Del texto OJO POR OJO

PROCESIÓN DE NIÑOS

Había caminado tanto sobre la senda, pensando siempre en volver  hacerlo, sus pasos volarían con criterio biométrico, hacia el ciberespacio, en busca de paradigmas,  no podía esquivarlo y sería difícil salir una vez enraizada dentro, más en la soledad podía descubrir muchas potencialidades, dispuesto a reconstruir memorias de los primeros días de infancia. Porque no abrir los ojos y que otros también vean la realidad. Buena razón tuvo y luego dejó  existir en el interior del consciente, de ese modo permitió la construcción de su propio PRISMA. El Prisma de la Vida, ese chip energético  que se encuentra inserto en todo ser humano, con capacidad de reflejar en la memoria su propio destino.
Ñamu se sentía con gozo y satisfacción, luego de haber descubierto que era parte de los secretos de la conducta de un feto, mientras esta se gestaba en el vientre de su madre. Fueron las primeras expresiones e impresiones, al conversar con él mismo, en el afán de prevenir el mañana,  se preguntó:
-       ¿A qué vienes? y antes que sea embrión,  con mucha razón,  pudo evitarlo, negándose asimismo y con buen ánimo por renunciar a  ser parte del PRISMA.
Un compromiso que pudo esquivarlo en su momento, pese a la duda decidió continuar en el devenir del mañana. Para la gente de su clase constituía  un hecho inevitable hacia el martirologio. Para qué existir,  si existiendo muchos como él no son visibles desde la colonia. Luego,  al confirmar su niñez, por naturaleza biológica y social fue suficientemente claro el panorama socio económico en el cual se desenvolvería,  predestinando las vicisitudes del devenir histórico, esa historia oculta por la ingeniería del sistema imperante, de los  poderes fácticos ocultos.
-        “Mejor trunca allí el proceso y dale la dicha a este mundo que no estás dispuesto a ser esclavo del modus vivendus”susurraba en el silencio, dentro de la placenta, al momento de dar su primera patadita al vientre de su madre.
-       Nací para existir -mencionó alguna vez- en estos tiempos de grandes cambios  y volvería, insistentemente en  pretender ver la luz del día en un sano deseo de ser niño, para tener la dicha en mencionar la palabra: ¡mamá! y por conquistar  caricias eternas quedaría muy dichoso, fuertemente complacido.
A los ojos del mundo balbuceaba sus primeras palabras: “¡mamá!”, si ella no hubiera sacrificado el deseo de ser madre con su propia vida, tal vez, otro sería el camino. Ahora podía limpiar las legañas de sus ojos, existía en lo real. Era propenso a  recibir los saludables vientos del amanecer, dispuestas por avivar  motores de  dispersión sentimental en su interior, por eso gritaba en el silencio a voces incansables:
-        ¡Mamá te quiero! Claro ya podía llorar, pese a los siete meses de haber durado la gestación,  decidido a vivir,  amamantar la ubre de su madre aun  cuando ni la boca se había terminado de formar.
-        ¿Qué era eso dios? se preguntaba la abuela y los parientes, buscaban respuestas en la ignorancia de sus mentes, todos ellos y ellas anunciaban un pronto deceso: ¡morirá el sietemesino!  “bien si así fuera porque no parece ser el hijo de mi hijo”.  

Ella,  convaleciente de un parto prematuro, dormía acongojada por la fatalidad y de su poca suerte, por no ser la preferida de un arquetipo predestinado por la familia de su marido y sentía morirse de verdad, al ser poco digno para su vida el maltrato que padecía, nada podía justificar que su propia clase lo excluya de un derecho divino.
-        Eso ¡nunca! ¡Jamás! renunciaría al hijo de sus entrañas.
Los años transcurren como se envejece, y no existe justificación alguna para oponerse al desarrollo biológico y social.
El persistir a caminar lo llevó a  la condición de adulto mayor, por no decir “llegó   a pasar la raya”, ahora con tendencia de ser anciano o de la tercera edad le permitía mirar el pasado con cierta autoridad, con muchos recuerdos. Decidido a encontrase consigo mismo, animado por dejar evidencias, sucesos demasiado complejos. Para qué detenerse, ni truncar el esfuerzo del ego sumiso por la ignorancia,  etapa de la vida que por la experiencia acumulada  permitía describir memorias propias de su primera edad,  tanto y mucho para él, aun cuando el pensamiento cabalgaba aceleradamente por el fino hilo  de las arrugas cerebrales. Resolver el complejo esquema del cerebro podría llevarlo al éxtasis de la locura, esa porción de criterios acumulados; analizarlos, desatar los nudos ya constituía un compromiso de lujo, describirlos  en sus  contradicciones y absoluciones sería una tarea de aquí para adelante.
-       Señor respete su cola lo mío es lo mío, mi madre ya llega para reemplazarme.
-       ¡Ya chiquillo arrímate a un costado! Esto es negocio de adultos.
-       ¡Si pero mi mamá ya llega! - contesto con la firmeza del caso.
Como niño, a su corta edad peleaba por hacerse de un espacio y caminar a pie firme por las calles del  Perú de hoy, esto significaba un reto del día a día. Las ciudades constituyen un atractivo, con diferencias  acentuadas y un lugar para las generaciones y sus anhelos.  Con sus propias  condiciones caprichosas. Caminar por las calles urbanizadas, es como perderse en el bosque tropical de la llanura amazónica. En los bosques selváticos, si no conoces la trocha es como perder  la brújula; por lo menos en la selva existe la solidaridad de los comuneros, quienes acuden al auxilio del extraviado y organizan con bombos y pitazos la búsqueda en el interior del monte. En las calles de la gran ciudad de Lima predomina el espíritu agorero, si no sabes andar y defenderte simplemente pereces ante la asfixiante realidad. Aquí en las ciudades había que ingerir la cruda realidad de ser un extraño.
-       ¡Vamos hermano ayudemos a mamá!
-       ¡No! Yo tengo examen y debo estudiar.
-       Anda ve tú, yo me encargo de la cocina.
Entonces, la madre,  al escuchar esta charla de los párvulos, recordaba el compromiso que asumió al momento de los grandes dolores de parto: que hermoso bebe, te cuidare hijo de mis entrañas, te cuidare”, así por ese pacto prematuro y en obediencia a sus cláusulas tuvo que tomar el don de mando y reaccionar como tal.
-       “Niño vergonzoso si supieras que  de este negocio vivimos”.
-       “Bien mamita yo te ayudo, no te preocupes yo te ayudo”, se interpuso Ñamu.
La forma, mejor dicho las mil formas como se ingenia un niño para adecuarse a la realidad social es sensacional, abandona las pasiones infantiles y deja  a un lado los intentos por crear travesuras. Se llena de energías y asume el rol que corresponde a toda persona mayor. Por  eso se afirma, que, no solo es obrero aquel que produce o vende la fuerza de su trabajo en una fábrica, donde las leyes laborales son el pan de cada día. Pero ¿qué podía entender el niño? De los sindicatos o la lucha sindical contra la  perfidia de los patrones. Eso de la explotación del hombre por el hombre es una cruda realidad. Obrero es también el anciano, la mujer y el niño, quienes buscan  mil formas por subsistir, creativamente, con mucho esmero afrontan las consecuencias de una recesión económica, en un país donde sus estructuras se divorcian continuamente del desarrollo y la persona. En sí, este escenario se repite en la república, es  propio de nuestro tiempo, tiempos donde   amanecen o anochecen seres humanos peleando por  un espacio en las políticas públicas, pretendiendo zafarse del inmenso  mar de excluidos, embriones revolucionarios del mañana.
Para esos días,  las masas migrantes buscaban beneficiarse de alguna política social del estado republicano. Fueron  libres, para ser esclavos del nuevo sistema. Niños trabajadores en las esquinas de la calle, en los parques, en los carros, en los cines, en los bares y en todo lugar público. Niños visibles para los ojos del pordiosero e invisibles para el estado y los poderes facticos, dependientes del imperio. Para ellos, los niños, estos tuvieron que aceptar las exigencias de sus padres, amen si no los tuvieran, por ser tan prematuros y pequeños por su edad dudarían en involucrarlos; con ellos las leyes laborales colisionaban, simplemente fueron objetos invisibles, obligados a ser parte del  ejército de parias, párvulos con ganas a ser grandes y de extraordinarias habilidades en el desarrollo de estrategias y posicionamiento en los espacios públicos de la ciudad, así  soportaban  la presión de la precariedad.
Ñamu, en uso pleno de la conciencia, ante su realidad,  sentía el flujo por el torrente sanguíneo el peregrinaje de sus padres, los ojos propios manifestaban el esplendor cautivo cuando escuchaba parlar entre sus familiares, recuerdos  sobre la migración de sus progenitores a la capital de la República, embriagándose de agrado y comprendiendo mejor  las razones de los alborotos ocurridos en el vientre de su madre, él no estaba preparado para asumir las condiciones de ser migrante; a pesar de ello acompañó en carne propia a su progenitora, asimilando el mismo pesar y las diversas pulsaciones del corazón, en el sufrimiento y fundamentalmente en ser parte de la verdad. Fue parte y  acompañó  a los pioneros de los años 60, conquistadores de tantos territorios agrestes, como los cerros arenosos de Chorrillos; sin esta primera osadía hubiera tardado  en  conocer el cielo azul del infinito mar, tan parecido a sus ilusiones formado en sus sueños maternos dentro del feto y naciendo podía sentirse abrumado por la suave brisa del verano.
Complacido de  muchas correrías  sobre los pesados arenales, desprendiendo abundante vitalidad provinciana, impulsado por esa fuerza extraña que caracteriza a los serranos, para no dejarse vencer por las adversidades;  así  inició el largo litigio con la vida en las orillas del mar Pacífico. Crecía en su edad y había logrado fortalecer sus delgadas piernas, algo menos para dominar su cabeza la que parecía ser anormal, su emoción por encontrarse con el fuerte viento y mantenerse en esa planicie a contemplar el mar le satisfacía día a día.  Alguien pudo haber descubierto  estos parajes,  para domesticar al viento y usar su fuerza invisible en el solo afán por satisfacer otras pasiones.
-       ¡Vamos hijo, jala la pita! Estírala y no la sueltes.
-       ¡Vamos cometita, vuela, vuela hacia lo alto!
El confeccionaba también su cometa, con la delicadeza recomendada, para no hacer el papel de ridículo en caso que no se levante por los aires. Corría junto a otros niños en absoluta competencia y copando el  amplio espacio de la ladera; corría y corría a fin que su cometa se levante del piso y cese la presión sobre la cuerda. El avión parecía  estar resuelto a no elevarse, sus flecos zumbaban y el carrizo crujía como anunciando romperse. Algo pudo haber sucedido  para no lograr lo ideado. Sin mostrar la derrota en su rostro y con más ganas por lograr el cometido regresó a su casa. Ñamu evaluó las deficiencias,  hizo unas correcciones en los hilos que servían como timón de la cometa y calculando para que se forme un ángulo de 85 grados perfeccionó un nudo y de allí al pabilo principal, esta vez ya no se aflojaría el anudamiento. Al segundo día por la tarde salió a la pampa,  desde su posición le brindo un beso a la cometa y soltaba levemente la pita en función al movimiento del viento. La cometa cabeceaba y en cierto momento se fue de bruces al suelo. Hizo un nuevo intento, corrió un poco, ligeramente soltó más el pabilo y de un jalón  el avión  subía y subía a las alturas. Esta se acomodó al capricho del fuerte aire marino.
Obligado a  salir airoso en la competencia, por efectos de la presión colectiva, sentía  una fuerte dosis de emoción, luego al  superar a  sus cotidianos rivales de siempre repensó su ubicación; dominaba el espacio desde sus manos,  imponiendo su cometa sobre el aire, hasta mostrar un estilo propio, el resto, adicional al éxito logrado, era cosa de la estructura de papel  hecho a base de mucha imaginación. La cometa se movía con libertad vigilada sobre su cabeza en clara obediencia a su creador, de compromiso y lealtad volando de un lado para otro con la confianza de  triunfador.
Antes y por amor propio se agruparon los padres para apoyar a sus hijos en esta divertida competencia entre vecinos. Esa tarde de brisas ligeras y ardiente sol, ante la sonrisa balbuceante del mar azulino se pactó entre los muchachos una competencia de cometas, consistente en lograr la mayor altura y ubicar las cometas en un ángulo cercano a los 90 grados, él no podía faltar, cada uno disfrutaba de sus creatividades y ansiaban el atardecer para  mostrar lo mejor del imaginario infantil en esta materia, los inventos eran diversos y las sombras de la imaginación temprana se hacían realidad. Ñamu había decidido suspender en el aire un clásico avión rústico, le puso cañas gruesas por prevención y de ese modo evitar que se quiebre,   de antemano se había percatado que la realidad era otra, su aparato llevaba un   sobre peso  acumulado en su estructura, caería en la desgracia sin antes corregir el defecto, debía encontrar una forma de compensar su estabilidad, En la prueba de medio vuelo tuvo que corregir el percance, colocando unos flecos  en forma de  estrellas truncas a los costados de la cometa, las que permitieron a buena hora que ella pueda cabalgar sobre el viento sin dificultades.  El avión de carrizo y lamina de plástico se elevó a lo alto, a inicios se templaba el hilo luego del despegue, a medio vuelo el viento pretendía perforar el plástico, luego se escuchó un zumbido y ¡zúas!.
-        ¡uhnmmmmm!!!
-       ¡Caray! Me va vencer esta cosa.
-       Ojala no se rompa la pita ¡caracho!
Ñamu fue precavido al usar pabilo de huaraca, lo halló dentro de las herramientas de su padre y por varias veces hizo uso de ello, la última vez tuvo que recortar un metro para brincar el trompo, él sabía que podía costarle una zurra, no tuvo temor, ante la urgencia de satisfacer su deseo de ser parte de la competencia. El  avión, la cometa, hacia piruetas,  hasta que  supere la resistencia de los vientos fuertes debería  hacer piruetas, con cierto temor inicio un ascenso vertiginoso hasta quedar suspendido, flotando como una gaviota en el aires;  hasta ahí  el indicador era positivo y confirmaba un vuelo ligero,  el imaginario hecho realidad planeaba en el espacio con gran éxito. La ilusión pudo más que los temores e ingresó a un proceso de  satisfacción, complaciéndose y  con el  rostro  satisfecho saboreaba el triunfo. La cometa volaba sobre su cabeza, casi en forma perpendicular, haciendo gala de su señorío sobre la muchedumbre de competidores. Así estuvo buen tiempo, hasta que invadió en su pensamiento un impropio deseo para no actuar con egoísmo, entonces inició un proceso de recojo del pabilo sobre  un invento conocido, hecho  de un pedazo de tronco de palo y movía las manos en forma elíptica, acortando la distancia entre sus manos y el avión, poco a poco, así se reducía la distancia, con el riesgo inevitable de ser embestido por otro cometa si no tomaba precauciones en el timón.
Algunos de sus amiguitos  saltaban junto a él, los otros mostraban  un celo entendible y a la vez egoísmos tontos,  auguraron un accidente, así volverían a competir. Ocurría un extraño proceder en sus competidores, algo como un cúmulo de impotencia para reconocer la hazaña logrado por Ñamu y  su avión;  el que tenía la pava estuvo tan cerca en alcanzar la altura y no pudo lograrlo; la estrella mostró mucha fuerza para despegar del ras del suelo y con liviana dirección de su eje alcanzó la meta por breve tiempo, pese a ello no logró mantenerse en  el ángulo perfecto como el avión de Ñamu.
Al fin, sintiéndose triunfador quiso estar en el llano y compartir el éxito,  prefirió cambiar su actitud de  soberbia y  evitar el quebrantamiento de la amistad con sus amigos,  permitió por propósito propio a que el viento arranque de sus manos el control del pabilo y la cometa, luego emitió  gritos de hipócrita sorpresa con el ánimo de atraer el  apoyo de ellos.
-       ¡Pucha! ¡Pucha! Se escapa mi cometa
-       ¡Se escapa mi cometa!
 Al rato todos corrían por rescatar al avión de Ñamu, este simulacro planificado  en su conciencia sirvió para un acto de solidaridad, de ese modo  lograba un reconocimiento pleno de los presentes. Cuantas veces volvería a competir con la compañía grata de ellos, ganarles una vez más era el reto, las veces que sea necesaria una obsesión inequívoca, lo volvería hacer. Para eso inventaría otra ardid o volvería a dejar que el viento lleve su cometa con tal de seguir al lado de los amigos y continuar sintiendo en lo profundo de sus sentimientos el estadio hermoso de ser niño.
El mar, una vez más convocó a Ñamu y él tuvo que salir a complacerla. Sentado sobre un montículo de arena, recibiendo las brisas marinas sobre su lánguido cuerpo. Junto a los amigos y las tantas familias migrantes, en posesión de estos arenales donde construían sus hogares con el fervor de insertarse a la sociedad criolla de Lima, contemplando  una de las creaciones maravillosas de la naturaleza: El manto inmenso de azul dormir en las noches. Tanto así y entre las múltiples ocurrencias  liberaban los niños energías de inocencia ¡Que inocencia!, sí, junto a su pandilla habían atrapado al perro del vecino -   “oye perrito no corras, espérate...” – el animal aceptó el cariño,  para luego lamentarse mediante un fuerte aullido producto del palo introducido en el trasero.
El alma del niño es controvertido, son creativos a saciedad y algunos acusan de ser demasiado traviesos en  sus actos, al perderse en cosas de adultos  ya dejaban de ser niños inocentes, por eso chillaron  esa noche hasta conseguir el despertar  de Luna Llena, desde una línea que había trazado el mar en el horizonte. Al verla se exaltaron una vez más por ella, estiraron los brazos para abrazarla, acariciarla, con deseos de ascender juntos y susurrarle en los oídos algunas palabras de elogio, ensalzarla y que tenga a bien  no abandonar esa forma misteriosa de aparecer,  en momentos que la humanidad requiere de energías para reproducirse.

-       Pero ¡quédense! dijo ella, yo estaré siempre aquí…mostrando mi desnuda forma de ser, esperando que muchos hablen y alaguen de mí.
-       Lunita, lunita llena,…..es que quiero ser como tú….y recorrer el mundo en pocas horas…..lunita, lunita llena voy a dormir, mamá puede azotarme.

Un país que se desnuda por sí mismo, nutrida de múltiples martirologios, demuestra por sí misma su falta de sapiencia para superar sus males, edificada por la fuerza de los que luchan por construir satisfacción colectiva y pretenden espacios para ser aceptados por el centralismo, siendo inerte cuando muestra  mil formas de excluir a los que no nacieron en alcurnia. Luchar por los espacios en una capital limeña de pocos y para muchos, constituía una disyuntiva política de oficio. Las políticas públicas ausentes para los muchos que faltan ser escuchados,  una ciudad que crecía desproporcionada en la economía, siendo un buen caldo de cultivo, expresados en los reclamos protestatarios de los sindicatos; las riñas en los hogares de los padres descontentos por la precariedad, de vecinos contra vecinos, de niños contra niños, así se vislumbraba  la convivencia en el barrio, unidad en la diversidad para desarrollar obras y mucha precariedad que excluía de un futuro promisorio a diversas familias enteras, las que no dudaron en trasladarse relativamente a otros barrios para delinquir y satisfacer sus necesidades.
Ñamu aprendió a leer y escribir de muy pequeño; como todo provinciano él y su familia tendrían que afrontar la realidad de la ciudad metrópoli. El pretender vivir en comodidad los obligaba a contribuir en el trabajo comunitario, costumbre y lógica de convivencia pacífica.  Aquí,  el padre de Ñamu  buscaba los cachuelos, la madre a vender mercaderías diversas en los mercadillos de la gran Lima y ellos, los hijos a cumplir  labores domésticas  en lo mejor posible, cumpliendo funciones de chef de la familia por turnos y otros asuntos familiares de solución inmediata. Esta era la realidad constante de los que osaban conquistar la capital.
Cada peldaño en el imaginario de supervivencia ya constituía una necesidad ineludible,  de persistente búsqueda y la  comodidad familiar. La familia de Ñamu en actitud errante, migrando, sin pretender salir de los perímetros de la ciudad limeña. En forma conjunta, optaron por  una decisión honrosa, trasladarse a una de las quintas del jirón Hualgalloc. En esta nueva vecindad volverían a  edificar el hogar, antes,  los arenales de Chorrillos no fueron convincentes para el futuro de sus hijos.  La familia, aceptó la invitación de un familiar, trasladándose a una de las quintas del distrito del Rímac fue un privilegio. Y era un gran privilegio vivir en la misma ciudad. La realidad fue otra. Viviendas hediondas, con ratas gigantes que se entrecruzaban extraviados y hambrientos, recorriendo las cuatro esquinas de las habitaciones y escondidos en los diversos hoyos abiertos en los techos y paredes de quincha. Al parecer, en esta parte de la ciudad,  los roedores se encontraban mejor organizados y vivían cómodamente, ante la mirada perdida de sus habitantes humanos. El pequeño pasadizo que servía de patio mostraba estar demarcado,  por  cordeles abrumados de ropa y de trazos recreativos dibujados en el suelo por los infantes, de tal modo que los espacios resaltaban por el privilegio de los más antiguos. Los párvulos podían graficar sus imaginaciones, mediante juegos; los mayores, de ilusiones mezquinas  constituían un dilema aparte. Por las tardes, en pleno sol del verano, los ancianos descansaban sobre sus hamacas de madera, invadiendo el territorio de los pequeños; pese a esos inconvenientes las bolas, pelotas y trompos errantes brincaban en el patio, desafiando el descanso de los mayores. En otros momentos se daban los puyazos entre ellos, riñas constantes por el uso de los servicios higiénicos.
-       ¿ya vecina?
-       ¿Cuántas horas dura tu estreñimiento?
-       ¡No jodas carajo! Que salgo cuando termine.
-       Ya pues vecina no es para tanto, que se me sale el tacutacu.

Aquí crecía Ñamu, junto a muchos niños; con el pantalón que escapaba de su cintura y su pie que aplastaba al zapato de cuero;   tan grande era la dimensión de su cabeza, por lo que tenía que recostarlo sobre su mano izquierda, en equilibrio con la mirada inocente de pícaro provinciano, tanto así, que había enervado en el espacio toda su mentalidad creativa, intuitivamente expresaba una  necesaria reflexión, en el deseo tal vez,  por satisfacer el breve momento de una fugaz hilera de ideas. Así se aparecía, en cada mañana, parado en la puerta de su casa. Ese día, por casualidad del derrotero previsto para él,  aceptó jugar con su primo una partida de bolero, luego y de tanto jugar cayó en la desgracia de perder el juego,  y también su bolero. No había espacio para competir a las cometas, en esta dinámica   vivida podía hacerlo triunfante, en cambio con el bolero se mostraba torpe y derrotado por anticipado. En esta vez los juegos de diversión eran otros y diferentes los resultados de amistad entre vecinos. Por eso quiso hacer fuerza y recuperar su bolero, jaló del brazo ajeno mediante un rasguño temerario y  a cambio recibió un fuerte golpe sobre el rostro, obligándolo a soltar el bolero y también  un llanto de humillado. Imposible vencer a quién tenía las de ganar por todos los lados, era tan pequeño y debilucho para pelear con uno que le superaba en edad y peso corporal. El llanto de Ñamu llegó hasta los tímpanos de su hermano mayor, éste acudió en su defensa, trenzándose en una reyerta con el agresor, primo contra primo. Después de varias paradas  cayó el agresor pesadamente sobre el suelo, no pudo levantarse, solo un llanto agresivo y muy chillón llenó los oídos de los vecinos, el primo se quejaba tendido en el suelo al sentirse quebrado en uno de sus brazos. El hermano mayor de Ñamu, percibiendo el susto, lo convirtió en temor y sobre sus dos pies temblorosos se sumaron muchas dudas y prefirió escapar antes que el tío lo alcance y le propine serios azotes; corriendo por las calles del viejo distrito del Rímac, con rumbo desconocido, resultaba una rápida decisión salomónica. No le quedaba otra que correr y correr por el jirón Trujillo, antes que el tío lo atrape e imponga  caricias de venganza. El incidente tuvo varios dramas. Al caer la tarde, la madre de Ñamu desbordaba una justificada desesperación por no tener información precisa de su hijo. Se había enterado de la riña y las resultantes. Con solo pensar en no encontrar a su hijo, ya la vencía de tristeza. Sí, solo le quedaba la intuición de madre, confiada de  los reflejos para actuar inmediatamente y la perseverancia de ser insistente, eso la empujo a salir a las calles en busca del hijo,  recuperar a su hijo. El otro drama lo resolvía el tío de su mamá, viejo varón de carácter fuerte, quién reclamaba sobre lo ocurrido y aprovechó el mal momento para echarlos de la casa.
Fueron los acantilados del río Rímac, ahí donde dormían muchas personas agobiados por sus problemas, aquí donde se resume el verdadero drama que la sociedad limeña tolera impunemente, es hasta nuestros tiempos el lecho y refugio de muchos niños, por tener la desdicha de ser los excluidos y poco amados. Ahí fue donde encontraron al hermano de Ñamu, escondido por el temor y consciente de los sucesos al agredir a su primo. Luego de tres días de haber  desaparecido., lo hallaron acurrucado en una de esas madrigueras, quién despertó  pausadamente,  al sentir las suaves fricciones sobre sus cabellos. Ya, en el umbral de los brazos de su madre explicaba sobre la pelea y del miedo que tuvo al momento de percatarse del daño causado y  por  los castigos que pudo haber recibido de su tío.
-        Ya hijo ¡cállate! – dijo su madre- estoy enterado de lo ocurrido, no debiste escaparte, para eso están tus padres.
-       Es que le pego a mi hermano, es un abusivo.
-       ¡Ya! ¡ya! cálmate hijo eso tiene arreglo. Bien por haber asumido la defensa de tu hermano,  que no se vuelva a repetir los actos, sabes bien que estamos como inquilinos, no tenemos nuestra propia casa. Tranquilo mi bebe ya estas con mamá.
Ñamu, permanecía recostado en la puerta de su casa y pisando chueco el nuevo zapato comprado por su madre; al mirar por la puerta del callejón, se llenó de emoción,  levantando  los brazos y aplaudiendo con sus palmas, gritaba de jubilo al lado del hermano mayor.
-       ¡Bravo! ¡bravo!
-       ¡Ma! Eres muy buena, trajiste a mi hermano.
-       ¡Bravo!
Una vez más, los embriagaba el espíritu migratorio, la primera fue con la familia en el barrio chorrillano. Esta vez,  la incomodidad de los hechos y las insolentes palabras del tío, obligaba a los padres de Ñamu, a una urgente toma de decisiones. Lo ocurrido sirvió para una justificación acertada, el conflicto de los niños permitió percibir un ambiente desfavorable en la convivencia, proclive a la promiscuidad,  la que se vivía en esa pequeña habitación ubicada en el callejón de la calle Hualgayoc La familia de Ñamu cargaba sus chivas en busca de un nuevo refugio.
-       ¿A dónde vamos papá?- peguntó el mayor de los hermanos.
-       Acá cerca, me contacté con unos paisanos de Chupan, y hay espacio para construir una casa, ahí viviremos con más holgura.
-       ¿Habrá donde volar la cometa?
-       Sí hijo, eso y mucho más.
El Lote 15 de Canta Gallo, así como lo denominaban sus habitantes recibió a Ñamu con  jolgorio, y por las noches el atrevido  enjambre de bichos nocturnos se hicieron sentir, quienes emitían diversos sonidos bulliciosos, propio de un concierto melódico, curioso aspecto para cualquier niño. El, aceptó en el fondo de su traviesa idea, el reto. De todos modos no escapaba de los celos de una sociedad desigual  y  excluyente. El barrio Canta Gallo se asentaba sobre suelos prohibidos, ubicado sobre unos montículos de tierra movida, muy cerca de la  urbe limeña y pegado a las riberas del río Rímac, una amplia extensión de tierras agrícolas los separaba de otros migrantes y como siempre mirando al la cumbre del cerro San Cristóbal. Estos que formaron sobre una elevación otro barrio paralelo,  conocido por el nombre El Montón. También colindaban con la residencial Piedra Liza, acantonados en la falda del cerro San Cristóbal. Huanuqueños, norteños, jaujinos y charapas constituyeron el conglomerado barrial de Canta Gallo;  legión de combatientes, soldados diversos con la misión  de lanzarse a una acelerada aventura, convencidos en  domesticar a la Lima criolla. Canta Gallo se hizo conocido, por la diversidad de su composición étnica, amistad de comuneros y arrastrados de sus ancestros, trasmitido en los niños, estos que intentaban lograrlo en la vecindad. Al ingresar a las intimidades de sus costumbres y  hábito de convivencia, te sometías a los  rituales diversos, de nostalgia y alegría, propio de cada región de la patria; con huaynos de Picaflor de los Andes y de Flor Pucarina celebrando los onomásticos, junto a un buen preparado del picante de cuy y el caldo de gallina. La resistencia a los constantes deseos de hacerlos invisibles los hacia visibles, pasarían los años y estarían allí, desde donde labraban el camino, con la esperanza de insertarse en la capital limeña, solo era cuestión de tiempo y perseverancia. Aquí en Lima había muchas cosas por resolver.
La particularidad del momento lo ponían los niños y adolescentes, estos que nacieron lejos del perfume pueblerino de sus padres. Los muchachos de Canta Gallo ganaron un espacio en la mente de los aledaños vecinos. Si piedra Liza resultaba ser una élite social, entonces Canta Gallo representaba a la diversidad del Perú profundo. La resultante terquedad y constancia de  pueriles vivientes los empujaba a salir siempre airosos, los pendejos  chiquillos desarrollaron el ingenio colectivo, afrontando múltiples competencias  entre barrios, resolvían a su favor en base a las  habilidades y  el buen manejo que hacían al actuar en grupo; el estilo del contra ataque con piconería y la necesaria bronca cada vez que corría el peligro de no lograr los objetivos, estas constituían las estrategias para vencer al opositor. Vencieron en el fútbol, en el trompo y las bolas.
Así como ellos exigían de espacios, también las pocas chacras se comprimían aceleradamente por el crecimiento urbano y aparición de nuevos “invasores”.  Los dueños del establo lechero, de las pocas áreas agrícolas, de la chancadora, el picapedrero, el pastelero, el electricista, el plomero, hasta el caficho Tarugo estaban advertidos por la Municipalidad limeña. La existencia de otros intereses, como los azuzadores y promotores de invasiones, aceleraron la invasión sobre una considerable área de terrenos eriazos.  Al lado sur y cercano al río Rímac se atrincheraron gente procedente del Callao y fundaron el barrio llamado El Chalaco, decían ser descendiente del puerto marino, sitio de proscritos y herederos del criollismo limeño, convirtiendo así, el lugar en una   barricada de ciudadanos de ventajosa y temible presentación.
La fama de Canta Gallo despertó repulsión en la gente de El Chalaco, quienes se sentían dueños de un “criollismo” limeño, mejor si esto provenía del Callao, con aire de grandes malandrines y resaltante soberbia por considerarse palomillas de primer orden, así con poses medio racistas mermaban  reiteradamente a los chicos  provincianos de Canta Gallo y el Montón, como dicen a la fecha “esos serranos”, “esas llamas” no son más que cholos resentidos. “Vayan a su puna serranos” y una serie de calificativos desafiaban  el  orgullo emprendedor de la gente provinciana, de estos  seres humanos que sentían al Perú dentro de su pecho y aun sea lejos de los derechos fundamentales de ciudadanos peruanos.
Las vacaciones educativas llegaron como una ráfaga  luminosa, arrastrando los delirios en el espíritu infantil y permitiendo nuevamente a los niños nutrir los campos   desolados de épocas de invierno, en cantos y alegrías en verano; satisfechos de ser niños disfrutando de los campos ajenos y burlando la autoridad de los padres en reiteradas oportunidades, solo por satisfacer  puntuales ambiciones de infantes. El 13 de febrero de 1966 fue un momento especial, el amanecer estuvo iluminado por el acompañamiento de Luna Llena, hizo así de brilloso la madrugada, invitando al verano a presentarse con todo su  destello y  radiante brillo solar, en armonía  con los reflejos naturales del agua y la libertad de los pequeños peces, deslizándose por las piedras resbalosas del río Rímac. El cielo  libraba una batalla aparte con  las oscuras nubes de invierno y la nueva estación, por anticipado plagaba los campos de  múltiples mariposas rojizas y de negros lunares. Otros insectos  escapaban de los niños, temerosos a ser capturadas y secuestradas. Solo algunos arbustos como las  Asclepias eran resistentes al trote y bravuras infantiles, sobre estas plantas las hábiles mariposas depositaban sus huevos y lograban reproducirse; también las “Chupajeringas” huían espantados para no ser atrapados y amarrados por un hilo, el apresamiento a una de ellas se plasmaba en  una sentencia irreversible,  prisioneros y atados  a  un hilo delgado, manipulado  como una cometa, esta vez sería a poca altura. Allí aprendieron las primeras lecciones de sexualidad, en la misma naturaleza,  cátedra mostrada por la familia de lepidópteras y con mucha curiosidad  observado por los niños; así, fácilmente los infantes capturaban vivos a las torpes mariposas, en pleno acto de sexualidad impresionante.
Al medio día el ambiente ya era un infierno, el sol abrumaba con sus brasas calurosos a todo terrícola, motivando a los muchachos a escaparse del acecho de sus padres y buscando mojarse mediante un chapuzón en las aguas del río. Todos competían a las brazadas, menos Ñamu y Guzmán, ellos se replegaban a seguir  bagres y lizas en los charcos de la orilla del río.
Esa tarde del mes de enero, cuando regresaban del río, se cruzaron con los chalacos, intercambiaron palabras en tono de voces fuertes. Del insulto pasaron a pactar un encuentro de fútbol, en horas de la tarde. Los muchachos de Canta Gallo aceleraron el regreso a sus casas, lo más pronto posible, luego regresarían, previo  a eso cada uno inventaría  una excusa, hasta lograr el permiso de sus padres. La consigna era enfrentar y ganar a los chalacos, deberían derrotar a quienes se creían dueños del criollismo y por ende de la capital limeña,  y ellos los parias resentidos, insultados por ser descendiente de serranos se sentían obligados.
-        “veamos si son buenos en la cancha estos achorados”
-        “ya verán que les haremos morder el polvo de la pampa” El reto caminaba por sí solo, el orgullo de cada pandilla también.
La competencia deportiva debería realizarse si o si cuando el sol se incline en occidente y se vea fresco la tarde. Se había pactado la contienda a 6 goles, a los 3 se realizaría el cambio de cancha. Sin árbitros, con líneas imaginarias para demarcar el campo, con arcos de piedras y una pelota de cuero duro sería los elementos que acompañen a esta competencia de impredecibles resultados. El partido se inició en un primer momento con una exploración mutua, el sudor resbalaba por los rostros y las patadas levantaban el polvo de la tierra, raspando las pocas hierbas que había en el campo. Junto a los primeros goles se presentaron los roces físicos y de antemano los insultos. Ya el uno hizo sentir al otro, los puyazos se repetían constantemente:
-        “juega bien cholo de mierda”
-       - “fuera negro cagón”
Al rato el rival se recobraba con un codazo y se sumaban los goles cercanos a lo pactado, los antecedentes inducían a ser un encuentro candente y de alta tensión nerviosa. Ambos equipos vigilantes de un final complicado. Cinco goles a favor de Canta Gallo y cinco para los Chalacos. El sol, consiente en no ser cómplice de los resultados decidió esconderse  por completo, y había transcurrido dos  horas de continuas jugadas; perfecta justificación para recurrir a un desliz y así culminar la competencia. El cansancio de Guzmán fue el primero y el último en manifestarse, quien al ser chimbado por un jugador del equipo de los chalacos recurrió a la carretilla, tumbando aparatosamente al rival. Se salvó la valla de Canta Gallo del sexto gol, pero el reclamo de los jugadores del Chalaco fue violento, nadie quería perder la apuesta; reales son reales y la bronca se animaba en ambos equipos como una salida final. La pelea de uno a uno, entre Guzmán y su rival contagió a los restos de jugadores, quienes se involucraron en una batalla campal, esta que se prolongó hasta horas de la noche. Los jebazos y hondazos hacían silbar en el aire  las coyotas. El arrojo y la experiencia de los chicos cantagallinos asociado  con la mancha del Montón hicieron sentir a los Chalacos, de nada valió que muestren sus cuchillos de malandrines, pues los huaracazos fueron contundentes, las piedras cayeron sobre los muchachos del Callao, quienes optaron por retirarse al sentirse derrotados. Los serranos habían vencido a los limeños chalacos. Antes que los goles y jugadas finas cayeron las coyotas por montones.
El día posterior, luego del encuentro deportivo, los chicos de Canta Gallo del lote 15, recordaban los momentos de la batalla contra los “criollos” chalacos, con algarabía y orgullo;  el relativo triunfo los impulsaba a tener mayores precauciones, para cualquier  otra pendejada que podrían hacer en el transcurso. Sentían  autoridad de un territorio ajeno. Así resultaron las circunstancias, luego más tarde corrían de un lado para otro, de una esquina a la otra esquina, escondiéndose del hombrecillo, quién había llegado en su conocido lanchón marca Chevrolet, acompañado por una esbelta mujer, aquella fémina y sin ningún escrúpulo alguno, meneaba en su caminata,  de ese modo mostraba una predisposición y pronta ocurrencia de algún placer  sexual sin precedentes. La pareja ingresó al cuartucho como siempre, donde ocurría la prolífera voluntad de satisfacer el deseo de las células cerebrales, y fue antes que ocurriera el hecho, la intempestiva actitud de Tarugo, quién salió de la casa  vituperando palabras soeces, muy enervado y con ganas de aplastar a uno de ellos. Una de sus manos agarraba un fierro y la otra sostenía el pantalón que ya se caía por la parte de  su trasero, fue sorprendido en pleno acto sexual, con una cantidad de lodo, arrojado por los traviesos niños sobre su poto calato. Esta escena  se parecía demasiado a las morbosidades de las mariposas. Esas mariposas sometidas al capricho infantil, ¿Cuáles serían las razones para perdonar al Tarugo? no sería ajeno a las intenciones malévolas de la pandilla de traviesos. Al escapar,  los niños se cruzaron inopinadamente con otro vecino, asustados, retrocedieron por la suspicacia, pero luego corrieron en dirección transversal y así evitar ser cogidos por ambos vecinos, corrían dando gritos:
 - ¡Palpan Culón! ¡Palpan Culón! ¡Tarugo sin pantalón! a tropezones se escurrieron en dirección a la oscuridad.

Estos días sin saberlo eran las últimas noches de las palomilladas, solo los adultos sabían que dejarían Canta Gallo en cualquier momento; allí quedarían los muchos campanazos de los deleites infantiles y el jolgorio de las múltiples risas, las lisuras expresado en los rostros infantiles cambiarían de color y sabor, ya no gozarían de Don Palpan y su gran trasero, el Tarugo y su amable chica, del campo verde y las mariposas, del río Rímac y sus peces, tampoco estarían en riña con los otros niños de la invasión, pronto dejarían Canta Gallo.
Los vecinos de Canta Gallo aceptaron la propuesta de la Municipalidad de Lima. Los posesionarios del barrio Chalaco, se opusieron y amenazaban con quedarse a costa de todo. Esta última palabra parece             que fue la lógica para que el gobierno municipal del “tucán” Bedoya Reyes y la prefectura decidan notificar a los pobladores para que sean trasladados a otros lugares, manifestándoles que se proyectaba construir una autopista sobre ese espacio invadido.
Eran los últimos días de la vecindad. También lo fue para los chalacos. Estos que arrojaron palos y piedras a la comitiva municipal, quienes decidieron quedarse y hacer resistencia, un buen número  de ellos se había trasladado con casi la totalidad de sus enseres domésticos.
-       ¿Cómo volver a los barrios inmundos de las barracas del Callao? Las condiciones eran similares a la necesidad de los serranos, al no gozar de un pedazo de suelo donde construir una vivienda. De nada valió el ofrecimiento de nuevos terrenos  en la zona de  Canto Grande y las facilidades para el traslado por parte del ejército peruano. Querían quedarse y así sería.
Las casas de estera y totora cayeron por acción de las llamaradas de fuego. De modo misterioso una de las casas abandonadas fue el foco del incendio y de allí se propagó a las demás precarias viviendas, convirtiéndolas en cenizas. El Chalaco había sido destruido en cuestión de horas. El alcalde Bedoya Reyes cumplió con su cometido.
-       ¡El Chalaco se quema!
-       ¡Vamos! Ayudemos a los vecinos.
Las riñas pendientes entre los pobladores del Chalaco y Canta Gallo quedaron de lado, formándose una cadena de solidaridad  y casi todos corrían con un balde para ayudar y apagar el incendio. La intensa lucha por controlar el fuego no dio resultados halagadores. Los chalacos se replegaron derrotados a sus lugares de origen, fueron vencidos, esta vez recibieron los goles inesperados, extrañarían a la muchachada del Canta Gallo.
Luego del incendio sirvió como antecedente y advertencia para los otros barrios, el alcalde Bedoya Reyes estaba dispuesto a repetir la hazaña. No había duda, Lima se expandía y requería de obras que mejoren la comunicación interna. Entonces tenían que prepararse  sin condiciones  para trasladarse al nuevo hogar, esta que exigía adaptarse a otras condiciones de supervivencia. Junto al sacrificio de vivir hospedado, sin techo y a expensas de la voluntad divina, los padres de Ñamu aprendieron a convivir con las condiciones impuestas por una sociedad capitalina, ajeno a las costumbres y folclor de las regiones.
Ahí, en el nuevo barrio, transcurrieron los primeros días con firmeza, exigiendo a los pobladores en adecuarse a las nuevas normas de conducta y para eso era fundamental la organización. El origen de Canto Chico no fue una invasión, los pobladores de este nuevo asentamiento humano recibieron el beneficio del gobierno militar de Juan Velasco Alvarado con la entrega de terrenos y títulos de propiedad. Por lo menos en eso se había avanzado. Resolver el problema de la educación de los niños, la falta de líneas de transporte los inducia a realizar esfuerzos, necesarias caminatas de a diario,  por qué ocultar las vicisitudes o cualquier tipo de acontecimientos ocurridos en ese largo tramo que significaba  llegar a la escuela fiscal, de lunes a sábado, por esos campos polvorientos; esas chacras de espacios planos, donde la agricultura todavía era visible y podías recoger algún residuo de cosecha, sin ser parte de la hacienda. Los niños de los barrios aledaños actuaban con libertad y lejos de la servidumbre del hacendado Nicolini, podían explayarse en satisfacciones, muy a pesar de existir  restricciones por la presencia continua de los capataces y también de los muros construidos con tapiales de barro, esto no constituía un impedimento, y a tal, sirvieron para  desarrollar los impulsos reprimidos en las neuronas infantiles. Los suelos agrícolas se mostraban óptimos y aptos para la producción de cultivos de pan llevar y también agradables por la densidad de la foresta, atractivos para los ojos de  la pueril bandada, quienes cogían los frutos de los cultivos instalados sin incomodarse por los costos de producción. Sabían que los capataces vigilaban montado sobres los gruesos caballos y de ser sorprendidos recibirían sendos castigos.
Sobre el suelto suelo de las chacras del hacendado Nicolini pastoreaban algunos equinos  y caprinos,  consumiendo las glabras hierbas y soportando  el intenso sol del momento, el instinto de conservación los hacia buscar las sombras, protegiéndose debajo de los vetustos sauces y así disminuían la tensión en la circulación sanguínea de las ubres;  imposible para los cabritos succionar la leche caliente, si fuese  tal, varios de  ellos, no hubieren regresado al corral, caerían por ahí luego de un  violento shock estomacal. Los pastores y la recua retornaban por las huellas anteriores a fin de no generar daños a las plantaciones frescas, tratándose de chivatos el riesgo era mayor, en caso causen daño a las plantaciones de pan llevar. El final de esta jornada terminaba al ser reclutados dentro del corral y ya con la frescura del atardecer los chivitos dieron rienda suelta de las ubres maternas de  las cabras. Muchos de estos cabritos no salían a pastar por ser demasiado pequeños y al regreso de las madres se desataba un festival de bramidos.
-       ¡Octavio, ya terminé! Las cabras están encerrados, mañana regreso.
-       ¡Ven Ñamu! Lleva este molde de queso a tu mamá.
-       ¡Gracias! ¡Muchas gracias!
En otro momento, Ñamu,  solía  viajar en compañía de su hermano mayor y los amigos de la tierna edad,  con el afán de asistir a la escuela. A esa tierna edad marcaban con precocidad muchas suspicacias, de conciencia pura. Formaron el primer grupo, la primera mancha de  colleras, a  dónde más podían ir si era una de las pocas escuelas existentes, todos estudiaban en la única escuela fiscal del estado.  Timoteo actuaba como jefe del grupo, por ser el más alto y  de mayor edad.  Guzmán también tenía buena talla, la barriga hinchada lo diferenciaba, pero la torpeza lo hacía débil y poco acertado para ser líder. Al tipo de perfil bajo le colocaron el sobrenombre de Cholo por su asentada condición de provinciano norteño y la chica  de contextura delgada parecido a un alfiler, a ella simplemente la llamaban “negra Tata”;  juntos  formaban el batallón de escolares de todos los días, asistían a la escuela por obligación paternal,  a esa única  institución  educativa de las pocas que existían. Por el tiempo usado  en la caminata, desde el barrio a la escuela,  se calculaba una distancia de cinco kilómetros;  ellos, conculcados en asistir y escuchar las charlas de los profesores, los temas impuesto por el profesor de aula, conminados a presenciar la prédica, bajo un régimen de  conducta común. Cómo podía existir compatibilidad, si ellos, los alumnos,  mantenían la concentración en turbulentas ideas y ansias por el recreo, antes que prestarle atención al esfuerzo que realizaba la maestra además, pretender  hacerles entender viejos conceptos de educación básica, parecía una burla; los niños deseaban soltar gritos libertarios, en respuesta a las intolerantes presiones de los maestros. Someterse al antojo y estilo de la maestra no fue del agrado colectivo, aceptar los métodos de enseñanza impuestos por la profesora fue desagradable para la gran mayoría, una travesura se definía como  error inaceptable, para la autoridad del docente y  la malcriadez se castigaba con rigor “¡niño malcriado a la esquina y de rodillas!” solía ordenar la maestra; obligados a doblar las rodillas, sobre las posaderas y los talones de los pies, luego,  un severo latigazo, aplicado sobre las nalgas de los más avezados traviesos : ¡ay! ¡No señorita, ya no! El torrentoso llanto servía de alerta  al resto de  compañeros para no intentar cometer nuevas travesuras. Así fue la forma de convivir con la escuela y los profesores, el ambiente en las aulas, siempre tenían el humor y el carácter de  la maestra.
Ñamu, asimilaba en breve tiempo  la importancia  de educarse, otros niños, inclusive de mayor edad que él lo hacía, se podía deambular en el barrio a la suerte, no era el mejor camino y siempre que regresaba de la escuela hallaba a varios de los amigos en la calle, un aspecto negativo para el conjunto de párvulos.
Acudir a la escuela tenía sus riesgos. Los padres advirtieron sobre personas extrañas y aun sin ser extraños recomendaban evitar aceptar propuestas negativas: como tirarse la pera, robar al compañero y pelear entre amigos. Pese a ello  y a pesar de no buscarlo, en reiteradas veces escaparon de las agresiones de otras pandillas de vaqueros, de cierto, durante el camino no podían escabullirse de las posibles broncas, provocadas al pasar por otros barrios vecinos. Al fin, ir a la escuela era una buena oportunidad y aprender el A B C del Coquito una obligación, desde allí –inculcaban los maestros a los padres- podrían mejorar las condiciones de ellos mismos, para salir adelante y superar las limitaciones de  una sociedad muy asfixiante.  La vaca o la pera fueron las frases que brotaban con propiedad de los labios ligeros de estos pequeños litigantes, sorprendidos ellos mismos por haber descubierto la libertad infinita de hacer las cosas con mucha imaginación, en fin, fuera de sus casas, satisfacer un ego controvertido podría significar un placer y no tendrían que reprimirse  para nada en cada caminata que realizaban. Juntos e insatisfechos por las aventuras y más, el deseo por conocer los misterios de nuevos territorios,  necesidad inexorable y demasiada antojadiza a fin de lograr conquistas a fuerza de sus convicciones, motivado hacia otras acciones, tanto por el camino de la honradez o el facilismo de tocar lo ajeno, dos disyuntivas para el imaginario infantil. Además, construían una amistad siendo extraños antes, esto de construir el barrio los unió, estas que buscaban establecer confianza del día a día para descargar las energías de sus orígenes; existía el deseo a ser parte de la vecindad, se sentían bien como nuevos vecinos del barrio, un lugar necesario donde la alegría de ser niños los satisfacía.
-       ¡Guzmán, hoy no vamos a la escuela!
-       ¿Por qué?
-       Hay una poza cerca a la hacienda y podemos nadar. ¡Vamos won!

Varias fueron las razones para no acudir a la escuela, una de ellas gozaba del unánime consenso para calificar de aburrido el mensaje educativo de la cansada profesora, preferían no llegar a clases,  mejor jugaban a la pelota, al trompo, a las bolas, a bañarse en las aguas turbias de la acequia o hurtar camote de las chacras y al fin, cada uno tenía una percepción clara sobre la realidad,  el deseo se hacía   un imaginario y el mejor premio es el dicho hecho realidad, eso los satisfacía a saciedad; no existía mejor forma de disfrutar esta etapa inquieta y creadora como es la niñez.
Pudo ser cualquier día y no necesariamente ese momento, como cualquier otro de los días de ausencia en las aulas, la negra Tata podía haber desarrollado su personalidad con éxitos, lejos de la desgracia y la precariedad de su hogar, ella permitió que su  autoestima se debilite, mostrando su desesperación al no lograr nada para llevar a su casa. El hacerse la vaca de ese día consistía en hurtar  camote de la chacra:   “ahora, cómo justifico mi falta a la escuela, seguro que la profesora no me permitirá ingresar al aula mientras mi padre no venga”, y tata  imaginaba cosas al no poder justificar su falta a las aulas, además su madre no entendería las razones de haber abandonado la escuela, ya sumaba bastante los días de la pera. “Claro”-pensaba-  le rogaría al Timoteo para que le ceda todos sus camotes, sería un buen motivo de disculpa, por unos cuantos kilos de camote y de por cierto, con eso ayudaría en calmar la ira del reclamo maternal cuando la pillen por no haber asistido a la escuela.
-       ¡Ya! ¡ya! Negra no llores,  voy a darte lo mío, pero eso si tienes que devolver, deuda es deuda.
-       No pe, la próxima si es tuyo, nomás estamos juntos, ¡no!

Como todas las tarde al retornar  y  todos los días el guía era Timoteo, sabía por adelantado que su condición de chico mayor para con  los demás le permitía  autoritariamente tomar decisiones, imponiendo la autoridad consentida por el grupo,  de facto cambió  el rumbo de la ruta a seguir; él, impuso la nueva ruta por el cual deberían regresar, luego de salir de la escuela; tomó la pendiente del cerro más alto, allí de donde se podía tener una vista panorámica del barrio, empezaron el ascenso por el escarpado camino, llegaron a  las rocas y prefirieron esperar que Luna Llena irradie sus tentáculos sobre ese lugar. Timoteo ya era un varón maduro y maduro es el calificativo para un niño con metamorfosis  en su interior, con antojos de conocer al sexo opuesto en su real dimensión y para muestra de su revejida conducta cuantas veces había demostrado sumachismo en forma pública,  pretendiendo dibujar alegorías al momento de miccionar;  tantas veces tuvo antojos de la negra Tata inclusive cuando se bañaban en el charco de agua turbia le pasaba la mano por las nalgas; éste,   convencido de lo que hacía para no equivocarse de lo que tenía planeado, en su mente pueril solo reafirmó su deseo obsceno; era el que mejor disfrutaba de las palomilladas, el resto por su temprana edad no pasaban de haber anhelado conocer los secretos de la diosa plateada. Para Timoteo los placeres ofrecidos por la negra Tata fueron suficientes en su afán de compartir el bolsón de camotes que dio por descontado.
-       ¡Esto e abuso carajo! Gritaba la madre de la negra Tata.
-       ¡Quién fue conchasuma? ¡Habla carajo o te voy a matà carajo!
Ese día, durante el día, en todo momento la madre de la negra Tata se la pasó gritando y maldiciendo.
Ñamu creció muy rápido, tan veloz conforme el pueblo avanzaba en su edad cronológica, aprendiendo a caminar junto a los rebaños de cabras de su amigo Octavio el chivatero. Las primeras vacaciones escolares fueron de un constante contacto con el mundo de la agricultura y el pastoreo, bebiendo la rica leche de cabra y degustando los quesos salados de cada mañana. Octavio - el dueño de los chivatos- había invitado a degustar la pachamanca de cabrito como muestra de gratitud a los nuevos vecinos; la nueva población crecía en su dimensión y ocupaban los espacios donde    sus animales reproducían las generaciones, es por eso que tenía previsto llevar a sus amigos chivatos al norte del país, en busca de pastizales, los de estos lugares se agotaban por la urbanización de los campos. Para Ñamu fue fugaz la alegría de caminar con las cabras de Octavio, esta vez, el penúltimo día, antes de partir,  fueron en busca de los pastizales de Campoy, al regreso, aquella noche, fueron acompañados  por  Luna Llena, arriaron los cabritos por las pampas del hacendado, cuidando de no perder una sola cría.



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