BARRIO DE LECHUZAS DEL TEXTO Ojo por Ojo
BARRIO DE LECHUZAS
El nuevo barrio había madurado
tanto que supo crear sus propios “chivatos expiatorios”, legión de palomillas,
barrio de lechuzas humanas. Para ellos las noches se partían en espacios,
también asumieron el embrollo de representar a las nuevas generaciones de
adolescentes; aquí escarbaban los suelos salitrosos con las uñas gastados por
la precariedad económica y acumulada frustración, por satisfacciones e
inquietudes y por separado ambicionaban tener en sus manos nuevos éxitos. No
había duda, continuar viviendo en Canta Gallo o vivir en el distrito de
Miraflores daba lo mismo, no escaparían de los fríos húmedos de invierno, mucho
menos de los temblores que provocaban, cada vez que la Placa de Nazca realizaba
movimientos propios, debajo del continente Sud americano. El terremoto del 70
fue una muestra palpable de los estragos producidos, por un simple
desplazamiento de autorregulación y ¿qué sería al intentar enfrentar
a la naturaleza? En lo social se notaba similitud de
costumbres y permisos consentidos para que el temblor se prolongue por las
calle limeñas. Todos oraban sin distinciones socio económicas al mínimo resfrió
de la tierra.
Aparecieron una y mil pandillas
barriales en respuesta a un estado ausente y las pocas energías decentes
avizoraban imitar a los de arriba y la gran mayoría de excluidos construían sus
propias reglas y así resistirán a ser ignorados. Estos conceptos no se aprendían
en la escuela, se vivían en la práctica, en el mismísimo territorio limeño.
El chino Wily, Calin, el negro
“Rey”, “Toto, “Cholo”, Cabeza de lata, “Lalo”, reunidos en la esquina de la única
escuela, por las noches, parlando en armonía sobre temas exóticos y otros
aspectos que a ellos los complacía.
Fugaces como la estrella que cae de los cielos fueron los minutos y estos se
convirtieron en horas y luego en días de estancia en el barrio,
demasiada charla acumulada para que
florezcan ideales de rebeldía de
rebeldes sin causa. Los niños crecieron y las palomilladas de Canta Gallo no
podían ser las mismas. El nuevo barrio ratificaba las características de ser
depositario de migrantes de todas las sangres, reafirmándose la diversidad étnica y social
ayudaría a entenderse mejor, luego de todas maneras se enterarían de los
lugares de procedencia, aun cuando
varios paisanos pretendían negar sus orígenes. Diferentes idiosincrasias juntas,
separados por sus lotes familiares y abrigados por un mismo territorio llamado
Canto Chico.
El negro “Rey” fue enviado en
comisión, aquella mañana, quién se propuso como voluntario, entendía mejor el
negocio de la hierba dulce, esa “maleza - hierba” conocida como marihuana y para ello tenía que realizar un
corto viaje al distrito del Rímac,
buscar en la Alameda Los Descalzos al tipo que hacía de proveedor. Describir
los motivos y al chico sería bastante
largo, como todo humano de color,
desbordaba de ser alegre y bromista. El negro “Rey”, así lo llamaban por costumbre
y confianza, pertenecía a una familia chinchana, sus padres dedicados al
trabajo de venta de pescado y él un hijo
incomprendido por razones obvias. De las muchas sesiones nocturnas y el consumo
de la marihuana, éste constituía una
pieza clave, promotor por excelencia propia.
En sí, el negro “Rey” ya
realizaba labores de corredor y
traquetero, nadie más que él conocía a esos otros que proveían la merca. Fue
por una y regreso proponiendo dos. El nuevo ingrediente inducía a otros
estándares de conducta, provocaba labios
gruesos y sensaciones diferentes, un
nuevo troncho con signos de crear nuevos escenarios, “esa
poderosa” claro, tan poderosa
se mostraba la mezcla de la cocaína con la marihuana.
A esa edad, muy pronto,
culminarían sus estudios segundarios, mientras, podían realizar otras
actividades sin molestar a la vecindad, mentalizando en el quehacer cotidiano formas
de convivencia y así satisfacer el ocio. La duda fue despejada más tarde luego
que se soltara una interrogante ¿cuál sería la novedad que
el negro anunciaría? Bien. Al fin y al cabo tuvieron
la paciencia suficiente para esperar la noche y escuchar el sermón del que
pretendía ser líder.
- Tengo una nueva marca choches,
miren ahora la prendo.
-
¿Cómo
es eso negro?
-
Es un
mixto y sabe bien, prueba un poco chico.
- ¡Ummmmmhhh! ¡Que loco! ¡Locazo!
Fue al grano, con voz gruesa y
con un aliento parecido al azufre, soltó unas frases:
- “Choches esta es una poderosa”, el cigarro cargado con la hierba y el polvo blanco lo denominaban “mixto” y circulaba por cada uno de los palomillas asistentes al rito, de uno al otro, hasta que el último piteaba
con cierta angustia.
- ¿Cuál sería la sensación
dominante en los cerebros juveniles luego de absorber el humo? Sin pronósticos el “troncho
poderoso” había impuesto su dominio,
absorbiendo sus almas en un abrir y cerrar de ojos. Se excitaron. Estuvieron tan excitados
en lo anímico, se hacía sentir en el ambiente, con los rostros taimados de un
absurdo entusiasmo; involucrados en un
cambio de conducta y desbordando gruesas carcajadas como bufones descabritados.
A lo lejos y desde el templado ambiente de sus
casas las comadres observaban con desconfianza a sus hijos. Hace mucho tiempo
se habían enterado sobre el consumo de
estupefacientes y mostraban una colectiva preocupación.
- María los hijos parecen otros,
debe haber una razón para que se comporten así.
-
¡ya!
Marta no te hagas la tonta, hace rato que estos están metido en asuntos de la
yerba y tú te haces la desentendida.
- Sí mami, nada sacan con discutir entre
ustedes deben exigirles buenas razones para que digan que está sucediendo. Ese
tu hijo oculta algo.
Las comadres María y Marta,
fungieron desconocer el comportamiento de sus hijos, para apostar una jugada y
demostrarles a la pandilla de muchachos que los mayores son viejos por la
experiencia ganada en esta vida.
-
¿Cuál
sería la magia de ese cigarro para que Calin iniciara una competencia por la
calle oscura de Canto Chico?
-
Oye
Wyli tiene que ser todo lo que hace prima – le decía- Al mismo momento que se
desnudaba en la sombra de la noche. Calìn solía ser tan educado y amamantado
por la madre, esta forma de afrontar la circunstancia y demostrar que tenía la
piel blanquecina y por el nivel de estabilidad económica que su padre dejó
significaba un desafío para todos.
-
¡El
ultimo obedece lo que prima manda!- Ordenaba el chino Wily- vertiendo un grito
de mando similar a los que realizan en el cuartel, la reciente estadía en la
base militar del Rímac y el rango de sargento primero que había logrado le daba
autoridad. En la frescura el rigor era castigo, esta vez el frio helado de esa
noche empezaba a cocinar su cobrizo cuerpo.
Así, todos, en obediencia
pasional hicieron lo que prima mandaba, desvestirse y mostrar el cuerpo por el
simple estímulo de la marihuana; al desnudarse por común acuerdo los hacía
diferentes y soberbios.
- ¡Qué
negro para monstruo! grito el Toto. Entre risas y burlas de ver la desnudez del negro Rey, comparándolo con un
primate y luego decirle un piropo sobre sus carnudas nalgas.
- Y tu
aborto de tiburón, no puedes decir nada. Si te callas bocón, harías un favor a
la sociedad porque tu aliento sabe a caca.
-
¡Fuera mono! Pulmón de gorila.
-
Jajajajaja.
Se había iniciado un flujo de la química al interior del organismo de
los adolescentes, algo parecido, en el flujo de la gasolina dentro el vehículo;
trillaban de la risa como apaches perdidos ante el exceso de alcohol, gritando
y saltando como si estuvieran por explosionar, mostrando los músculos, también
frotándose parte del cuerpo y buscando neutralizar al frío; al fin, se sentían absolutos dueños de la situación, tan mongos como los otros y sometidos al efecto
afrodisiaco. Fue Calin quién sorprendió a todos, tomando la delantera con
grandes zancadas; Toto en el penúltimo lugar golpeaba las nalgas de los de
adelante. Corrían escondidos en la oscuridad, sin norte alguno, por simple
intuición lógica de haber transitado por esas calles en momentos de sobriedad, corrían
al galope y atravesando el campo
deportivo llegaron a la puerta de la casa espiritual, frenaron sus intenciones
de pura coincidencia, silenciando los
pasos a fin de no colisionar con el
sueño del cura “Pool”.
-
¡Silencio mierdas! El padrecito
Pool duerme.
-
¡Que
no te vea el cura negro feo!
-
¡Calla
aborto de pulga!
-
Y tú
negro pareces a un oso hormiguero cuando estiras la trompa.
Todos los días ocurría un hecho
fortuito y el presente no podía ser ajeno a las ocurrencias del momento. Al
doblar la esquina de la iglesia del barrio y en los precisos instantes que un
lugareño agobiado por el alcohol ingerido regresaba a su domicilio, como así
sucedía cada vez que pretendía olvidar sus penas, éste fue sorprendido y asustado
hasta agobiarse en estado de shock, junto a él su perro, impactados por la
manada de beduinos humanos, quienes
circulaban desnudos a vista de sus
propios ojos y para su cólera la columna
parecía interminable:
-
¡A mi
ningún mierda me cuadra -dijo- para mí, no ha nacido el hombre que me cuadre
conchesumadre!
-
¡Guau,
guau, guau! - el perro también ladraba solidariamente junto a su dueño.
El borrachín, soltaba más
palabras soeces, se quedó con la última
al sentir sobre su encima las sombras de una bravuconada del negro “Rey”, quién
salía de la oscuridad, presentándose sorpresivamente delante del borracho y
gritando en voz atávica: ¡”yaaaaahhh!”, expresión de salvajismo propio de su raza, inclusive el
espanto fue compartido por el perro; el animal escapó aullando y luego el borrachín cayó de bruces al suelo, pretendiendo
ponerse de pie para correr tan de prisa tras el perro, en perfecto propósito el influjo del alcohol en su interior le
impedía; amo y perro en el silencio de
la noche desaparecieron, como si el cerro hubiera abierto un boquerón para
refugiarlos del negro. Del vecino alcohólico y su perro no se supo más en esa noche y también los días siguientes. Antes el aullido
imperfecto del animal pudo dejarse sentir en el espectro nocturno, desde las
faldas del cerro, de alguna de esas chozas miserables construidos en
precariedad.
- “A ese negro no lo veré más” quiso posiblemente decir el fiel y noble perrito.
Los palomillas absorbidos por el
néctar de la marihuana consumida, reían
a carcajadas insaciablemente, se contentaban con reír y reír hasta la saciedad.
Hasta aquí fue el desenlace de los efectos de la droga. Hastiado de las carcajadas y disminuido el
efecto de la droga sintieron la inercia y el desgaste de energías, regresaron
al lugar de origen de sus travesuras para buscar sus prendas y vestirse, el
frío intenso del invierno asechaba sobre
ellos, el hambre también.
Luna Llena, como de costumbre
resplandecía en el firmamento abriéndose espacio entre la espesa neblina, en su
ambición por vislumbrar en radiante y hermosa forma de aparecer ante la vista
de los ojos humanos, mostrando todo su ser, agobiada por sí misma en el
paradigma de estar o no ser. Podrían ser jóvenes imperfectos, impetuosos por
consumir drogas y aturdidos por ese ego de rebeldía ante una sociedad ajena a
la realidad de los barrios. ¿Dónde estarían las políticas del estado? Allí no llegaban los estímulos del
estado, el alucinógeno sí, entonces ¿cómo se piensa construir país donde se es
ajeno a la voluntad de los que desearían conocer al Perú?
Los efectos de la marihuana disipada en su parte
sensual se había trasladado en la piel crispada de cada uno de ellos, pareciera
que la magia en los cerebros juveniles fuera un sano intento por analizar la
situación coyuntural, ellos luchaban
contra el atrevido malestar de sentirse desnudos.
-
Oye
negro ¿Dónde dejaste las ropas?
-
Cerca de
las piedras grandes, alguien debe haberlo cogido choche.
-
¡Chicha!
Nos jodieron.
El invierno de por cierto les
aplastaba la piel, tanto el frío y el hambre sacudieron el escenario. Esto de
la sensación de hambre ocurría por
consecuencia del consumo de la yerba.
¿Las comadres?, como percatarse de la vigilancia, absurda idea de
pensar sobre una atrevida osadía de las
señoras para apropiarse de sus prendas de vestir y esconderlos.
- ¡Ampay! Cholos, ya fueron.
- No
te rías Marta, que ya están jodidos.
-
¡Avisen a sus padres, que vengan pronto!
Si por su edad fuera, nadie
pensaría de ellas, para su estado deberían estar bajo el abrigo de sus polleras
en la cama, además eran señoras muy amables, imposible de generar maldades.
Ellas se sentían complacidas y jaraneándose dentro de sus
casas, fueron justamente ellas quienes tomaron la decisión de reprender a los
jóvenes, era una forma de castigarlos, no había otra manera de tomar al toro
por las astas, cortar las hazañas reprochables
de sus jóvenes hijos, tan poco agradables para los vecinos. Al final uno a uno pasaban
por el callejón oscuro, donde recibirían latigazos en las nalgas; luego tiraban los calzoncillos, los polos,
los pantalones, a cada uno y antes una
buena levantada de patillas.
El tiempo se acumula, los años transcurren con ligereza;
pasaron 10 precisos años y el barrio
cada vez mostraba cambios en su estructura, las propias relaciones vecinales se
convirtieron en aisladas sesiones de débil interés, las bulliciosas lechuzas que
al inicio generaban pánico disminuyeron su presencia por las noches, la
oscuridad fue copada por las rapiñas con
rostro humano. El proceso de intercambio de opiniones y ayudas en la
edificación de las obras de agua y desagüe, electrificación y arreglo de calles
terminó en desarrollar la confianza social
y también los nuevos hábitos permitieron que estas se reafirmaran con creces en
la celebración del cumpleaños de un vecino, donde se hacía respetar las
costumbres y la identidad, fiesta que se iniciaba con algo de cumbia y luego se
remataba con alegres huaynos selectos, de acorde a las regiones naturales. El
origen de procedencia de los integrantes
del barrio se manifestaba con suma claridad, la costumbre
provinciana surtía por efecto multiplicador en ser dominante y la
confianza comunitaria construía un alto grado de ínter culturización. Sobre el
salitroso terreno y el lugar preferido de las lechuzas se levantaba el barrio
de todas las sangres. Canto chico.
Aquí, de tantas amistades,
apareció un personaje estrafalario, es
decir fue el momento preciso y se hizo visible el Che, un flácido muchacho de
mirada curiosa y enigmático proceder; lucia siempre como vestimenta un porte
militarista al estilo de la guerrilla cubana, fue la razón para consignarle el
apodo de Che; en noche de ojerizas, de charlas y discusiones el negro Rey coincidía
con Toto para afirmar que lo de Che no tenía nada y preferían dejarlo ahí por
no discriminarlo. El Che padecía de
miopía y uno de los ojos ocurrentemente parecía estar atrofiado, en fin estaba
chego, entre Che y chego, quedó como
Che. Mostraba ser un especial tipo, de
caminada estrafalaria y mirada perdida, las ojerizas confirmaban su
condición de estudiante universitario, quien afirmaba
estudiar la carrera de Derecho en la universidad San Marcos y toda vez
que osaba compartir su tiempo no dejaba de hablar sobre la problemática
social. El Che, constituido en un imán irresistible, tenía por necesidad reunirse
a diario con él, significaba mucho para Ñamu y por las noches, acompañaba al
negro Rey, en su visita cotidiana, participaba de la lectura de unos textos con
mucho entusiasmo; allí también se gozaba del aroma de la hierba, y de por
cierto con los cantos de los grillos y el ritual tenebroso de la lechuza el
ambiente se nutría de amenazantes
augurios maléficos.
-
¡Lechuza
concha tu m….. ¡ - mencionó el Che. Pretendiendo
quebrar el chillido de la ave.
-
¿Qué puede
pasar?- mencionó uno de ellos-
-
Mañana
tengo examen de las finales y este curso he reprobado hasta tres
veces-mencionaba el Che-, y por culpa de esa lechuza malagüera me van a jalar
otra vuelta. ¡Qué salado soy por la puta!
Los jóvenes nocturnos ignoraron a
los vecinos y los dulces sueños, era una noche más, el encuentro marcaba una
diferencia, además, no molestarían a nadie porque esta vez se encontraban en el
cuarto del Che, sentían estar seguros, mejor, compartiendo la música de Santana
y haciendo lectura de textos de pasta roja, donde aparecía el rostro del autor y
a escoger. Fue la segunda experiencia en
poco tiempo. Experiencia que no era lejano de un similar resultado químico,
de penetrante olor a cementerio, confundiéndose
con el pestilente olor de la orina de los chivatos ¡Chivato! Si ya no estaban los chivatos, entonces
el humor del aliento comunitario salía
del profundo socavón, de las vísceras de los fumadores y después de cada susurro:
-
Que la
sociedad se pudra lentamente, no es problema nuestro, esto es la vida, deliraba
el negro.
-
Suave
negro esa pose es anarquismo, y esa gente no tiene bandera- susurro el Che-
mientras pitaba un nuevo troncho.
El pitillo recorría en orden,
haciendo un círculo solidario al final del rito. Al centro colocaron un
cenicero para juntar los residuos de la hierba incinerada, el humo cubrió el
recinto y las notas musicales giraban en el espacio, absorbiendo a más de uno.
Alguien pensó escalar con la llama a las alturas del infinito y ese era el Che.
-
Música
y más música, con Gary Cooper, Elton, Elvis, Santana, Los Bitles….eso es música-repetían
los asistentes-
-
Tararara
raaaaaa……eso es música.

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