LOS PABLO GOMEZ del texto Ojo por Ojo


LOS PABLO GOMEZ

Mientras eso ocurría en el barrio que dejó, Ñamu disfrutaba de sus vacaciones en su pueblo natal, poco conocía de Huánuco, por eso permitía que las sensaciones lo agobien,  en los  constantes paseos de a diario por las calles huanuqueñas, pretendiendo  descubrir los secretos guardados para su conciencia.  El proceso en la que su destino lo condujo significaba una  pasión inexorable. Ya podía respirar a  2,100 msnm, un aire totalmente diferente, cerca al monumento del héroe Aparicio Pomares  y  desde allí pretendía dar un salto en el espacio, con el ánimo de sentirse muy cerca al barrio que dejó bruscamente;  en fin, satisfizo el anhelo propio de su ego,  cuando en el barrio brincaba junto a los amigos, trepando los cerros nublados de la cordillera negra.  Ahora se encontraba solo, en ese otro lado de sus ilusiones, lejos de su acostumbrada relación amical. Haber dejado a sus amigos y sus familiares fue un acto difícil para sus flojos sentimientos,  conmovido en el espíritu, en confusión inequívoca, consiguió tolerar el sentimentalismo que lo embriagaba,  conteniendo gruesas  lágrimas de lo profundo de los ojos. Este particular comportamiento ocurría,  luego de abrir  las cartas recibidas en la encomienda,  escrito por las amistades que logró cultivar en su adolescencia. Leerlos uno por uno parecía consolar los sentimientos truncados.

-       “Ñamu no pienses que te hemos olvidado, porque te hallarías en el poder de la falsa idea, todos esperamos ese gran día de tu retorno, espero que no sea tan largo. ¿Cómo vas con esas tus ideas? En fin cosas que te atañen, perdona si esto quiere ser un rebusque de tu vida, pero es por la misma estimación que te tengo y de poder ayudarte si está a mi alcance. Pienso seguir en las reuniones y no es mentira. “
Ñamu sacaba una y varias veces las misivas enviadas por sus amigos, ellos decidieron juntar sus cartas, acomodados con delicadeza por su madre, al interior de la encomienda enviada, tesoro  deseado por un migrante originario de estos lugares.
-       “Recuérdate amigo. Espero que te sientas feliz al saber cómo estoy. Me siento bien, como siempre voy al colegio y me indican sobre la democracia, pero a mí no me entra nada, espero que tú me expliques ¿Qué es la democracia?
-       Como te decía estoy bien, pero ya me salí del grupo, porque tú no estás y no hay alegría; yo lo sentía aburrido, aunque tú no querías que nadie se saliera del grupo; pero tenía que abandonarlos dado a mis condiciones. Lo que quisiera que me cuentes de manera individual ¿Cómo te sientes? Espero que me concedas esta petición por justicia de nuestra amistad. Me despido con un fuerte abrazo……

Al final, encontró un papel arrugado, escrito por el negro Rey, lo leía con dificultad,  nunca tuvo la oportunidad de intercambiar escrituras con él, por eso deletreaba las palabras al  leerlos. Compenetrarse en los pensamientos expresados  y el estilo directo de la escritura ya pertenecía a la forma anarquista de ver las cosas, no por ser de color  azul dejaba de ser menos inteligente el negro Rey; mejor si hablaban de fútbol, este deporte fue su pasión  y el Alianza Lima una locura de templo religioso.
-       ¡Hey! Ñamu mañana es la protesta  de los estudiantes contra las limitaciones de la “Nota 11”.
-       Si, también el mitin de  solidaridad con la revolución nicaragüense, la marcha de rechazo al costo de vida.
Rey, maldecía una y muchas veces a los explotadores, al imperialismo yanqui. Eso era el negro Rey, de modo particular, un típico anarquista, un político formado en las calles limeñas, hibridado con el atavismo de su raza y posiblemente motivado por el consumo de estupefacientes prohibidos por las leyes peruanas.
Rinton, otro amigo de Ñamu, pasaba desapercibido cuando el negro intervenía; él era incrédulo con la vida,  escapaba de sí mismo, absorbido por el pesimismo y cuantas veces se contenía en  intervenir en  discusiones personales, prefiriendo alejarse del grupo, con muecas de desprecio, finamente ajustadas a la expresión del verbo labial. Sus sentimientos fueron confusos, amaba a muchas pero no amaba a nadie. Tan controvertido como él mismo, de tal modo, mostraba desgano ente la particularidad de los comentarios vertidos.
-       “ She, she, she, ….”- Era el silbido apoderado  de una esquina a la otra,  del comité 3 del barrio.   A él lo conocían como “cabeza de lata”, apodo concedido luego de sufrir un accidente y tuvo que aceptar un injerto de platino en su cabeza producto de la volcadura del camión policial.
-       Oye Ñamu - refería “cabeza de lata”- he conversado con varios patas sobre el asunto y te envío como conclusión algunos aspectos muy importantes. Mira debemos mantener fluidas relaciones a partir de la fecha. Pata analiza la situación luego decidimos. Debes mantener esperanzas; no te chupes con tu forma de ser, mira flaquito cuídate mucho.
Luego, ya en el lecho de su hospedaje tuvo que  abrir la puerta y permitir el ingreso  del aire fresco, el gallo de la tía cantaba desde la madrugada, en anuncio del nuevo día, cantaba y cantaba hasta que recibió un tanto de grano de maíz, llenar el buche por completo, solo así suspendió el cacareo. Hospedado en Huánuco, viviendo a expensas de los tíos de parte de su madre, preparaba las condiciones con mucho esmero, en el deseo de hacerse de una profesión honrosa. El clima y el ambiente aldeano permitían una rápida adecuación a las vicisitudes  y abismalmente sentía la diferencia. De un ambiente potencialmente explosivo a suscitarse en la capital limeña, del cual escapó atinadamente, pudo adecuarse al clima de la eterna primavera, de la hospitalaria tierra de las patas amarillas.
Atrás quedaba el barrio, allí se quedaron los patas, los choches, las chiquilladas, las vivencias fugaces de adolescente. Fue un honor ser parte del criterio sensible de Doña María Ochoa y su comprensión con la palomillada, este sentimiento no tenía límite. De esa estima maternal  amamantaron muchos palomillas. Doña María tuvo el peso de ser madre y consejera de los muchachos, sancionándolos con un sermón, antes que un reproche de rechazo a las  actitudes desviadas ante ley. Así, como  ocurrió esa madrugada, cuando dejaron sin la ración de leche a los vecinos de la urbanización  Las Flores. Enfermiza pasión de jóvenes ansiosos por tocar lo ajeno sin medir escrúpulos. Claro en Canto Chico no se repartía la leche por la poca economía de sus habitantes. ¿Cuál sería la lógica? Por decir, y sin ser rentable el resultado de la acción,  también decidieron ir en mancha a cosechar uva italiana de las chacras del hacendado Nicolìnni, sin escrúpulos ni temores, recurriendo a métodos sencillos de desobediencia a la privacidad del empresario por garantizar sus inversiones. Esa noche, tuvieron la misión de cumplir con éxito el plan,  capturaron al guardián y lo ataron a un árbol de eucalipto, en represalia por haber azotado a un miembro de la mancha en la anterior iniciativa; cada miembro de la pandilla cargaba medio saco de uva verde y esos días el barrio comió uva a saciedad.
Marcar al vendedor de leche y persiguiéndolo temerariamente en horas de madrugada, ya demostraba un estilo de avezados delincuentes comunes; el vendedor los dejaba en cada casa y ellos los hurtaban. Lo ocurrido no justificaba la necesidad de contar con bebida para el paseo programado, por los altos de los cerros aledaños al barrio. Además la parroquia no podía permitir que ocurran estos deslices, pero al final el párroco de la pequeña iglesia también tomó algo de la leche robada, con o sin cargo a la conciencia de la misa, por desarrollarse el fin de semana.  Los mayores, aquellos avezados por experiencia desarrollaban otros esquemas, regresaban de sus andanzas nocturnas cargando  extraños bultos, resguardándose en las casuchas de estera durante el día, hasta recuperar el sueño perdido como producto de un laburo ejecutado.
Las noches en el barrio eran de muchas competencias, carreras, lingos, chanca la lata y todo lo que hace prima.  Ñamu saltaba por el aire, cumpliendo el mandato de uno de los juegos, es  cuando sintió el beso de un látigo de cuero duro que caía sobre su trasero y corrió, corrió y corrió….era su papá que le cumplía una advertencia.
En este tramo, cuando transcurrieron varios meses de estadía en la ciudad de Huánuco recibió noticias de la muerte de Pablo Gómez Solís. Al momento recordaba al muchacho creativo para la música tropical, solía realizar conciertos y a su entorno enroló a diestros aficionados por la música chicha, eso fue el aporte de este personaje, gran maestro del arte popular. El barrio se sentía orgulloso de él, podía afirmarse que estaba a la altura de Enrique Delgado y los Destellos, aceptable elemento para los vecinos. Pablo Gómez Solís. Gozaba de mucha comodidad, como el hecho de tener un televisor y buenos equipos de sonido, a sabiendas que estos gustos correspondían a la clase media. Claro los pocos pobladores sabían de sus andanzas, pero a quién le importa que hace su vecino mientras los afectados no sean de la comunidad,  además, el aporte que hacía el “Chuncho”  valía más que la queja de los anónimos afectados.
Pablo Gómez  “Chuncho” decidió acabar con su vida, luego de varios años de sufrir en vida, con estado convaleciente y permanente, tolerando la mitad de su cuerpo en irreversible reparación física producto de la bala recibido en un asalto domiciliario, no fue a la cárcel por prescripción médica, termino recluido en su propia casa.
Las amistades ganados en el fragor y ejercicio de sus actividades estuvieron cerca de él, así cuando solía gastar dinero suficiente en aventuras amorosas y festivos homenajes a la palomillada; pese al permanente compañerismo no lograba conciliar el sueño,  la depresión acumulada en su interior revoloteaba todo pensamiento por seguir viviendo. Fugaces recuerdos  martillaban en su interior, de aquellos momentos de sus andanzas. Su habilidad consistía en correr.  En la cancha deportiva corría. Corría de la policía luego de ser sorprendido en uno de los hurtos. Corría con los amigos  desde muy tierno. Ahora se encontraba invalido y las manos no fueron suficientes para satisfacer sus pasiones mediante la guitarra y melodías de a gusto. Una de las canciones corregidas se cantaba en su velorio:
-       “Nada te prometo, porque nada tengo, quiero que me quieras, como te quiero yo”.
-       “Amor de choro solamente puedo darte, amor de choro con toda humildad…..”
Esa fue, tal vez,  una de las últimas canciones que compuso, antes de su muerte. En horas de la mañana del día siguiente cayó el fulminante martillo del juez, señalando una noticia dolorosa:
-        ¡Se mató Pablo Gómez!
-        Ya será imposible escuchar el repertorio corregido: Nada te prometo/ porque nada tengo/ quiero que conozcas toda la realidad/ yo nací ratero/ lo quiso el destino/ mas también los rateros tienen derecho de amar. Amor de choro solamente puedo darte/ amor de choro con toda humildad/ si te interesa esta propuesta de cariño/ dímelo pronto que no aguanto más.
En el día del velorio,  llegaron de diversos lugares los faites, debía ser una noche de tregua. El respeto a Pablo Gómez “El chuncho”,  estaba por encima de las discrepancias. Esa noche tendría que ser de dolor y recuerdos.
Dos tipos, un par de avezados palomillas reclamaban ser Pablo Gómez. Uno prefirió amamantar la ubre de la muerte y depositar sus restos en el cementerio. Este otro llevaba el nombre de Pablo Rocano Gómez, más delgado que el otro, aguerrido y demasiado terco. El,  decidió que lo llamen Pablo Gómez en honor al maestro, tal vez no era compositor de música, pero gustaba de practicar piruetas de buen bailarín de la música chicha. Como se conocía en esos tiempos beber licor, bailar cumbias achoradas y romper botellas era una rutina, muchas veces por el amor de una mujer o  en desafío abierto al rival, un destello propio de generación vigorosa, nacida de la exclusión, el olvido por parte del estado peruano.
El nuevo Pablo Gómez  no escapaba de sus orígenes,  de familia provinciana, originario de las tierras frías de Huánuco. Por exclusiva determinación de sus padres decidieron buscarle una profesión en el instituto SENATI, tenían planificado adquirir un camioncito para usarlo en la vía Huánuco y Aucayacu, eso sería una buena inversión para no gastar en un mecánico y chofer.
-       Ayúdanos hermanita, para que mi Pablo sea un técnico.
-       Con mucho gusto hermanita, aquí tiene casa y le daremos alimentos, él que tome empeño y muy rápido será chofer.
Al igual que el otro Pablo y con mayor alevosía en su conducta, impuso autoridad propia al interior de la mancha de faites, convirtiéndose en poco tiempo, de humilde provinciano a  un avezado delincuente, potencialmente peligroso, de por cierto ajeno al barrio.  Así y en base a un temperamento frío y calculador impuso su liderazgo en el barrio. Pablo “chuncho” y Pablo “no quero”, el uno que relucía por un corte de pelo al estilo de nuestros nativos de la amazonía y el otro por resaltar la palabra “no quero” cuando rechazaba  propuestas no agradables a sus fines. A los dos los conmovió el destino para terminar en el abrigo eterno de la parca, previo y antes disfrutaron de su condición de inquilinos de la principal cárcel del país ubicado en Canto Grande, ante múltiples delitos acumulados. Las mismas fechorías, similares costumbres de ladronzuelos, al mismo ritmo de la música chicha.
-       ¿Dónde estuvo el estado peruano? Si los padres recorrían las ciudades para obtener un ingreso y solventar los gastos del hogar,  el deseo por lograr un perfil de sus hijos de acorde a los avances de la modernidad quedaba en el aire.
-       ¿Por qué el fatal deceso de ambos?  Pudo el estado peruano intervenir en su momento y orientar a la niñez y sus jóvenes por la senda de la prosperidad y los buenos hábitos; un estado ausente, un estado desbordado. Mientras la codicia de los adinerados, dueños del poder político y económico  sea impuesto como una regla umbilical, existirá el resentimiento, manifestado en diversas taras sociales.

“No quero” llegó a entender lo difícil que era estar al margen de la ley, sabía que la ley se imponía cuando se trataba de frenar la mala costumbre de apropiarse de lo ajeno; en otro momento pretendió salir de ese mundo sinuoso de la delincuencia, buscando oportunidades, le ardía el interior al toparse con el muro insensible de la exclusión y hermetismo de la propia democracia. La policía lo había marcado, pese a no estar en actividad delictiva, era visitado con el fin de pagar un cupo.
-        ¡Mejor me planto y regreso a mi pueblo! ¡A la concha Lima! - Terminó de expresar estas palabras para decidir un camino diferente y plantarse en las costumbres delictivas.
Así y de un puntillazo regresó a Huánuco, donde radicaba su madre, dejando un vació y  llevándose a una limeñita como acompañante de sus sentimientos. Fatal para él, quién terminó perforado por las balas de una escopeta disparado por un homólogo contrincante de las alturas de Chavinillo. Pablo “no quero” acudió en defensa de su tío y animado por recuperar varios vacunos del tío robados por  los abigeos de esa zona; impuso su condición de acriollado, confiado de sí mismo, sin calcular la idiosincrasia de los delincuentes de estos parajes, desconociendo el territorio se atrevió a realizar justicia, pretendiendo aplicar sus propias normas, aprendidos en el barrio Canto Chico.
-        ¡Pammmmmm! Cayó al suelo Pablo Gómez “no quero” y su espíritu voló instantáneamente al encuentro del “chuncho”, ambos ya conviven, juntos en el limbo celestial del recuerdo. Ni llanto ni congoja murieron en su propia ley.
 En los parajes andinos de Huánuco se imponía la ley de los Basilios. A propósito de los Basilios, se habla de ellos con entusiasmo,  una familia numerosa, conocidos por ser abigeos por naturaleza. Al nacer un Basilio, nace un vil delincuente, así comenta la gente. Esta vez dispararon y mataron al otro Pablo Gómez.


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