesarias para seguir viviendo. No tengo más cosas que mi propia fuerza agregó y a mis hijos que los amo mucho.
El nuevo día había decidido presentarse con el frío acostumbrado. Esa noche cayó la helada.  Ella estaba acurrucada al lado de sus dos hijos. Haciendo fuerza comunitaria,  para seguir viviendo. Respiraba profundamente, en el silencio de la penumbra de su covacha. Seguro que en los días siguientes volvería a caminar sobre el pasto, humedeciendo los acabados zapatos con el rocío de las chacras andinas.




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